domingo, 28 de septiembre de 2014

QUERIDO LUIS GARCÍA MONTERO



Querido Luis García Montero:

Hace pocos sorbos de café que he liquidado tu última novela. Muy poco rato ha pasado desde que “alguien dice tu nombre” ha quedado silente antes mis ojos. He disfrutado como un “León” urbanita entre las estepas emocionales de tus páginas. Acaricio este teclado, pero sin poder impedirlo, me descubro dejando de escribir, de beber, dejando incluso de bucear el escote de esa camarera amable, y vuelvo a perfilar con la punta de los dedos ese título que esconde un nombre que alguien dirá alguna vez. Tengo la certeza de que esta historia restará enquistada en mi memoria para siempre. Se ha convertido en un referente, otro, en una novela cicerone que marcará el camino a aquellos que quieran conjugar presentes y postularse a escritores, o algo así.

He arribado al punto y final mientras viajaba la taza a mis labios en este domingo de un mes frágil, lleno de agua y ventoso. Un demonio vestido de calendario para los que deberían hacer de agosto, su agosto. Ya ves.

Cuando te leía, en la cafetería Lapsus, en el centro de la Girona inmortal y empedrada, era atendido por Ivette, una avezada barista que hace de su oficio un arte. Así que he unido los cafés de León y Amparo, en el Suizo granadino, a los míos, o viceversa. Me he dado cuenta de que mientras ellos compartían y departían en ese santuario de Granada, yo los vivía desde este bar que antiguamente se llamaba “café Albéniz”. Aquí, el cartero Matías, personaje de una de las novelas de Josep María Gironella, tomaba su desayuno antes de iniciar el reparto.

La gente, mi gente más próxima me dice que soy un yonqui de la literatura. Yo le digo siempre a mi gente, mi gente más próxima, que soy un yonqui de la literatura. Que para pocas cosas sirvo más que para leer. Esto lo dicen algunos y lo asevero yo. Un puñado de amigos y allegados se aventuran a aconsejarme que me deje de cháchara y me ponga verbos a la obra, que escriba más y que lea menos, o que simultanee ambas aficiones. Pero ellos no comprenden que después de leer tu narrativa, de sobrevolar con el corazón tus poemas, a uno se le quitan las ganas de suministrar literatura. A uno, este uno que soy yo, sólo le queda ser testigo de la grandeza literaria, de la luz del verso, de la musicalidad de la metáfora, del sonido de los personajes que nacen, crecen se multiplican y se inmortalizan al amparo de tu retórica y que convierten tu obra en la Altamira de la literatura universal.

Repaso algunas frases que he anotado, releo las palabras a modo de dedicatoria que escribiste para mí cuando presentaste tu obra en Barcelona. Yo no pude asistir, pero una amiga se encargó de pedirte unas palabras para un paisano. Cierro el libro, de manera definitiva.

Ahora observaré a la gente ataviada de verano desfilar al otro lado de este ventanal. Leeré algún periódico cargado de noticias asesinas, de marcadores adversos, de políticas en manos de políticos indecentes, de corruptos que penan su condena en cárceles de oro, de los corazones vacíos del rico perpetuo y de la pobreza instalada en la parrilla televisiva estival. Quizá aguce el oído, a ver si hay suerte y se cuela Sabina por el hilo musical para apuntalar esta misiva y ponerle banda sonora a este día pasado por letras. 


domingo, 3 de agosto de 2014

EL COLUMPIO


           
Foto: Merche Valdés
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La madre empuja el columpio que balancea la felicidad de dos niñas en un parque público, una franja minada de juegos infantiles. Un sitio donde se congregan las risas y en el que la diversión deja paso a más diversión. Una zona donde la hora de la merienda reúne a los adultos entorno a una gran piedra que hace de mesa. Sobre ella colocan refrescos, bocadillos y, ocasionalmente, caramelos y golosinas. Todo sucede bajo ese cielo que la literatura y el cine han convertido en un icono protector. 

La madre de las niñas va a reunirse con los otros mayores. Les ruega que jueguen entre ellas, pero que no se peleen. Quieren saber adónde va. Y va donde siempre va cada vez que acuden a ese parque; a prepararles la merienda, a ayudar a los demás, a tomarse un café, o quizá un té. A hacer tiempo hasta la hora de regresar a casa. Las niñas se pierden las últimas frases porque ya están enfrascadas en la cadencia oscilante del columpio. Se separa de ellas y alcanza la gran piedra que ya está cubierta de bocadillos blandos, de caramelos, esta vez sí, de refrescos y frutas. Sostiene una gran taza de té en la mano. Atiende las explicaciones de una amiga sobre los últimos resultados escolares de su hijo. También escucha los progresos en la universidad del hijo mayor de otra de ellas, que estudia medicina y que apunta maneras, que quizá acabará convertido en un excelente médico capaz de sanar este mundo, puede que en un cirujano plástico que le cambie la cara a este planeta cada vez menos en forma, cada vez más destrozado. Pero le dice que somos las personas y no el mundo, que es la mano del hombre la que da y la que quita, la que cura y la que aprieta el gatillo. Todas asienten. Una pregunta qué contiene el termo de color azul. Le contestan que es zumo y se sirve un vaso. 

La madre busca con la mirada a sus hijas. Siguen a lo suyo, divirtiéndose sin conflictos. Una está justo al lado de la otra, le hace cosquillas. La que está subida en el balancín mira hacia arriba, riendo cada vez más, desternillándose finalmente. La madre llama su atención. Es hora de merendar. Poco a poco se suman las otras madres. Pero los niños no tienen hambre cuando se trata de escoger entre el bocadillo o el juego. Se acomoda, mientras las espera, sobre la yerba seca que circunda esa área de recreo. Al apoyar los codos buscando una buena postura nota cómo tiembla el suelo. Barrunta entonces el peligro. Y busca a las niñas mientras se dirige hacia ellas, no, corriendo hacia ellas. Todas esprintan hacia la salvación. Alcanza el columpio y lo frena en seco. Ellas se quejan y preguntan qué pasa, que no tienen hambre, que prefieren jugar, que después, le prometen, se lo comerán todo. Pero no hay tiempo que perder. 

La madre las empuja fuera de ese parque que la crueldad hebrea ha convertido en un objetivo, como la escuela que tuvieron que abandonar porque los misiles la borraron del mapa como se borra una mala suma en la pizarra, como aquel hospital que los tanques redujeron a escombros, como la casa de sus padres que sucumbió al voraz apetito de los soldados judíos. No hay nadie, no hay nadie, lloraban los pobres ancianos mientras observaban cómo les apuntaba el mismísimo diablo con armas de asalto. No encontraron nada. Y sin nada les dejaron. Ahora viven con su hija y con sus dos nietas.  

Esa escena tiene lugar en un parque público de la franja de Gaza. Una franja minada por la confrontación. Un sitio donde se congregan los llantos y donde la pena deja paso al luto más negro. Una zona donde la hora de la merienda puede no llegar nunca porque un cielo iracundo y preñado de maldad les ha dejado de proteger.

domingo, 20 de julio de 2014

CARME


A los quince años ya sabías que el mar iba a ser tu casa.

Te convencieron los tragos endiablados que pegaste a la botella literaria, oscura y portuaria de Stevenson, cuando surcaste los mares del sur junto a Jack London siendo testigo mudo de sus escarceos amorosos dentro y fuera del mar. Remató tu decisión la novela de Herman Melville: Te enrolaste en el ballenero capitaneado por el capitán Ahab para navegar la infinitud del océano y capturar a ese leviatán níveo de nombre Moby Dick. Su único anhelo era la venganza; derrotar al monstruo que años atrás le destrozó la pierna sobre la que sostenía su vida fuera del agua.

Pero al puerto de Roses no arribaban balleneros. No era tan literario como los tesoros de las islas de Stevenson ni tan frío como las aguas árticas que se rompían al paso de esas naves gobernadas por rudos marineros. Así que acabaste comenzando en la lonja, recibiendo a los pescadores de alta y media mar cargados de frutos marinos. Durante las primeras horas ayudabas en la subasta. Esa ayuda daba a su fin cuando pasabas la manguera para limpiar los restos. Más tarde, cuando los muelles y los amarres restaban en calma, te sentabas frente al horizonte a dejarte mecer por los cantos de sirenas que escupían las aguas y las novelas que sostenías entre las manos. Esas melodías calaron en ti. También en tu familia, que ya no pudo posponer más tu decisión dejando que pisaras aquella cubierta pocos días después de la festividad del Carmen, patrona del pescador y su oficio.

Ahora rememoras tus inicios. Esos primeros pasos titubeantes en proa y tus primeras horas a bordo de aquel pesquero con nombre de mujer, deletreando las letras sanguinas que decoraban el casco: “Carme”. Y con él, y con ella, has compartido penas y alegrías, llantos y risas, alcanzando lo que ansiabas ser.
Has atravesado mil dificultades, has sobrevivido a tormentas perfectas, has anclado decepciones y has arriado victorias. Has visto la muerte bracear a tu lado, adelantarte y dar caza a compañeros hundidos. Pero este Mediterráneo tiene su particular Triángulo de las Bermudas. Esa geometría que se traga las cosas malas, los aciagos recuerdos, los latidos descompasados de esos corazones que abandonaron el barco, los capitanes que perdieron su batalla contra los azotes coléricos del mar. Ha sido hoy cuando has faenado por última vez tras cuarenta años avistando aguas. Los ecos de tu pasado han remado en todas direcciones y has repasado todo lo bueno y todo lo peor de esta profesión que, últimamente, se ahoga en decisiones políticas que la dejan varada en los despachos. Porque más arriba de los patronos, a las oficinas, no llegan los ecos de sirenas que un día se anclaron en tu alma. Ellos quieren el pescado, tú, el arte de quien persigue un banco de peces navegando junto al mar y no sobre él.

Hoy te jubilas. Eres consciente que ya nada será igual en tu vida, que no abandonarás tierra firme. Como premio por tu constancia y dedicación, te dejarán participar en las subastas, como cuando tenías quince años. Barrerás con agua la lonja, limpiando desperdicios y rescatando recuerdos. Incluso te pedirán consejo esos jóvenes que embarcan por vez primera. Y cuando decline la tarde, te sentarás con tu nieto a contemplar la puesta de sol, o iréis hasta el espigón a tirar la caña y esperar la suerte. Él, a sus diez, años adora las historias de aguerridos marinos que brotan de tus labios. Hombres valientes que la literatura y su abuelo han convertido en inmortales personajes.

Recoges todas tus pertenencias del “Carme” y te despides de tus compañeros. Hay una recepción en la cofradía, y en el bar del puerto os reunís con el resto de familiares y allegados que quieren acompañarte en tus últimas horas de marinero… Aunque sonreirás por dentro; la profesión no se abandona nunca, y llorarás la emoción por fuera sin encontrar un remedio que esconda ese nudo marino alojado en tu garganta.

Es tu nieto el que te espera al final de la pasarela para acompañarte a esa fiesta final que no deseas. Se acerca a ti con una hoja en la mano. Es un dibujo coloreado de un súper héroe arponeando una monstruosidad marina y lanzando cables a unos pescadores que luchan contra un mar iracundo. No sabes qué decirle, sólo aprietas el lienzo infantil contra tu pecho y con la mano libre acaricias su cabeza. Entornas los ojos...

-Abuelo, hoy me han preguntado en la escuela qué quiero ser de mayor. Les he contestado que quiero ser lobo de mar, como tú.

Abres los ojos, anegados por dos océanos de aguas pacíficas y silentes...

domingo, 1 de junio de 2014

MENDICIDAD


Desde mi sofá contemplo la lenta agonía del estío. Las tormentas de los últimos días de agosto ahogan muchas intenciones, por un lado, y limpian atmósferas emocionales por todos los costados. Ahora estoy en paz, con el único sonido de su voz en mi cabeza. Visito la pantalla del móvil de vez en cuando para ver si rompe su silencio en forma de mensaje de texto. La tele permanece apagada. La radio, cosa extraña, no sintoniza emisoras ni escupe ninguna de esas canciones de desamor, de celo primaveral, de luchas sin cuartel del quiero contra el puedo, de hazañas bélicas de corazones intrépidos, de lastimeras decisiones de almas oxidadas, de otoños infinitos y ocres ni de vientos que mecen árboles y pueblan las aceras de nostalgia.

Mis rodillas sostienen una novela abierta de par en par que habla de gente como yo. O de gente como nosotros. Me gustaría leerte cosas que he subrayado. Como antes, que reseñaba, o memorizaba y te leía o recitaba de memoria. Posabas alegre cuando te hacía partícipe de mis descubrimientos literarios, y mecías tu pelo, acariciabas tus labios, y entornabas la sonrisa escondiendo un suspiro o sosteniendo un abecedario exclamativo.

Quiero levantarme y llegar hasta el portátil. Debo intentar escribir un relato. Necesito denunciar una situación. Voy a olvidarme, por un rato, del resto de mi vida, de esa guerra abierta y declarada que mantienen mi cabeza y mi corazón. Porque, en definitiva, siempre salgo perdedor.

Un ruido conocido se cuela desde la terraza. Me levanto y apoyo los brazos en la baranda fría. Son las diez de la noche y mi personaje sin techo ni comida busca algo que llevarse a la boca en el contenedor verde que hay enfrente. Me siento mal en ese momento. Un sentimiento de culpabilidad que me ha sacudido otras veces cuando no he dejado una moneda en esa mano suplicante, o cuando no he colaborado en alguna de esas campañas que combaten esta o aquella enfermedad. Me fijo en él. Es un hombre de color, de largos brazos y corpulento. Con el cuerpo sostiene la esperanza y con la mano izquierda sujeta la tapa. A su lado ha ido dejando materiales que ha rescatado de la basura y que supongo venderá a algún chatarrero, o los reciclará convirtiéndolos en utensilios para su hogar, en caso de tener un techo y una familia.

Estoy a punto de volver a ti, que has quedado enquistada en algún punto de mi memoria. Quiero bailar un tango con las palabras en la pantalla de mi ordenador, de darle contenido a estos folios apantallados que fluctúan tu nombre mientras mis dedos rezan tu recuerdo. Estoy a punto de regresar a ti, digo, cuando escucho gritos que llegan de la calle. El camión de la basura está aparcado junto a los contenedores. Las luces de posición destellan en la oscuridad. El empleado municipal ha requisado la mercancía de mi negro. Ahora; un hombre negro y otro oscuro se enfrentan a voces con la dignidad como testigo. La sirena del camión alumbra unos brazos enormes y tatuados, un cuello de Goliat y una cabeza rapada que no augura nada bueno. En ese momento pienso que tampoco bajaré a interceder, que la lírica heroica no pasa por su mejor momento. Claro que nada pasa por su mejor momento. Además, nunca me ciñó la capa de súper héroe, huí de los valientes que dan la cara para que se la partan y me atavié el diálogo para evitar el suicidio colectivo de más de una razón, todo con dispares resultados. Seguro que mi negro encuentra otro sitio y otras basuras. Tengo la certeza de que otro día la suerte besará sus mejillas. Si la sangre no llega al río, y decido mantener la mía en cuarentena, no intercederé en una batalla estúpida. Uno no entrará en razón y el otro no abandonará las razones que le han llevado a buscarse la vida entre residuos.

Entro. En la chaqueta que cuelga de la silla encuentro cuatro euros con los que sobornar mi conciencia. Buenos son para mitigar su dolor. Vuelvo a mi atalaya y veo al hombre derrotado sentado en la acera, cogiéndose con la punta de los dedos la zapatilla y el codo derecho apoyado en la rodilla. Parece meditar, parece que le cueste irse, quizá esté consultando la hoja de ruta, quizá dé las gracias a su Dios por permitirle mantener la vieja bicicleta. Cuando estoy a punto de llamar su atención y pedirle que espere, que bajo a darle algo de ayuda, el camión vuelve a enfilar la calle y se detiene a su lado. El gigante calvo desciende del vehículo. Me temo lo peor. Cuando hago acopio de los arrestos que otras veces me han faltado, cuando la capa cubre mis espaldas, me asomo a ver cómo pinta el panorama y gritarle al villano que deponga su vil actitud. Pero lo que contemplo es a ese malo de película buena, en cuclillas frente al otro. Le dice que de esto ni una palabra a nadie, menos a sus jefes. Le pregunta qué tiene para transportar las cosas y le contesta, entre susurros, mostrándole la destartalada bici con dos contenedores a cada lado y otro encima, en lo que debería ser el asiento de un invitado a pasear.

Sube en la caja del camión y empieza a volcar todo lo requisado más alguna cosa extra que suena metálica cuando golpea contra el suelo.

Cuando cada uno ha recuperado lo suyo: la bondad por un lado y saciada la necesidad del otro; vuelve al volante. Estoy a punto de abandonar la escena, sano y salvo y feliz, de escribirte, de escucharte o sentirnos en alguna canción cuando escucho la voz del camionero. Baja el cristal de
la ventana y asoma la cabeza. Extiende el brazo y le dice:

      - Y de esto procura que no se entere mi mujer: Toma, espero que te guste el atún con tomate. Y le alarga su bocadillo.

El uno vuelve a circular. El otro vuelve a sonreír de nuevo. Y yo regreso a mi noche sin contemplaciones.

Enciendo la pantalla del ordenador cuando un tren de mercancías atraviesa la ciudad...


domingo, 23 de marzo de 2014

AMIGOS



Sergio, si aún sigues por aquí, este texto es para ti. Yo sé el motivo...

Mi amigo Alfonso dice que a muchos recién jubilados les da por la pintura, por el arte paisajístico. Asegura que si es un recién jubilado, retrata cielos muy azules, de un azul imposible en los cielos de hoy. Y si quien coge el pincel es una reciente jubilada, a esos azules cielos les añade una nube blanquísima, muy nívea y esponjosa de las que sólo nublan las pinacotecas de la edad tardía. Asevera que no existe el azul verdadero, que lo que vemos ahí arriba es una mezcolanza añil, la paleta de trabajo de un creador indeciso...

Fonso también es un artista. Un pintor que no ejerce porque sus ocupaciones lo mantienen alejado de los lienzos y porque sus hijas se han instalado en las manos que deberían acoger carboncillos. Su vida, fuera de la galería familiar, tiene más arte y más oficio y es, en apariencia, una vida para decorar un retablo, para vivirla en un capítulo, para perpetuarla, incluso, en los cuatro minutos que puede durar una buena canción no de verano.

En casa tengo varias obras suyas de cuando era alumno en una escuela municipal, o de la época en que recibía clases de algún pintor bohemio que simultaneaba bebida y acrílicos. En uno de esos cuadros esbozó a Bukowski, mi cartero escritor preferido. En otro, reprodujo una puerta herrumbrosa al inicio de la cuesta que conducía al instituto donde estudiábamos bachillerato y comenzó nuestra andadura por los devaneos de la amistad. Nos conocimos durante el primer año de instituto, en la biblioteca, de espalda a los libros y de cara a los juegos que se resistían a abandonar el comportamiento infantil. Y fraguamos la amistad durante el curso siguiente, donde el caprichoso azar hizo que compartiéramos mesa, de cuando las mesas, como otras tantas cosas, se compartían.

En tercer curso, en clase de griego clásico nos dedicábamos a mirar por la ventana mientras comentábamos la serie que habíamos visto la noche anterior, de cuando las series se emitían por un exclusivo canal y la televisión se disfrutaba sin la mediación del mando a distancia. Recrear las hazañas de aquellos policías rudos, amargados, mujeriegos, héroes felices, súper hombres infelices, corruptos tutelados por el hampa, incorruptibles, serios, muy serios sobretodo, amenizaba nuestros primeros momentos y restaba protagonismo a la lengua clásica entre las clásicas.

Una vez que nos habíamos puesto al día con la comisaría de Hill Street, Fonso atendía las explicaciones y tomaba apuntes dado que no lo interesaba lo que sucedía fuera. Yo, sin embargo, acodaba mi imaginación en el alfeizar de la ventana, sobrevolaba la copa de los árboles y era testigo de las correrías felinas por los tejados adyacentes al centro.

Llevamos más de veinte años siendo amigos. Amigos de los de verdad, de cuando la amistad era un talón nominativo y no una consecuencia al portador. Y así llevamos todo este tiempo: cada vez que nos encontramos hablamos de lo mismo y añadimos algún tema nuevo cuando la morriña copula con nuestro presente y fantasea con el pasado. Él quiere que escriba más de lo que lo hago, y yo quiero que pinte más de lo que lo ha hecho nunca. Hace pocos días comimos juntos. Disfrutamos de un frugal almuerzo para concretar un viaje a Madrid. Queremos ser testigos de la despedida de los escenarios de los legendarios “Scorpions”. Ese grupo alemán de cuando la música sonaba a rock sin prisas. Después de los cafés nos quedamos en la acera ajustando las agendas y recordando lo que ha sido de nosotros después de esos primeros años de instituto, lo que hemos logrado, las metas que hemos cruzado y las cimas que nos quedan por hollar. Tras unos segundos siguiendo el repiqueteo de unos tacones de aguja sobre los adoquines, nos despedimos recomendándonos pintar más y escribir más. Que nos hacemos mayores, y que es ahora cuando debemos intentarlo para no acabar convertidos en un Picasso, viejo verde de manos inquietas, y en un Bukowski que pase sus ratos entre lascivas miradas al personal femenino de la residencia y un querido diario sin futuro.

Regreso a casa conduciendo bajo un cielo que se me antoja azulísimo y sostenido sobre una perfecta nube blanca.

SENO




(Adaptación de un antiguo relato a petición de una persona amante de la brevedad...)

Fue en segundo de bachillerato cuando firmé una tregua con las matemáticas. Lo mío con los números era una historia imposible con orden de alejamiento recíproca. No me interesaba nada que tuviera que ver con el estudio de fórmulas, de algoritmos, de primos, de pares e impares, de naturales y enteros, de fracciones, de raíces cuadradas, de cuadrados y de no sé cuántas cosas más. Pero ese año en el instituto, la cosa cambió. Una profesora me invitó a conocer que la palabra seno se escribía y no se enumeraba, que era tangible para la voz y que su fuerza radicaba en un dibujo angulado, o algo así.

Se llamaba Marta. Y cada vez que Marta se armaba con la tiza situándose delante de los adolescentes, la clase se convertía en un campo de batalla hormonal. Yo, sin ir más lejos, me olvidé de salir por las tangentes y bordear los márgenes, de provocar mi expulsión para visitar los pasillos y demorar mi regreso del recreo si era Marta la que nos esperaba con "infinita decimal" paciencia. Porque, a partir de Marta, mi redención fue un hecho. Sustituí mis paseos tangenciales por la visita a ese seno matemático acudiendo a ella cada vez que tenía una duda. Al principio era de vez en cuando, de vez en cuando se convirtió en bastante a menudo y bastante a menudo convergió en un siempre.

En clase, ella explicaba y yo admiraba su figura. Después, en casa, me aplicaba el cuento y buscaba remedios para entender todo lo más posible. Fue así como las notas en los exámenes corroboraron mi mejoría. Mis padres, acostumbrados a mi danza de la muerte con las cifras, no daban crédito a la cotización al alza de mis notas. Desconocían el porqué de mi metamorfosis.

Era una profesora de unos treinta y tantos años. Morena, de gran melena, ojos oscuros y mirada líquida, de figura esbelta, ataviada con ropas más modernas que las que solía vestir el grueso del profesorado. Labios siempre pintados dibujando gestos y muecas amables cada vez que requería un voluntario para salir a la pizarra. En esos casos, un servidor siempre levantaba la mano como el miedica que enarbola la bandera nívea de la rendición ante un batallón de asalto. Casi nunca salía bien parado del entarimado, pero harto satisfecho. Al no disponer de la ayuda de mi hermano, como sucedía en casa con los deberes, ella acudía al rescate del voluntarioso alumno. Me arrebataba la tiza con dulzura, permitiendo que mis dedos entraran en contacto con los suyos, corregía mis desarreglos mientras el polvo blanco se posaba en sus yemas y las glándulas salivares inundaban mi firmamento bucal, convirtiendo el mal trago en la resurrección del mar Muerto.

Desde la tarima, cuando se dirigía a mis compañeros, la estudiaba de soslayo hasta que se daba la vuelta y guiaba su dedo por la pizarra buscando un acierto o la suma de errores. Con la mano libre, mesaba su cabello negro, primero, y lo recogía, después, colocándolo detrás de su oído. Y me miraba con insistencia preguntándose qué narices hacía día sí y día también enfrentado a ese vía crucis matemático.

Sus senos dibujaban arcos que delimitaban su figura y apuntalaban mi deseo, su vestido volaba mecido por el viento de la imaginación cada vez que daba un paso adelante, cada vez que se giraba para cerciorarse que seguía ahí, anclado en esa estación terminal. Momentos después me pedía que volviera a mi sitio. Y mi sitio estaba lejísimos, en el ocaso del mundo. Mis pasos eran lentos como la duda y el regreso a mi pupitre constituía el final de la peregrinación al paraíso del pecado. La canícula tardaba una vida en abandonar mis mejillas.

Muchas veces me quedaba con un trozo de tiza que ella hubiera acariciado. Aún debo tener alguno por ahí guardado en la alacena de los recuerdos intemporales.

Así que aquel año firmé una tregua con las matemáticas gracias a la trigonometría que amamanté en el seno de aquella clase. Fue el único en el que las matemáticas se quedaron en junio y no tuve que recuperar los números perdidos en el mes de septiembre.

Para el curso siguiente me matriculé en letras puras ante el temor de que Marta no me tocara en suerte y los números reclamaran venganza.


domingo, 28 de julio de 2013

ESCRÍBEME LO QUE VIVES...



CAFÉ

Me preparo una taza de café varias veces al día. No hay un motivo para hacerlo, pero tampoco existe prescripción médica que me invite a evitar la cafeína en cualquiera de sus manifestaciones. Tomar café me relaja, pese a todo.

Sumergirme en una lectura sujeto a una taza me permite elevar a los altares del goce supremo mi momento literario. Puede que la historia no merezca la pena, pero el café hará de antídoto: descansaré la novela sin gloria sobre mis rodillas y me limitaré a sorber y a contemplar el paso procesional de mis pensares. Si estoy en un bar, buscaré entretenimiento en actos ajenos, en las caras que observo, en las conversaciones que escucho, en los escotes que desfilan por la pasarela de mi erotismo o en el exterior que avisto desde ese observatorio en el que se han convertido mi mesa y la silla que ocupo.

Tomar café mientras escucho música, tomarlo mientras trabajo, mientras escribo, mientras veo la tele, mientras hablo por teléfono, mientras charlo contigo, con ella o con él, mientras miento de verdad y mientras le encuentro una excusa a mi inconstancia para escribir escudándome en la coletilla que temo convertir en universal que reza que no puedo hacerlo más (escribir) porque soy un yonqui de las letras, mientras me confieso en retórica soledad, mientras miro por la ventana y cuento los trenes que atraviesan la ciudad cargados de pasajeros o de mercancías, mientras sueño con declarar todos los amores y desertar de todas las guerras, mientras le pido un préstamo sin interés a la felicidad, mientras consigo una orden de alejamiento a mi mala suerte, mientras repaso los lugares acordados, mientras admito que muchas distancias no conducen a ninguna parte si no es a tu lado, unas veces, o para buscarte, otras, mientras inmortalizo instantes con mi punto de mirada, mientras le hago un traje de letras a mis domingos, mientras parto a recuperar mi otra mitad oculta entre las piedras del camino, mientras me atrinchero en esta cafetería y apuro el último sorbo para pedirle a la camarera otro café.



LAS BICICLETAS SON PARA ESTE VERANO

Cada vez que veo una bicicleta apoyada sobre las ilusiones de un niño, pedaleo hasta mi infancia. Me acuerdo de la bici nueva que nunca tuve. Ser el mediano de tres hermanos te convierte en heredero universal y único de todo aquello que a tu hermano mayor le queda pequeño e inservible. Así que la bicicleta suya acabó siendo mía. Claro que llegó en un lamentable estado. Bien, quizá aquella BH llegara a mí en condiciones óptimas, lo lamentoso fue que no nos habíamos estrenado juntos, que no abandonó el escaparate para venirse conmigo y alcanzar, de paseo, las primeras metas volantes. Que al no ser nueva, al no estrenarla yo, la alegría era efímera, como el pan de los pobres. Sólo los primeros momentos, cuando el manillar templado y la palanca de los frenos enfriaba la palma de mi mano, disfrutaba realmente de la adquisición. Después, al ver que la B se había encogido, que a la H se le descascarillaba la pintura y que necesitaba más el pie para frenar que la palanca que tenía al alcance de mis dedos, me daba de bruces contra el sino de mi realidad: para qué una bici nueva si la de tu hermano está impecable, decía mi madre. Para qué una bici nueva, como dice tu madre, si la de tu hermano está como si nueva, remataba mi padre.

El verano acababa de aterrizar en la Vega granadina. Ese día reestrenaba las dos ruedas y, como dije un poco más arriba, los primeros momentos fueron de satisfacción, de nervios, de ganas infinitas por deslizarme cuesta abajo notando el viento de la ilusión en mi cara, con los ojos entornados por la emoción y la aceleración y con las manos sujetas al manillar, desplegando mecánicamente los dedos y rozando, para saber que seguía ahí, la palanca de frenada. Pero no avancé mucho; al poco de iniciar el descenso, la bicicleta se partió por la mitad como un melón maduro. Hizo ruido el hierro contra el suelo, hicieron ruido mis huesos contra el asfalto. Me levanté asustado, con una porción de bici en cada mano, mirando en derredor sin mover la cabeza, preguntándome quién vendría a auxiliarme, preguntándome quién habría sido testigo de mi ridícula puesta en escena.

Al final todo quedó en un susto. No hubo huesos rotos y poca gente contempló mi velocidad de crucero a bordo de un artilugio no apto para niños abonados al préstamo.

A los pocos días heredé un balón que explotó en mis manos, meses más tarde, un futbolín con un portero en fuera de juego, una máquina de escribir mellada, una radio que emitía en silencio y un tocadiscos con la canción de este verano...


DE RATONES Y ABUELA

Mi abuela amaba los gatos. Los tenía en casa a pares, como un ejército aliado listo para la lucha contra lo que más odiaba en la vida: ver pasar por delante de la chimenea un ratón. Un animalito de campo. Un roedor de ésos que ni muerden, ni se meriendan a las viejas que les temen, ni atemorizan a gigantes elefantinos. Ratoncitos grises, diminutos siempre. Animales inofensivos que los artistas callejeros dibujan con carboncillo, fauna roedora que escritores como Sam Savage retratan y dotan de protagonismo en su obra literaria. Ratones sonrientes, siempre prestos a no hacer otra cosa que pasear, visitar las infancias desdentadas y comer de todo menos queso. 

Así que la familia de ese ratón se paseaba de día y de noche, al amanecer y cuando declinaba el día por delante de la chimenea que gobernaba la gran cocina. Daba igual el número de gente congregada al calor del hogar, el ratón uno, el ratón dos, y así sucesivamente… una familia entera, siempre en orden marcial. Se acercaban buscando el calor de la leña y los trocitos de madera que eran indultados por las llamas. Nunca supe qué hacían con esas ramitas, nunca. Porque si hubiera sido una paloma, o un pájaro, o cualquier ave, sí… pero un ratón no hace un nido como si se tratara de un pajarillo, decía también mi abuela. El calor aletarga. Más el provocado por la madera que arde. El mismo que nos sumía en un duermevela infinito. Los sueños, incluso, nos visitaban prolongando nuestra estancia. Era entonces, y así entonces lo creía, cuando el ratón y su familia que empezaron morando este relato, se paseaban impunes por delante de nuestras narices en general y por las de mi abuela, en ofensa particular. Nuestros cuerpos no reaccionaban. Y mi abuela no acertaba a atizarle con las tenazas cuando abría los ojos y se encontraba a Pérez robándole la tranquilidad coronaria. Conocían nuestras pautas y distracciones, y se aprovechaban.

Desde aquel entonces también amo los gatos, aunque vivo sin chimenea, y mis dientes caídos dejaron de ser un reclamo para visitadores impasibles...






PRIMER CAFÉ

Cuando tenía catorce años escuché cómo un profesor aconsejaba a mi madre. Hacía referencia a mí, a mi entonces presente quebradizo y a mi frágil futuro en el mundo de los estudios. Le pedía que no me matriculase para cursar bachillerato. Que Mario no era una apuesta universitaria, o algo así. Que lo mejor, visto lo visto y suspendido lo suspendido, era cursar algún módulo, o probar alguna cosa que no pasara por matricularme en el instituto.

Me hice el despistado, que dicho y escrito sea de paso, no me costó nada, y les hice ver que no me había enterado de su conversación.

Al salir del colegio y dejar atrás a ese profesor y sus intenciones, fuimos a tomar algo a un bar próximo: café e ibuprofeno para mi madre y su cabeza y un refresco para su hijo aspirante a díscolo e iletrado. Le insistí con el tema “cafeinado” y mi suficiente edad para enfrentarme a una taza. Que deseaba hacer lo que ella; leer sin parar y tomar cafés a casi todas horas. Pero mantenía el semblante serio, la mirada preocupada y parecía no prestarme atención. Ahora me pregunto si no intentaba interpretar mi porvenir en el abisal fondo de la taza.

Diluyó un terrón de azúcar pinzándolo con los dedos sin depositarlo hasta notar como el color pasaba del níveo al marrón. Al poco rato alzó la vista para preguntarme qué quería hacer con mi vida, los estudios y ese futuro que esperaba indicaciones para las maniobras de aproximación. Le contesté que quería lo mismo que ella: matricularme en el instituto. Haría acopio de fuerzas para llegar hasta el final y salir bien parado. Que durante mis horas de estudios me limitaría a estudiar. Que dejaría de mirar por la ventana y cazar aves con la vista, de entretenerme con los vuelos acrobáticos de una mosca, con el sonido de la lluvia sobre las tejas, con la sigilosa peregrinación de los gatos a los contenedores, con la danza de los árboles mecidos por los vientos de la distracción, con el arrullo de las palomas en celo y esos cortejos amatorios, con el sonido del mundo y la visión de la naturaleza, en definitiva.

Mi madre se me quedó mirando. No daba crédito a lo que acababa de salir por mi boca. Boca cuyos labios no se habían refrescado aún. Le prometí, mientras la voz de aquel profesor seguía resonando en mi interior, que lo decía de veras, que lo haría por ella. Tengo la imagen de aquel momento enquistada en mi memoria; mi madre llevándose la taza al cielo del placer y dibujando negaciones con la cabeza. No. No lo haría por ella, ni por nadie, que sería capaz de intentarlo sólo por mí, quiso dejar claro. 

Mientras me concienciaba sobre lo que acababa de prometer y empezaba a despedirme de moscas y sus vuelos, de palomas en celo, de árboles acariciados por los vientos, de gatos paseadores de cornisas y del sonido de la lluvia sobre el tejado, escuché cómo mi madre se dirigía al camarero:

-Póngale un café al niño, por favor.






ORGULLO

Decidieron amarse con orgullo. Para lograrlo tuvieron que emigrar lejos de sus orígenes. Primero fueron turistas, después, visitadores habituales de sitios acordados y, por último, decidieron afincar su confianza amatoria en la otra punta de su mundo.

El domingo por la mañana, entre piedras, rincones decorados de cara al veraneante, cafés y paseos, los descubrí y me descubrieron. El más alto me pidió si podía hacerles una foto tranquila. Les hice varias y les robé una. El más alto me preguntó si conocía algún bar que sirviera buen café. Le contesté que sí, que les mostraría dónde.

Abandonaron su descanso de caricias y descendimos por la cuesta de los alemanes. Sólo hablaba uno así que intuí que solo él conocía mi idioma, y ese uno, delante del bar, me insistió para que aceptase acompañarlos.

Entramos en la cafetería del buen café y ocupamos una mesa al fondo del local, junto al ventanuco mal ajustado desde el que contemplamos la ciudad y su mediodía, las aves bajo los efectos de la primavera, y sus escarceos, los turistas accidentales armados con cámaras de fotos de generación “ultísima” y los peregrinos de caminos y bendiciones. El único que tenía voz dijo, sin dejar de mirar el exterior, que amaba aquellos lugares en los que el amor no fuera perseguido. Llevándome la taza a los labios, justo antes de posarla en dirección al cielo de mi boca, susurré que yo amaba los lugares en los que perseguir el amor no constituyera delito ni pena.

El otro, que aún no se había manifestado, miró al de la voz cantante, al portavoz de su relación y le pidió traducción.

Al conocer la respuesta, sin dejar de sonreír, observándome, comentó algo. 

El que desde el principio llevaba la voz cantante, me tradujo que jugábamos, entonces, el mismo partido.-Por supuesto, aseveré, pero en equipos diferentes.

Los tres, en ese momento, comenzamos a reír en el mismo idioma.






DE PERSONAS Y GATOS

Trabaja en la cafetería de un centro de formación sindical. 
A escondidas de sus jefes, ofrece alimento y amparo a una gata primeriza que amamanta a sus dos crías.

Por la mañana, cuando el sol estival aún no castiga la ciudad de Madrid, visita a su protegida. Le deja una bandeja con algo de jamón, también alimento para gatas lactantes, y le cambia la cuna a sus dos pequeños. Si no están enganchados a la madre, los sostiene entre las manos y arrima a su cara, besa sus narices templadas, pasa los dedos por la comisura de la boca y limpia restos de leche, les susurra cariños y mimos y los devuelve con ella que contempla la escena sin cambiar de postura.

Tras su jornada laboral vuelve a la carga, ilusionada y generosa. Visita la camada y tras alimentarlos y acomodarlos para afrontar la noche, se despide repartiendo besos a las crías y sosteniendo la cara de la madre entre sus manos pidiéndole que cuide de los pequeños, que no se aleje mucho, que mañana volverá como cada día...Mientras dice lo que dice, no deja de balancear su cuerpo, de bailar los gestos, de dibujar en cada movimiento los ápices aumentativos de la generosidad.

En un momento dado me topo con su mirada. Me descubre apuntándole con la cámara del móvil. Dándome la espalda, otra vez, coloca los brazos en jarra y vuelve a mirar a sus criaturas. Es entonces, hablándoles a ellos, cuando me cuenta su historia.

Al terminar me alcanza una cría. Mira qué ojos tan azules, qué pelaje más profundo para lo peque que es, me indica. Le anoto que la madre no se inmuta, que parece no molestarle que sostenga a su cría. Acariciarlo, tranquilo, mamá felina confía en mí, aclara. Instantes después, mientras arrullo al diminuto felino contra mi pecho, me encuentro con su mirada líquida. Me intereso por el motivo de su preocupación. 

En quince días comienzo mis vacaciones. Un año esperándolas y ahora no cuento las horas que faltan para irme al pueblo. Temo por ellos. No sé quién se ocupará de los pequeños. Si al menos estuvieran destetados y camparan a sus anchas por este patio infinito, la cosa sería diferente, susurra. 

Guardamos silencio durante unos instantes. Silencio que rompe el hilo de su voz: hablaré con mi jefe. Este año visitaré el pueblo en otoño. Lo recuerdo bonito, sembrado de hojas, quizás las chimeneas de las casas escupan humo y ese entrañable olor a hogar me devuelva a mi infancia. Está convencida de que para esas fechas, los gatitos serán gatos que correrán lo suficiente como para alcanzar la suerte de la supervivencia.

Le digo que me emociona su decisión.

Claro, estos pequeñajos se lo merecen, gimotea mientras enjuga las lágrimas con la manga.

¿Sabes? soy tan madrileña como gata, apostilla.

Sonríe ella. 
Escribo yo.


sábado, 1 de junio de 2013

HISTORIAS DE FOTOS


CARRER DELS PETONS

CALLE DE LOS BESOS

Lawrence Durrell declaró que una ciudad se convierte en un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes. Lo descubriste en una de sus novelas. Después, mi obediencia siguió tus pasos, y leí a Clea, y visité la ciudad de Alejandría, y probé vinos y licores de aquellas cosechas imposibles a la orilla del mar. Viajé a la tierra de Justine y Durrell, reí con sus gentes y lloré con las ausencias anunciadas. Y todo lo hice porque no quería darte por perdida. Quise convertir cualquier pueblo en Barcelona, cualquier calle en uno de los callejones góticos de la ciudad condal, cualquier puerto en las dársenas y amarres de la ciudad que hicimos nuestra, cualquier bar en el escondite para marineros en tierra, de la Barceloneta, al que acudíamos a emborracharnos de caricias bajo la mesa, cualquier templo en la iglesia del mar, o en claustro de la iglesia de Santa Ana, testigo de nuestros besos prohibidos unas veces, furtivos, todas las veces. Un día me trajiste a este rincón. Calle que besa a sus visitadores, que invita a juntar los labios, a entrelazar las manos y a compartir ruta por la intrincada jungla del erotismo. Hace tiempo, mucho tiempo después de que Cupido mirara cabizbajo al suelo y arrancara sus flechas de nuestros cuerpos, después de la herida, tras la cicatriz, quise encontrar la calle para que no pasara a engrosar mi olvido. Anduve y desanduve la calle Comercio, tomé cafés cortos e intensos en la cafetería del “museo del chocolate”, paseé por el mercado   municipal del Born, escudriñando las personas que hacían cola en los puestos, deteniéndome en las miradas, entré en la biblioteca para surcar el universo literario y descansar la búsqueda. Cuando ya me daba por vencido, una anciana dejó de alimentar a las palomas y me preguntó si podía ayudarme. Supongo que leyó en mi rostro la angustia de mi búsqueda infructuosa. Bueno, le contesté; necesito encontrar una calle...

-Quizá se la ha tragado la especulación urbanística porque llevo un buen rato dando vueltas. Puede que lo haga en círculos, como el náufrago o el niño que se pierde en la feria.

Ella miraba y se preguntaba, convencido estoy, de dónde había salido un tío tan agobiado y tan solo... Me contestó que me acompañaría a ese lugar. Que de joven iba mucho con sus novios, primero, con su marido, después. Que tras pasear por los soportales, acababan tomando un chocolate caliente en el centro cívico o en el museo del cacao, o leyendo alguna novela de amor en la biblioteca municipal.

-Todo ha cambiado desde entonces, excepto el nombre, el olor a humedad, las dimensiones, los visitantes casuales, los buscadores de tesoros en bocas ajenas y la nostalgia que nos convierte en exploradores del pasado. Anda, vamos a concluir tu búsqueda, concluyó.

Les dijo a las palomas algo así como que tenía que acompañar a otro extraviado, que volvería después. Al anunciarme que habíamos llegado se me quedó mirando fijamente y dijo:

-Anda, dale dos besos a esta vieja. 

Extraje de mi bolsa la novela que me había acompañado en mi travesía.

-Tome, le dije, espero que le guste esta obra, se la regalo.

Se ajustó las gafas, compuso una sonrisa, y leyó pausadamente: J U S T I N E 





CANON

Siempre suenan tristes las canciones a ras de suelo. Representan la banda sonora de las aceras, el réquiem de los sueños, la balada azul del futuro. Cada vez que desciendo por esa calle, arrimo el oído y persigo las melodías que rivalizan con el ruido de los coches y los transeúntes que hablan gritando y maldicen en silencio.

Ocupa el mismo sitio cada día, así se desplome el cielo, así castigue un sol inmisericorde. Siempre toca el violín, siempre el chelo, siempre la guitarra, siempre un teclado mellado de nostalgia, siempre unas cuerdas con las que ata el tiempo a su cintura y ancla algún sueño tornadizo para evitar su huida.

Me detengo unos metros antes para no molestarlo con mi presencia. Observo los movimientos de la gente, cuento los viajes a los bolsillos y las posibilidades económicas que ese día le reportará su concierto callejero. La niña llega con su abuelo. Éste le dice algo y ese algo se traduce en unas monedas que la joven derrama en el estuche del violín, o del instrumento que toque ese día. Otras veces llega el viejo solo, y charlan entre un tema y otro. No se dicen mucho y, sin embargo, por la expresión del artista mundano, se diría que ha conseguido un hito importante pisando el escenario de la consagración. Se despiden pronto. El uno saluda con la mano y el otro le responde con la sonrisa mientras sostiene el instrumento entre su hombro y mañana.

Después entro en escena, con mi euro en la mano derecha, oculta en el bolsillo de la chaqueta o en el del pantalón. Me acerco con paso quedo, mientras sus dedos desgranan el Canon de Pachelbel. Cuando desciende la última nota, cierro los ojos y dejo caer la moneda. Él me señala con el arco, al más puro estilo cupido musical. Me atraviesa con su sonrisa triste, con sus ojos de agua, con su lacónico saludo en un idioma que aún no he sabido descifrar.

Esta mañana el músico no estaba en su sitio. Dos semáforos antes de llegar he notado la falta de música, el sonido del silencio. Nadie ocupaba su lugar. Parecía una vacante del destino, un sitio aislado, un trozo de acera en cuarentena.

Cuando creía que todo estaba perdido, que la crisis se había cobrado otra víctima, he visto a mi músico tomando café con esa niña y con su abuelo. Sonreían a través del cristal. He entrado en la cafetería y, tras saludarlo y expresarle todo mi apoyo, le he dejado el preceptivo euro en su mesa. El hombre mayor, al verme, ha insistido en que les acompañara y desayunara con ellos. He preguntado el motivo de la celebración y la niña ha exclamado emocionada que hoy, Milko, que así se llama mi trobador 2.0, estrena un violín nuevo. Se lo han regalado porque hoy se celebra el día internacional de la música.

He abandonado la cafetería con la certeza de que la generosidad es la canción de cuna de los sueños declarados y adultos.




INGLÉS PARA PERVERTIDOS

Cada vez que el año toca a su fin, y el otro llama a la puerta, nos da por hacer promesas que sólo se acumulan en las estanterías de nuestra conciencia, haciéndoles la competencia al polvo, ocultándose entre vergüenzas y distracciones. Nunca un día uno de enero me he puesto a dieta, cuando días antes juraba y prometía y aseveraba y asentía, y daba por hecho que, en cuanto amaneciera en año nuevo, junto a los saltos de esquí alpino, también volaría mi exceso de equipaje. También buscaría una academia en la que aprender inglés, combatiría mi miedo al dentista y, con toda seguridad, escribiría el relato definitivo tras asistir al concierto definitivo de Sabina en buena compañía. Pero el primer día del año es un día frágil, precedido por una noche esbelta y recargada al uso. Es un día en el que no caben promesas, lleno de horas distraídas y momentos en los que uno, realmente, no sabe quién es, ni dónde está, ni qué busca, ni qué necesita para seguir tirando adelante. Te embarga una sensación de hartazgo, eso sí, pero no sabes bien a qué se debe esa indigestión de dudas. Y las dudas, si caben, y siempre caben, son porque sabes perfectamente que lo que ayer era una promesa firme, hoy afirmas que se la ha llevado el viento del olvido a alguna parte. Que bien pensado aún queda por delante el día de reyes y te concedes una prórroga. Que tras el seis de enero arremeterás contra el sobrepeso corpóreo, el miedo odontológico y la ignorancia idiomática, consiguiendo cumplir todas esas promesas que un día, hace mil años prometiste alcanzar.

Pero los tres Magos me trajeron este libro, “Inglés para pervertidos”, cuando yo, precisamente, es una de las cosas que no he prometido, algún final de año, dejar de ser… Lo siguiente será: dieta para pervertidos y cómo perder el miedo al dentista pervertido, o algo así…

Bien, allá vamos, ábrete sésamo: CHAPTER ONE…





PARÍS

Estuve en París. Siempre reías cuando sentenciabas que acogería nuestro destino final, que siempre nos quedaría esa torre que apuntala el cielo y recoge la luz infinita. Y tomaríamos café a la orilla del Sena observando las hordas ordenadas de turistas japoneses fusilando con flashes "nuestra" Notre Dame. Recorrí las mismas aceras, entré en los mismos bistrots, “cafeceé” en las terrazas de Montmartre, visité las mismas librerías, compré y releí en noches de hotel interminables a esos autores que un día me presentaste: Carrère, el biógrafo de la muerte y Houellebeq, el cronista elemental. A veces creía verte en otros rostros, como sucede en esas películas de presupuesto bajo, lágrima fácil y final perdiguero. Cansado de andar en círculos viciosos, de buscar sin encontrar, de mirar la oscuridad, volvía a mi habitación y me dormía abrazado a tu recuerdo. Me despertaba pronto, como esas personas huérfanas de sueños y escribía notas que acababan en la papelera, justo debajo del escritorio.

Abandonaba el hotel con la firme promesa de no volver a la capital francesa cuando en recepción me dieron un sobre con todas las notas que Gisèle, la asistenta de mi habitación, había rescatado de la basura. Adjuntaba un breve escrito en el que solicitaba un indulto para mis letras.

En el aeropuerto compré las últimas novelas de Houellebeq y Carrère y una postal en la que escribí: Gisèle, gracias por la luz. Firmado: mis palabras.

Busqué el buzón más cercano y deposité la postal. Mi avión despegaría en una hora, el tiempo suficiente para un café y una nota que decoraría la foto de esa torre que, aún hoy, me hace llorar como un niño chico.