sábado, 29 de agosto de 2009

SU CAFÉ


Me ha despertado el aullido del teléfono. Irreverente. Una vez, otra vez.

Tengo la voz silenciada. Voz sin cuerpo.

Me da tiempo, antes de descolgar de saber que son las ocho de la mañana. La voz de mi mejor amiga quiere parecer la de ese príncipe. Y ella no sabe que yo sé que no quiero ya, nunca ya, un príncipe. O sí, un príncipe solícito que me deje dormir por los siglos de los siglos.

No me deja hablar. Sólo anuncia que en media hora estará en casa. Que tomaremos café. Que hablaremos. Lo sé: hablará ella. Escucharé yo. Querrá que hable yo. Querré seguir escuchando.

Es mi último día en la ciudad. Busco un exilio para mí. Una huída. Pero muchas cosas han pasado. Me he separado de él. Y no consigo separarme de él. Está a la vuelta de la esquina. Mis pensamientos corren una y otra vez, todas las veces del mundo a esa esquina. Viven ahí, mientras que yo, con mi cuerpo, con mi alma huérfana de alegrías, con mi vestido de amargura habito esta madriguera de ochenta metros cuadrados. Ochenta metros cuadrados de sueños rotos.

Mientras tanto me ducho, me maquillo, me embadurno, como le gustaba definirlo a él. Mientras tanto busco unas zapatillas, cubro mi cuerpo con un albornoz robado en aquel hotel. Claro que ya no se roban los albornoces. Los dejan ahí para que te los lleves cuando gustes. Y yo siempre he gustado mucho. Así que también en este piso se quedarán muchas prendas que han sobrevivido a noches de hotel. Noches de amor. Noches de pasión. Noches.

Paseo por la terraza. Mi voz se materializa. Enciendo un cigarro para someterla al silencio. Fumo y pienso. Lloro y fumo. Pongo la cafetera. Dios mío, cómo está todo. Botellas vacías. Ceniceros llenos. Desorden en perfecto estado de revista. Aquí tendrían que venir los de Ikea a rodar uno de sus anuncios sobre la libertad de no sé quién y la república de no sé dónde.

Crespo me regala sus mimos. Sus ronroneos. Mi buen Crespo. Lanza zarpazos a diestro y siniestro persiguiendo un bicho que sólo él ve. Me sigue a todas partes. Es un verdadero príncipe azul. Acaricio su lomo. Golpea con su nariz fría y rosada mi brazo, mis piernas.

Ana es puntual. Para desgracia mía, nunca ha sabido no ser puntual. Crespo la increpa. Con sus patas la busca, quiere una ración de caricias. Pero ella no quiere gatos. No animales de más de dos patas. A lo sumo hombres entre las piernas y pájaros en la cabeza.

Entra en casa como la marabunta, como siempre. Arrolladora. Su exceso de energía me nubla la vista. Su exceso de palabras aniquila las mías. Quiero un abrazo mudo. Quiero un abrazo que no hable. Pero sé que se pondrá a llorar. Que querrá convencerme. Aún así no me dejaré convencer. La decisión está tomada.

La cafetera avisa justo cuando iba a empezar a hablar. Nos miramos y cumplimos con el ritual. Ella me ayuda con las tazas, el azúcar y las cucharillas también robadas de no sé qué sitio. Coge unas galletas y unas servilletas de papel con motivos gatunos.

Busco un cigarro entre los objetos dispersos que han tomado posiciones en la mesa de centro. Le ofrezco uno a ella. Y durante unos segundos deliciosos sólo fumamos y nos miramos. Y observamos y sabemos que digamos lo que digamos no nos vamos a dejar convencer.

Mi mejor amiga empieza a hablar. Mientras sacude las migajas de galleta que muerdo con desgana y arrecian sobre mi albornoz. Busca las palabras. Las mide. Las pesa. Las piensa, contra todo pronóstico, antes de pronunciar:

- Estás segura. Creo.
- Crees bien.
- No puedo hacer nada para que te lo replantees.
- No. No puedes hacer nada. He hablado con la empresa. Está todo listo. Sólo me queda irme. Sólo París espera.

Una conversación estúpida. Sin adornos. Ella sabe que mi decisión es irrevocable. Que me tengo que alejar de todo. Que cada vez bebo más y vivo menos. Que mi empresa tiene en París una delegación. Joder, al menos es en París. Si fuera en Siberia, igual, no sé… tendría que replanteármelo. Que quiero empezar de cero. O de uno y pico. Pero tengo que alejarme de todo lo que quiero y de todo lo que no me quiere. Si mis recuerdos quieren viajar conmigo, allá ellos.

Ella sonríe. Y llora, poco después.

Me contagia tornando mi sonrisa en llanto.

Me abraza.

Y la conversación busca desembocadura en este mar de lágrimas.

- Ya tienes atado todo. ¿No te queda nada por hacer?
- Todo atado. Todo. Mañana vendrá una chica a limpiar esta leonera. Y no es leonera por Crespo, créeme.

Se sirve más café. Me sirve más café.

Las dos bebemos ahora en silencio. Ella no sabe qué decir ni cómo decir lo que piensa una vez que se sabe vencida. Y yo no sé qué hacer ahora. Busco pretextos para salir de esta situación. No me apetece llorar más. Estamos tristísimas.

La tristeza de Ana es la que habla. Apenas mueve los labios. Musita:

- Joder qué triste.
- Suelen serlo las despedidas.
- Si estuviera de puta madre y no quisiera renacer, de alguna manera, no me iría. Seguiría naufragando una y otra vez en un océano de alcohol. No quiero acabar así. –añado-

Y la primera mitad de la mañana transcurre entre los humedales que provocan las lágrimas compartidas y mezcladas. Entre café y café. Entre canción y canción que Ana insiste en poner en el equipo de música. Busca balada para una despedida.

Ana decide que tiene que irse. Que su empresa ha fracasado. Vuelve de la cocina con la cafetera. Se la queda como recuerdo, tal como habíamos acordado. Me despido evitando que nuestras miradas se encuentren. No quiero que el llanto nos atrape de nuevo. Mañana, en el aeropuerto, tendremos nuestro momento. Sí.

Que sí, que mañana a las ocho en punto pasa a recogerme. Insiste en lo de las ocho en punto. Que lo tenga todo preparado. Que sí, que todo estará preparado. Que un beso. Que un beso.

El resto de la mañana transcurre. O se escurre entre idas y venidas al banco. Ultimo detalles. Últimas llamadas. Transfiero las cuentas a otro banco. Hablo con la chica que tiene que venir a limpiar mañana. Que se quede con la llave. Que ya le daré indicaciones desde mi nuevo destino.
Hablo con la empresa, ahora que mi voz se ha entrenado con Ana y con la de la limpieza. Hablo bien, me hablan bien. Me animan y desean suerte. París, mañana, será otro principio.
De manera mecánica, abro la nevera. Y entre restos de serie, encuentro una lechuga, algunos frutos secos, pasas y un huevo que está al límite de la caducidad. Me preparo una ensalada. Como con desgana. No consigo saciar nada. Me tumbo en el sofá. La voz de Sabina me emplaza al templo de las borracheras.

Bajo al bar de siempre, a media tarde.

La radio suena enfurecida. Me siento en la barra y me pido un Gin tonic. Leo el periódico y me canso pronto de tanta estupidez política. Y humana, por supuesto. De tantos goles en porterías contrarias. De los triunfos y las derrotas. El diario sólo es eso: un compendio de triunfos y de derrotas. Como mi puta vida. Qué asco. Cada triunfo es efímero, cada derrota es para toda esta vida. Veremos allí. Veremos.

Me acomodo en la barra. La música estridente ha dejado paso a las voces de las personas que entran y salen de este pequeño santuario.
Las observo. Son trabajadores. No aparentan ser personas solitarias. Son padres de familia. Son madres de familia. Seguro que disfrutan de un receso en su jornada. Que volverán a sus casas convertidas en dulces hogares. Que hablarán antes de cenarse unos, que reirán antes de convertir la cama en un ring de boxeo otros. Que amarán. Que pelearán. Y, por fin, noche juntos. Mezcolanza de sueños recíprocos. El amanecer los encontrará tumbados, ahítos de amor, sobrados de pasión. Desterrado cualquier indicio de tristeza.

Paseo mi mirada por la barra y por las mesas. Advierto la felicidad de los contertulios que abrazan el optimismo sobre la próxima liga. Escruto el orgullo de la madre que irá, al día siguiente a recoger a sus hijos que vienen de colonias. Beben risas, destilan felicidad. De mi bolso rescato la novela: Trópico de cáncer.

Al fondo del local un hombre. Solo.
Por fin una persona sostiene un libro. No puedo evitarlo. Me gustan los idilios entre las personas y la literatura. Aunque sólo dure las doscientas páginas de la historia. Pero siempre, al final, queda una separación amistosa.
Ah, y mis tetas. También las sostiene con la mirada que vuela de letra en letra y de teta en teta. Seguro ha perdido el hilo.

Vuelvo a mí. Ahora soy yo quien tiene a Henry Miller abierto por la penúltima página. Me seduce esta literatura. Esta forma de vida. O de no vida. Esta maldita manera de no conformase. De revelarse contra un destino que una vez llegado a nosotros quiere violarnos. El método de algunos escritores de enfrentarse al miedo. De escribirlo, de describirlo, de destruirlo destruyéndose. Ese suicidio en cada frase que hace del lector un resucitado. Porque si estoy triste, no quiero cuentos alegres. Bendita ambivalencia. Quiero a Miller, Nin, Bukowski, Fante y sus historias de amor y odio. Sus verdades, sus mentiras de verdad.

Vuelvo al hombre solo. Sigue en su lectura. En su café. Y su mirada, otra vez en mí. No sé si habrá leído mucho. Lo dudo, al verlo así. Mirando, llevándose la taza a los labios y dejando que la mirada campe por mi cuerpo.

Y abandono mi puesto de observación en la barra. Con el libro en la mano, con el vaso en la mano, me acerco a él. Y él no tiene palabras para mí. Nos cuesta hablar. Entonces cojo su libro. Lee mi novela. Las mismas páginas que mis dedos separan.

Tras una alarde de locuacidad y unas breves palabras y tras mostrarle el libro, le invito a que me invite a sentarme a su lado.
Sigue bebiendo de una taza en la que no queda nada. Pero que le sirve de escudo protector. De atalaya. Y me recorre una y otra vez.

Pido otro Gin tonic. Pide otro café.

Le pregunto si sólo toma café. No se atreve a preguntarme si sólo tomo Gin tonic. No. No deja que sus dudas se conviertan en preguntas lacerantes. Me deja beber. Le dejo beber y mirar.

Hablamos de escritores. De obras. De música. De cine. De amores que son, de amores que fueron. De la escritura maldita, aunque redentora. De los escribientes malditos y condenados. Excomulgados por la sociedad. Estoy segura que sólo escribían para el futuro, sabiendo que en sus calles, en las casas cercanas, en los barrios por donde pasaban, en las ciudades limítrofes no encontrarían lectores. Ni apoyo de las instituciones. Escribían mirando hacia delante. Siempre.

Él es moreno. De pelo corto. De facciones marcadas. Su mirada expresiva remarca sus gestos. Aunque apenas mueve las manos, sus ojos no dejan de viajar.

Hablamos. Otro Gin tonic.
Café. Sigue buceándome.

Increíble. Hacía tanto que no me sentía así. Así de mirada, de admirada. Los libros lo llenan todo, la música todo lo conduce, el cine todo lo muestra. Repasamos los éxitos. Le recomiendo letras. Me recomienda letras. Es un intercambio constante. Un fuego cruzado de buenas intenciones literarias, artísticas. Un fuego que abraza. Unas palabras que comienzan a diluir mi día aciago. La vida me ofrece una tregua: deja de dolerme.

Aunque ahora hablo menos. Escucho más.

No deja de hablar. No quiero que deje de hacerlo.

Mi mano ha violado varias veces su espacio aéreo. Se ha acercado demasiado. Quiere acariciarlo. Locura. Sí. Locura.

El bar cierra y la camarera me regala la mejor de sus sonrisas. Camaradería femenina.

Como en muchas de las películas de las que hemos hablado, quiero la última copa en mi casa. . Le ofrezco café soluble y una colección de libros que adorna mi piso y habita en mi conciencia. Acepta.

Cruzamos el puente. La luna descansa en paz sobre la ciudad.

En mi piso, Crespo lanza zarpazos al aire y al visitante. Las botellas se agolpan en la mesa por doquier.
Miro cómo me observa. No me juzga. Sólo quiere libros y sexo. Lo leo en sus ojos. Le preparo el café soluble y me preparo un gin. Mi vista está cansada. Lucho por mantener la calma. Por estar atenta y despierta. Bebe café.

Mis ojos se cierran. Se demora mucho en volver junto a mí. Sigue acariciando los lomos de los libros. Pronuncia los títulos con voz cadenciosa. Cancioncilla de cuna para mí. Lo último que veo es a mi invitado curioseando entre los cedés que se han salvado de la criba de Ana. El cansancio se adueña de mí. No puedo más. Y lo quiero todo.

Y sueño.

Y sueño con sus manos en mis pechos. Con su boca en mis labios. Con su aliento convertido en huracán de placer.
Y sueño con sus manos en mis muslos. Con su boca en mis muslos. Con sus labios húmedos regando mi cuerpo.
Y sueño con sus dedos en mi sexo, con besos infinitos. Tsunami de placer que me arrastra al infierno del goce supremo.

Crespo me roza con sus patas. Me despierta. Mi cabeza va a explotar de tristeza. No hay rastro de mi sueño. De mi ayer convertido en recuerdo desde que mis ojos se han abierto. Voces. Voces de conversaciones regresan a mi cabeza. Y su voz encendida. Y mi voz cayendo por el barranco del sueño inoportuno.

Suena el timbre. Es Ana, con esa puntualidad exasperante. Poco a poco recobro la calma. Encuentro mi lugar. En una hora, todo listo.
Salimos.

El coche está cargado.
Le propongo tomar un café en el bar de siempre. Acepta. Sabe que es una prórroga. Un tiempo muerto. Un rato más juntas.

Nos sentamos en la mesa del fondo.

Busco su presencia. Apreso su recuerdo. Pido su café.

miércoles, 19 de agosto de 2009

GIN TONIC


Cuando tenía dieciséis años compartía curso y clases, juego y vida con un compañero. Le envidiaba en casi todo. Escribía bien. Hablaba bien. Jugaba al baloncesto bien y con elegancia. Aprobaba bien y con solvencia. Ligaba con chicas de su edad. Yo, ni con chicas de mi edad, ni de la edad de nadie. Supongo era mi Mozart. Y supongo, también, yo era su Salieri. Me pedía ideas y yo le daba ideas que transformaba en historias. Cada relato suyo me hacía temblar. Cada letra suya la quería igualar, al precio que fuera, en un folio. Así que me descubría intentando imitarle. No lo conseguí nunca. Él seguía insistiendo. Y con esa voz afable, de quien ha roto todos los platos del mundo, me decía:

-Mario, hombre, dime sobre qué puedo escribir. Qué quieres que cuente en mi próximo cuento. Ayúdame una vez más –añadía-

Me lo quedaba mirando. No sabía qué decirle. Cómo decirle que no quería aconsejarle más. Que quería intentarlo yo. Que también podía, que también debía ofrecer y regar las conciencias ajenas con historias verdaderas y con historias inventadas. Pero cedía. Siempre le daba un hilo conductor. Se lo presentaba, le hablaba sobre algo y ese algo lo convertía en relato. Y volvía a maravillarme su facilidad para la prosa. Para inventar. O para contar, casi sin inventar. Eran historias hondas, que llegaban, que golpeaban unas, que acariciaban otras. Que te convertían en un personaje más. Que te conferían motivos suficientes para soñar o para despertar de alguna pesadilla.

Hace cuatro años murió de un infarto. Acabo de enterarme ahora, mientras tomo café y cuando la noticia funesta me ha llegado a través del teléfono móvil. Estoy sentado al fondo del local, escuchando música y oyendo las voces de los devotos asesinar el silencio.
Anoto en mi cuaderno estas notas y rescato del pasado su voz.
Siempre tuve la esperanza de ver algún libro suyo publicado. Y el miedo, antesala de la envidia asesina de ilusiones, también.

En la barra hay una mujer que me mira y que no es camarera y que con su mirada no me interroga, no me demanda qué quiero tomar o no me insinúa que llevo media tarde y una porción considerable de vida, sentado en ese sitio. Entre libros.
Es una mujer morena. Sin edad. Las mujeres morenas que atraen mi mirada no han tenido nunca edad. De pechos preciosos, de pelo precioso, de pechos preciosos. Es una mujer que me ha quitado el hipo y las últimas penas añadidas a mi colección de almas escritas y nada redentoras. Sostengo en una mano el móvil por el que acaban de notificarme el fallecimiento de mi amigo, antiguo compañero de clase, mi Mozart en las distancias literarias cortas. En la otra mano, tengo el libro que he empezado a leer. Mi mirada sostiene sus tetas. Mi deseo sostiene la posibilidad de que su mirada se transforme en pasos.

Ella sigue estudiándome. Y empiezo a perder la esperanza. Vuelvo a mi novela. Con esos personajes que uno siempre acaba adoptando como suyos.

Al cabo de un rato es su voz la que desplaza el silencio:

-¿Puedo preguntarte qué estás leyendo?

Como a mi voz le cuesta subirse al carro de mi deseo, levanto la cabeza con la esperanza de que sean mis ojos los que traduzcan… que sea mi mirada la que le comunique qué libro descansa cerrado sobre la mesa.

Su mano cruza por delante de mí. Rozando mi pelo, rozando mi hombro. Rozando.

Coge el libro y me dice que le encanta Henry Miller. Un personaje que amaba tanto los verbos como las mujeres. Que conjugaba tan bien y que conciliaba tan mal. O no conciliaba.

Mientras ella acaricia a Miller y pega su cuerpo a mí, bebo un poco de café. Me cercioro que no me queda más. No podré disimular mi mirada parapetándome, posando mis labios en la taza.

En estos momentos envidio al novelista norteamericano. Las manos de ella lo siguen aferrando. Proclama que acaba de convertirse en su novela favorita. Que se ha fijado en mí. Que cuando ve un hombre con un libro en la mano, le encanta meter las narices en su espacio y averiguar qué lee.
Y me parece estupendo. Que meta las narices aquí. Mi espacio, mi universo, que gravite cuanto quiera. Le digo que qué bien… que a partir de ahora vendré con un libro todos los viernes hasta que se queden sin café en Colombia. Me sorprendo de mi soltura. De mi atrevimiento. Pero es así cómo sucede. Serán los efectos de la cafeína, que me despiertan los instintos y los pone en primera línea de fuego.

Pregunta si me he fijado en la novela que está leyendo.

No.

Claro que no me he fijado en ningún libro. Mis ojos sólo han tenido ojos para sus ojos, para sus tetas, para su pelo, para sus manos. Y en sus manos no había nada. Por eso, creo, he vuelto a recorrer la geografía de su cuerpo. Las altiplanicies de su atlas. Es ahora cuando miro y me fijo. Y me concentro. Y veo que tiene un libro en la mano. Que un dedo está a modo de punto de lectura para no perder el hilo. El título queda oculto.
En un alarde de valentía, decidido, alargo mi mano que sin querer queriendo, acaricia la suya. Le pido que me deje ver. Y sí. Es el mismo libro que estoy leyendo. Los dos compartimos los mismos personajes, las mismas aventuras del americano en París y en los cuerpos de París.

Me insinúa que la invite a sentarse junto a mí. Claro. Mis funciones sicomotrices están aletargadas. Parezco descortés.

Pide un Gin tonic. Pido otro café.

Me pregunta si sólo tomo café. No me atrevo a preguntarle si sólo toma Gin tonic.
Como si me hubiera abandonado… como si ya no existiera su cuerpo, sólo la escucho. Hablamos de escritores malditos, de sus legados benditos. Obras que un día te resucitan al tercer capítulo. Que te sacan de tu letargo. Que hacen que tus penas sean nimiedades comparadas con los ajetreos de su no vida.
Eso sí, estamos de acuerdo que serían muy malditos y que disfrutaban de una existencia huérfana, pero que follaban como locos. Y que en eso, al menos yo, también me distingo. Bien… ni escribo, ni tengo tanta pena honda como para necesitar compartirla con un montón de lectores, ni follo lo suficiente como para hacer sentir envidia a una morena de pechos generosos como la que me regala ahora su sapiencia literaria.
Hablamos de los nuevos escritores, postulantes a malditos. Coetáneos que los imitan fructuosamente unas veces, y con mucha pena y ninguna gloria, otras.

Seguimos hablando largo y tendido. Largo y tendido, ella. Largo y rendido, yo. Repasamos los últimos éxitos. Otro Gin tonic. Otro café. Hablamos de música. Hablamos de cine. Hablamos de bares con encanto. Hablamos.

Los apóstoles de Baco abandonan el Santuario. Las gentes vuelven a sus casas. A sus trabajos nocturnos. A pasear sus mascotas, sus tristezas, sus monotonías. Nos quedamos solos. Las sillas se agolpan sobre las mesas y un camarero recoge los últimos restos de cigarros, papeles. La radio ha dejado de emitir. Sólo su voz. Sólo.

La voz de final de sesión hastiada de la camarera nos emplaza a que volvamos al día siguiente.

Salimos a la noche. Sus palabras suenan melosas. Pero melosas como las de las películas que uno acostumbra a ver los viernes, los sábados, los domingos, entre libro y libro, como esas voces femeninas que preceden a los jadeos:

-Si me acompañas a casa sólo puedo ofrecerte libros y café soluble. No tengo cafetera.

Ante semejante panorama no puedo decir que no. Obvio. Así que con lo que me gusta a mí el café soluble y los libros, nos dirigimos a su hogar, dulce y etílico hogar.

Al abrir la puerta penetro en un mueble bar. Botellas por todos sitios. Un gato arañando la soledad. Dándome la bienvenida.
Como por arte de magia blanca y hostelera, sale de la cocina con un café en la mano, un Gin algo en la otra. Bebe y deja de hablar. Me doy cuenta de que su voz ha enmudecido cuando me giro desde mi posición, frente a la estantería que contiene su librería. La veo tumbada en el sofá. La falda levantada. Los muslos desnudos. Me agacho a mirar más. Me olvido de los libros. Me acerco a sus pechos. A su boca. A sus muslos. Pero no hay nada que hacer. No. Duerme. Y, creo, creo, que ni un ejército de príncipes azules la despertaría. Harían falta muchos besos. Y los míos, acelerados, quemantes, no servirían.

De su estantería cojo prestado un libro de Miguel Delibes: Las Ratas. Empiezo a leerlo sentado a su lado. Mis manos pasean por las páginas del libro. Y mis manos pasean por sus muslos. Ella gime de sueño. Bosteza. Se despereza. Cambia de posición y no puedo seguir, justo cuando estaba a punto de bucear entre sus bragas. Nada que hacer. Mucho que leer.

Llego a la página cien del libro. Encendido. Con los ojos como platos y la polla a punto de morir de inanición.
Me levanto y decido marcharme. Enfadado. Contento. Rabioso. Tristemente, dolorosamente empalmado.

Como venganza, opto por llevarme el libro. Pienso que el próximo día que la vea en el bar se lo devolveré.

No hay próximo día.

La chica del bar me dice que no ha vuelto por allí. Me acerco hasta su casa. Tampoco hay rastro de ella. Miro en su buzón. Nada. Monto guardia. Me aburro pronto y vuelvo a la cafetería.
Sentado en el rincón de siempre, con los parroquianos de siempre, con las voces que salen de la radio, con mi libro, con mis sueños. Levantando la mirada, fijándola en el taburete donde ella estaba. Mi cabeza no consigue invocar su nombre. No sé si en algún momento me lo dijo.

De vez en cuando paso por delante de su piso. Miro hacia arriba. Mis pasos son lentos, casi procesionarios cuando me acerco a su portal. Acaricio con la mirada los nombres en los buzones. Y acaricio con el recuerdo la piel bajo su falda.

A veces, cuando la memoria caprichosa y recurrente me trae su cara, me acerco a mi pequeña biblioteca y cojo su libro prestado. Acaricio las tapas blandas y envejecidas. Paso las hojas rápido, dejando que el aire que levantan me deje su olor a tiempo vencido. Lo meto en mi maletín y vuelvo al bar, como siempre. Y con él encima de la mesa, al lado de los cafés, bañado por el humo de los cigarros, mis pensamientos me excitan y prenden mi recuerdo.

Han pasado los años.
Tengo mujer, dos niños, gato, perro que paseo para exiliarme de mi cotidianidad, cafetera de última generación, cientos de libros leídos y ninguno escrito. Un trabajo. Un amigo muerto. Una princesa dormida, insomne en mis sueños.

Y en días insensibles… vuelvo a esa taberna. Siempre con Las Ratas de Delibes, en la mano.
Me siento, apoyado en la barra, dándole la espalda al presente y mirando a los ojos al pasado.

-Un Gin tonic, por favor.