miércoles, 8 de abril de 2015

CARNE DE SABINA



Joaquín Sabina regresa a mi calle melancolía en menos de quinientas noches y poco más de diecinueve días... Nunca es demasiado tarde, princesa. Me sobran los motivos siempre, me faltan las canciones nunca, te lo dice esta boca que es mía, a mis cuarenta y pico, sin ganas de callarme, ni cerrar por derribo, desde la orilla de esta chimenea que prende tu nombre y marchita mi frente.

Joaquín Sabina, qué demasiado, el dos de abril hará inventario de mis círculos viciosos que rezan sus temas. Volverá a galopar ese caballo de cartón en el hipódromo de mi conciencia, ese “puraletra” que, pisando el acelerador, me conducirá por el túnel, cual españolito de cartón marchitado por la crisis, al otro lado de la negra noche.

Joaquín Sabina me recordará que, cuando era más joven, vivía en pensiones de mala muerte, que me sostenían las lecturas en antros en los que alguna dama de noche me recetó pastillas para no soñar, antros regentados por muñecas de saldo y esquina que apuntalaron mi amor eterno con besos en la frente. De madrugada regresaba a mi cuarto en el barrio de la soledad donde escuchaba música, leía y me masturbaba hasta la extrema extenuación fantaseando con la vecina de arriba. Era el sonido metálico de ese pacto entre caballeros el que me resucitaba a la tercera metáfora cantante y sonante. Después, como un explorador derrotado, asaltaba mi cama vacía a esa hora en la que los primeros clientes se acodaban en el café de Nicanor.

Joaquín Sabina me cantará desde el hotel dulce hotel en el que conocí a Eva tomando el sol. En aquella azotea me besó la frente, me acarició la espalda, me entregó su sexo y secuestró el mío. Sucedió un mes de abril que alguien robó poco después, a punta de canción, para elevarlo a los altares de la música, al olimpo de ese Dios que un día jugó a ser joven y a ser aprendiz de pintor de historias. Ahora, cuando aprieta el frío, los perros del amanecer le ladran a aquel que nació al borde de un camino de militancia musical, a este yo que nació para perder.

Joaquín Sabina vestirá de sonetos mis noches de boda huérfanas. Antes de que den las diez llegarán todos los invitados menos tú, que restarás apilando sueños y jugando a hacerte daño adivinando cuanto dista el olvido de la añoranza.

Joaquín Sabina me recetará que pase esta noche contigo por el bulevar de los sueños rotos. Al otro lado de los puntos suspensivos hallaré tu boca que sellará la mía con besos con sal, con más de cien mentiras, con ese no rezar para no creer, con ese no besar para no soñar, con ese ruido de fondo ataviado de medias negras.

Joaquín Sabina aterrizará en Girona con sus aves de paso sobrevolando estas intenciones escritas. Me dedicará el rocanrol de los idiotas mientras, contigo, vuelvo a sentirme tan joven y, sin embargo, tan viejo a la vez. Sus letras son las velas de mis cumpleaños, las manecillas de mi reloj, la arena de mi playa, la urgencia de mis amores que matan, mis más de cien palabras y mis más de cien mentiras piadosas, y mis más de cien motivos para no cortarme de un tajo las venas.

Joaquín Sabina ofrendará una canción para la Magdalena en el altar de este templo llamado peor para el sol. Y colgará el cartel “cerrado por concierto” justo entre mi corazón y mi alma en carne viva.

Joaquín Sabina se bajará en Girona y, al mismo tiempo, yo me bajaré en Atocha. No permita la virgen un desencuentro, tampoco un desconcierto. Los lugares son escenarios para frecuentar, para recordarlos, para escribirlos, para cantarlos, para convertirlos en acordados y sintonizar sobre las barras de sus bares el 69 punto G.

Resumiendo; El hombre del traje gris, mi juez y parte, mi buena compañía, mi Juana la loca, mi amigo Satán, mi pirata cojo, mi Barbi Superestar, mi mater España, mi eclipse de mar, mi optimista rapero, mis números rojos, mi doble vida, mi pájaro de Portugal y mi ruleta rusa preñada de poemas, regresan a esta ciudad inmortal para interpretar la canción más hermosa del mundo: así estoy yo sin ti.


domingo, 8 de febrero de 2015

HISTORIAL

Foto de @dynnk


Cada vez que sube a un tren se acuerda de él. Su antes converge en un manifiesto presente que embarranca entre el corazón y la cabeza. Es un recurso del que no sabe desprenderse. Ha intentado ahogar sus recuerdos en vino barato y en los caldos más caros; se ha fumado la vida pero no ha conseguido quemar las naves que transportan esos ecos; ha recorrido medio mundo intentando dejarlos atrás; ha recurrido a la medicina tradicional que le ha recetado pastillas para dormir, pero no para narcotizar su memoria; ha abrazado la psiquiatría de ese amigo argentino que ha hurgado en su cabeza y acabó queriendo saber, más por curiosidad que por intromisión clínica. Así que ha optado por el arte de estibar. Guarda esos recuerdos de manera metódica. Y ahí los tiene para usarlos cuando se siente sola, o cuando la nostalgia y la luna abusan de ella. A veces son ellos los que rompen fila, la abordan y la desdoblan por un rato para regresar a sus contenedores y restar a la espera del siguiente brote acuciante y mordaz de la saudade.

Se acomoda junto a una ventana desde la que divisar los campos, contar las estaciones sin servicio, enumerar las vías que sucumbieron a los tiempos veloces y que ahora tejen el tapiz del olvido, ver las caras de las personas que esperan otro convoy ateridas en el andén de la soledad y seguir con la mirada a esas parejas que juegan a quererse parapetándose del frío entre besos y abrazos. A veces les pone voces y les inventa algún destino. Se las imagina esperando ese tren que las conduzca a la felicidad de una playa desierta en un agosto canicular, a la incertidumbre de una entrevista laboral, a la suerte del primer día de trabajo, a la habitación de un hotel dulce hotel, a la oscuridad de un cine que proyecte una película que será su preferida o a la algarabía de un concierto que rezará su banda sonora.

Cada vez que sube a un tren lo busca entre los pasajeros, compañeros de rutina, de bostezos y destino. Se fija en el hombre con gafas de sol que apoya la cabeza en la ventana, que observa a través del cristal, que sintoniza canciones en un teléfono de última generación. No le devuelve la mirada ni le arranca la posibilidad de un saludo afectivo. Su estado es críptico; no le interesa lo de dentro, sólo el sonido que derraman sus auriculares y lo que sus ojos le devuelven del exterior. Hasta que el sopor le vence y duerme hasta minutos antes de llegar a la parada.

Ella se remueve buscando una postura más cómoda. Su pasado comparte asiento a su lado. Nunca recula lo suficiente, nunca baja la guardia ni le ofrece una renovada oportunidad. Conecta entonces su móvil y se adentra en las páginas de su “él” antiguo. Se dice a sí misma que esa será la última vez que transite esos espacios, que superará la infinitud del desasosiego. Entra en su blog y lee lo último que ha publicado. Después asalta su muro de Facebook, ve lo que escucha, se pregunta dónde habrá tomado esa foto tan descriptiva. También sortea los obstáculos de la tecnología y arriba a su cuenta de Twitter cuando la cobertura le permite otro duelo a muerte con la introspección. Por último lee comentarios que la encienden, palabras que no son para ella, atenciones de unos y otras que van dirigidas a ese que antes fue suyo. La cólera se adueña de ella. Ya no le gusta lo que narra, lo acaba de decidir. Bien mirado, y poco pensado, la foto no es nada del otro mundo y sus interacciones en la red son estúpidas y rayan lo vulgar. Lo que antes la hacía correrse ahora amenaza con hacerla vomitar.

Cada vez que sube a un tren utiliza el trayecto para borrar su historial. Pero el pretérito conjuga en preferente y ella lo hace en clase turista. Apoyará la cabeza contra el tibio cristal. En la radio sonará "recuerdo" de Ismael Serrano. Cerrará los ojos y llorará la rabia. 


domingo, 26 de octubre de 2014

OCTUBRE


Mi otoño, para Fanny S

Me gusta el otoño. 

Y me gusta este octubre contenedor de nostalgias, hacedor de esa saudade que te acompaña a la barra del bar, que bordea contigo la taza de café desde primera hora, que transita las calles asida a tu cintura, que comparte asiento junto a ti en ese tren lento de alta velocidad, que mira por encima de tu hombro lo que lees, que se traviste en musa y te empuja a madrugar un domingo para esculpirle un pie letrado a tu punto de mirada, que resucita los recuerdos, que acentúa las preguntas sobre qué andará haciendo éste o aquélla, que cultiva los olores yermos, que descompone las emociones, que esconde las aceras bajo un manto de hojas suicidas, que puebla de ocres los caminos que conducen a los sitios acordados y que convierte los campos en lienzos donde la tristeza en un destino y no una consecuencia.

En la cafetería donde estoy ahora, los cristales han mudado en una improvisada pizarra donde las gotas reescriben los torcidos renglones de ese Dios que hizo el mundo en siete días y se quedó tan pancho. Se nota que estamos hechos con prisa, revestidos de sobras, creados a imagen y semejanza de la palabra caducidad y que duramos lo que dura un corto invierno, una margarita en manos del enamorado indeciso y primaveral, una canción del verano y una berrea otoñal con final feliz.

Comparto escenario con un niño acoplado a una “Tablet” de ultísima generación, un abuelo que lee a su lado la prensa cargada de goles, de metas, de cimas, de carreras y de la infinitud del tablero deportivo. Junto a los ventanales por los que desciende la lluvia, una mujer de edad mediana, de melena lacia y oscura, toma una infusión, pasa sin ganas las hojas de un periódico que no distingo y de vez en cuando atiende los silbidos suaves que emite su móvil. Ahora me descubre observándola, disimulo la vista hacia esa calle anegada y regreso a esta pantalla en la que confluyen los ecos del pasado y las pisadas del presente.

Decido que no tengo nada más que contar. Que la morena lacia que estaba cerca de mi mesa se ha marchado, que el nieto ha desconectado de la tecnología, milagro, y habla con el abuelo que le cuenta no sé qué de cuando era pequeño también y se entretenía con un muñeco de trapo ataviado de ilusión, que las camareras echan de menos los días de sol, como yo no, y en la puerta, una anciana amarra su perro a un reservado para mascotas que tienen prohibida la entrada.

Decido dejar de escribir y disfrutar de un par de capítulos de EL AMANTE, del escritor israelí Abraham Yehoshúa.

Decido que voy a pagar estos dos cafés. Decido también que cuando salga acariciaré el pelaje mojado del perrito que aguarda bajo una lluvia intermitente y que proyecta su tristeza desorbitada hacia el interior del local intentando localizar a su dueña que acaba de pedir un café con leche y una madalena enorme.

Y regresaré al piso nuevo, la ciudad donde siempre es otoño.


domingo, 28 de septiembre de 2014

QUERIDO LUIS GARCÍA MONTERO




Querido Luis García Montero:

Hace pocos sorbos de café que he liquidado tu última novela. Muy poco rato ha pasado desde que “alguien dice tu nombre” ha quedado silente antes mis ojos. He disfrutado como un “León” urbanita entre las estepas emocionales de tus páginas. Acaricio este teclado, pero sin poder impedirlo, me descubro dejando de escribir, de beber, dejando incluso de bucear el escote de esa camarera amable, y vuelvo a perfilar con la punta de los dedos ese título que esconde un nombre que alguien dirá alguna vez. Tengo la certeza de que esta historia restará enquistada en mi memoria para siempre. Se ha convertido en un referente, otro, en una novela cicerone que marcará el camino a aquellos que quieran conjugar presentes y postularse a escritores, o algo así.

He arribado al punto y final mientras viajaba la taza a mis labios en este domingo de un mes frágil, lleno de agua y ventoso. Un demonio vestido de calendario para los que deberían hacer de agosto, su agosto. Ya ves.

Cuando te leía, en la cafetería Lapsus, en el centro de la Girona inmortal y empedrada, era atendido por Ivette, una avezada barista que hace de su oficio un arte. Así que he unido los cafés de León y Amparo, en el Suizo granadino, a los míos, o viceversa. Me he dado cuenta de que mientras ellos compartían y departían en ese santuario de Granada, yo los vivía desde este bar que antiguamente se llamaba “café Albéniz”. Aquí, el cartero Matías, personaje de una de las novelas de Josep María Gironella, tomaba su desayuno antes de iniciar el reparto.

La gente, mi gente más próxima me dice que soy un yonqui de la literatura. Yo le digo siempre a mi gente, mi gente más próxima, que soy un yonqui de la literatura. Que para pocas cosas sirvo más que para leer. Esto lo dicen algunos y lo asevero yo. Un puñado de amigos y allegados se aventuran a aconsejarme que me deje de cháchara y me ponga verbos a la obra, que escriba más y que lea menos, o que simultanee ambas aficiones. Pero ellos no comprenden que después de leer tu narrativa, de sobrevolar con el corazón tus poemas, a uno se le quitan las ganas de suministrar literatura. A uno, este uno que soy yo, sólo le queda ser testigo de la grandeza literaria, de la luz del verso, de la musicalidad de la metáfora, del sonido de los personajes que nacen, crecen se multiplican y se inmortalizan al amparo de tu retórica y que convierten tu obra en la Altamira de la literatura universal.

Repaso algunas frases que he anotado, releo las palabras a modo de dedicatoria que escribiste para mí cuando presentaste tu obra en Barcelona. Yo no pude asistir, pero una amiga se encargó de pedirte unas palabras para un paisano. Cierro el libro, de manera definitiva.

Ahora observaré a la gente ataviada de verano desfilar al otro lado de este ventanal. Leeré algún periódico cargado de noticias asesinas, de marcadores adversos, de políticas en manos de políticos indecentes, de corruptos que penan su condena en cárceles de oro, de los corazones vacíos del rico perpetuo y de la pobreza instalada en la parrilla televisiva estival. Quizá aguce el oído, a ver si hay suerte y se cuela Sabina por el hilo musical para apuntalar esta misiva y ponerle banda sonora a este día pasado por letras. 


domingo, 3 de agosto de 2014

EL COLUMPIO


           
Foto: Merche Valdés
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La madre empuja el columpio que balancea la felicidad de dos niñas en un parque público, una franja minada de juegos infantiles. Un sitio donde se congregan las risas y en el que la diversión deja paso a más diversión. Una zona donde la hora de la merienda reúne a los adultos entorno a una gran piedra que hace de mesa. Sobre ella colocan refrescos, bocadillos y, ocasionalmente, caramelos y golosinas. Todo sucede bajo ese cielo que la literatura y el cine han convertido en un icono protector. 

La madre de las niñas va a reunirse con los otros mayores. Les ruega que jueguen entre ellas, pero que no se peleen. Quieren saber adónde va. Y va donde siempre va cada vez que acuden a ese parque; a prepararles la merienda, a ayudar a los demás, a tomarse un café, o quizá un té. A hacer tiempo hasta la hora de regresar a casa. Las niñas se pierden las últimas frases porque ya están enfrascadas en la cadencia oscilante del columpio. Se separa de ellas y alcanza la gran piedra que ya está cubierta de bocadillos blandos, de caramelos, esta vez sí, de refrescos y frutas. Sostiene una gran taza de té en la mano. Atiende las explicaciones de una amiga sobre los últimos resultados escolares de su hijo. También escucha los progresos en la universidad del hijo mayor de otra de ellas, que estudia medicina y que apunta maneras, que quizá acabará convertido en un excelente médico capaz de sanar este mundo, puede que en un cirujano plástico que le cambie la cara a este planeta cada vez menos en forma, cada vez más destrozado. Pero le dice que somos las personas y no el mundo, que es la mano del hombre la que da y la que quita, la que cura y la que aprieta el gatillo. Todas asienten. Una pregunta qué contiene el termo de color azul. Le contestan que es zumo y se sirve un vaso. 

La madre busca con la mirada a sus hijas. Siguen a lo suyo, divirtiéndose sin conflictos. Una está justo al lado de la otra, le hace cosquillas. La que está subida en el balancín mira hacia arriba, riendo cada vez más, desternillándose finalmente. La madre llama su atención. Es hora de merendar. Poco a poco se suman las otras madres. Pero los niños no tienen hambre cuando se trata de escoger entre el bocadillo o el juego. Se acomoda, mientras las espera, sobre la yerba seca que circunda esa área de recreo. Al apoyar los codos buscando una buena postura nota cómo tiembla el suelo. Barrunta entonces el peligro. Y busca a las niñas mientras se dirige hacia ellas, no, corriendo hacia ellas. Todas esprintan hacia la salvación. Alcanza el columpio y lo frena en seco. Ellas se quejan y preguntan qué pasa, que no tienen hambre, que prefieren jugar, que después, le prometen, se lo comerán todo. Pero no hay tiempo que perder. 

La madre las empuja fuera de ese parque que la crueldad hebrea ha convertido en un objetivo, como la escuela que tuvieron que abandonar porque los misiles la borraron del mapa como se borra una mala suma en la pizarra, como aquel hospital que los tanques redujeron a escombros, como la casa de sus padres que sucumbió al voraz apetito de los soldados judíos. No hay nadie, no hay nadie, lloraban los pobres ancianos mientras observaban cómo les apuntaba el mismísimo diablo con armas de asalto. No encontraron nada. Y sin nada les dejaron. Ahora viven con su hija y con sus dos nietas.  

Esa escena tiene lugar en un parque público de la franja de Gaza. Una franja minada por la confrontación. Un sitio donde se congregan los llantos y donde la pena deja paso al luto más negro. Una zona donde la hora de la merienda puede no llegar nunca porque un cielo iracundo y preñado de maldad les ha dejado de proteger.

domingo, 20 de julio de 2014

CARME


A los quince años ya sabías que el mar iba a ser tu casa.

Te convencieron los tragos endiablados que pegaste a la botella literaria, oscura y portuaria de Stevenson, cuando surcaste los mares del sur junto a Jack London siendo testigo mudo de sus escarceos amorosos dentro y fuera del mar. Remató tu decisión la novela de Herman Melville: Te enrolaste en el ballenero capitaneado por el capitán Ahab para navegar la infinitud del océano y capturar a ese leviatán níveo de nombre Moby Dick. Su único anhelo era la venganza; derrotar al monstruo que años atrás le destrozó la pierna sobre la que sostenía su vida fuera del agua.

Pero al puerto de Roses no arribaban balleneros. No era tan literario como los tesoros de las islas de Stevenson ni tan frío como las aguas árticas que se rompían al paso de esas naves gobernadas por rudos marineros. Así que acabaste comenzando en la lonja, recibiendo a los pescadores de alta y media mar cargados de frutos marinos. Durante las primeras horas ayudabas en la subasta. Esa ayuda daba a su fin cuando pasabas la manguera para limpiar los restos. Más tarde, cuando los muelles y los amarres restaban en calma, te sentabas frente al horizonte a dejarte mecer por los cantos de sirenas que escupían las aguas y las novelas que sostenías entre las manos. Esas melodías calaron en ti. También en tu familia, que ya no pudo posponer más tu decisión dejando que pisaras aquella cubierta pocos días después de la festividad del Carmen, patrona del pescador y su oficio.

Ahora rememoras tus inicios. Esos primeros pasos titubeantes en proa y tus primeras horas a bordo de aquel pesquero con nombre de mujer, deletreando las letras sanguinas que decoraban el casco: “Carme”. Y con él, y con ella, has compartido penas y alegrías, llantos y risas, alcanzando lo que ansiabas ser.
Has atravesado mil dificultades, has sobrevivido a tormentas perfectas, has anclado decepciones y has arriado victorias. Has visto la muerte bracear a tu lado, adelantarte y dar caza a compañeros hundidos. Pero este Mediterráneo tiene su particular Triángulo de las Bermudas. Esa geometría que se traga las cosas malas, los aciagos recuerdos, los latidos descompasados de esos corazones que abandonaron el barco, los capitanes que perdieron su batalla contra los azotes coléricos del mar. Ha sido hoy cuando has faenado por última vez tras cuarenta años avistando aguas. Los ecos de tu pasado han remado en todas direcciones y has repasado todo lo bueno y todo lo peor de esta profesión que, últimamente, se ahoga en decisiones políticas que la dejan varada en los despachos. Porque más arriba de los patronos, a las oficinas, no llegan los ecos de sirenas que un día se anclaron en tu alma. Ellos quieren el pescado, tú, el arte de quien persigue un banco de peces navegando junto al mar y no sobre él.

Hoy te jubilas. Eres consciente que ya nada será igual en tu vida, que no abandonarás tierra firme. Como premio por tu constancia y dedicación, te dejarán participar en las subastas, como cuando tenías quince años. Barrerás con agua la lonja, limpiando desperdicios y rescatando recuerdos. Incluso te pedirán consejo esos jóvenes que embarcan por vez primera. Y cuando decline la tarde, te sentarás con tu nieto a contemplar la puesta de sol, o iréis hasta el espigón a tirar la caña y esperar la suerte. Él, a sus diez, años adora las historias de aguerridos marinos que brotan de tus labios. Hombres valientes que la literatura y su abuelo han convertido en inmortales personajes.

Recoges todas tus pertenencias del “Carme” y te despides de tus compañeros. Hay una recepción en la cofradía, y en el bar del puerto os reunís con el resto de familiares y allegados que quieren acompañarte en tus últimas horas de marinero… Aunque sonreirás por dentro; la profesión no se abandona nunca, y llorarás la emoción por fuera sin encontrar un remedio que esconda ese nudo marino alojado en tu garganta.

Es tu nieto el que te espera al final de la pasarela para acompañarte a esa fiesta final que no deseas. Se acerca a ti con una hoja en la mano. Es un dibujo coloreado de un súper héroe arponeando una monstruosidad marina y lanzando cables a unos pescadores que luchan contra un mar iracundo. No sabes qué decirle, sólo aprietas el lienzo infantil contra tu pecho y con la mano libre acaricias su cabeza. Entornas los ojos...

-Abuelo, hoy me han preguntado en la escuela qué quiero ser de mayor. Les he contestado que quiero ser lobo de mar, como tú.

Abres los ojos, anegados por dos océanos de aguas pacíficas y silentes...

domingo, 1 de junio de 2014

MENDICIDAD


Desde mi sofá contemplo la lenta agonía del estío. Las tormentas de los últimos días de agosto ahogan muchas intenciones, por un lado, y limpian atmósferas emocionales por todos los costados. Ahora estoy en paz, con el único sonido de su voz en mi cabeza. Visito la pantalla del móvil de vez en cuando para ver si rompe su silencio en forma de mensaje de texto. La tele permanece apagada. La radio, cosa extraña, no sintoniza emisoras ni escupe ninguna de esas canciones de desamor, de celo primaveral, de luchas sin cuartel del quiero contra el puedo, de hazañas bélicas de corazones intrépidos, de lastimeras decisiones de almas oxidadas, de otoños infinitos y ocres ni de vientos que mecen árboles y pueblan las aceras de nostalgia.

Mis rodillas sostienen una novela abierta de par en par que habla de gente como yo. O de gente como nosotros. Me gustaría leerte cosas que he subrayado. Como antes, que reseñaba, o memorizaba y te leía o recitaba de memoria. Posabas alegre cuando te hacía partícipe de mis descubrimientos literarios, y mecías tu pelo, acariciabas tus labios, y entornabas la sonrisa escondiendo un suspiro o sosteniendo un abecedario exclamativo.

Quiero levantarme y llegar hasta el portátil. Debo intentar escribir un relato. Necesito denunciar una situación. Voy a olvidarme, por un rato, del resto de mi vida, de esa guerra abierta y declarada que mantienen mi cabeza y mi corazón. Porque, en definitiva, siempre salgo perdedor.

Un ruido conocido se cuela desde la terraza. Me levanto y apoyo los brazos en la baranda fría. Son las diez de la noche y mi personaje sin techo ni comida busca algo que llevarse a la boca en el contenedor verde que hay enfrente. Me siento mal en ese momento. Un sentimiento de culpabilidad que me ha sacudido otras veces cuando no he dejado una moneda en esa mano suplicante, o cuando no he colaborado en alguna de esas campañas que combaten esta o aquella enfermedad. Me fijo en él. Es un hombre de color, de largos brazos y corpulento. Con el cuerpo sostiene la esperanza y con la mano izquierda sujeta la tapa. A su lado ha ido dejando materiales que ha rescatado de la basura y que supongo venderá a algún chatarrero, o los reciclará convirtiéndolos en utensilios para su hogar, en caso de tener un techo y una familia.

Estoy a punto de volver a ti, que has quedado enquistada en algún punto de mi memoria. Quiero bailar un tango con las palabras en la pantalla de mi ordenador, de darle contenido a estos folios apantallados que fluctúan tu nombre mientras mis dedos rezan tu recuerdo. Estoy a punto de regresar a ti, digo, cuando escucho gritos que llegan de la calle. El camión de la basura está aparcado junto a los contenedores. Las luces de posición destellan en la oscuridad. El empleado municipal ha requisado la mercancía de mi negro. Ahora; un hombre negro y otro oscuro se enfrentan a voces con la dignidad como testigo. La sirena del camión alumbra unos brazos enormes y tatuados, un cuello de Goliat y una cabeza rapada que no augura nada bueno. En ese momento pienso que tampoco bajaré a interceder, que la lírica heroica no pasa por su mejor momento. Claro que nada pasa por su mejor momento. Además, nunca me ciñó la capa de súper héroe, huí de los valientes que dan la cara para que se la partan y me atavié el diálogo para evitar el suicidio colectivo de más de una razón, todo con dispares resultados. Seguro que mi negro encuentra otro sitio y otras basuras. Tengo la certeza de que otro día la suerte besará sus mejillas. Si la sangre no llega al río, y decido mantener la mía en cuarentena, no intercederé en una batalla estúpida. Uno no entrará en razón y el otro no abandonará las razones que le han llevado a buscarse la vida entre residuos.

Entro. En la chaqueta que cuelga de la silla encuentro cuatro euros con los que sobornar mi conciencia. Buenos son para mitigar su dolor. Vuelvo a mi atalaya y veo al hombre derrotado sentado en la acera, cogiéndose con la punta de los dedos la zapatilla y el codo derecho apoyado en la rodilla. Parece meditar, parece que le cueste irse, quizá esté consultando la hoja de ruta, quizá dé las gracias a su Dios por permitirle mantener la vieja bicicleta. Cuando estoy a punto de llamar su atención y pedirle que espere, que bajo a darle algo de ayuda, el camión vuelve a enfilar la calle y se detiene a su lado. El gigante calvo desciende del vehículo. Me temo lo peor. Cuando hago acopio de los arrestos que otras veces me han faltado, cuando la capa cubre mis espaldas, me asomo a ver cómo pinta el panorama y gritarle al villano que deponga su vil actitud. Pero lo que contemplo es a ese malo de película buena, en cuclillas frente al otro. Le dice que de esto ni una palabra a nadie, menos a sus jefes. Le pregunta qué tiene para transportar las cosas y le contesta, entre susurros, mostrándole la destartalada bici con dos contenedores a cada lado y otro encima, en lo que debería ser el asiento de un invitado a pasear.

Sube en la caja del camión y empieza a volcar todo lo requisado más alguna cosa extra que suena metálica cuando golpea contra el suelo.

Cuando cada uno ha recuperado lo suyo: la bondad por un lado y saciada la necesidad del otro; vuelve al volante. Estoy a punto de abandonar la escena, sano y salvo y feliz, de escribirte, de escucharte o sentirnos en alguna canción cuando escucho la voz del camionero. Baja el cristal de
la ventana y asoma la cabeza. Extiende el brazo y le dice:

      - Y de esto procura que no se entere mi mujer: Toma, espero que te guste el atún con tomate. Y le alarga su bocadillo.

El uno vuelve a circular. El otro vuelve a sonreír de nuevo. Y yo regreso a mi noche sin contemplaciones.

Enciendo la pantalla del ordenador cuando un tren de mercancías atraviesa la ciudad...


domingo, 23 de marzo de 2014

AMIGOS



Sergio, si aún sigues por aquí, este texto es para ti. Yo sé el motivo...

Mi amigo Alfonso dice que a muchos recién jubilados les da por la pintura, por el arte paisajístico. Asegura que si es un recién jubilado, retrata cielos muy azules, de un azul imposible en los cielos de hoy. Y si quien coge el pincel es una reciente jubilada, a esos azules cielos les añade una nube blanquísima, muy nívea y esponjosa de las que sólo nublan las pinacotecas de la edad tardía. Asevera que no existe el azul verdadero, que lo que vemos ahí arriba es una mezcolanza añil, la paleta de trabajo de un creador indeciso...

Fonso también es un artista. Un pintor que no ejerce porque sus ocupaciones lo mantienen alejado de los lienzos y porque sus hijas se han instalado en las manos que deberían acoger carboncillos. Su vida, fuera de la galería familiar, tiene más arte y más oficio y es, en apariencia, una vida para decorar un retablo, para vivirla en un capítulo, para perpetuarla, incluso, en los cuatro minutos que puede durar una buena canción no de verano.

En casa tengo varias obras suyas de cuando era alumno en una escuela municipal, o de la época en que recibía clases de algún pintor bohemio que simultaneaba bebida y acrílicos. En uno de esos cuadros esbozó a Bukowski, mi cartero escritor preferido. En otro, reprodujo una puerta herrumbrosa al inicio de la cuesta que conducía al instituto donde estudiábamos bachillerato y comenzó nuestra andadura por los devaneos de la amistad. Nos conocimos durante el primer año de instituto, en la biblioteca, de espalda a los libros y de cara a los juegos que se resistían a abandonar el comportamiento infantil. Y fraguamos la amistad durante el curso siguiente, donde el caprichoso azar hizo que compartiéramos mesa, de cuando las mesas, como otras tantas cosas, se compartían.

En tercer curso, en clase de griego clásico nos dedicábamos a mirar por la ventana mientras comentábamos la serie que habíamos visto la noche anterior, de cuando las series se emitían por un exclusivo canal y la televisión se disfrutaba sin la mediación del mando a distancia. Recrear las hazañas de aquellos policías rudos, amargados, mujeriegos, héroes felices, súper hombres infelices, corruptos tutelados por el hampa, incorruptibles, serios, muy serios sobretodo, amenizaba nuestros primeros momentos y restaba protagonismo a la lengua clásica entre las clásicas.

Una vez que nos habíamos puesto al día con la comisaría de Hill Street, Fonso atendía las explicaciones y tomaba apuntes dado que no lo interesaba lo que sucedía fuera. Yo, sin embargo, acodaba mi imaginación en el alfeizar de la ventana, sobrevolaba la copa de los árboles y era testigo de las correrías felinas por los tejados adyacentes al centro.

Llevamos más de veinte años siendo amigos. Amigos de los de verdad, de cuando la amistad era un talón nominativo y no una consecuencia al portador. Y así llevamos todo este tiempo: cada vez que nos encontramos hablamos de lo mismo y añadimos algún tema nuevo cuando la morriña copula con nuestro presente y fantasea con el pasado. Él quiere que escriba más de lo que lo hago, y yo quiero que pinte más de lo que lo ha hecho nunca. Hace pocos días comimos juntos. Disfrutamos de un frugal almuerzo para concretar un viaje a Madrid. Queremos ser testigos de la despedida de los escenarios de los legendarios “Scorpions”. Ese grupo alemán de cuando la música sonaba a rock sin prisas. Después de los cafés nos quedamos en la acera ajustando las agendas y recordando lo que ha sido de nosotros después de esos primeros años de instituto, lo que hemos logrado, las metas que hemos cruzado y las cimas que nos quedan por hollar. Tras unos segundos siguiendo el repiqueteo de unos tacones de aguja sobre los adoquines, nos despedimos recomendándonos pintar más y escribir más. Que nos hacemos mayores, y que es ahora cuando debemos intentarlo para no acabar convertidos en un Picasso, viejo verde de manos inquietas, y en un Bukowski que pase sus ratos entre lascivas miradas al personal femenino de la residencia y un querido diario sin futuro.

Regreso a casa conduciendo bajo un cielo que se me antoja azulísimo y sostenido sobre una perfecta nube blanca.