jueves, 1 de junio de 2017

RETIRO



Desde que tengo uso de razón, y desde que invierto parte de ese uso en escribir un día a la semana, he pensado que alguna vez lo haré en algún sitio alejado, desierto, rodeado de nieve, frente a una chimenea, habiendo hecho acopio de café para mil prólogos, de comida para mil capítulos, de música para mil epílogos, y de leña para mil lumbres. Conociéndome como me desconozco, reconozco que también me llevaría a ese retiro níveo y helado algunas lecturas y un lápiz de memoria con algún que otro vídeo guarro por si me entrara la morriña, para sacudirme la saudade cuando no reciba en jornadas varias los vídeos con el que mi elenco de amigos resucita las horas muertas de mi móvil de postrera generación.
Pero nunca me he decidido del todo. Y es que nunca del todo me decido a algo. En cuanto a la escritura, soy un inconstante. Y en cuanto a excusarme en la retórica para exiliarme a la naturaleza y disfrutar del cadencioso y suave caer de los copos, soy un inconsciente y un inconstante. Yo no soy Jack Nickolson en El Resplandor, ese escritor famoso que se refugia en un hotel invernal. Una instalación que debe cuidar con su familia hasta la llegada de los turistas empujados por el buen tiempo a esos inhóspitos parajes. Una residencia desierta y fantasmal. Más fantasmal y menos desierta cuando van sucediéndose los minutos de metraje. Vamos, que el hombre en vez de escribir, enloquece. Y en vez de arrimar el hombro, ayudar a su mujer y atender los divertimentos de su hijo, se dedica a aterrorizarlos persiguiéndolos hacha en mano, loco perdido.
Así que heme aquí, en la sección de viajes y ciencias de la naturaleza y diccionarios meteorológicos buscando un índice que sacie la voracidad de esta vanidad viajera y sobrevenida. Hoy es uno de esos días en los que he renovado los votos. Que necesito decir lo de la nieve una vez más, como si el sacro convencimiento me permitiera acometer con garantías mi decisión de acabar entre cumbres borrascosas emborronando folios apantallados y cuadriformes, escribiendo una y mil veces que no por mucho madrugar amanece más temprano...
En la Casa del Llibre, en el Paseo de Gracia Barcelonés, hago tiempo cuando tengo que coger un tren que me devuelva a mi ciudad. Entro por una entrada y salgo por la otra tras haber repasado los últimos éxitos editoriales y tras anotar qué ejemplares me compraré en un futuro próximo, o para hacerme con un ejemplar que colme mi presente. Es una de las librerías con más catálogo y mejor distribuido. Aquí también he tomado café alguna vez mientras asistía a la presentación de las historias de algún escritor que tiene lo que hay que tener, que hace lo que tiene que hacer y que escribe lo que sus lectores necesitan que escriba. Hoy no encuentro un manual sobre escapadas con encanto para escritores desencantados que dan el canto diciendo que quiere irse al quinto pino nevado, ascender unos riscos y ponerse verbos a la obra bajo una ventisca de soledad y silencio. Hay guías de viajes a rincones embrujados, a pueblos alejados que invitan al retiro y a la meditación, también muestrarios de circuitos a pie, en bicicleta, y cientos de encuadernaciones sobre los diversificados tramos del Camino de Santiago que algún día recorreré (y una eme)
Esta librería está llena de pasillos, de intersecciones, de cruces de caminos que conducen a la definitiva literatura en cualquiera de sus manifestaciones. Uno de estos atajos lleva directamente a una sección donde hay libros sumergidos en estanterías sobre geografía, demografía y estadística, sobre economía renacida, sobre técnicas de ventas para acometer los éxitos sin perder la cabeza. Próximos a estos últimos, bien alineados, tranquilos, felices, calmos y expectantes están los de autoayuda. Son sus lomos menos consultados y sobados. Supongo que las personas recurrirán a ellos cuando se vean abocados al desconsuelo, la desazón y la intranquilidad en sus días de claroscuros. Pues yo que soy una excepción en toda regla, siempre recorro cada rincón de esta casa novelada ojeando un volumen, acariciando otros, rebuscando y no encontrando entre los estantes, buscando y reencontrándome con viejos conocidos ya adquiridos y gozados que vuelvo a rozar como aquellas pieles proyectadas entre las paredes de un cine de verano.
Hoy he llegado a unos de los rincones menos transitados de la tienda, al final de un corredor desde el que se divisa la Calle Valencia. Y ahí, entre volúmenes de economía, ciencias desconocidas para mí, ciencias ocultas y otras materias menos demandadas, una pareja se besaba sin prisa, se tocaba sin remisión y se abrazaba hasta encajar como dos piezas de un Tetris literario. Él asomaba la cabeza a través del hombro de ella. Emergía su periscopio, miraba en derredor, aseguraba el perímetro y volvía a sumergirse en los besos que ella le profesaba de buena fe. Yo, parapetado tras un atlas de geografía humana he observado los escarceos de la pareja anónima. Con celo y envidia. Más con lo segundo. Ella tenía apoyada una mano en una pared para que no se le viniese encima la estantería, y la otra sujetaba la cabeza de su él, para que no se le dislocara en la loca búsqueda del placer. El señor X tenía las suyas ocultas bajo la falda de la señora Y. A falta de pudor, buenas son las consecuencias. Sus bocas chocaban como constelaciones guarras y la fricción de los cuerpos expelía jadeos y susurros y palabras derretidoras. Él comenzó a masajear su culo con una mano y ocupó la otra en apresar una teta y sopesarla inquietamente. Abrumado he optado por abandonar mi incursión ocular.
Les he dejado entregados, convencido de que no buscan un libro que resarza su frágil situación de pareja, de enfrentado dúo marital, o par de amantes en bancarrota. Seguro que se aman y que descubrieron ese destino persiguiendo alguna novela o tras la estela de algún autor. Y ese recoveco ha acabado convertido en un oasis tibio, en un punto seguido y de encuentro, en un lecho vertical, en expositor de amor incendiario y en un punto y seguido de encuentros furtivos...
Justo cuando me doy la vuelta, la portada de un folleto de excursiones me pregunta si ya tengo planes para esta primavera. Dentro, entre sus hojas, las abejas liban de flor en flor y la naturaleza fecunda ofrece sus mejores rutas para la estación floreciente.
A tomar por culo la nieve, otro año más.

4 comentarios:

  1. Eliges un retiro aislado como lugar ideal de futuro. Como yo. Y encima frío. Me sumo también. El calor no anima al pensamiento. Y el café caliente con sudores tampoco es lo mío. Así que te compro la fantasía. Si pudiera la vivía ya.
    Y además creo que los retiros del futuro siempre tendrán wifi. Eso llega a todos sitios así que el pendrive no se te tendrá que volver rutinario. Pero vamos, que a juzgar por el relato, eso está lejos.
    Ese paseo tuyo por la calle de nombre homónimo al verbo, me ha resultado estimulante como pocos. Por tantos motivos que vamos a ver si me llamo al orden y te consigo hacer llegar un poco de lo que he sentido.
    En esa librería pasaba los tiempos muertos antes de entrar a trabajar en el cine de enfrente en el que ahora hay una franquicia de cápsulas de café. Ese sótano era donde hacía de acomodador y hasta otros asuntos que demuestran que he metido la polla en casi todas mis ollas. Y siempre ha acabado mal, claro, escaldado pero ocasionalmente feliz.
    En esa librería me he pasado también tiempos muertos esperando alguna presentación, la última el pasado Enero
    (hablé en el post sobre una señora que presentaba su libro sobre la cábala).
    De esa librería salí una vez un poco avergonzado. P. y yo entramos en sus servicios, en ese pasillito que tiene la tienda y acabamos en el de señores haciendo lo mismo que tu pareja pero en un nivel más avanzado. El problema es que nos dio la hora de cierre y el amable guardia de seguridad nos invitó educadamente a salir. Y lo hicimos entre la mirada de sus empleados. Sé que en su momento no me hizo gracia pero ahora sí. Ya ves que la librería se presta al amor y al polinizar de las abejas.
    En esa librería he hecho anotaciones mentales de compras futuras y he comprado como tú. Y también tomé café hace mucho tiempo. No sé si lo siguen haciendo. Es un lugar paradisíaco para nuestro vicio. Todavía voy en esos tiempos muertos de espera y otras veces me hago la anotación de ir por una presentación pero siempre me surge un problema y voy a pocas.
    A dos calles de allí, está Alibris, esta con un catálogo maravilloso de libros que no se suelen vender en lugares más comerciales. Y se mantiene grande y poderosa gracias a su particularidad.
    La casa del libro de Rambla Cataluña es menos atractiva pero la frecuento porque no puedo verla y no visitarla. Si hay libros tengo que entrar.
    La librería de Paseo de gracia de la que hablas también fue decorado de una película del catalán Cesc Gay, "En la ciudad", dónde un personaje trabajaba allí con su uniforme verde y todo. Eso sí, tu post es lo mejor que he leído sobre ese rincón de sueños. De hecho parece un sueño contado así, como laberinto de Babel, a lo cuento borgiano. Aunque la sorpresa sea lúbrica y eso ya no es del asexuado Borges.
    Ojalá te pueda leer más seguido a pesar de tus rutinas. O acabemos coincidiendo en una de esas presentaciones.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Conozco poquísimas personas tan entregadas a la literatura como tú. Y en esta incursión a la Casa del Libro,la minuciosa descripción de los espacios,y tus observaciones, me lo confirman. Te muestras con la naturalidad de quien verdaderamente se encuentra feliz entre libros,como si estuviera en su casa rodeado de amigos conversando con ellos.
    No nos llevas a una tienda de libros sino a un espacio de fecundas fantasías, vivo, hasta el punto de describirnos un episodio de amor apasionado, como escapado de una novela de las que están en las estanterías.Creo que la literatura es un punto de encuentro para compartir pasiones.

    Suelo pasarme por esa librería a comprar mis libros y, después de leer este relato, recorreré sus pasillos y hojearé los libros sintiendo tu presencia.

    Y, en cuanto a tu sueño de retiro, no me inclinaría por el frío ni la nieve, pues uniformiza el paisaje.Prefiero el frescor de las montañas y los campos floridos; bosques caducifolios, lagos y ríos.

    A ver si es cierto eso de que tienes el hábito de escribir una vez por semana. Y si escribes, no lo guardes para ti solo.
    Agradezco este relato, tu amor a los libros, al café y a lo cotidiano.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Qué gustazo leerte ( también) por aquí!

    ResponderEliminar
  4. He vuelto, señor. No entera, sino a medias. Pero he vuelto. Un placer leerte.

    ResponderEliminar