domingo, 8 de noviembre de 2015

LA MADRE



Raquel murió el año pasado. 

Hace pocos días asistí a la misa en recuerdo de Raquel. Raquel, mi amiga, compañera del sindicato, trabajadora infatigable de correos que sucumbió al envite de la enfermedad. Ese cáncer que “seguirá existiendo mientras haya vida”, que reza no sé quién, un quien muy experto en la materia y muy docto en el razonamiento. Ella luchó con todas sus fuerzas, no mostró signos de flaqueza ni en los momentos en los que la partida se decantaba en favor del enemigo que invadía su espacio y derogaba su vitalidad. Ella, aferrada a la fe, no dio su brazo a torcer. Ahora sólo me queda recordarla. Y lo hago con una asiduidad intemporal no sujeta a los caprichos del tiempo ni del espacio. Su eco concierta una cita que mis sentimientos no rechazan. Entonces la veo sonreír mientras se pelea con la bata del hospital que se niega a tapar todo su cuerpo en medido orden. Entonces la veo llamar a las enfermeras y pedirles agua caliente para prepararse un té que esconde en una cajita que alguien le regaló días atrás. Entonces la escucho preguntarme cuándo viene Andrés Suárez a cantarle o cuándo vamos nosotros al sitio que sea a escuchar al cantautor gallego. Asevera que Andrés Suárez es como su Don Quijote, o como aquellos caballeros del medievo que se batían en épicas justas defendiendo un honor o correspondiendo al amor admirativo de una doncella. Entonces la veo comer una ración de paella días antes de dejar de comer para siempre y decirme que en pocas semanas estaremos disfrutando de un menú como Dios manda, en aquel restaurante del centro donde la llevé la última vez que visitó mi despacho para agilizar unos trámites. Entonces la oigo declarar que ha ido a misa y que conoce a todos los curas. Y que otros sacerdotes la quieren conocer porque han escuchado arengar a unos y a otros, a médicos y enfermeras y demás personal del hospital, sobre el empírico optimismo, la valentía y la manera de mirarle a los ojos y enfrentarse a la enfermedad advirtiéndole que salga de su cuerpo, que no tiene tiempo para tonterías ni atenciones que no sean para su familia, sus amigos, sus compañeros de latencias, en definitiva. Entones la veo con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor, murmurando desde las tinieblas. Entonces su fiebre sacude estas letras que prenden la infinitud de sus cuarenta y tres años.

Hace pocos días asistí a la misa en recuerdo de Raquel. Lo hice por dos razones, sobre todo; porque era ella creyente y porque respetaba hasta la extrema extenuación que yo no lo fuera, y porque necesitaba reencontrarme con su madre para conocer cómo soportaba la vida sin los latidos de Raquel. Pero como sucedía con su hija, la que quería verme era ella, la que quería hablar era ella, y fue ella la que me animó hasta la emoción. Ella, una anciana enjuta y chicuela, que susurra las palabras y que arrastra los pies como quien se desliza por la pasarela de la bondad. Ese día, el once de septiembre, los restos del sol impío que había alimentado las mil canículas chocaban contra el frío de la ausencia. La madre de Raquel quiso regalarme un detalle. Que fuera hasta su casa, por favor. Y hasta allí fuimos, con paso quedo. El hogar de la anciana dulce es viejo y es acogedor. Donde hasta unos años había cuadras y marraneras ahora se acumulan los productos frescos de ese huerto que se niega a abandonar y que seguirá cuidando hasta que las horas muden en silencio y quietud.

En la cocina me invita a sentarme a su mesa. Me ofrece todo lo que tiene, que es todo. Y ella, pequeña como un milagro, vestida de negro, se sienta en una silla y coloca otra enfrente a modo de mesa donde deposita los aparejos con los que hace manualidades. Y mientras zurce y cose y convierte retales de tela y papel en flores y afectos decorativos, habla sin parar y sin mirarme. Y le comento que ya no hace bufandas. Y me dice que desde que falta su hija ya no ha vuelto a sentir frío. El invierno se fue con ella.

Ahora sólo decora de primavera cada rincón de la casa, cada recoveco de la iglesia del pueblo. La sacristía está recubierta de flores urdidas por sus manos diestras. Mientras termina de anudar los pétalos papirofléxicos sobre ramas secas para completar un florido centro, levanta la vista y me confiesa: la niña murió hace un año. Entonces todo el mundo me decía que no pasaba nada y yo sabía que sí pasaba mucho. Pero mi hija no podía verme apagada y yo no quería que el mundo que me mentía reconociera mi pena. Así que me pasaba las visitas al centro médico afirmando que sí, que se pondría bien. Y que me enterraría ella porque mis noventa y tantos años pesan lo suyo. Pero no sucedió así porque no podía ser así. Dios cambió el orden de llamada. Desde entonces hago flores. Cada una que florece entre mis dedos son caricias de Raquel. Es en ese preciso instante cuando las palabras envueltas en esa voz atiplada y añosa me encojen el corazón. Vuelve a ocuparse de ese jardín de papel y tela cuando el hilo de su voz me pide que no esté triste porque Raquel está bien. Y es joven. Y tiene todo el cielo por delante. Y yo estoy bien. Y soy vieja. Y he recorrido todos los caminos. Y anuncia que se muere de ganas de reencontrarse con su hija, que esa ilusión es la que la mantiene viva.


6 comentarios:

  1. Venia de leerte contento de mi propio espacio. Tus letras siempre son saludables para el ánimo. Pero claro, la vida no lo es. No para siempre ni del mismo modo para todos. Esta semana he sabido que la hermana de un amigo muy principal tiene segundo round contra la dichosa enfermedad. Mal asunto como ya lo fue la primera. La única opción es luchar. Y aun ellos que creen nos llevan ventaja. En esto si. Por todo lo dicho este in memoriam toca cerca del hueso. La afectada tiene la misma edad que tu amigo. Si yo creyera en algo, aunque fueran señales, sentiría un escalofrío. Asi que la historia no puede ser mas cercana. Y está contada de una forma que si al final ella tiene razón y hay otra vida, te debe estar aplaudiendo. Maravillosa su madre sacando fuerzas de donde nadie las imaginaria. Un fuerte abrazo

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  2. Aunque yo tampoco creo y años ha que en carne cercana e incluso propia, presento batalla, debo decir que atisbar o presentir la muerte, es de las cosas que más lucidez y tranquilidad han traído a mi camino.

    La enfermedad, cuando llega 'pronto', es como una pedrada en un lago remansado. Agua turbia al principio y ondas muy visibles que nos llenan de inquietud. Pero poco a poco, esa piedra comienza a formar parte de nuestra entraña. Mientras, las aguas. poco o mucho, se aclaran y las ondas parece que se vuelvan imperceptibles aunque estén... y comprendes que lo que esté por llegar, vendrá sin más. Porque al final, la muerte, es un pedazo de los más importantes de nuestra vida.

    Como no hay otro.

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  3. A veces, historias así me desgarran todo por dentro. Conozco el cáncer bien de cerca.
    Y, así como la madre de Raquel, creo que es una batalla que se lleva todo de nosotros. La vida no vuelve a ser la misma.

    Deseo que Raquel esté descansando, que su madre vuelva a encontrar cobijo (si sólo puede ser por la vía espiritual, que así sea) y que tus letras nos sigan acompañando.
    Porque las necesitamos.


    Muchos besos y abrazos, Mario.

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  4. "Raquel tiene todo el cielo por delante..."
    Me ha gustado mucho tu relato. Es estremecedor. Gran blog!

    Un saludo :)

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  5. Ando despistada, pues no me percaté de este escrito en el que veo la fuerza de tu solidaria amistad con Raquel y la sensibilidad con la que acompañas a su madre.Me gusta y valoro la manera que tienes de relacionarte con la gente que quieres y cómo nos lo trasmites.
    Tus palabras abrazan, alientan, acompañan y es una suerte para quien las recibe.

    Un abrazo.

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  6. Aunque haya demorado dos años me gusta tanto tu palabra. Gracias.

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