jueves 15 de octubre de 2009

LA CAJA DE COSTURA


Mi abuela tenía una caja negra con motivos chinos en la que guardaba los hilos y las agujas y demás enseres relacionados con la costura.

Me fascinaba verla enhebrar, hilar, tejer, desmadejar con la soltura de una artesana de los filamentos textiles.

Los viernes por la tarde me sentaba a su lado y mis ojos se posaban en sus manos. Y en sus ojos. Me miraba mirarla y preguntaba si no tenía nada mejor qué hacer. No. Nunca tenía nada mejor que hacer cuando sus manos hacían desaparecer cual maga, descosidos y rotos. Y sus dientes partían el hilo, dejando el botón sujeto a la pernera, a la manga, al sitio, siempre, más adecuado.

Siempre me pregunté de dónde habría salido esa caja. Si antes de contener hilos contenía galletas, si después de las galletas y de los hilos, guardaría algún secreto que las manos viejas y los dedos diestros pondrían a buen recaudo.

Mi abuela escenificaba todo un ritual. Y yo, con mis ojos vivaces, emocionado y expectante la acompañaba en su peregrinaje por las rutas de la seda doméstica. Sigiloso. A veces parapetado tras una puerta. O detrás de una muralla ficticia. O escondido sin miedo a ser descubierto en alguna trinchera sucia y mojada como las que separaban a los enemigos en esas guerras interminables que mis oídos habían vivido.
Se quitaba el delantal que la había acompañado todo el día. Desde su estreno sirviéndole el primer café a Juan, mientras cocinaba, mientras lavaba, mientras era seguida por una manada de gatos ronroneantes que querían su ración de comida, mientras tendía la ropa al sol. Se acercaba al armario que había al lado del primer televisor en color que mis ojos disfrutaron, esa caja inteligente cargada de globos que ascendían por los cielos de uno en uno. Abría la puerta, encorvaba su cuerpo enjuto y cuando se giraba, como por arte de magia, allí estaba la arqueta. La acariciaba mientras su mano libre buscaba los pantalones, las camisas, las ropas descosidas, los botones díscolos que siempre se caían solos y que un servidor intentaba en vano denunciar que nunca eran consecuencia de mis juegos asalvajados.
Y por fin se sentaba en el sillón rojo, debajo de la ventana, y mientras la tarde moría, ella remendaba, sacaba del coma textil, resucitaba algunas prendas que habían fallecido en las contiendas infantiles.

Salía de mi escondite y me sentaba cerca de ella. Y entonces me instaba a irme al patio. O a jugar con mis hermanos, o a ver qué andaría haciendo mi abuelo en su huerto. Pero no. Me quedaba allí, velando ese rato de intimidad. Escudriñando su arte. Escuchándola cantar alguna copla de la época, oyéndola rezar a veces y pedir por su familia, siempre.

Mi abuelo sufrió una angina de pecho. Lo ingresaron y durante dos semanas mi abuela vivía en la habitación blanca y azul, fría, inhóspita del hospital provincial de Granada. Aproveché su ausencia para coger la caja metálica con motivos del lejano oriente. Cada día hacía el mismo ritual que había visto escenificar a ella. Alimentaba a los felinos domésticos, paseaba por la casa, me acercaba al armario junto a la tele en color que en esos momentos emitía una carta de ajuste que conducía a la programación infantil. Y con ese baúl en mis manos, me sentaba en el sofá y miraba su color. Acariciaba su color. Miraba esas figuras que resaltaban sobre el fondo oscuro. Esas féminas de vivos colores y ojos rasgados bajo una sombrilla. Esos agricultores arando el campo. Ese sol oriental sostenido por un cúmulo de nubes blancas. Y la niebla derramándose por esos bosques de eucaliptus que escondían, seguro, al gran oso panda.

Viéndome solo. Sabiendo que nadie me miraba, conociendo los escondites de la casa como si los hubiera creado yo, abrí la caja, vacié los hilos, las agujas y demás aparejos y la escondí detrás de la chimenea. En casa de mis abuelos había dos chimeneas. Una en el comedor, de adorno y otra en la gran cocina, que se encendía en invierno y permanecía activa hasta los templados primeros días de la primavera.

Escondí la caja en la primera. En la del comedor. En la que servía de adorno y la que nunca había visto vestida de lumbre.

Mi abuelo tardó más de lo previsto en recuperarse. Y mi abuela nunca recuperó el hábito de la costura. No echó de menos su caja. Y al no verla actuar como lo hacía antes de que enfermara el viejo de la casa, no la seguí. Perdí el interés. Y es que el interés, en la conciencia de un infante, es frágil como los árboles caducos en manos del otoño.
De vez en cuando miraba mi tesoro escondido. Si hubiera notado algo, si ella me hubiera preguntado, seguro habría confesado ipso facto. Pero no. No preguntó. No siguió tejiendo, ni hilando, ni enhebrando como lo hacía tiempo atrás.
Después, más por miedo que por otra cosa, por verme sorprendido mirando mi cofre, acariciándolo, temiendo un castigo severo por haber cometido semejante hurto, dejé de frecuentar la chimenea. El escondite refugió mi olvido.

Fui creciendo y fui olvidándome de la caja. O eso creía yo. Pero muchas veces, cuando he visto a una vieja cruzar la calle, me he acordado de mi abuela y su caja de hilos. Otras veces, cuando he visto una caja de costura que no tiene nada que ver con la que descubrí en mi infancia, me he acordado de mi abuela cruzando las calles de su vejez. De mi abuela tejiendo y remendando. De mi abuela, sirviendo el café de las cinco a mi abuelo. De mi abuela, sentándose pesada por los años en el sofá bajo la ventana que daba al patio. De mi abuela, acariciándome con sus palabras y preguntándome con la mirada.

Pasaron los años, como anuncian las canciones, y la Unión Soviética se desintegró. Se volatilizó el socialismo. Cayó la Europa comunista. Erró la nueva política que sustituyó a los antiguos rojos dueños de martillos y de hoces. Países que dejaron de ser países. Pueblos que consiguieron soberanía propia. Hermanos que se mataron y pueblos que se hermanaron en un abrir y cerrar de ojos. Un mapa nuevo para un continente cada vez más anciano, casi decrépito.

A mi familia le pasó más o menos lo mismo. Se desintegró. Poco a poco los padres dejaron de hablarse con algunos hijos. Algunos hijos con algunos de sus tíos. Algunos tíos con los cuñados y así sucesivamente. Al final, el fin. Cada vez que volvía a la ciudad por vacaciones, visitaba varios clanes.

Hace poco visité uno de esos clanes. El de mi tío Daniel.
Hacia él me dirigía cuando me paré delante de la que había sido la casa de mis abuelos durante tantos años. Me quedé mirándola. Hogar, un viejo hogar. El sol la bañaba y resbalaba por sus muros blancos y desconchados. Las plantas crecían salvajes en el tejado. Las tejas, rotas la mayoría, escupían un polvo rojo sobre los manzanos podridos que rodeaban el patio exterior.

Rodeé la casa. Acaricié las verjas oxidadas de las ventanas devastadas por los años. Pisé las hojas que formaban un tapiz mortuorio. Miré la huerta devorada por la naturaleza. El suelo yermo se hundía bajo mis pies. Andaba con miedo, como si temiera romper las ensoñaciones sobre mi pasado.

Al poco rato la voz de mi tío me sacó de mis cavilaciones:

- Mario, tengo las llaves de la casa. ¿Quieres entrar?
- La verdad, me gustaría. Más por recordar viejos tiempos.
- Pues venga, vamos a ver si esta vieja llave se acuerda de abrir. Eso sí,te aseguro que no sé cómo estará. Tenemos que reformarla pues no hemos tocado nada desde que murieron…
- No importa. Sólo quiero echar un vistazo. Saborear el recuerdo.

Al poco nos encontrábamos en el centro del viejo comedor. Cuando paseaba mi niñez por esa casa, pensaba que ya era vieja. Que no le quedaba mucho tiempo de vida. Que seguro, mi abuelo, contrataba a algún albañil del pueblo y se ponían a quitarle años…

Pero todo seguía igual: Los viejos sofás cubiertos por una sábana. Las sillas encima de las mesas. Las estanterías repletas de polvo y de libros. Los utensilios en la cocina, bien alineados, mal conservados. Las camas cubiertas por colchas viejas y raídas. Los cuadros religiosos, los rosarios contadores de oraciones, la biblia en la mesita sagrada de mi abuelo. Recorrimos el viejo caserón. Pisamos el patio interior. Mi memoria recuperó algunos maullidos. Miré en derredor, visité los rincones donde mi pasado se escondía como un niño chico.

Estábamos a punto de abandonar el sitio para siempre.
Al pasar por delante de la chimenea que nunca hizo honor a su nombre, me paré. Mis ojos se fijaron en el hueco que quedaba detrás. El mismo que servía de escondite para mis tesoros.

Metí la mano, ante la extrañeza de mi tío. Tanteé y acaricié con la punta de los dedos algo metálico. No recordaba que fuera tan estrecho. Claro que los niños se meten por cualquier rincón.

Me giré hacia donde estaba el hermano pequeño de mi madre. Le mostré la caja y le dije que la había escondido ahí hacía mucho tiempo.

La desempolvé.

- ¿Qué contiene la caja? –me preguntó-
- El esqueleto de mis sueños, supongo.

Salimos otra vez al sol.

A los pocos días volví a Girona.

Y ahora siempre que mis dedos acarician historias, extraigo la caja de costura del recién estrenado escondite. Y la abro para mirar en su interior y contemplar el paisaje y los pasajes de mi infancia. Después, una vez saciada mi alma, la devuelvo a su sitio y me siento delante del ordenador.
Y dibujo sobre un lienzo de palabras mis historias en un intento desesperado por resucitar mis sueños difuntos.

sábado 29 de agosto de 2009

SU CAFÉ


Me ha despertado el aullido del teléfono. Irreverente. Una vez, otra vez.

Tengo la voz silenciada. Voz sin cuerpo.

Me da tiempo, antes de descolgar de saber que son las ocho de la mañana. La voz de mi mejor amiga quiere parecer la de ese príncipe. Y ella no sabe que yo sé que no quiero ya, nunca ya, un príncipe. O sí, un príncipe solícito que me deje dormir por los siglos de los siglos.

No me deja hablar. Sólo anuncia que en media hora estará en casa. Que tomaremos café. Que hablaremos. Lo sé: hablará ella. Escucharé yo. Querrá que hable yo. Querré seguir escuchando.

Es mi último día en la ciudad. Busco un exilio para mí. Una huída. Pero muchas cosas han pasado. Me he separado de él. Y no consigo separarme de él. Está a la vuelta de la esquina. Mis pensamientos corren una y otra vez, todas las veces del mundo a esa esquina. Viven ahí, mientras que yo, con mi cuerpo, con mi alma huérfana de alegrías, con mi vestido de amargura habito esta madriguera de ochenta metros cuadrados. Ochenta metros cuadrados de sueños rotos.

Mientras tanto me ducho, me maquillo, me embadurno, como le gustaba definirlo a él. Mientras tanto busco unas zapatillas, cubro mi cuerpo con un albornoz robado en aquel hotel. Claro que ya no se roban los albornoces. Los dejan ahí para que te los lleves cuando gustes. Y yo siempre he gustado mucho. Así que también en este piso se quedarán muchas prendas que han sobrevivido a noches de hotel. Noches de amor. Noches de pasión. Noches.

Paseo por la terraza. Mi voz se materializa. Enciendo un cigarro para someterla al silencio. Fumo y pienso. Lloro y fumo. Pongo la cafetera. Dios mío, cómo está todo. Botellas vacías. Ceniceros llenos. Desorden en perfecto estado de revista. Aquí tendrían que venir los de Ikea a rodar uno de sus anuncios sobre la libertad de no sé quién y la república de no sé dónde.

Crespo me regala sus mimos. Sus ronroneos. Mi buen Crespo. Lanza zarpazos a diestro y siniestro persiguiendo un bicho que sólo él ve. Me sigue a todas partes. Es un verdadero príncipe azul. Acaricio su lomo. Golpea con su nariz fría y rosada mi brazo, mis piernas.

Ana es puntual. Para desgracia mía, nunca ha sabido no ser puntual. Crespo la increpa. Con sus patas la busca, quiere una ración de caricias. Pero ella no quiere gatos. No animales de más de dos patas. A lo sumo hombres entre las piernas y pájaros en la cabeza.

Entra en casa como la marabunta, como siempre. Arrolladora. Su exceso de energía me nubla la vista. Su exceso de palabras aniquila las mías. Quiero un abrazo mudo. Quiero un abrazo que no hable. Pero sé que se pondrá a llorar. Que querrá convencerme. Aún así no me dejaré convencer. La decisión está tomada.

La cafetera avisa justo cuando iba a empezar a hablar. Nos miramos y cumplimos con el ritual. Ella me ayuda con las tazas, el azúcar y las cucharillas también robadas de no sé qué sitio. Coge unas galletas y unas servilletas de papel con motivos gatunos.

Busco un cigarro entre los objetos dispersos que han tomado posiciones en la mesa de centro. Le ofrezco uno a ella. Y durante unos segundos deliciosos sólo fumamos y nos miramos. Y observamos y sabemos que digamos lo que digamos no nos vamos a dejar convencer.

Mi mejor amiga empieza a hablar. Mientras sacude las migajas de galleta que muerdo con desgana y arrecian sobre mi albornoz. Busca las palabras. Las mide. Las pesa. Las piensa, contra todo pronóstico, antes de pronunciar:

- Estás segura. Creo.
- Crees bien.
- No puedo hacer nada para que te lo replantees.
- No. No puedes hacer nada. He hablado con la empresa. Está todo listo. Sólo me queda irme. Sólo París espera.

Una conversación estúpida. Sin adornos. Ella sabe que mi decisión es irrevocable. Que me tengo que alejar de todo. Que cada vez bebo más y vivo menos. Que mi empresa tiene en París una delegación. Joder, al menos es en París. Si fuera en Siberia, igual, no sé… tendría que replanteármelo. Que quiero empezar de cero. O de uno y pico. Pero tengo que alejarme de todo lo que quiero y de todo lo que no me quiere. Si mis recuerdos quieren viajar conmigo, allá ellos.

Ella sonríe. Y llora, poco después.

Me contagia tornando mi sonrisa en llanto.

Me abraza.

Y la conversación busca desembocadura en este mar de lágrimas.

- Ya tienes atado todo. ¿No te queda nada por hacer?
- Todo atado. Todo. Mañana vendrá una chica a limpiar esta leonera. Y no es leonera por Crespo, créeme.

Se sirve más café. Me sirve más café.

Las dos bebemos ahora en silencio. Ella no sabe qué decir ni cómo decir lo que piensa una vez que se sabe vencida. Y yo no sé qué hacer ahora. Busco pretextos para salir de esta situación. No me apetece llorar más. Estamos tristísimas.

La tristeza de Ana es la que habla. Apenas mueve los labios. Musita:

- Joder qué triste.
- Suelen serlo las despedidas.
- Si estuviera de puta madre y no quisiera renacer, de alguna manera, no me iría. Seguiría naufragando una y otra vez en un océano de alcohol. No quiero acabar así. –añado-

Y la primera mitad de la mañana transcurre entre los humedales que provocan las lágrimas compartidas y mezcladas. Entre café y café. Entre canción y canción que Ana insiste en poner en el equipo de música. Busca balada para una despedida.

Ana decide que tiene que irse. Que su empresa ha fracasado. Vuelve de la cocina con la cafetera. Se la queda como recuerdo, tal como habíamos acordado. Me despido evitando que nuestras miradas se encuentren. No quiero que el llanto nos atrape de nuevo. Mañana, en el aeropuerto, tendremos nuestro momento. Sí.

Que sí, que mañana a las ocho en punto pasa a recogerme. Insiste en lo de las ocho en punto. Que lo tenga todo preparado. Que sí, que todo estará preparado. Que un beso. Que un beso.

El resto de la mañana transcurre. O se escurre entre idas y venidas al banco. Ultimo detalles. Últimas llamadas. Transfiero las cuentas a otro banco. Hablo con la chica que tiene que venir a limpiar mañana. Que se quede con la llave. Que ya le daré indicaciones desde mi nuevo destino.
Hablo con la empresa, ahora que mi voz se ha entrenado con Ana y con la de la limpieza. Hablo bien, me hablan bien. Me animan y desean suerte. París, mañana, será otro principio.
De manera mecánica, abro la nevera. Y entre restos de serie, encuentro una lechuga, algunos frutos secos, pasas y un huevo que está al límite de la caducidad. Me preparo una ensalada. Como con desgana. No consigo saciar nada. Me tumbo en el sofá. La voz de Sabina me emplaza al templo de las borracheras.

Bajo al bar de siempre, a media tarde.

La radio suena enfurecida. Me siento en la barra y me pido un Gin tonic. Leo el periódico y me canso pronto de tanta estupidez política. Y humana, por supuesto. De tantos goles en porterías contrarias. De los triunfos y las derrotas. El diario sólo es eso: un compendio de triunfos y de derrotas. Como mi puta vida. Qué asco. Cada triunfo es efímero, cada derrota es para toda esta vida. Veremos allí. Veremos.

Me acomodo en la barra. La música estridente ha dejado paso a las voces de las personas que entran y salen de este pequeño santuario.
Las observo. Son trabajadores. No aparentan ser personas solitarias. Son padres de familia. Son madres de familia. Seguro que disfrutan de un receso en su jornada. Que volverán a sus casas convertidas en dulces hogares. Que hablarán antes de cenarse unos, que reirán antes de convertir la cama en un ring de boxeo otros. Que amarán. Que pelearán. Y, por fin, noche juntos. Mezcolanza de sueños recíprocos. El amanecer los encontrará tumbados, ahítos de amor, sobrados de pasión. Desterrado cualquier indicio de tristeza.

Paseo mi mirada por la barra y por las mesas. Advierto la felicidad de los contertulios que abrazan el optimismo sobre la próxima liga. Escruto el orgullo de la madre que irá, al día siguiente a recoger a sus hijos que vienen de colonias. Beben risas, destilan felicidad. De mi bolso rescato la novela: Trópico de cáncer.

Al fondo del local un hombre. Solo.
Por fin una persona sostiene un libro. No puedo evitarlo. Me gustan los idilios entre las personas y la literatura. Aunque sólo dure las doscientas páginas de la historia. Pero siempre, al final, queda una separación amistosa.
Ah, y mis tetas. También las sostiene con la mirada que vuela de letra en letra y de teta en teta. Seguro ha perdido el hilo.

Vuelvo a mí. Ahora soy yo quien tiene a Henry Miller abierto por la penúltima página. Me seduce esta literatura. Esta forma de vida. O de no vida. Esta maldita manera de no conformase. De revelarse contra un destino que una vez llegado a nosotros quiere violarnos. El método de algunos escritores de enfrentarse al miedo. De escribirlo, de describirlo, de destruirlo destruyéndose. Ese suicidio en cada frase que hace del lector un resucitado. Porque si estoy triste, no quiero cuentos alegres. Bendita ambivalencia. Quiero a Miller, Nin, Bukowski, Fante y sus historias de amor y odio. Sus verdades, sus mentiras de verdad.

Vuelvo al hombre solo. Sigue en su lectura. En su café. Y su mirada, otra vez en mí. No sé si habrá leído mucho. Lo dudo, al verlo así. Mirando, llevándose la taza a los labios y dejando que la mirada campe por mi cuerpo.

Y abandono mi puesto de observación en la barra. Con el libro en la mano, con el vaso en la mano, me acerco a él. Y él no tiene palabras para mí. Nos cuesta hablar. Entonces cojo su libro. Lee mi novela. Las mismas páginas que mis dedos separan.

Tras una alarde de locuacidad y unas breves palabras y tras mostrarle el libro, le invito a que me invite a sentarme a su lado.
Sigue bebiendo de una taza en la que no queda nada. Pero que le sirve de escudo protector. De atalaya. Y me recorre una y otra vez.

Pido otro Gin tonic. Pide otro café.

Le pregunto si sólo toma café. No se atreve a preguntarme si sólo tomo Gin tonic. No. No deja que sus dudas se conviertan en preguntas lacerantes. Me deja beber. Le dejo beber y mirar.

Hablamos de escritores. De obras. De música. De cine. De amores que son, de amores que fueron. De la escritura maldita, aunque redentora. De los escribientes malditos y condenados. Excomulgados por la sociedad. Estoy segura que sólo escribían para el futuro, sabiendo que en sus calles, en las casas cercanas, en los barrios por donde pasaban, en las ciudades limítrofes no encontrarían lectores. Ni apoyo de las instituciones. Escribían mirando hacia delante. Siempre.

Él es moreno. De pelo corto. De facciones marcadas. Su mirada expresiva remarca sus gestos. Aunque apenas mueve las manos, sus ojos no dejan de viajar.

Hablamos. Otro Gin tonic.
Café. Sigue buceándome.

Increíble. Hacía tanto que no me sentía así. Así de mirada, de admirada. Los libros lo llenan todo, la música todo lo conduce, el cine todo lo muestra. Repasamos los éxitos. Le recomiendo letras. Me recomienda letras. Es un intercambio constante. Un fuego cruzado de buenas intenciones literarias, artísticas. Un fuego que abraza. Unas palabras que comienzan a diluir mi día aciago. La vida me ofrece una tregua: deja de dolerme.

Aunque ahora hablo menos. Escucho más.

No deja de hablar. No quiero que deje de hacerlo.

Mi mano ha violado varias veces su espacio aéreo. Se ha acercado demasiado. Quiere acariciarlo. Locura. Sí. Locura.

El bar cierra y la camarera me regala la mejor de sus sonrisas. Camaradería femenina.

Como en muchas de las películas de las que hemos hablado, quiero la última copa en mi casa. . Le ofrezco café soluble y una colección de libros que adorna mi piso y habita en mi conciencia. Acepta.

Cruzamos el puente. La luna descansa en paz sobre la ciudad.

En mi piso, Crespo lanza zarpazos al aire y al visitante. Las botellas se agolpan en la mesa por doquier.
Miro cómo me observa. No me juzga. Sólo quiere libros y sexo. Lo leo en sus ojos. Le preparo el café soluble y me preparo un gin. Mi vista está cansada. Lucho por mantener la calma. Por estar atenta y despierta. Bebe café.

Mis ojos se cierran. Se demora mucho en volver junto a mí. Sigue acariciando los lomos de los libros. Pronuncia los títulos con voz cadenciosa. Cancioncilla de cuna para mí. Lo último que veo es a mi invitado curioseando entre los cedés que se han salvado de la criba de Ana. El cansancio se adueña de mí. No puedo más. Y lo quiero todo.

Y sueño.

Y sueño con sus manos en mis pechos. Con su boca en mis labios. Con su aliento convertido en huracán de placer.
Y sueño con sus manos en mis muslos. Con su boca en mis muslos. Con sus labios húmedos regando mi cuerpo.
Y sueño con sus dedos en mi sexo, con besos infinitos. Tsunami de placer que me arrastra al infierno del goce supremo.

Crespo me roza con sus patas. Me despierta. Mi cabeza va a explotar de tristeza. No hay rastro de mi sueño. De mi ayer convertido en recuerdo desde que mis ojos se han abierto. Voces. Voces de conversaciones regresan a mi cabeza. Y su voz encendida. Y mi voz cayendo por el barranco del sueño inoportuno.

Suena el timbre. Es Ana, con esa puntualidad exasperante. Poco a poco recobro la calma. Encuentro mi lugar. En una hora, todo listo.
Salimos.

El coche está cargado.
Le propongo tomar un café en el bar de siempre. Acepta. Sabe que es una prórroga. Un tiempo muerto. Un rato más juntas.

Nos sentamos en la mesa del fondo.

Busco su presencia. Apreso su recuerdo. Pido su café.

miércoles 19 de agosto de 2009

GIN TONIC


Cuando tenía dieciséis años compartía curso y clases, juego y vida con un compañero. Le envidiaba en casi todo. Escribía bien. Hablaba bien. Jugaba al baloncesto bien y con elegancia. Aprobaba bien y con solvencia. Ligaba con chicas de su edad. Yo, ni con chicas de mi edad, ni de la edad de nadie. Supongo era mi Mozart. Y supongo, también, yo era su Salieri. Me pedía ideas y yo le daba ideas que transformaba en historias. Cada relato suyo me hacía temblar. Cada letra suya la quería igualar, al precio que fuera, en un folio. Así que me descubría intentando imitarle. No lo conseguí nunca. Él seguía insistiendo. Y con esa voz afable, de quien ha roto todos los platos del mundo, me decía:

-Mario, hombre, dime sobre qué puedo escribir. Qué quieres que cuente en mi próximo cuento. Ayúdame una vez más –añadía-

Me lo quedaba mirando. No sabía qué decirle. Cómo decirle que no quería aconsejarle más. Que quería intentarlo yo. Que también podía, que también debía ofrecer y regar las conciencias ajenas con historias verdaderas y con historias inventadas. Pero cedía. Siempre le daba un hilo conductor. Se lo presentaba, le hablaba sobre algo y ese algo lo convertía en relato. Y volvía a maravillarme su facilidad para la prosa. Para inventar. O para contar, casi sin inventar. Eran historias hondas, que llegaban, que golpeaban unas, que acariciaban otras. Que te convertían en un personaje más. Que te conferían motivos suficientes para soñar o para despertar de alguna pesadilla.

Hace cuatro años murió de un infarto. Acabo de enterarme ahora, mientras tomo café y cuando la noticia funesta me ha llegado a través del teléfono móvil. Estoy sentado al fondo del local, escuchando música y oyendo las voces de los devotos asesinar el silencio.
Anoto en mi cuaderno estas notas y rescato del pasado su voz.
Siempre tuve la esperanza de ver algún libro suyo publicado. Y el miedo, antesala de la envidia asesina de ilusiones, también.

En la barra hay una mujer que me mira y que no es camarera y que con su mirada no me interroga, no me demanda qué quiero tomar o no me insinúa que llevo media tarde y una porción considerable de vida, sentado en ese sitio. Entre libros.
Es una mujer morena. Sin edad. Las mujeres morenas que atraen mi mirada no han tenido nunca edad. De pechos preciosos, de pelo precioso, de pechos preciosos. Es una mujer que me ha quitado el hipo y las últimas penas añadidas a mi colección de almas escritas y nada redentoras. Sostengo en una mano el móvil por el que acaban de notificarme el fallecimiento de mi amigo, antiguo compañero de clase, mi Mozart en las distancias literarias cortas. En la otra mano, tengo el libro que he empezado a leer. Mi mirada sostiene sus tetas. Mi deseo sostiene la posibilidad de que su mirada se transforme en pasos.

Ella sigue estudiándome. Y empiezo a perder la esperanza. Vuelvo a mi novela. Con esos personajes que uno siempre acaba adoptando como suyos.

Al cabo de un rato es su voz la que desplaza el silencio:

-¿Puedo preguntarte qué estás leyendo?

Como a mi voz le cuesta subirse al carro de mi deseo, levanto la cabeza con la esperanza de que sean mis ojos los que traduzcan… que sea mi mirada la que le comunique qué libro descansa cerrado sobre la mesa.

Su mano cruza por delante de mí. Rozando mi pelo, rozando mi hombro. Rozando.

Coge el libro y me dice que le encanta Henry Miller. Un personaje que amaba tanto los verbos como las mujeres. Que conjugaba tan bien y que conciliaba tan mal. O no conciliaba.

Mientras ella acaricia a Miller y pega su cuerpo a mí, bebo un poco de café. Me cercioro que no me queda más. No podré disimular mi mirada parapetándome, posando mis labios en la taza.

En estos momentos envidio al novelista norteamericano. Las manos de ella lo siguen aferrando. Proclama que acaba de convertirse en su novela favorita. Que se ha fijado en mí. Que cuando ve un hombre con un libro en la mano, le encanta meter las narices en su espacio y averiguar qué lee.
Y me parece estupendo. Que meta las narices aquí. Mi espacio, mi universo, que gravite cuanto quiera. Le digo que qué bien… que a partir de ahora vendré con un libro todos los viernes hasta que se queden sin café en Colombia. Me sorprendo de mi soltura. De mi atrevimiento. Pero es así cómo sucede. Serán los efectos de la cafeína, que me despiertan los instintos y los pone en primera línea de fuego.

Pregunta si me he fijado en la novela que está leyendo.

No.

Claro que no me he fijado en ningún libro. Mis ojos sólo han tenido ojos para sus ojos, para sus tetas, para su pelo, para sus manos. Y en sus manos no había nada. Por eso, creo, he vuelto a recorrer la geografía de su cuerpo. Las altiplanicies de su atlas. Es ahora cuando miro y me fijo. Y me concentro. Y veo que tiene un libro en la mano. Que un dedo está a modo de punto de lectura para no perder el hilo. El título queda oculto.
En un alarde de valentía, decidido, alargo mi mano que sin querer queriendo, acaricia la suya. Le pido que me deje ver. Y sí. Es el mismo libro que estoy leyendo. Los dos compartimos los mismos personajes, las mismas aventuras del americano en París y en los cuerpos de París.

Me insinúa que la invite a sentarse junto a mí. Claro. Mis funciones sicomotrices están aletargadas. Parezco descortés.

Pide un Gin tonic. Pido otro café.

Me pregunta si sólo tomo café. No me atrevo a preguntarle si sólo toma Gin tonic.
Como si me hubiera abandonado… como si ya no existiera su cuerpo, sólo la escucho. Hablamos de escritores malditos, de sus legados benditos. Obras que un día te resucitan al tercer capítulo. Que te sacan de tu letargo. Que hacen que tus penas sean nimiedades comparadas con los ajetreos de su no vida.
Eso sí, estamos de acuerdo que serían muy malditos y que disfrutaban de una existencia huérfana, pero que follaban como locos. Y que en eso, al menos yo, también me distingo. Bien… ni escribo, ni tengo tanta pena honda como para necesitar compartirla con un montón de lectores, ni follo lo suficiente como para hacer sentir envidia a una morena de pechos generosos como la que me regala ahora su sapiencia literaria.
Hablamos de los nuevos escritores, postulantes a malditos. Coetáneos que los imitan fructuosamente unas veces, y con mucha pena y ninguna gloria, otras.

Seguimos hablando largo y tendido. Largo y tendido, ella. Largo y rendido, yo. Repasamos los últimos éxitos. Otro Gin tonic. Otro café. Hablamos de música. Hablamos de cine. Hablamos de bares con encanto. Hablamos.

Los apóstoles de Baco abandonan el Santuario. Las gentes vuelven a sus casas. A sus trabajos nocturnos. A pasear sus mascotas, sus tristezas, sus monotonías. Nos quedamos solos. Las sillas se agolpan sobre las mesas y un camarero recoge los últimos restos de cigarros, papeles. La radio ha dejado de emitir. Sólo su voz. Sólo.

La voz de final de sesión hastiada de la camarera nos emplaza a que volvamos al día siguiente.

Salimos a la noche. Sus palabras suenan melosas. Pero melosas como las de las películas que uno acostumbra a ver los viernes, los sábados, los domingos, entre libro y libro, como esas voces femeninas que preceden a los jadeos:

-Si me acompañas a casa sólo puedo ofrecerte libros y café soluble. No tengo cafetera.

Ante semejante panorama no puedo decir que no. Obvio. Así que con lo que me gusta a mí el café soluble y los libros, nos dirigimos a su hogar, dulce y etílico hogar.

Al abrir la puerta penetro en un mueble bar. Botellas por todos sitios. Un gato arañando la soledad. Dándome la bienvenida.
Como por arte de magia blanca y hostelera, sale de la cocina con un café en la mano, un Gin algo en la otra. Bebe y deja de hablar. Me doy cuenta de que su voz ha enmudecido cuando me giro desde mi posición, frente a la estantería que contiene su librería. La veo tumbada en el sofá. La falda levantada. Los muslos desnudos. Me agacho a mirar más. Me olvido de los libros. Me acerco a sus pechos. A su boca. A sus muslos. Pero no hay nada que hacer. No. Duerme. Y, creo, creo, que ni un ejército de príncipes azules la despertaría. Harían falta muchos besos. Y los míos, acelerados, quemantes, no servirían.

De su estantería cojo prestado un libro de Miguel Delibes: Las Ratas. Empiezo a leerlo sentado a su lado. Mis manos pasean por las páginas del libro. Y mis manos pasean por sus muslos. Ella gime de sueño. Bosteza. Se despereza. Cambia de posición y no puedo seguir, justo cuando estaba a punto de bucear entre sus bragas. Nada que hacer. Mucho que leer.

Llego a la página cien del libro. Encendido. Con los ojos como platos y la polla a punto de morir de inanición.
Me levanto y decido marcharme. Enfadado. Contento. Rabioso. Tristemente, dolorosamente empalmado.

Como venganza, opto por llevarme el libro. Pienso que el próximo día que la vea en el bar se lo devolveré.

No hay próximo día.

La chica del bar me dice que no ha vuelto por allí. Me acerco hasta su casa. Tampoco hay rastro de ella. Miro en su buzón. Nada. Monto guardia. Me aburro pronto y vuelvo a la cafetería.
Sentado en el rincón de siempre, con los parroquianos de siempre, con las voces que salen de la radio, con mi libro, con mis sueños. Levantando la mirada, fijándola en el taburete donde ella estaba. Mi cabeza no consigue invocar su nombre. No sé si en algún momento me lo dijo.

De vez en cuando paso por delante de su piso. Miro hacia arriba. Mis pasos son lentos, casi procesionarios cuando me acerco a su portal. Acaricio con la mirada los nombres en los buzones. Y acaricio con el recuerdo la piel bajo su falda.

A veces, cuando la memoria caprichosa y recurrente me trae su cara, me acerco a mi pequeña biblioteca y cojo su libro prestado. Acaricio las tapas blandas y envejecidas. Paso las hojas rápido, dejando que el aire que levantan me deje su olor a tiempo vencido. Lo meto en mi maletín y vuelvo al bar, como siempre. Y con él encima de la mesa, al lado de los cafés, bañado por el humo de los cigarros, mis pensamientos me excitan y prenden mi recuerdo.

Han pasado los años.
Tengo mujer, dos niños, gato, perro que paseo para exiliarme de mi cotidianidad, cafetera de última generación, cientos de libros leídos y ninguno escrito. Un trabajo. Un amigo muerto. Una princesa dormida, insomne en mis sueños.

Y en días insensibles… vuelvo a esa taberna. Siempre con Las Ratas de Delibes, en la mano.
Me siento, apoyado en la barra, dándole la espalda al presente y mirando a los ojos al pasado.

-Un Gin tonic, por favor.

martes 23 de junio de 2009

ANDRÉS SUÁREZ


Te he dejado en la despensa lunas, si acaso es que oscurece.(Andrés Suárez)

Necesito una canción.

Siempre la necesito cuando mis sentimientos atisban en el horizonte narrado el desenlace de una novela. Cuando estoy en perfecta comunión con los hombres y las mujeres y los animales de la obra, me acerco al ordenador. Lo enciendo y en la pantalla fluctuante busco entre mis archivos.
Abro carpetas contenedoras con canciones de Sabina, de Serrano, de Aute, de Serrat, de muchos etcéteras y me empapo con sus historias. Descanso el libro sobre mis piernas o lo sujeto con la mano que me queda libre. Mis ojos están clavados en la biblioteca musical, mis sentidos se alinean, se hacen papilla primero y se diluyen cuando la fragilidad musical de Ismael llama la atención de mi alma ajada. Meso el libro. Cierro la puerta a la realidad. Vuelvo con mis personajes novelados y los acompaño hasta la estación final.

Hace unos meses tenía que repetir esta operación. Tenía que conseguir de Serrano una canción a modo de banda sonora para un epílogo. Pero empecé a navegar por la red. A buscar nuevos horizontes musicales.
Así que tras escribir no sé cuantas referencias sobre cantautores en la barra del buscador, me topé con los números cardinales de Andrés Suárez. Escuché la canción obviando la novela que tenía encima de mis piernas. Escuché la canción otra vez y muchas veces esa noche. Me dormí escuchándola. Me desperté recordándola. Caí en la cuenta, durante mi primer café, que el libro seguía en el suelo. Sacrilegio. Sí. Lo recogí. Grabé la canción en un CD y la seguí escuchando en el coche. Después tiré del hilo musical y aparecieron otras. Pero las Américas musicales sólo se descubren una vez. Y con Andrés no necesité seguir conquistando continentes de canciones.

Mi amante acababa de dejarme. Dejó de amarme y de desearme.
Me limité desde ese entonces a leer y a escuchar. A asistir a conciertos. A buscar otra media naranja. Me encaramaba a todos los árboles frutales buscando una pieza de fruta con la que saciar mi sed de deseo. Exprimía todo lo exprimible. Y la mujer, una vez descubría la quietud de mi vida, la sensorialidad de mis sentimientos, el vicio puro por la literatura y el cine, decía que era harto aburrido. Que volvía al árbol de la fruta prohibida.

Y me encontraba en mi apartamento de soltero. Con mi gato de soltero. Leyendo y escuchando. Paseando mi desazón por esos paisajes musicales recién descubiertos.
Surfeando por la red descubrí que Andrés actuaba en Barcelona. Y me decidí. Quería verlo en directo. Disfrutar de sus números cargados de amor y de abandono, de su marinero que naufragó en una isla sin mar. Y quería pasear a golpe de notas musicales por las calles de Santiago de Compostela.
Quería verme ahí, cerca de su voz y de su guitarra acompañado por la que había sido la última mujer de mi vida.
La llamé para invitarla una vez más. Me invitó a que me olvidara de ella. La conversación fue subiendo de tono y acabamos discutiendo como casi siempre que nuestras voces se estudiaban primero y se batían en duelo después. Y los dos resultamos los perdedores en ese duelo de vocablos altivos, de verbos envenenados, de palabras irreproducibles.
Ella no pensaba acompañarme ni por todas las canciones del mundo.

Paseaba a las cuatro por la ciudad Condal. Libro en mano, pensamientos en la cabeza. Estaba triste por el desconcierto con Anaïs. Había existido un tiempo en el que por teléfono éramos una pareja perfecta. Antes de que las dudas tergiversaran las verdades piadosas y las mentiras como puños. Y la realidad enviudó.
Me senté en una terraza. Me apetecía como siempre, un café con el que bautizar mis momentos de lectura. Quería olvidar tanto como recordar. Soy hijo adoptivo de una ambivalencia que empieza, también, a hartarse de mí. Y esos ratos en los bares me ayudaban a las dos cosas. Y, de paso, un paso lento y estúpido, me entretenía peregrinando por los ojos de la morena de este y ese bar. Anidando con mi mirada sus escotes. Y es que la pena con pan, es menos pena.

Levanté la cabeza y vi a un hombre joven sentado en la mesa de enfrente. No suelo fijarme en hombres jóvenes sentados en una mesa de enfrente si no tienen una guitarra en la que apoyar su cuerpo y sus cuerdas vocales.
Me levanté y con voz trémula le pregunté:

-Perdona, ¿eres Andrés Suárez?

Se me quedó mirando. Repasaba la situación, buscaba una respuesta ampliada. Y con voz de gallego universal, añadió a mis requerimientos:

-Sí, sí… soy Andrés.

Hablé de manera atropellada:

-Sé que actúas aquí. En Barcelona.

-Sí, en un local del barrio de Gracia. L’Astrolabi. –Añadió-

Él, supongo, pensaba de dónde habría salido yo…

Le comenté que era de Girona. Que había venido a su concierto. Que acababa de descubrir su universo de letras y sus lunas de Santiago. Quería descubrir a qué sabían sus canciones escuchadas de cerca. Quería su voz y el sonido de su guitarra rompiendo la barrera y el espacio existente entre el punto y final de mi novela y su realidad vestida de canción para morir y para resucitar.

Debí parecerle un fan atípico. O muy típico, como casi todos los fans. Pero me invitó a acercarme. Más. Hablamos mucho. Y de todo. De música, de literatura, del precio de las bebidas en Barcelona. Hablamos con pena de mujeres, y de hombres con la pena de no encontrar esa historia en la que mecerse. Obvié contarle mi separación.
Le dije que algún día le conseguiría un concierto en mi ciudad. Todo eso antes de escucharlo en vivo. Que me arriesgaba. Pero la fantasía es generosa y acertada, y la generosidad es un regalo de los dioses de la música, del arte. Y Andrés, por aquel entonces, y por este ahora, sigue sin estar endiosado, sigue apostando por la humanización en sus canciones y en su cotidianidad.
Ese día entramos juntos en la sala donde actuaba.

Mientras repasaba su trayectoria musical yo repasaba mi trayectoria sentimental.
Cantó la que me había llevado a él. Y todas las que conocía desde hacía tan poco.
Justo antes de acabar el concierto, recibí un mensaje de ella:

-Dedícame “aún te recuerdo”…

Le contesté de inmediato. Y no obtuve respuesta. Quería seguir respirando. La llamé y no me contestó. Quería seguir respirando. Marqué de nuevo su número. Silencio. Quería seguir respirando…

Finalizado el concierto me despedí de Andrés. Me abrí paso cual fan, otra vez, entregado y rendido a su música. Nos dimos un abrazo y quedamos en hablar y materializar la idea de una futura actuación en Girona.

Salí a la lluvia. Me sentía feliz por el descubrimiento. Por la emoción in crescendo del momento. Y triste por no poder compartir con ella todo lo que sentía en ese momento.

El móvil emitió un aviso. Mensaje:

-Quería regalarte el punto y final musical para nuestra historia. A partir de hoy nuestras vidas dejan de cruzarse. Se independizan. Hoy empieza una nueva vida sin nosotros. Cuídate.

No sé exactamente qué ruegos implorantes contenían los dos o tres mensajes que le envié para que reconsiderara su situación. Pero obtuve silencio.

Y me doy cuenta que el tiempo envejece cuando al despertar, muchos días, su recuerdo no me visita. Al darme cuenta, me cuesta respirar. Y me obligo a pensar en ella. A no curarme. Me lanzo a la calle, a recorrer el día, a leer los periódicos como lo hacíamos juntos. O a leer una película en versión original, compaginando séptimo arte y literatura censurada.
Recorro los sitios acordados. Busco por las calles restos de ella. Pero cada vez regreso antes a casa solo. Dejo su eco afuera. Y me entristezco, y me sacude el miedo a despertarme y no tenerla arrinconada en mi cabeza, sujeta a mis sueños rebeldes.

Y poco a poco vuelvo a respirar. Y mientras respiro me pregunto dónde está el error. Porque las mujeres, conmigo, son nómadas del amor pasional.

Y sin saber qué va a ser de mí, regreso a casa cada noche.
A día de hoy sigo sin encontrar mi media naranja. Extenuado, me exprimo los ojos para hacerle un zumo de lágrimas a mi soledad.

sábado 20 de junio de 2009

RÉQUIEM


Los sábados de mi infancia eran sábados de misa.

Y aunque protestara no había nada que hacer. Ninguna excusa que me permitiera librarme de esas dos horas de preparación y oración. Nada.
Algún día no podía asistir porque tenía que ir con mis padres a visitar algún familiar enfermo. O sano, pero una visita al fin y al cabo que me exoneraba de mover la boca imitando los cánticos y los salmos de mis abuelos y de los demás parroquianos hijos de Dios.
Pero nada era lo que parecía. El viejo de la casa me emplazaba a la misa del domingo en el pueblo vecino. Y pocas veces, creo que ninguna, coincidía que tenía que visitar a alguien el sábado y a alguien el domingo. Así que profesaba esa fe tanto si quería yo como si quería mi abuelo.

Decía mi abuelo que ese día de la semana, era un día de oración. Santo. Así me lo hizo creer. Y así lo creí hasta que me revelé contra la iglesia y contra los propósitos cristianos de los católicos que iban y venían por ese camino que conducía a la salvación eterna.
Desde que me despertaba, sabía que al final del día me esperaba la iglesia. Nada me salvaba de las plegarias. De las oraciones recitadas en voz alta para que nos oyera el del más allá. Más allá, para mí, porque para el resto, o la gran mayoría, estaba tan cerca que sólo bastaba alzar la mirada para verlo. Yo lo busqué hasta los ocho años, creo. Y siempre que me lo encontraba estaba postrado en los brazos de una virgen quieta, pálida, de mirada tristísima y lágrimas indelebles.
Alzaba la mirada y ahí los veía, encima del cura, a lo suyo, que era la quietud sempiterna.
Para no aburrirme durante las misas, no les quitaba ojo de encima. Buscaba un movimiento, un abrir y cerrar de ojos, una caída del brazo virginal sobre el cuerpo yermo del Cristo redentor. Nunca se produjo el milagro. Y cuando compartía con alguien mis no descubrimientos, me contestaba que andaría obrando milagros a gente más necesitada. Seguro.

Los sábados de mi infancia eran sábados en los que los milagros tenían fecha de caducidad.

Descubrí que si me portaba mal, me castigaban sin ver mis dibujos favoritos, o sin acompañar a mi padre en sus sesiones de cine del oeste. Pero por muy mal que me portara, de Misa no me salvaba ni el espíritu santo. Otro que nunca vi. Aunque ése tenía excusa y un pasado oculto, sobretodo.
Un día me quedé dormido, apoyado en mi abuelo. Se dio cuenta y me sacudió por el hombro y, entonces, los milagros se cobraron una víctima más:

Con voz tosca me dijo:

-Sal fuera y refréscate. Es pecado quedarse dormido en la casa del Señor.

Le regalé una mirada cansada y tras un santo bostezo salí en procesión a disfrutar de mi recién adquirida libertad.

Bien.
A partir de ese día, mis sábados eran sábados de siesta y patio en la casa del Señor. Pero por poco tiempo. Porque se percataron de mis argucias y un día recién acabado el culto, mis padres me mandaron a dormir instados por mi abuelo que decía que necesitaba descansar. Volví, entonces, a estar sereno y aburrido todos los días seis de la semana, de siete a ocho de la tarde. Y volví a ver a la Virgen, con esos ojos otoñales y al hijo en su regazo. Nunca se movieron para mí. Nunca.

He contado que asistía a misa con mi abuelo. Sí. Cierto. Y me sentaba a su diestra cual personaje del Credo. Pero cuando tuve más edad me sentaba, como un niño mayor en los bancos cercanos al cura. Sacerdote que nos miraba con ojos inquisidores. Y si nuestro comportamiento no era digno de un buen cristiano nos abroncaba con esa voz terrible, seca, autoritaria.

Los sábados de mi infancia eran sábados de juegos, de vida, de duelo y de muerte.

Hace días paseaba por el barrio viejo de Girona. Buscaba, creo creer, una primavera en la que exiliarme. Me visitó el recuerdo de esos sábados de mi niñez. Pero uno en concreto. Y cuando un recuerdo invade tu espacio vital, no te abandona hasta que lo escribes, diría Miguel Delibes, o hasta que lo compartes con alguien, que diría un locutor de radio cuyo nombre no recuerdo.

Contaba con diez años y disfrutaba ya de esa especie de independencia eclesiástica: Me sentaba en el banco de los niños mayores.
Al acabar nuestra condena santa de ese par de horas dedicadas a los cánticos y a las oposiciones del alma a la salvación, salíamos a la calle en desbandada. Y a las puertas del cielo, volvía el fútbol. Cogíamos las armas que habíamos dejado en las trincheras de juegos abandonadas por una causa santa aunque injusta para nuestra edad. Y jugábamos hasta que la noche se cerraba y hacía imposible adivinar si había sido gol o el enemigo había sido abatido por nuestras balas imaginarias. Y las voces de las madres reclamaban a los hijos para cenar.

Mi hermano y yo iniciábamos el regreso. Recuerdo esa vuelta a casa siempre. Veo los chopos que guardaban el camino y nos acompañaban hasta cerca de nuestra vivienda. Otras veces veo el cielo iracundo cargado de nubes que descendían sobre la vega de la ciudad mora. Huelo la lluvia fina. Y la veo convertirse en un látigo con el que el cielo me fustigaba por mis pecados vírgenes.

Era una de esas noches. Una noche sin luna, fría como la muerte. Caminábamos juntos, casi pegados. Sosteníamos nuestras historias. Nos decíamos lo bien que jugaba él a fútbol y lo mal que se me daba el juego de la pelota a mí. Lo mío era soñar, y jugar con los sueños. Y escapar de castillos encantados tras matar a no sé cuántos dragones y salvar a doncellas.
Y así, entre discusiones, entre empujones y juegos, nos acercábamos al calor del hogar.

La voz de mi hermano tronó como el cielo:

-¡Eh!, mira, mira, es Duque.

Duque era el perro de mi mejor amigo. Un imponente pastor alemán. Imponente y bueno. De niño había cabalgado en sus lomos.
Pero Duque tenía el lomo encrestado. Gruñía y ladraba a la oscuridad. No sabía qué hacía ni por qué estaba así. Tapaba la entrada que daba al patio. Sólo se adivinaba su figura recortada en esa noche de sábado que empezaba a cambiar de registro.

Con mi voz trémula, con el miedo calado hasta los huesos lo llamé:

-¡Duque, Duque!
-¿Qué pasa? Ven con nosotros. Déjanos pasar. Vamos a jugar, ¡ven!

Pero Duque no estaba para juegos. No atendió mi llamada, ni la llamada colérica de mi hermano.
En ese momento, mi gata vieja apareció. Sus bufidos, sus maullidos me hicieron que mirara más adelante. Estaba postrada bajo los manzanos. El perro la vigilaba y los dos se estudiaban.
Ahora era mi voz quien la llamaba… Sólo quería que me oyese a mí. Que no escuchase los alaridos locos del perro.

Pero la noche ahogó mi grito de alarma.
La gata se zafó del cerco y corrió hasta la alambrada que comunicaba con la casa del vecino. Saltó. Vi su silueta dibujada en la negrura de ese sábado. Pero el peso de la vejez hizo que en su camino se cruzara la alambrada y cayera al suelo. Las fauces del otrora perro amigo, silenciaron su vida.

Yo seguía gritando. Me abandonó el miedo. Ahora sólo tenía rabia. Locura por haber sido testigo de ese ajuste de cuentas entre enemigos íntimos.
Me acerqué al asesino y le golpeé con fuerza. Soltó a la gata, me miró con ojos tristes y, vencido, se alejó de la escena del crimen con paso quedo.
Recogí a mi amiga inerte. Mis manos y mi boca buscaban su respiración. La acaricié hasta que mis lágrimas de lluvia y amargura certificaron su muerte.

Mi madre y mi abuela aparecieron en la puerta alertadas por mis gritos.
No dejaba de llorar. Mi hermano les contó lo que había pasado.
El resto de la noche me lo pasé en el sofá, triste y con la mirada perdida. Y pensando, quizás, que sólo había sido una pesadilla. Que cuando el sol se posara sobre los tejados, al amanecer, ahí estaría mi gata. Tumbada. Esperando que se abriera la puerta por donde asomaría mi abuelo para darle su desayuno y los primeros arrumacos. Y ahí estaría, esperando para acompañarme hasta la parada del autobús escolar, tres pasos detrás de mí, observándome, primero, y despidiéndome con la mirada después. Ahí estaría, si mi pesadilla se tornaba en un sueño vivo.

Hoy es sábado. Un sábado laico.

He paseado volviendo a mi antes imberbe por esta ciudad. Girona me acoge. Me permite pensar, me permite encontrarme con mi pasado. La amalgama de recuerdos lacerantes me hiere. Si son alegres, extraño el tiempo pretérito hasta el dolor. Si son dolorosos, mi alma se contrae, como mi corazón.

La iglesia más antigua de Girona tenía sus puertas abiertas. He recordado lo buen cristiano que era mi abuelo. De palabra y, claro, obra. Y mi abuela, por mi abuelo por su palabra y por su obra. Eran otros tiempos en los que las mujeres, como diría Sabina en sus principios, arrastraban maletas cargadas de lluvia. Mi abuela arrastraba esa maleta donde la mezcolanza de tristezas y alegrías compartían destino.
El destino de esa maleta era este sábado. Y todos esos días en los que me despierto escuchando el ronroneo cadencioso, los maullidos vivaces de mi gata. Ese despertar en el que creo que consiguió salvar su último obstáculo permitiendo que la pesadilla sólo fuera un sueño disfrazado.

Y sentado en uno de los primeros bancos de Sant Felix, he pensado, he recordado y he notado cómo este relato se posaba en mí.
Y la Virgen y el resto del séquito santo y eclesiástico, seguirán tristes, por los siglos de los siglos.

viernes 15 de mayo de 2009

SUEÑOS



De pequeño tuve sueños. Fueron mis sueños prematuros.

Dejé tan rápido de ser infante que mis sueños no me alcanzaron. De vez en cuando miraba, volvía la cabeza hacia atrás y no los veía.
Al mismo tiempo que yo crecía, ellos se quedaban estancados. O, lo peor, decrecían. Se desinflaban. Se ahogaban en la ciénaga del olvido.
A día de hoy sigo solo. Hay gente a mí alrededor. Gravito en la órbita de las mujeres que me acompañan y comparto sus sueños. Me hacen partícipe de su pretérito y me convierten en el eje de su futuro. Pero mis sueños no están conmigo. Ni con ellas. Ni con mis compañeros de trabajo. Ni con la gente que veo en el parque cada vez que salgo a pasear con mi perro.
Me siento desterrado de ese mundo fantasioso que conformaba el tapiz onírico de mis noches.
Aunque ahora, en la madurez de mi cotidianidad, siento que he sido yo quien los ha traicionado dejándolos olvidados en el juego del escondite.

Y mis sueños aún no han crecido. No conocen los pormenores ni los por mayores de la edad adulta, no se cuecen a fuego lento mientras los realizas, ni se doctoran, ni enferman, ni trabajan, ni dan ni ofrecen una ventana desde la que otear el paisaje enfermo de vida. Mis quimeras siguen siendo vírgenes, primigenias.

Esta mañana he salido temprano, como de costumbre. Soy un hombre de costumbres, Unas buenas, otras menos buenas, otras dañinas, otras sin importancia, otras importantes en grado sumo. He caminado por el parque que rodea mi lugar de trabajo. He visto el otoño rezar en los árboles. He escuchado el viento y he notado moverse el suelo cuando un tren de cercanías ha cruzado la ciudad sin detenerse.
Paseo por este parque que está cerca de la estación de trenes. Desde pequeño me gusta mirar las vetustas locomotoras. Observar los grandes trenes de pasajeros que unen una ciudad con otra, unos países con otros.
De mayor sigo con la mirada esos colosales monstruos de redondos pies. Los veo pasar desde mi balcón. Lo veo cargados de historias o vacíos de sueños. Como yo: con mis historias y sin mis sueños.
A veces he subido a un convoy moderno sin un rumbo fijo. Me he bajado en otra ciudad y al cabo de unas horas y de unos cafés, he vuelto a subir en otro que me ha devuelto a mi realidad.

En el parque por donde paseaba hace ya algunas frases, he conocido a un hombre vencido por el tiempo. Un viejo serio y de mirada honda. Un viejo enjuto con una gorra de marinero calada hasta las cejas. Estaba sentado en un banco, junto al lago de nenúfares que empiezan a cerrarse y a abandonarse. El viejo daba de comer a las palomas y con el pie daba pequeñas patadas al aire para que no se amontonasen. Para que respetasen el turno sin atropellarse. Me he sentado a su lado esquivando su pierna atormentada y loca.

La verdad es que no sé por qué he invadido uno de sus flancos. No sé si necesitaba observarlo, acompañarlo, preguntarle, compartir ese momento con él. Saber si tiene nietos o hijos. Pero hemos guardado silencio. Hemos mirado las palomas torcaces que picoteaban de manera magistral el pan manido y mojado que mi viejo les daba a modo de desayuno.

Y ahí, en el banco, me he acordado de mi padre. A él me he acercado…

Antes de cumplir los siete años cohabitaba este mundo con el de las fantasías. Anhelaba ser adulto por todos los medios. Cerraba los ojos por la noche con la esperanza de que al despertar estuviera a la altura de mi progenitor. Supongo que al no ver realizado ninguno de mis deseos, desterré mis proyectos al mar muerto de los sueños.
Mi padre tenía tres trabajos. Así que tampoco tendría tiempo de fantasear durante sus travesías nocturnas. Seguro. Ninguna de esas tres fuentes de ingresos era contabilizar sueños e inventariarlos. No.
Por la mañana trabajaba en una planta eléctrica. Por la tarde hacía trabajos de carpintería y por la noche nos cuidaba. Que seguro, era el más complicado y el menos remunerado. El tiempo le ha dado la razón y yo, claro, puedo escribirlo. Y dibujar en futuros lienzos versados que conmigo hizo más horas extras que en todos las faenas en las que cumplió.

Por la mañana lo veía partir. Al mediodía lo veía llegar. Pero por la noche, no. Me iba a dormir pronto. Quería despertar antes que nadie y ver que mi padre había regresado la noche anterior y que estaba yéndose, otra vez. Me hacía feliz verlo. En mi fuero interno tenía miedo de que no regresara algún día. A esa edad los sueños traicionados se tornaban pesadillas cuando dormía y miedos cuando despertaba.

Los días de tormenta me atormentaban. La electricidad fallaba, se cortaba con asiduidad con los primeros truenos que bajaban de la Sierra. Entonces me sentaba en el patio, miraba fijamente las nubes y les pedía que cesaran, que se fueran a engullir otros paisajes. Entonces creía que si la luz faltaba, también mi padre conduciría a oscuras en su intento de volver a casa a la hora de cenar. No me atrevía a decírselo a nadie. Con nadie compartía mis miedos, ni mis nadas. Pero una vez mi hermano me vio tristísimo. Y se lo dije. Le dije que papá aún no había llegado y que tenía miedo que la tormenta hubiera estropeado las luces del coche. Me dijo que eso era imposible. Que los coches tienen otros sistemas más modernos y que no pasaría nada. Añadió, para acentuar más mí recién adquirido consuelo, lo que proclamaban los expertos: que cuando rugía el cielo lo mejor era estar dentro de un auto. A partir de ese día proclamé a los cuatro vientos, a los siete mares, y al universo entero ese descubrimiento. A partir de ese día, cada vez que caía una gota, intentaba convertir el coche diminuto de mi padre en mi arca de Noé particular.
Y, cierto, no pasó nada. Mi padre volvió sano y salvo. Y chorreando. Y con olor a vino y tabaco, que me encantaba en esa época.
Época en la que sólo intentaba correr para alcanzar una madurez permisiva. Quería fumar y beber como los adultos. Nada de café como mi madre y las vecinas. No. Ni de tés. Ni infusiones de yerbas raras que se cosechaban en la vega del último reducto nazarí. Yo quería vino o cerveza y tabaco. Y ser mayor, también. Imitaba a mi padre y al padre de mi padre, y al otro padre viejo. Y los domingos, cuando mi madre repartía aceitunas como algo extra, me las guardaba y las comía acompañándolas de coca cola, o algún refresco oscuro que me recordara el vermú de la edad adulta. Y así, cogiendo un periódico de los que guardaba mi madre para ponerlos de alfombra y no pisar sobre mojado, cuando limpiaba la casa, leía las noticias de días y meses anteriores, a destiempo, claro. Y sin enterarme de nada, más claro aún.

Gracias al descubrimiento de que las tormentas no actuaban sobre los faros de los coches, empecé a mirarlas con los ojos de mi abuelo.
El hombre las entendía. Sabía de dónde venían y, sobretodo, cuándo lo harían. Y así, cuando tronaba, cuando el cielo gritaba y vomitaba agua y fuego, yo mantenía mi compostura. No me iba a dormir con la esperanza de encontrarme a mi padre al despertar. Sabía que la tormenta no lo detendría camino de su tercera ocupación.

Ahí es cuando mis sueños empezaron a desvanecerse. O a largarse en busca de corazones más puros y almas más cristalinas. Ellos me visitaban cuando estaba a punto de despertar y no les dispensaba el tiempo ni la noche mínimamente imprescindible. Ya estaba buscando a mi abuelo que hablaba con el tiempo, que acariciaba las cosechas bautizadas de rocío y las primeras escarchas, preludio del invierno acechante, que apartaba dulcemente los gatos asalvajados con el pie cuando iba a ponerles su desayuno. Y tras sentirme observado, me aventaba veloz del lugar. Y me centraba en mi padre. Miraba su café. Miraba cómo leía la prensa que después leería yo, imitándolo. Miraba como sintonizaba una emisora de noticias en la vieja radio que le habían regalado por Navidad en la empresa.

Y me miraba cómo lo escudriñaba. Unas veces me preguntaba qué hacía tan temprano despierto, otras me preparaba el desayuno, otras me contaba cosas sobre sus dos trabajos, pues no me consideraba otro motivo laboral, aún. Con el paso de los años se arrepintió de no haber negociado un convenio conmigo.

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En el parque, sentado junto al viejo sin mar, mientras lo miraba hacer, me han invadido los recuerdos. He vuelto a mi niñez asustadiza y quebrada. He visto a mi padre. He revivido su olor. He vuelto a acompañar a mi abuelo. Estaba mi hermano, claro, abrazado a sus cómics de héroes sin carne ni hueso. He escuchado el maullar lacónico, salvaje, excitado, de los gatos. He sentido su ronroneo cadencioso mientras esperaban su comida. He vuelto a disfrutar, en definitiva del vino de mi niñez, del cáliz de mi infancia.

El ruido de un tren me ha despertado. Con los huesos entumecidos y los sueños vivos, latentes, acariciantes. He mirado a mí alrededor. Sin rastro de las palomas, ni del anciano. Me he quedado dormido en ese banco, y he soñado, por fin. Mis sueños han abandonado su destierro para perdonarme. Y me han devuelto a otro tiempo del que necesito escribir porque tengo miedo de olvidar. De no saber encontrar la senda onírica que alumbra mi pasado.

martes 14 de abril de 2009

ÚLTIMA FUNCIÓN



¿Hay vida antes de la muerte? ANÓNIMO HÚNGARO

La muerte tiene un precio. Un precio elevadísimo. Elevado a los altares de la liturgia de vivir sin querer hacerlo. El precio que tenemos que pagar por una muerte digna, como si existiera tal dignidad a la hora de irnos del todo y de todos, es la vida. Así que hay que vivir si se quiere morir. No hay más. Una vez te han soltado sobre la faz de la tierra, una vez naces, una vez creces, una vez te reproduces o no, una vez mueres, entonces: Fin. Objetivo logrado.

Pero el hecho de que hasta el día de hoy no creyera en el suicidio no quiere decir que no comprenda a los que se maldicen por estar sin querer copular con el verbo ser. A los que se sostienen por los pelos. A los que no echan raíces sobre la tierra que les vio nacer y, sin embargo, ahí están, inamovibles. Mortales sin muerte hasta que por la gracia de Dios, del atrevimiento, de la pena honda y que tizna a base de bien, obtienen el pasaporte para arribar a la otra orilla. (…)


A los dieciséis años conocí al primer suicida. Después vinieron películas y libros cargados de personajes enfrentados a la vida. Unos se tiraban desde un puente sin que nadie lo remediase. A otros, cuando a punto estaban de lograr su objetivo, se les aparecía alguien. Y les decía que la vida, amén de maravillosa, es necesaria: - Y tú, suicida de mi corazón, también lo eres para Ella.-

Otros se lanzaban en picado contra buques de guerra que asistían atónitos a la lluvia de escuadras Kamikazes. Pero ese tipo de suicidio, aunque loco también… generaba más admiración que desolación entre las mujeres que habían visto partir a sus maridos hacia una muerte segura. Como seguro era, que algún Kamikaze aguardaba su turno en el fondo del armario. El honor, a veces, apesta a engaño.

A los dieciséis años encontré mi primer trabajo. O él me encontró. Vagaba por la calle sin rumbo fijo. A día de hoy mi brújula sigue desorientada. Y bien. No me quejo. La primavera vestía de largo los días más cargados de sol, más cargados de somnolencia, más cargados de los exámenes finales y el curso encaraba la recta final. En mi caso, la recta se prolongaba los meses de verano. Pero eso después. Antes, mi primer trabajo.

Un hombre viejo, de facciones marcadas, de mirada dolorosa y de expresión agresiva colgaba carteles ofertando trabajo en el circo que acaba de acampar a las afueras de la ciudad. Querían gente joven con ganas de ganarse algo de dinero.

Le comenté a un amigo que podríamos probar. A ver qué tal. De hecho él quería dinero para una raqueta nueva y yo, claro, dinero para unas zapatillas deportivas. Nunca había tenido unas. Bueno, sí… había tenido, pero no había podido elegirlas a mi gusto. Las quería de marca, para mi disfrute.

A los dos días estábamos colgando carteles anunciando las funciones. Regalando descuentos en centros comerciales entre sus clientes. Ayudando en los espectáculos de la noche a colocar sillas y colocar gente en las sillas.
El primer día, los leones me dieron miedo. El segundo día, los leones me dieron pena.Nunca había visto un león de cerca. Nunca tan grande. Nunca tan famélico. Es difícil entenderme. Lo sé. Pero a esa edad casi todo lo que te supere en altura y en sorpresa, es magnánimo. Y esos leones que danzaban dibujando círculos el primer día y que rugían de hambre el segundo, me parecían fieras monstruosas.
Pocos días antes de que comenzara la primera sesión circense, mi amigo y yo habíamos hecho nuestro trabajo. Ya no teníamos más invitaciones para repartir. Ya estaba la ciudad engalanada con los carteles anunciadores de risas, de miedos, de sorpresas, de emociones. Promesas que no siempre se hacían realidad, como descubrí más tarde en las sucesivas funciones.

El gerente del anfiteatro ambulante, también domador de fieras indomables según él, nos invitó a ver los espectáculos a cambio de ayudar en las tareas de ubicación del querido público. A cambio de pintar sonrisas sobre las caras de niños asustados hasta la médula. Niños imberbes. Porque nosotros si no niños, sí jovenzuelos que habíamos dejado atrás la niñez de manera fulminante. Nuestra generación, por fin, se ponía manos a la obra.
Así que tras recibir a los asistentes y sentarlos y adornarlos con pinturas y agasajarlos con palomitas tras un módico precio, se atenuaban las luces, la orquesta nimia tocaba la pieza de presentación y el maestro de ceremonias daba la bienvenida al increíble y maravilloso mundo del circo.
Payasos, acróbatas, malabaristas, más payasos, caballos diestros y jinetes intrépidos, faquires que jugaban a los puñales sobre el tablero de su vida, perros adiestrados, obedientes, calculadores de saltos y acrobacias perrunas imposibles, gatos que maullaban como auténticos felinos y, por fin, el espectáculo estrella: leones que lanzaban zarpazos, que se enfrentaban y que cedían obedientes a las órdenes del domador diminuto. El domador, de cuerpo aniñado, los situaba sobre dos banquetas, casi en equilibrio, y les hacía rugir azuzándolos con una silla. El circo rugía. Los leones rugían. El héroe bizarro gritaba y provocaba a esas fieras hambrientas. Y por último se acercaba a Lena, la leona, y le abría las fauces. Colocaba su cabeza entres sus dientes afilados como lanzas, y se quedaba ahí, quieto… con los brazos en cruz, en una mano el látigo, en la otra, el miedo.
Después prendía un artilugio de alambre de forma circular. La lumbre escupía luz y calor y el público, estupefacto, esperaba que Limbo, el macho, atravesara el aro de fuego de un único salto. Una única vez. Después, tras acariciarlos, tras tumbarlos y tumbarse con ellos en el suelo de la jaula inmensa, los devolvía a sus aposentos.

Eso sucedió el primer día. El segundo, fue el día que descubrí que los leones son atacados por el virus de la gripe. El día que me dieron pena, por igual, fieras y domador.

Cuando todas las estrellas del circo habían sucumbido al espectáculo. Habían demostrado que sus aprendizajes eran de lo más docto bajo la carpa, le tocaba, entonces, el turno al domador-gerente y sus fieras arrancadas de esa cuna tapizada que conformaban las estepas del Serendeti.
La arena del circo quedó a oscuras. Un haz de luz cayó sobre el presentador. Micrófono en mano anunciaba que ese día los leones no pisarían el coso, pues estaban aquejados de gripe. Una cepa extraña que atacaba a los leones y algunas otras especies que provenían de las estepas africanas. Nos levantamos y buscamos la salida. Con el derecho que nos daba ser trabajadores del circo, nos dirigimos a la jaula de los reyes de la planicie africana.
En una esquina, cabizbajo, estaba el héroe y dueño de Lena y Limbo. Les hablaba. Les pedía perdón por no haber podido darles de comer. Estaba también el padre del domador, un hombre corpulento, curtido en mil batallas laborales. Le decía a su primogénito que si no podían conseguir comida para los animales, era el fin. El fin de una estirpe dedicada desde hacía dos siglos al mundo del espectáculo. El estado ya les había advertido con varias cartas y se habían personado en las dependencias del circo funcionarios del ministerio. Si la situación no cambiaba, el gobierno intervendría y requisaría los animales. El hombre viejo se alejó con paso firme. El otro se quedó apoyado en los barrotes, llorando como un niño sin cumpleaños. Los leones, desde el fondo, sanos aunque con un hambre voraz, dormitaban y soñaban, quizás, con esas estepas que los vieron nacer y los vieron morir en vida.

Mi amigo y yo nos fuimos. No hablamos nada durante el trayecto que nos devolvía a nuestras jaulas. Al espectáculo de nuestra vida.

Al día siguiente, último día en la ciudad de la carpa, sucedió lo mismo. Los leones seguían sin comida. Hambrientos cada vez más… No nos acercamos mucho a la jaula. Manteníamos la distancia… Supimos que no actuarían las estrellas, el reclamo por excelencia, la síntesis que daba nombre y engrandecía ese universo de risas y de pavores. Que el domador no utilizaría la silla para enfrentarse a sus fieras, ni el látigo, para conquistarlos. Ni el aro encendido. Nada. Los leones seguían con gripe, así que el público no podría despedirse de los reyes de la sabana.

Abandonamos nuestro abono de trabajadores y de invitados y nos dirigimos a despedirnos de Limbo y Lena. Y de las demás fieras. Y de los payasos, que casi nos conocían o que casi creíamos que nos conocían. Sus sonrisas de mentira me recordaban que nunca me había gustado ese mundo. Ese espectáculo fabulado, ese universo hermanado, muy unido, sí, pero que no me atraía. Me daba miedo. Y más tarde he sabido que a mucha gente el circo no le hace gracia. Y si un circo no te hace gracia es sinónimo de miedo.
Pasamos por la caravana que hacía las funciones de despacho y vivienda del dueño-domador. Estaba triste. Me pidió si le podía echar en algún buzón una carta dirigida a la prensa local. Sí. Claro que podía. Nos pagó el salario, mi primer salario.

Durante la hora siguiente vagamos con paso quedo por el resto de las instalaciones. Acariciamos a los gatos, a los perros, a los caballos les dimos el azucarillo que guardábamos en el bolsillo de la chaqueta. Y por fin, nos acercamos a despedirnos de nuestras bestias enfermas de hambruna.
El domador estaba hincado de rodillas, dentro de la jaula, los brazos en cruz. Sus lágrimas barrían la arena que servía de cuna. Un hontanar de pena formaba grumos. Un manantial de miedo nos heló.
Se ofrecía de comida. Quería morir por ellos. Quería salvarlos. Quería salvarse. El circo y él morirían juntos.
Mi amigo y yo huimos de aquella escena sin decirnos nada. Sin mirar hacia atrás. Llorando y gritando. Nuestros gritos se solapaban con los de la familia circense que había acudido atónita a la última función.

Días después, la prensa publicaba la carta que durante mi huida había depositado en el primer buzón que encontré:

“La muerte tiene un precio. Un precio elevadísimo. Elevado a los altares de la liturgia de vivir sin querer hacerlo…”

HABITANDO EL RECUERDO


Alguien me pidió que hablara de alguien.

Pensaba que estaba siendo sometido a un experimento social. Que ese alguien quería medir mi estatus anímico-social forzándome a contarle cosas de mi infancia dulce, o de mi juventud menos dulce, o de mi madurez anodina.
Acabé hablándole de la morena que sirve los cafés más imbebibles del mundo mundial en el bar más cutre. Pero cafés que sigo tomando con sumo placer visual.

Andaba solo por la calle, que no es una novedad, y disfrutaba de los primeros días de otoño. Lloraban las ramas de los árboles, azotadas por el viento. Pisaba las hojas húmedas que, amontonadas, conformaban los primeros lienzos de la melancolía. Lienzos de color ocre, del color de la tristeza más pura.
Mientras sorteaba las hojas que escupían los árboles, me acordé cuanto le gustaba la estación de las hojas vencidas a mi abuelo.
Joder, le podría haber hablado de él a mi amigo auto erigido investigador social.

Llegué tarde a casa. Quería escribir. Necesitaba escribir. A punto estaba de vomitar sobre el folio catódico, cuadriforme y apantallado un montón de frases. Tenía esa especie de musa caprichosa que son las ganas y las necesidades de cada uno. Y mi musa me susurraba al oído. Me incitaba. Me ofrecía el calor justo, también necesario que mis dedos y mi cabeza precisan para trabajar en equipo.

Pero la caja tonta, tontísima, llamó mi atención. También es cierto que me distraigo con facilidad y que a la tele no le soy infiel. Sostenía la taza de café en la mano y retenía las ideas en la cabeza, pues estaba a punto de plasmarlas en mi lienzo inmaculado.
Las notas del músico sabio, Bach, llamaron mi atención. Un documental me condujo tras la estela de un anciano. Lo seguí con la mirada. Observé a ese viejo decrépito que se acercaba a su infancia. Que quería volver a jugar a la pelota con su vecino, muerto hace mil años. Que quería crecer y estudiar y tener hijos. Que quería querer de nuevo.
He visto y he oído la enfermedad. La he visto asomarse a su mirada. La he oído en sus labios trémulos. Mi café se heló, como la sangre ante el miedo. Mis ideas desertaron y se fueron con la musa a otra parte. Volverán, lo sé.

Pero ahora es mi abuelo el que viene a mí. El que me visita mientras intento adentrarme en la noche. Mientras intento recordarlo y mientras intento que mi cabeza no vuelva a ese rato de locura tornadiza.

De mi abuelo no puedo hablar mal. Mi memoria es caprichosa. Y aunque tendamos a recordar lo muy bueno, también es verdad que muchas veces olvidamos, o desterramos de nuestra mente, lo muy malo. Hay abuelos que han muerto en guerras fratricidas, otros han sido segados por la vida antes, incluso, de saber que iban a ser abuelos. Otros, los menos a este lado de la literatura, que no han sabido conciliar su vida con la de sus nietos. No han sabido, no han querido, no han podido ser abuelos. Muchos amigos míos han sufrido, de alguna manera, la ausencia de los viejos de la casa. De los viejos entrañables contadores de cuentos. Transmisores del virus de las historias que sobreviven al espacio y al tiempo. Y a ellos. Historias que no mueren con ellos.

Un abuelo aporta sentido y sensibilidad a nuestra vida. Mucho más que otras figuras familiares que gravitan a nuestro alrededor. Porque nos peleamos con nuestro hermano y tenemos al abuelo que nos recuerda que entre hermanos no está bien pelearse. Su mirada autoritaria, aunque dulce, nos escrudiña y su voz suena cadenciosa:

-Los hermanos no se pelean. Si no os tuvierais, si fueseis hijos únicos, eso sí sería mala suerte. Mantiene la mirada fija en mí, en mi otro yo que es mi hermano y sentencia:

-Hay guerras que empiezan en la cuna. Y no quiero más contiendas. Todos los conflictos se pierden.

En aquel momento me quedé, y se quedó mi hermano igual. Entendimos la mitad. Con el paso de los años, la otra mitad no tardamos en descifrarla.

No tardamos en contestarle, nuestras palabras corren más que nuestros pensamientos… fruncimos nuestro ceño cándido, arrugamos la expresión y nos perdimos en un mar de dudas, en un océano agitado por los sentimientos hacia el otro. Pero fuimos tajantes y quemantes:

-Sí abuelo. De ser sólo uno no nos pelearíamos… Pero no tendríamos a este delante.

Y nos castigaba nuestro padre y buscábamos el apoyo incondicional de su padre. Entonces era él quien fruncía el ceño. Caminaba con paso quedo y decía que si nos riñe es por nuestro bien. Y por nuestro bien, se convertía en abogado deshaciendo sus pasos para hablar con el juez que nos condenó a una perpetuidad sin el Equipo A. Pidiendo el indulto, conseguía una rebaja de la pena… Así que nos citábamos en la emisión del siguiente capítulo.
Pero volvíamos a las andadas. Estábamos amparados por el defensor del nieto.

De pequeño, para combatir el frío de noviembre, ese frío y ese noviembre de los de antes, de cuando el cambio climático era una idea embrionaria en la cabeza de algún futurólogo loco, de algún advenedizo aprendiz de meteorólogo, nos sentaba delante de la lumbre. El calor de su voz, el fragor de sus historias a la orilla de la chimenea me transportaban a otra época. El frío azul de afuera era el mismo que él pasó en el frente en el que combatió. El mismo frente año tras año. Siempre emocionaban sus historias tristes. Siempre sabían distinto, aunque las contara, las mismas, también año tras año. Lo miraba impertérrito. Escuchaba cómo su voz bronca simulaba el sonido de las balas perdidas, de las trazadoras portadoras de una muerte segura. Historias de vidas que se iban sin vivir. Las emboscadas. El cigarro en la trinchera con el enemigo durante los pocos momentos de tregua. El llanto desesperado de los que mataban sin querer matar. De los que apuntaban al cielo y aterrizaban en el infierno. Y el vino y la comida extra en la cena de Navidad. La historia del soldado que murió sin saber que la de ayer, sin anunciarlo nada ni nadie, iba a ser su última cena. Murió con las botas puestas, con la comida en la mano y el villancico de feliz navidad aflorando en sus labios. La victoria de nadie, la derrota de todos. Crecí con esas historias. Y siguen volviendo a mí cada vez que miro la nada y veo como se filtra por mi ventana el silencio de ahora.

Y ahora cuando el Alzheimer se lo ha llevado. Cuando le impide ver cuántas batallas se siguen librando y cuántas guerras se siguen perdiendo. Cuando ya no disfruta de la meteorología. Ahora que no se levanta persiguiendo el amanecer. Ahora que no agudiza el oído para adivinar qué pájaro canta allá, en la estela del día recién nacido. Ahora que mira pero que no ve a nadie. Ahora que su vida se vacía por completo y hace que llene mis noches en blanco con su recuerdo. Es cuando he sentido la llamada salvaje de la escritura. Que se lleve estas letras donde vaya. Porque para él aquí no acaba todo. Aquí todo acaba de empezar.

Hay un antes y un después.

Mi abuelo vive el después intemporal. La sinrazón de la naturaleza. El secuestro de una vida dedicada al vicio de contagiar optimismo y superación. No habrá rescate. Tampoco recompensa.

Y hoy es un día gris. Como los que le gustan a Juan. Pero está postrado en su cama. Inmóvil. Me mira con ojos de niño. Ese brillo que denota alegría por el juego que tiene que empezar a la de tres. Pero no ve, atrincherado en su tiempo pretérito, el color otoñal. Ni lo huele como hacía antaño… No otea el horizonte y tampoco le pregunta a la luna si lloverá al día siguiente. Su cuerpo yermo, no le permite ninguna excelencia.

Su sonrisa es ahora perenne, no decae con estación severa que bautiza la vega granadina. Y lo hace porque es un niño. Y porque si fuera un adulto, nunca fue enemigo de sus enemigos, de quién no conocía. El siempre apuntó al cielo.

A la cabeza me vienen, una y otra vez, las imágenes del peregrinar de esos viejos jóvenes que han hecho las maletas para no regresar del país de Nunca Jamás.

Mi abuelo me mira. Una mira viva, inquieta, interrogante. Y con un chorro de voz atronadora, como las tormentas salvajes en agosto me dice:

-Que no se entere tu abuela que andas salvando gatos.

Y el silencio con sus tentáculos cavernosos lo arrastró hacia la oscuridad pétrea del olvido eterno.