sábado, 4 de junio de 2011

CORAZONADA


“y en cuanto acabó de zurcir las heridas de
las noches mal dormidas llegué yo
y le llené de flores el jergón para los dos,
sin espinas de colores, que se rieguen
cuando llore y cuando no, las sulfatamos
con nuestro sudor,
y me confesó, cuando quieras arrancamos que
en las líneas de la mano lo leyó,
que se acabó el que la quemara el sol,
pero se asustó, ¡cómo te retumba el pecho!,
tranqui, solo es mi maltrecho corazón,
que se encabrita cuando oye tu voz”


CORAZÓN DE MIMBRE. MAREA


***


-Pálpito, decía mi abuelo.

He abierto los ojos a las nueve menos cuarto. Ayer tardé en conciliar el sueño, las ovejas, hartas, huyeron despavoridas a pastar en otras mentes.
Alargando el brazo he sintonizado una nueva emisora. Quería escuchar a la gente, quería noticias frescas. Pero al final la gente se enzarza en guerras dialécticas y las noticias pasan de la frescura de la vida a la tibiez de la muerte. Guerras de todo tipo dibujan su campo de batalla en el desayuno de las ondas.
La habitación vuelve a quedar en silencio. Adivino el sol que lucha por colarse buscando una rendija para amanecer a este lado. Me desperezo aún en la cama, junto los pies acariciándome las piernas con los dedos. Doy por acabadas estas maniobras orquestales en la oscuridad cuando me estiro emitiendo un quedo bostezo.
Sentada sobre el borde, busco entre los claroscuros el rincón donde anoche esparcí mi ropa interior. Salto de la cama con el móvil en la mano. Desde hace tiempo es un apéndice más. Es ahora cuando recuerdo que he soñado. Es ahora cuando sabiendo que he soñado, ignoro el contenido. Vislumbro personajes que no consigo etiquetar, no logro adivinar qué calles son por las que transita mi subconsciente y sus devaneos nocturnos. Sólo sé que cuando me he incorporado mis pies no temblaban, no me faltaba el aire y una sonrisa se abría paso en mi rostro.

Preparo un café que saboreo mirando por la ventana. La calle está desierta. Nadie se acerca a mi portal. Me acuerdo, otra vez, de mi apéndice electrónico. Miro la pantalla: ningún mensaje, ninguna llamada. La felicidad, a veces, dista sólo un par de tonos; un aviso con ese mensaje que tanto anhelas descifrar. Esa comunicación privada que se crea entre tú y quien tú quieres.

Mientras la taza viaja a mis labios, rememoro el sueño. En él mi abuelo me dice que cada vez que sentimos que algo bueno está a punto de sucedernos, se trata de un pálpito. Pero es la voz de mi abuela la que lo contradice jovial, diciendo que eso no es así. Que no se llama pálpito. Que la verdadera expresión de futuros alegres es otra palabra que no consigo descodificar, quedando atrapada entre las sombras de mi somnolencia.
Eso ha sido lo que ha hecho que deguste con más intensidad este café. Ha sido el saber que quizás algo bueno está a punto de sucederme. Que la alegría volverá en forma de llamada, que la llamada se producirá de un momento a otro, que algo puede cambiar.
Beso el borde y el café amargo alcanza mi boca inundándola de placer. Es un beso en toda regla. Como esos besos pretéritos que quieres que regresen, que quieres volver a sentir, necesitando que se posen como mariposas sobre tu sexo, sobre tu cuerpo, sobre tus labios.

Me noto cansada. Cansada y tediosa.
En la ducha tengo que sentarme en el taburete colocado ahí para hacer más distraídos estos momentos y darle esquinazo a la soledad. Mientras el agua resbala por mi desnudez escucho de fondo la radio y, tras la ventana, una vecina llama al orden a los gatos callejeros que anidan las cornisas. Las voces se confunden con el ruido relajante de mi baño. Cierro los ojos y separo los labios. El agua se cuela en mi boca, la aguanto y la termino escupiendo cuando noto que me falta el aire. Acaricio mi cuerpo, las manos recorren cada rincón y las yemas se distraen trazando caprichos en la piel.
Cuando regreso a la cocina ya tengo otra vez el móvil en la mano. No hay descanso para la espera. Es mi nexo con la realidad, con la necesidad, con lo imposible. Porque mientras avanza la mañana empiezo a estar convencida que no va a sonar. Que no emitirá señal alguna que dé la razón a mis sueños, al pálpito definitorio de mi abuelo. Y todo quedará como está. Todo menguará y la felicidad alimentará mi pasado, resistiéndose a mi futuro. Miro por la ventana, otra vez. El sol lame las aceras y los escaparates se llenan de anónimas sombras y de parejas de amantes donantes de placer.

Necesito cobijarme en la lectura del último libro de Marías. Me enamoro fácil y eso, en mí, es un problema. No hay corazón que aguante tantos amores. Compagino la lectura con la audición del nuevo trabajo de ese viejo cantautor que una vez le canta a sus musas y otras le escribe letras de neón a su Magdalena.
De vez en cuando consulto la pantalla del teléfono. Temo no haberme percatado del aviso. Quizás mi hilaridad aguarde en la bandeja de entrada.

En días como hoy me visita todo mi pasado. Ha empezado por mis abuelos, dejando que pueblen mis fantasías oníricas. Y ahora acabo de descubrirme pensando en él, preguntándome qué andará haciendo ahora, y con quién andará haciéndoselo. Entre pasado y futuro se cuelan ilusiones y realidades. Es como cuando estás al borde de la muerte, que toda tu vida cruza ante tu mirada en un minuto. Debe ser lo que le acontece al suicida, que una vez aprieta el gatillo sólo le queda tiempo para morir, si es certero. Pero si la torpeza que lo lleva a esa situación insiste en acompañarlo al más allá, le dejará tiempo para que se arrepienta, para que esos pensares se posen como alas en las retinas por las que la muerte le guiñará un ojo.

Tornan a mi cabeza esos mensajes furtivos y esas conversaciones que hacían de la noche nuestro refugio. El teléfono ardía y los oídos sudaban. El sexo hervía y la voz empapaba el deseo. Acabábamos a las tantas, febriles, y al día siguiente buscábamos otra vez la conexión, el punto de partida, el kilómetro cero para nuestra ventura. Resuena en mi interior “corazón de mimbre” del grupo que tanto le gustaba. Insistía enfáticamente en que me dejara seducir por la voz ajada del cantante. Me cercioro que mientras tarareo esa canción necesito exhumarla y la busco con ansia entre mi biblioteca musical. He perdido la cuenta de las veces que me la envió en MP3 hasta que consiguió mi capitulación ante su corazón mimbrado.
Nos reíamos cuando escuchábamos esas noticias que advertían del uso abusivo de los celulares. Podían provocar cáncer, o daños cerebrales, o cosas por el estilo. Y tras las risas, los besos, y tras los besos, el amor nos hacía y nosotros lo convertíamos en sexo, y tras el sexo, la conversación infinita, y tras ese infinito hablado, el silencio, y tras el silencio, la aciaga despedida, y tras la despedida, la vuelta al hogar dulce hogar donde otro mundo, otra vida, otros protagonistas nos esperaban ofreciéndonos cotidianidad.
Pero el teléfono enmudeció. Mi cuerpo dejó de responder a sus caricias y sólo se manifestaba, cada vez menos, cuando su recuerdo se enquistaba en mi cabeza. Entonces, el placer, aunque distante, volvía a consumirme.

Sentada frente al portátil, mientras me dejo acariciar por la inconfundible voz de Kutxi Romero, pienso en mi carrera, truncada en mil carrerillas por la falta de posibilidades. Al final, esas oposiciones me salvaron, y conseguí una plaza en la diputación provincial donde lo conocí. Me doy cuenta, mientras vivo este día, que mi memoria recurrente se ha aprendido su nombre. Y lo evoca, jugando conmigo, trayéndolo, postrándolo ante mí. No puedo evitarlo: estas ganas de nada menos de él, que cantaría el de amante de las musas, me hieren.

Termina la canción. La he escuchado tres, cuatro, varias veces. Necesito estirar las piernas. Y las estiro lo justo para recuperar el teléfono que se había quedado rezagado junto a los enamoramientos de Marías. Miro la pantalla, la miro mucho, como si la insistencia de mi mirada consiguiera que se iluminara anunciante. Pero el teléfono, como la vida del suicida, parece que ha expirado. Que ese pálpito sólo ha sido una falsa alarma. Un tsunami que nunca alcanzó la costa.

A la hora de comer enciendo la tele. Supongo que no tengo bastante y necesito la camaradería de un telediario sembrado de noticias funestas: De hundimientos de bolsas, de explosión de burbujas, de salarios congelados, de niños quemados por el sol y abandonados por la vida, de terremotos en zonas pobres donde ningún dios tiene segunda residencia, de asesinatos a sangre fría, de revueltas contra el sistema, de sistemas de represión contra esos indios que se niegan a abandonar sus selvas para que las autopistas a ningún cielo las atraviesen, de un accidente múltiple en el que han perdido la vida no sé cuántos que venían de celebrar un ascenso a primera división y de las protestas de esos trabajadores abocados a vagar como alma en pena buscando una oportunidad que ilumine el crepúsculo de su vida laboral. Hoy, ni a la hora del tiempo hay buenas nuevas. Un frente se cuela por el norte peninsular amenazando esta primavera que aún no ha tenido tiempo de curar el invierno.

A las cinco preparo un descafeinado y vuelvo a sintonizar una emisora. Por la ventana de las ondas, un locutor de moda que abandonó la jungla urbana de su Venezuela represiva para instalarse en los programas nocturnos donde contertulios jugaban a ver quién insultaba con más elegancia, habla de corazones llenos de alegría. Dice que el suyo, de tanto amor, de tanta dicha, está a punto de reventar. Que amenaza con romper su pecho y surcar campos de claveles bombeando placer. Repite una y otra vez que está agradecido a España, que lo recibió con los brazos abiertos y los armarios clausurados.
Menudo imbécil, qué sabrá de corazones, qué de felicidades. Cierro los ojos y lo insulto mentalmente, los aprieto hasta el dolor y asesino su buenaventura.

Me falta el aire y termino consultando el móvil. No, no suena, no está por la labor. Compruebo la batería, toco las teclas, hago una llamada a mi mejor amiga para comprobar que aún funciona. Me pregunta si va todo bien, si necesito hablar, quizás. No, sólo quería saludarte, escucharte un momento. Un hola y un adiós a modo de SOS. Se me pasa por la cabeza llamarlo a él, a ver qué tal está. A despedirme, quizás, a escucharlo una última vez. Pero me freno. Le prometí no importunarlo nunca más cuando se bajó de nuestra historia y los viernes se vistieron de luto.

En la cocina preparo un vaso de agua en el que diluyo un ibuprofeno. Desearía mezclarlo con agua de lluvia. Acercar el vaso a una nube preñada de invierno y combinar medicina y naturaleza en estado puro. Claro que con mi suerte, acabaría partida por un rayo. La cabeza amenaza ahora con estallarme, y no de felicidad precisamente. Apago la radio y el apartamento queda silente.
Dirijo mis pasos hacia la terraza y atisbo la plaza de aparcamiento vacía. Miro las plantas y huelo la huella que la vida ha depositado en los tiestos. La tarde declina y el sol empieza a lamer edificios en su peregrinar hacia el ocaso. Pienso en la suerte del astro rey. Se pasa el día lamiendo. Lame cualquier manifestación de vida en la tierra desde que sale hasta que se pone.

Me gustaría llamar a mi madre, a mi hermana o a alguna de mis amigas. Hablar largo y tendido. Pero supongo que la esperanza sigue siendo lo último en perderse. Y quiero, sobre todas las cosas y a cambio de todos mis sueños restantes, esa llamada redentora.
Descanso mi cuerpo en el sofá, junto a la “literaturiedad” enamoradiza de Marías. Dejo que sus letras me acompañen hasta la hora de cenar algo presuntamente sano.
Me siento en la mesa. Dispongo el cubierto, una copa con agua mineral, un plato con una sopa de verduras y el teléfono cerca, próximo a mi corazón, a mi alma, a mis ojos acristalados.

A las nueve, mientras desvisto un kiwi, el móvil emite un sonido: llamada entrante. No es él.
La voz de mi mejor amiga, disfrazada de jovialidad, irrumpe:

- ¿Qué? ¿alguna novedad?
- No, ninguna. Todo sigue igual. Este teléfono no está concebido para las noticias buenas, ni para los acercamientos.
Tras una brevísima conversación, finiquito la llamada.

Vuelvo a mi rutina, a mi espera cotidiana. Necesito llorar y no lo consigo. Las lágrimas se declaran insumisas y no descienden, como en anteriores ocasiones, por el eslalon de mi tristeza. Tras apagar las luces de la casa, casi a tientas, pongo un cedé en el equipo de música. La voz de Mariza acapara mi atención e invoca mi descanso.

Abro los ojos de par en par. Mi punto de mirada se abre paso a través de la espesa negrura. No sé qué hora es ni cuánto tiempo habré permanecido mecida por los latidos de Morfeo.
Pero el teléfono suena con la insistencia de las prisas, irreverente. No cesa hasta que lo alcanzo. Mientras, mi corazón desbocado amenaza con huir sin esperar segundas oportunidades.
Es él.
Es él.
Es él y su voz suena dulce como la miel, tranquila como la de un domador de canciones.

- Si te llamo a estas horas sólo puede ser para darte buenas noticias. En una hora pasará una ambulancia a recogerte. Tenemos un corazón para ti. ¿No te morías de ganas de tener una cita con la vida?

Tras colgar el teléfono, la voz de mi abuela emerge de entre los sueños para corregir a mi abuelo:

- Corazonada, se llama corazonada.

sábado, 30 de abril de 2011

DIOS MEDIANTE


Subió al autobús de la línea 5 que conecta norte y sur de la ciudad.

Acababa de levantarse hacía poco rato y aún andaba medio aturdida. Se dirigía a su misión. Misión humana, misión religiosa, misión a la que se encomendó cuando llegó de Perú y decidió que Dios era su él, y que él era su casa, y que su casa sería su vida.
Su indumentaria no dejaba lugar a dudas; era una futura hermana del Sagrado Corazón del buen Pastor.

De niña fue una niña normalísima. Quería crecer y acercarse a los demás. Buscó el calor en el fragor de la batalla cuerpo a cuerpo. Tonteó con niñas y niños y mordió, amparada por la inocencia, la manzana del pecado en los labios de un primo lejano suyo. En aquella época jugó con muñecas, con muñecos, con peluches de todo tipo y con toda clase de juguetes que la mantenían en el cauce natural por el que discurre la infancia.
También cumplía, una vez por semana, en misa, junto a sus mayores y en la catequesis con sus compañeras de vestidos poco primorosos aunque decorosos. Después de su primera comunión, asistía a las reuniones vecinales para hablar de las procesiones y actos futuros en honor a la patrona.
Poco a poco fue creciendo al lado del párroco y de las hermanas que asistían en la eucaristía. Las ayudaba en esos quehaceres en la casa del Señor: Regaba las plantas, reordenaba las flores depositadas junto a los santos y limpiaba la sacristía después de cada oficio.
Sucedía que cada vez que pasaba por debajo del que murió para salvar a los hombres en la tierra, se quedaba mirando el torso desnudo y el costado abierto por una lanza inmisericorde. Se zambullía en los ojos abatidos aunque plenos de luz. Se preguntaba si él habría llorado al presenciar el mundo que, sin piedad, le condenaba. Ese mundo para el que reclamaba el perdón de su padre porque no sabían lo que hacían. ¿Habría llorado al saber de ésos, escondidos por las esquinas, abrazados al mal y jurando una, dos y hasta mil veces que no sabían quién era ése que se hacía llamar Cristo? Mientras conjeturaba, no apartaba la vista de sus pechos dorados de sol, de lo infinito de su mirada, de las espinas incrustadas a modo de corona macabra, de su pelo enmarañado, de sus pies clavados al madero, de la tersura de su piel, de su boca entreabierta mostrando una dentadura nívea, de sus muñecas inmovilizadas por tomizas, de sus manos estiradas abarcando el aire, la vida y las fuerzas como si supiera que iba a necesitarlo todo si quería regresar al tercer día de entre los muertos.
Al cabo de un rato una voz la sacaba de sus tribulaciones. Alguna Hermana la mandaba a casa pues se hacía tarde. Y ella, con un hilo de voz casi inaudible, se despedía del hijo de Dios hasta otro día.

Tras los estudios secundarios, ingresó en la universidad pontificia para cursar teología. Allí le llenaron la cabeza de pájaros litúrgicos, de ángeles del bien, de las bondades de la religión cristiana y de lo poco bondadoso de algunos dogmas que se cernían sobre la tierra cubriéndola de pecados.
Tenía la certeza de encontrarse más cerca del Altísimo y más alejada de su familia terrenal.

Algunas madrugadas se despertaba empapada en sudor. Soñaba que Jesús, su crucificado, se liberaba del castigo al que lo tenía sometido la eternidad y se sentaba, desnudo, delante de ella. Asía sus manos entre las suyas, las apretaba, la escrutaba y dejaba caer una lágrima anegando la orilla de su conciencia. No podía apartar la mirada de sus ojos, de su costado herido y sangrante. Se deshacía de esas manos y recorría su cuerpo embadurnándose con la sangre que emanaba de la herida. A veces despertaba sobresaltada, jadeante y febril, angustiada por ese sueño, esa pesadilla, o ese pecado. A veces era a menudo, a menudo era cada vez con más frecuencia y la frecuencia acabó siendo diaria.
Tenía el convencimiento de que aquellas fantasías formaban parte del proceso, de ese ritual de acercamiento, de la materialización física y emocional del credo.
Se lo comentó al profesor de Ética Cristiana y éste le dijo que lo mejor, ahora que estaba en segundo curso, era que hablara con una amiga suya, hermana superiora de las Clarisas en el distrito de Miraflores.
Así lo hizo. Le confesó sus sueños, le ambientó sus dudas, le descifró con palabras lo que sentía ante la imagen tallada en madera de nogal cada vez que en la iglesia de su barrio se topaba con su mirada.
La Hermana le sugirió que ingresara en la orden de las hermanas del Buen Pastor, que tendría incluso la oportunidad de viajar, pues en algunos países como España, Italia y Grecia necesitaban novicias. Que así dispondría de tiempo para pensar, para recapacitar, para saber si el camino que se abría ante ella convergería en una vida entregada a los demás. Y si no fuera así, seguro que llegaría esa señal, ese detonante que la devolviera al anonimato.

No necesitó hablarlo con nadie más. Preparó el ingreso en esa hermandad al comprender que su destino, cual penitencia, estaba lejos de su iglesia, más aún de los suyos. Su familia no discutió con ella sobre estos temas porque era entrar en una lucha dialéctica en la que jamás conseguirían disuadirla. Su testarudez no conocía límites ni orden.
A las pocas semanas se despedía de sus allegados en el aeropuerto internacional Jorge Chávez
Los lagrimales se desbordaron en unos y en otros. Su madre hipaba y lanzaba proclamas para que el de más arriba velara por su seguridad. Su hermana pequeña entornaba los ojos y se preguntaba qué haría tan lejos de casa. Su padre, un hombre curtido en mil batallas labriegas, la abrazaba haciéndole crujir hasta el alma.

Al llegar al aeropuerto de El Prat, en Barcelona, un cortejo de la congregación la esperaba.
En el tren que la trasladaba hasta Girona recordó que también en el vuelo entre los dos países había soñado con Él, esta vez sin despertar aturdida y con el corazón a punto de estallar. Mientras la cosían a preguntas, regresaba a su sueño sin dejar de mirar por la ventana. Se acordaba de su gente allá; de su padre arando el campo, de su madre invitando a su hermana a portarse como la que acababa de irse. Adivinaba esos rezos maternales a los pies de la cama, como una figura viviente tallada en fe. Mientras la cosían a preguntas no dejaba de vivir su sueño, de sentir la mirada profunda, de notar el calor de las manos santas que cubrían las suyas. Esta vez el dolor no asomó por ningún lado. Y no tuvo, por primera vez, miedo a dormirse. Todo lo achacó al cansancio para restar importancia a un asunto cada vez más notable.

La alojaron en una residencia de estudiantes que el obispado había provisto para las novicias de la congregación del Buen Pastor. Disponía de una celda para ella. Una habitación austera en la segunda planta; una cama, una silla junto a una mesa para poder estudiar, una estantería con el nuevo, el viejo Testamento, una biblia y un diccionario de catalán-castellano y viceversa. Y un Cristo crucificado mitigaba su soledad.

Su cometido era sencillo. Cada día, tras levantarse, orar, desayunar y ayudar en algunas tareas, tenía que ir a la otra punta de la ciudad y proseguir con su preparación para ser en un futuro cercano una monja, dedicándose a los débiles, a los pobres, a los ancianos, a los afligidos, entregándose en cuerpo, alma y corazón a Dios. Y en sueños a su hijo, se atrevía su subconsciente a vaticinar.
El geriátrico era su lugar de trabajo y aprendizaje. Allí se encontraba con ellos, sus viejitos. Los atendía, los cuidaba, los escuchaba, les leía en voz alta, de manera pausada para poder contestar las preguntas sobre éste o aquél personaje. Cada dos horas, y después de las comidas, una Madre supervisaba su trabajo y la mandaba a la capilla para encomendarse a Dios. Con Dios iba, postrándose ante él. Y ante él cerraba los ojos. Y a los ojos le venían las imágenes del crucifijo que se quedó en su primera iglesia. Se sentía turbada la mayor parte del tiempo que estaba en esa situación. No encontraba el camino de la oración y, cuando lo hallaba, no lo seguía, conduciendo sus pensamientos hasta su habitación. Allí quería ir, a rezar, a encontrarse a solas con Él, a intentar expiar sus pecados esculpidos sobre elucubraciones que escapaban, cada vez con más frecuencia, a los sueños.

Las semanas transcurrieron veloces. Cada sábado, después de los oficios, telefoneaba a su madre para escucharla llorar, a su hermana para escucharla alegre ante una nueva aventura con un chico de su clase y a su padre rogándole que mediara con el Señor para que preñara las nubes y abasteciera los acuíferos. De lo contrario, el campo y los animales serían pasto de la sequía y acabarían muriendo.

A diario observaba a los parroquianos que, junto a ella, cruzaban la ciudad en transporte público. Delante se sentaba día tras día un hombre de unos cuarenta años. Un señor, pensaba, al que le faltaba pelo y le sobraban kilos, pero que tenía una mirada tan honda como bondadosa. Frente a él, una joven con un vestido de moda, con una sonrisa de moda, con unos pantalones a la última moda, con un escote por el que un crucifijo plateado se balanceaba sobre el abismo de unos pechos amenazando con destrozar cualquier ley de relativa gravedad.
El cuarentón no apartaba la vista de la chica que se sentaba enfrente. La joven no levantaba la mirada de la revista que tenía en su regazo. Y ella no dejaba de estudiar esos puntos de mirada hasta que terminaba apoyando la cabeza en el cristal y se dedicaba a contemplar el paisaje unas veces, o a contar las gotas de lluvia que se deslizaban en una carrera loca, llena de obstáculos invisibles, otras.

Los días se sucedían intranquilos. Los sueños que la visitaban de madrugada insistían en acompañarla el resto de la jornada. Peregrinaba a su lugar de aprendizaje y lo hacía sentada en ese autocar que cruzaba las calles devorando tiempo y espacio. A veces la música, otras veces la ausencia de la chica del escote de oro y la del señor cuarentón y sus incursiones, la sumían en un estado soporífero. Entornaba los ojos mientras la ciudad se diluía entre bostezos. Al cabo de un rato se despertaba sobresaltada. El corazón, indómito, la golpeaba y sus pulmones necesitaban bocanadas de aire para restablecer el pulso. Se miraba las manos, se atusaba el pelo, se recomponía el hábito arrugado, y volvía a mirarse los dedos. No había rastro de sangre, estigmas de su pecado.

Con el transcurso de los meses, se dedicaba cada vez más en cuerpo, cada vez menos en alma, a las personas viejas, donantes de abrazos y reclamantes de atención. Dormía menos para evitar expediciones por la senda onírica del pecado. Estudiaba y leía en la cama. Pero a veces el cansancio la vencía y Morfeo la encontraba con los libros desparramados por el suelo.

Un día se levantó como de costumbre, oró con las hermanas, las ayudó en su cotidianidad y se dirigió hasta la parada del autobús. Al subir se cercioró de la ausencia de sus compañeros de ruta: La joven, al parecer, no tenía cita con ese amigo que la esperaba efusivo en una de las últimas paradas. El cuarentón, ese día, decidió no bucear el escote hipnótico que amenazaba con paralizarlo.
Apoyó la cabeza en la ventanilla.
Recorrió con la mirada los asientos desiertos. Curioso; era la primera vez que no subía nadie. Solos, chófer y ella. Por el hilo musical alguien cantaba que últimamente andaba algo perdido.

La voz del conductor la puso en alerta:

- Perdone Hermana, ¿hoy no va donde los ancianos?

Se incorporó de golpe. Se cubrió la frente, perlada de sudor, y sus manos recogieron el rocío de la culpa. Acababa de pasarse su parada. Lo que más le dolió, fue darse cuenta que no estaba dormida. Sólo viajaba con Él. Sólo pensaba en Él mientras su cuerpo se contraía, se dilataba el deseo, se minimizaba la angustia.
Ella, con la dulzura atiplada de su acento, mintió diciendo que tenía que hacer un recado y después volvería andando al hogar de la tercera edad.

Al acabar la jornada, regresó andando a la residencia. Penitente, quizás, pensante, también. Esa noche tras cenar con las hermanas se retiró a su aposento sin más dilación.
Recogió sus pocos enseres y los colocó junto a la puerta. Se tiró encima de la cama y mirando el crucifijo exclamó:

- Tenemos que hablar. Necesito que me digas algo. No sé, una palabra, una indicación, algo que baste para sanarme de una vez o condenarme del todo. Háblame- Imploró.

Durmió de un tirón. No se despertó sudando ni buscando la protección de la luz. Por la mañana, el sol rociaba de calor su cuerpo. Fue una noche sin sueños.
Aún sobre el lecho, recordó sus juegos de niña, sus idas y venidas a su primera parroquia en compañía de sus amigas. Regresó a su clase, a sus primeros profesores, sobrevoló la huerta de su padre donde las tomateras pedían agua y los girasoles perseguían al sol. Contempló a su hermana, cazadora de sueños, consagrada a la diversión terrenal. Tornó a las indicaciones maternas para conseguir el punto de dulzura de los horneados. Habitó su calle, pobló de personas, de sensaciones que creía extinguidas, su ahora. No había lugar a dudas, su sitio estaba lejos de donde se encontraba.

Desayunó por imperativo. No tenía apetito.
Habló con la Madre superiora y con su supervisora. Les confesó que no podía seguir esa senda. Que no era digna de esa casa, tampoco de Dios.
La emplazaron a meditar, a concienciarse de lo que estaba a punto de hacer. El cielo, decían, algunas veces no sabe de esperas. No habló, sólo asentía, sólo lloraba, sólo quería no sentirse culpable de sus sueños, sus deseos o sus pensares.
Le dieron permiso para despedirse de los ancianos a los que atendía desde su llegada.
Mientras, prepararían los trámites para facilitar el retorno a su vida anterior.
Subió a su habitación, que era la veintidós, y encontró la maleta. Y sobre ella, la ropa de calle que creía olvidada y que dudaba cómo le quedaría.
Antes de abandonar la estancia, descolgó el crucifijo, pasó las manos por los costados de Jesús, recorrió cada pliegue de la figura y lo guardó en uno de los bolsillos exteriores de la bolsa de viaje.


Subió al autobús de la línea 5 que conecta norte y sur de la ciudad.

Su indumentaria no dejaba lugar a dudas; era una pasajera más. Vestida de anonimato se sentó al lado de la chica encajada a la última moda y frente al cuarentón al que notó más delgado.
Se encontraron las tres miradas en un punto intermedio. Una mirada interrogaba, la otra exploraba, y la suya reflejaba un alma, por vez primera, feliz y libre.
Cada uno volvió a sus asuntos. La dama de moda, a sus modas, el cuarentón a sus plegarias concupiscibles y ella confinando su dolor y cruzando las manos, sonrió a ese hombre que amén de mirarla de manera condescendiente, la interrogó:

- No habrá boda, ¿verdad?






MARIO CASTILLO ROS

sábado, 12 de marzo de 2011

VÍA LÁCTEA


Lo mío con el erotismo viene de lejos. Arranca desde el más allá de mis fantasías de niño. Niño que creció a golpe de sorpresas que le dio la vida, a golpe de placeres que recibió de la misma o a correctivos que ésta le arreó a manos de sus mayores cuando proyectaba su mirada hacia escotes infinitos o se quedaba prendado de cualquier manifestación de gastronomía mamaria. Todo tiene un comienzo, lo sabemos. Y el mío, que no podía ser de otra forma, empezó a forjarse en cuanto cesó mi alimentación materna. El destete coincidió con el destape emocional y “sexitivo” por todo lo que tuviera que ver con el pecho femenino. Claro que todo es relativo, que la conjetura está ahí, sembrando de dudas el nacimiento, el efecto y la causa que me han llevado, de la mano, hasta el oasis donde busto y gusto se miran de reojo definiéndose y conjugándose.

Fue en el Virgen de las Nieves, mi colegio, donde aconteció mi primer encuentro fotográfico con la máxima expresión de feminidad. Expresión en el más orondo sentido de la palabra. Fue al descubrir la revista de aquel profesor cuando me di cuenta de la verdadera redondez del mundo. Pero no destapé nada más. No conseguí que volviera a castigarme, no me quedé nunca más solo en su despacho y se acabó el fisgonear entre sus cajones mientras él preparaba las clases del día siguiente. En esa misma época fue cuando me explicaron en clase de historia antiquísima lo de un tal Rómulo y su gemelo enzarzados en un banquete, mamando de una loba. También me maravillé ante la imagen. Qué grandeza, qué delicadeza, qué candidez, qué obra más bonita la de la naturaleza cuya sabiduría no conoce límites.

Un viernes por la tarde, a los doce años, se produjo un cambio radical que dejaría atrás mi infancia. Empezaron a sonar trompetas, a ulular y girar los vientos, a alinearse los planetas, a completarse el relleno lunar, a balar de placer las ovejas que aguardaban la oscuridad dispuestas para ser contadas y recontadas antes de sumergirme en ese océano onírico y remar a brazo partido con Morfeo.
Buscando excusas que justifiquen mis pautas de comportamiento, siempre esgrimo la razón de mi preferencia por los gatos. Estos animales son curiosos, merodeadores, exploradores de lo ajeno, como yo. A mí también me es aplicable aquello de que la curiosidad mató al minino. Y si no, tiempo al tiempo.

Pero volvamos a ese viernes, ese día de autos y tetas, ese día en el que crecí de golpe bajo la atenta mirada de Afrodita.

A las cinco y media llegué de la escuela. Merendé, curioseé algún cuento de terror que mi hermano disponía para alimentar mis miedos. Vi la tele con aquellos dos únicos canales que la mayoría ya ni recuerda… Aburrido empecé a registrar los cajones del armario del comedor. Al abrir el que estaba justo debajo del mueble bar, me di de bruces con aquella revista gruesa, de tapas verdes en las que no se veía nada de nada… y nada hacía presagiar los paisajes apocalípticos que estaba a punto de transitar. Se trataba de una publicación diferente a los botines obtenidos en incursiones anteriores. Lo habitual era encontrarme un hola, un diez minutos, un pronto, un hogar y punto, o un catálogo de puntos para conseguir una sartén en algún supermercado. Las había visto de todos los colores que pueda aglutinar el óleo informativo de las publicaciones del corazón.
Sostuve la revista entre mis manos. Manos pasivas aún. Dedos que guiaban mi mirada por la portada sin adivinar lo que se escondía entre sus páginas. Ahí estaba yo, en cuclillas, junto a la tele que emitía un serial sobre un bandolero que cuando cogía la faca se cegaba. De vez en cuando, mientras manoseaba la portada queriendo despejar incógnitas, miraba como se iba sembrando de cadáveres la segunda cadena. Todo eso acabó en cuanto me sumergí entre esas páginas. No sé cómo sucedió, pero se abrió justo por la mitad, como un melón maduro y frío en manos de unos comensales en pleno mes de agosto. En seguida noté que algo se agitaba en mi interior. No comprendía bien qué estaba viendo, tampoco lo que me sucedía. Los temblores se posaron en mis mejillas, los colores se tornaron calores, mis dedos se movían nerviosos buscando una esquina por la que pasar página. Observaba unos cuerpos encima de otros. Unos pechos desafiando la ley de la gravedad, una gravedad, la mía, que escogía el sentido contrario a cualquier física conocida. Observaba unas ubres por las que rivalizaban una legión de rómulos y remos entrados en años. Observaba atónito esas vergas que jugaban a ser lanzas en ristre apuntando hacia una ristra de pezones beligerantes. Observaba gente lanzándose a los brazos entornados de otras personas que los recibían con los ojos cerrados a cal y canto y las piernas abiertas de par en par. Observaba unas bocas naciendo de otras bocas, bocas sembrando besos en otras. Observaba unas manos recorriendo un atlas copado de montes venusianos explotados por otras lenguas que se habían adentrado cual exploradores en las minas del rey Salomón del placer.

Hacía rato que no atendía las aventuras de Curro Jiménez ni el Algarrobo ni sus luchas por esos montes de dios, contra esos franceses del demonio. Sólo tenía ojitos para esa galería repleta de cuerpos que representaban un Guernica concupiscente, un tapiz de la creación libertino, el mundo en sus primeros días cuando Adán y Eva comían sin pecado y vestían desnudos.
Continuaba agachado, trémulo como una hoja mecida por el viento. Una hoja a punto de caerse; ocre, encendida, quemada por los caprichos de la naturaleza.
Cesé mi actividad contemplativa al escuchar la voz de mi abuela, sus requerimientos para atender un recado.

Devolví el botín a su escondite. Atravesé el patio que dividía las dos casas, la de mis padres y la de mis abuelos. Mientras, los gatos en las cornisas, se despedían del sol. No podía dejar de pensar en lo que acababa de ver. Eso no podía ser bueno. O eso, simplemente, no podía ser. Notaba cómo me ardía la cara, cómo me castañeaban los dientes por el frío del pecado. Las cuerdas vocales tenían secuestrada mi voz.

Mi abuela me pidió que fuera donde Enrique a por dos litros de leche.

Cogí dos lecheras y me dirigí hasta la vaquería del pueblo. Durante el recorrido seguía dándole vueltas a lo que acababa de acontecerme. Me sentía raro, extraño por lo que había visto. Supongo que un descubrimiento así sólo sucede una vez en la vida. Y esa extrañeza, esa sensación, era dolorosa. Me creía en pecado mortal. Que algo malo me sucedería. Hice el firme propósito de no reincidir, de no mirar más tetas en ningún sitio, de no aventurarme en la playa, en los meses estivales, a la caza ocular de la turgencia femenina. Lo prometí en voz alta para que el arrepentimiento que me sacudía, me concediera una tregua… Pensé que el próximo sábado de misa, le confesaría al cura todos mis pecados, sin dejar ni uno en el tintero, sin obviar detalles, sin ocultación alguna. Quería que todas las aguas volvieran a sus cauces. Claro que todo eso lo pensé de camino a la vaquería, y empecé a desecharlo tímidamente durante la vuelta a casa. La fragilidad del alma no conoce límites, la debilidad del cuerpo, tampoco.
Al llegar a la granja, Enrique, su hermano y su padre ordeñaban las vacas. Acariciaban esas tetas enormes ante mis ojos y, como premio a tanto masaje, obtenían la leche que poco después y tras hervirla, mi madre me daría para merendar, para desayunar, para ayudarme, en definitiva, en mi crecimiento… ese crecimiento que más hubiera valido desarrollar con menos leches…

Regresaba a casa una versión diferente, conocedora del pecado y del cuento de la lechera.

Mientras caminaba, mi memoria recurrente hacía y deshacía la senda del pensamiento. Me enfrentaba, otra vez, a ese campo de batalla carnal poblado de sexos entrelazados que había contemplado hacía poco rato, a esas mamas bovinas que padre e hijos ordeñaban con maestría para el buen alimentar de los muchachos del pueblo.
El camino hasta mi hogar estaba poblado de chopos de hojas plateadas que silbaban cuando el aire ya gélido de la sierra agitaba sus copas. El trayecto estaba sembrado de piedras que otrora habían descansado en el lecho de un mar sin nombre. Mis ojos se fijaban en las ramas de los árboles que montaban guardia y se erguían a mi paso. Mis pies perseguían esas piedras y azorado por el arrepentimiento, no hacía otra cosa más que intentar darles fuerte y lanzarlas contra el olvido. Pero el olvido es rencoroso, un príncipe destronado del tiempo y el espacio. No conseguía desterrar esas imágenes de mi mente.
Mi cabeza amenazaba con entrar en erupción. El sentimiento de culpa amagaba con levar anclas y mis ojos se centraban en el follaje arbóreo mientras la punta de mis deportivas para penitentes ávidos, golpeaban todo guijarro que se interponía entre mi delito emocional y mi sexualidad emergente.

Me prometía una y otra vez que no volvería a hurgar en cajón alguno. Que cejaría en mis exploraciones. Que me pondría a ver la tele, como cualquier niño, y que le daría fuerte a los estudios en detrimento del descubrimiento anatómico. Pero no dejaba de recular, de ver esas imágenes, de estremecerme cada vez que mi pensamiento se posaba sobre esos contorsionistas del amor. En mi interior se alternaba remordimiento y culpa con deseo de reincidencia. Ansiaba llegar casa para esconderme en mi sofá, bajo las palabras sedantes de mi abuela. Necesitaba arrullarme junto a mi abuelo y ser testigo de su conversación meteorológica con la luna. Anhelaba cenar, acostarme, olvidar.

No me di cuenta: las cántaras fueron bailando los pasos, columpiadas por el viento de mis cavilaciones, y la leche había ido dejando un reguero, como una vía láctea por la que se alejaba mi niñez.

Llegué a casa desvanecido, pasto de la angustia. Mi abuela, asustada, exclamó:

- Hijo, ¡qué te pasa! estás coloradísimo.

No podía articular palabra. Sólo gimoteaba al comprobar la poca leche que quedaba. Una mezcolanza de sentimientos de culpa y vergüenza, unas ilustraciones que se habían enquistado en mi cabeza, una sexualidad que empezaba a dolerme y a interrogarme, unos hechos que no habían hecho nada más que empezar, martilleaban mi alma.

- Abuela, la leche se ha derramado. Apenas queda nada –balbuceé-
- Debe ser por lo mal que estás. Tienes fiebre. –dijo mientras descansaba su mano en mi frente
- Te libras de volver donde Enrique. –Anda, ve a ver a tu madre y métete en la cama, añadió.

Me satisfizo la idea de no volver. No hubiera soportado más tetas ese día.

Al día siguiente no fui a la escuela. Mi madre dijo algo así como que prevenir es curar. Tampoco desayuné un vaso de leche. Al terminar de rebañar el desayuno, me senté en el sofá junto a la gata enferma de tiempo.
En ese momento mi mirada se fijó en el mueble que tenía enfrente. Mi cuerpo se erizó como el de un felino encelado. Fui hasta el cajón y cogí la revista de tapas anodinas y verdes, esa publicación culpable de mi primer gran pecado y mi primera gran ratificación.

Han pasado veintisiete años. Mientras evoco esta historia, la revista está justo debajo de la taza de café que humea, como mis recuerdos.

Ahora, cuando descanso tras una lectura, cuando hago un receso en mis paseos por la intrincada jungla del lenguaje, permito que mis dedos acaricien la revista. Y siempre sucede: se abre justo por la mitad, como un melón maduro y helado en plena canícula estival.




MARIO CASTILLO ROS

sábado, 22 de enero de 2011

2:14 Am


Abro lo ojos.
El reloj de la mesita de noche marca las dos y catorce minutos.
Me levanto para ir al lavabo. Mi vejiga no falla. Con el tiempo, fisiología y anatomía se han puesto de acuerdo. Incluso a las horas intempestivas, van de la mano. Si tengo que ir al baño, abro los ojos de par en par, alargo el brazo para levantar el despertador, pues lo dejo bocabajo para que su luz no entorpezca mi descanso. Miro la hora, y salto de la cama buscando las zapatillas.
Pero no están en su sitio. Sonrío. Sonrío porque soy un desastre. Porque olvido, incluso, cuántas ovejas conseguí contar antes de caer bajo el yugo soporífero. Nunca recuerdo qué he soñado. Nunca recuerdo si he soñado, cuando alguien me pregunta.
Estarán en el lavabo. Las dejaría anoche tras cepillarme los dientes. O estarán debajo de la mesa de mi despacho. Las abandonaría ahí tras alguna de mis incursiones en la red. O en el comedor, o en la cocina, o en algún sitio que mi gato, seguro, se encargará de descubrir.

Salgo de la habitación. El silencio es ensordecedor. Una quietud que amenaza mi noche y sus frutos. No me topo con Alonso. Hasta hoy, al mínimo ruido, abandonaba su nido felino y se acercaba rompiendo con sus ronroneos quedos el sosiego de estos setenta metros cuadrados que mi alquiler costea.

Ni zapatillas ni gato, pienso. Extrañado, pero priorizando, voy hacia el lavabo. La puerta está abierta, como todo en mi noche, como casi todo en mi vida. Las puertas, en mi caso, se inventaron sólo para abrirse. Ana sostiene que nunca sé cerrar, que se me olvidó algún día. O que el paisaje que dibujan armarios ofrecidos, puertas fuera de sus quicios y cajones mostrando su contenido, me satisface sobremanera. Por donde paso, dejo aperturas.

No levanto la tapa del retrete. Ya está izada. Es una bandera que me dirige en mi noche. Un faro que orienta mi meada. Mientras dirijo el chorro contra la blancura nívea del inodoro, escucho un maullido en alguna parte del piso. Y otra vez silencio. Ha sucedido muy rápido. Mi pis se ha cortado, me he manchado el pijama de rayas que me regaló alguien creyéndose un amigo invisible y que pensó que nunca descubriría que era él y sus intenciones de convertirme en un preso esclavizado de Morfeo. Lo he puesto todo perdido, pero son los latidos de mi corazón los que amenazan con estallar mi pecho, los que están a punto de romperse en mil pedazos y tintar con mi miedo todo este aseo.

Aterido de esa frigidez que el terror ha derramado por mi cuerpo, entro en la cocina. Ni rastro de mi mascota. Lo llamo y no responde. Le grito que si quiere comer algo. Agito la lata que contiene su compuesto de comida para llamar su atención y atraerlo, cual aprendiz de Paulov. Por lo general es escuchar ese sonido y volar. Pero no acude.
Otro maullido aterrador y una sucesión de golpes en el salón hacen que dirija mis pasos hasta allí. Cuando arribo, silencio. No se oye un ruido. Vuelvo a pronunciar su nombre. Coloco mi cuerpo a ras de suelo, en cuclillas. El frío muerde mis pies desnudos. Me acuerdo de las zapatillas que aún no he encontrado y que ya empiezo a echar de menos. Miro en derredor. Nada. La tele, silente, está detrás de mí. Oteo la oscuridad, intentando toparme con los ojos familiares, con la brillantez púrpura y felina. Apoyo la espalda contra las treinta y dos pulgadas catódicas.
Ahora sí. Nuestras miradas colisionan. El pelo erizado y su figura arqueada indican que algo no encaja. Lo llamo, dulce, con toda la dulzura que el pavor me permite. Dicen que lo peor que puede suceder cuando te encuentras ante un animal acorralado, es que huela tus estertores de puro terror. Justo cuando levanta su cuerpo de gato entrado en quilos, veo mis zapatillas que protege como si fuese la descendencia hierática de algún ser mitológico.

Mi compañero de piso se acerca renqueante, dibujando sigilosas coreografías sobre el suelo. Al llegar a mi lado, agacha la cabeza y topa su hocico frío contra mi rodilla. Recorro su lomo, me entrega su cuerpo y emite unos ronroneos en respuesta a mis caricias. Miro su cara y la apreso entre mis manos. Le digo que me ha asustado. Qué te pasa, le pregunto. Por qué esos bufidos. Me vas a matar de miedo. Olvidas que me asusta hasta la felicidad.
Se zafa de mí y vuela a su refugio. Me temo otro ataque, pienso que quizás se esté volviendo loco. No sólo los humanos perdemos la cabeza, asevero. Pero no, torna de su escondite con las zapatillas en la boca. Descargo una lluvia de arrumacos y le doy las gracias pues mis pies acusan el cansancio gélido de la búsqueda.

Regreso a mi habitación. Inicio mis pautas de conducta para reconducir el sueño: inclino el despertador para que su luz no entorpezca mi travesía hacia el amanecer. Programo diez minutos de música para que amanse la fiera asustada que me habita y que necesita una sobredosis de descanso.

Abro los ojos.
El reloj de la mesita de noche marca las dos y catorce minutos.
De un tiempo a esta parte, la apremiante necesidad de achicar las aguas sobrantes de mi cuerpo interrumpe mi descanso. Debe ser la edad, me diagnosticó el médico cuando le comenté mis nocturnas peregrinaciones.
Las zapatillas no están donde deberían estar. Porque estoy seguro que las dejé al pie de la cama, delante del espejo del armario. No importa, estarán junto al wáter, o en la cocina esperándome para el primer café, o debajo de la mesa del despacho; en el sitio menos pensado. Mi despiste se permite inciertas licencias. Aunque es cierto, lo poco que ordeno, sin casi esfuerzo, son estas viejas pantuflas. Guardan un orden y velan mis sueños a los pies de la gran luna que cobija el reflejo de mi dormitorio.
Llego hasta el baño. Apunto al centro del volcán acuoso y mis pies empiezan a alimentarse de una frialdad que amenaza con paralizarme. Levanto el pie derecho, mientras el chorro pierde vigor y acierto. Acaricio la planta del pie contra la pernera de la otra pierna. Tengo los dedos entumecidos. Termino de mear y toco el suelo comprobando que está caliente. La calefacción funciona. El gres desprende calor. Pero mis pies desvestidos siguen temblando; se encogen. Muevo los tobillos girándolos hacia un lado, hacia otro. Crujen.
Enfilo el camino al dormitorio justo en el momento en que los lastimeros bufidos de Alonso me reclaman desde su escondite. Quedo paralizado. Poco a poco, mi cuerpo empieza a obedecer y dejar de lado el pavor que me embarga. Me agacho delante del plasma televisivo. Apoyo la espalda contra la pantalla proyectando mi campo de visión hasta debajo del sofá. Nuestras miradas coinciden en un punto intermedio y responde a mi llamada estirándose y bostezando, mostrando una fila de dientes pequeños, de afilada blancura. Viene hacia mí. Sus ronroneos cadenciosos me indican que todo va bien, justo por el sendero de la tranquilidad necesaria para que el miedo no termine devorándome las entrañas.

Lo dejo en su sitio, para que duerma, para que le maúlle a la luna; que haga lo que quiera con su noche. Yo sólo quiero llegar en mi sano juicio hasta el despertar. Y si sigue maullando así, no lo conseguiré. De pequeño, los gatos en celo que patrullaban los tejados me asustaban cuando bufaban y emitían esos quejidos de honda excitación.
Cuando estoy a punto de meterme en la cama, deshago el camino. Vuelvo a mi agazapada posición delante de la tele. Él se muestra contento, levanta la cabeza y un suave y nimio gemido escapa de su boca. Me acerco hasta su refugio. Acaricio su cabeza, rozo su nariz rosada y fría. Consiguen mis manos garatusas levantar su pesadez y atraerlo. Las zapatillas emergen debajo de su cuerpo. Sí, el objeto no identificado avistado hacía unos minutos eran ellas.

Las cojo y las llevo conmigo, tras dedicarle una serie incontinente de carantoñas. Le indico con un hilo de voz musical que no son un juguete, que no se arranque por maullidos locos, que se tranquilice, que duerma, que no pasa nada, que el amanecer está a la vuelta de la esquina soñada.

De nuevo en mi cama. Sintonizo una emisora sin música. Quiero gente hablando. Sus voces, sus cacareos de tertulia a deshoras acompañándome en mi travesía... Restriego pie contra pie buscando calor. El frío ha escalado el muro de mi noche y se ha instalado en cada poro. Mis ojos pierden el contacto con el cansancio. No se apagan. La batalla se inclina del lado de la madrugada.
Doy vueltas en mi lecho sin encontrar una postura dormitiva, le envío mensajes de auxilio al pastor del rebaño. Necesito ovejas somníferas que amortigüen mi duermevela.

Descanso la cabeza sobre mi brazo derecho. Respiro hondo, porque no puedo hacer otra cosa para invocar el ansiado reposo. En ese instante, la puerta del cuarto se abre empujada por las patas delanteras de Alonso. Su cuerpo encrespado, su blancura de peluche se desliza por el suelo. El reloj de mi cordura herida de muerte marca las dos y catorce minutos. El animal se sitúa delante del espejo al que lanza maullidos y bufidos encolerizados. Me invade un miedo críptico. No hablo. No muevo un músculo. Mi respiración agitada me hace convulsionar. Me revuelvo incómodo bajo el edredón. La algidez remonta mi cuerpo. Mis manos pinzan el nórdico y me cubro hasta la barbilla, como durante aquellos episodios de terror que padecí en mi infancia, cuando me asustaban las portadas de los cómics de terror que mi hermano guardaba en el cajón de la mesita a modo de catecismos diabólicos.

Alonso gira la cabeza y descubre mi helamiento. No puedo decirle nada porque, que se sepa, una estatua no puede hablar, y el terror sólo conoce un idioma. De un salto trepa junto a mí. Muestra sumisión. Me acaricia golpeando su lomo contra mi rostro, restregando su cabeza contra mi cabeza. Su lengua áspera recorre mis dedos. Consigue arrancarme una caricia. Una caricia que interpreto como sinónimo de que todo vuelve a su sitio. Me planteo dejarlo ahí, a mi lado… justo en el momento en el que una sombra cruza entre nosotros posándose en el espejo. Sólo es una sombra, quiero decir, o quiero pensar, o quiero creer. Un haz de luz que huye de la calle.
El felino salta y se sitúa frente a la lámina acristalada. Mis zapatillas alineadas, esperando unos pies, están justo debajo, pegadas, reflejadas vagamente. Mi vista combate cuerpo a cuerpo, destello a destello, contra los bufidos coléricos y los zarpazos con los que Alonso reta al cristal.

Elevo la vista hasta toparme con unos ojos oscuros que refulgen de terror en medio de mi viaje demente. Una mirada que lanza un grito hondo provocando la huída de mi gato con las zapatillas en la boca. La manta levita encima de mi cuerpo mientras el miedo se ancla en cada rincón de mi piel. La cama ya no es un buen cobijo. Ni bueno ni seguro. Vuelvo a clavar la mirada en esos ojos tiznados de demencia. Mi voz no fluye, porque estoy ahogado, sin aire que rescate la vida secuestrada en mis pulmones. Mis brazos, que aún buscan infructuosamente la manta para cobijarme del frío y del terror, tropiezan con el despertador que gime, invocando mi despertar. El reloj cae al suelo, como cada día a la misma hora cuando toca levantarse.

Fin de la pesadilla.

Abro los ojos y en pocos segundos desplazo mi cuerpo cansado hasta el baño. Dejo correr el agua caliente mientras preparo los enseres para afeitarme tras una reponedora ducha. Ana dice que es una soberana tontería ducharse primero y afeitarme después. Pero el orden ilógico de las cosas no va conmigo. Vivo en un ordenado desorden. Ahora, con los objetos del afeitado, con el agua arreciando caliente sobre el piso de la ducha, voy hasta la cocina y prendo la cafetera. Todo sigue la hoja de ruta diaria…
Alonso maúlla desde algún sitio. Lo llamo y acude buscando su desayuno. Lo acaricio, le pregunto si él no ha tenido ninguna pesadilla y sin hacerme el más mínimo caso, bien por la independencia gatuna, empieza a dar buena cuenta de su primera comida del día.

Vuelvo al baño. La ducha elimina los últimos restos de la pesadilla que acabo de padecer. Me jode no recordar agradables sueños, no guardar el eco de alguna aventura que haya disfrutado mi inconsciente durante las horas nocturnas.

Mis dedos me recorren, se clavan en mi pelo que anuncia vejez.

El agua hirviente llena de vaho, convirtiendo en una sauna los escasos cuatro metros cuadrados. La toalla acaba con los vestigios acuosos en mi piel. Ahora, de pie frente al lavamanos, empiezo a esparcir la espuma de barbear por mi cara aunque ya no se refleja en el espejo, cubierto como está por una pátina blanca de vapores.
Cuando dirijo mis manos para eliminar la película vaporosa, mi cuerpo sale despedido hacia atrás, tropezando con la pared que separa los espacios dentro del aseo.
Unos dedos han pincelado el cristal, transformándolo en un improvisado óleo horario:
2:14 Am.

Alonso, a mis pies, maúlla colérico hacia la oscuridad pétrea de mi habitación.


MARIO CASTILLO ROS

sábado, 30 de octubre de 2010

CASTIGO DIVINO


Con diez años cursaba estudios primarios en el colegio mixto y público Virgen de las Nieves, en Las Gabias, un pueblo de la vega granadina. Digo mixto porque aceptaba niños, niñas y porque había dos patios para dos recreos: el masculino y el femenino. No compartíamos juegos, sólo clases. A la hora de la comida sucedía lo mismo; antílopes en su Gorongoro y gacelas en su Serengueti.

Tenía tres profesores. Uno para historia, geografía y religión: Don Serafín. Otro para matemáticas y ciencias varias: Don Rafael. Y otro para lengua española y lengua francesa: Don Francisco. Mis primeros pinitos en el país del queso oliente fueron con este último. La primera vez que tuve conocimiento de un burro y su dueño que escribía sobre los dos y por los dos, también fue gracias a él. Aunque no son conocimientos con causa literaria lo único que le debo a este profesor. No. Le debo otras causas, o los motivos que acuñaron algunos de mis miedos aún imberbes. Y más cosas, otras cosas…

Don Francisco era un profesor de la vieja escuela, de la vieja guardia y del viejo sistema político. Supongo no estaba muy conforme con la nueva situación educacional y los cambios que desestructuraron la enseñanza y la doctrina que a él había acunado. Fue el más severo de los profesores que me han tocado en suerte, o en desgracia, según se mire… y según quiera un servidor recordar. Pero esta vez es una mezcla de azares, una amalgama de sensaciones encontradas, una ambivalencia tan dura como pura la que me lleva a narrar esta historia.

Porque lo peor que le puede pasar a un maestro severo es encontrarse con un niño cabrón y con pocas ganas de estudiar. Así que día tras día sólo buscaba camaradas becerriles para juegos y otras batallas, no compañeros estudiantiles para aprender lengua extranjera, y mejorar la nuestra. Mis derroteros me convertían en carne de cañón, situándome en el punto de mira del profesorado. Todos los niños temían a Don Francisco. Yo, claro, no era una excepción. Quizás le temiese más que a ningún otro y más que a nadie. Pero no podía frenar las incursiones en los campos de juego minados de travesuras, dando rienda suelta a mi imaginación galopante y tan indócil como el hontanar del que brotaba.

Un viernes por la mañana amaneció nublado. Muy nublado en la calle y muy tormentoso en mi cabeza. Recuerdo con precisos detalles la hora del desayuno. Recuerdo a mi abuela insistiendo en que me acabara el tazón de leche y mi empeño en ennegrecerla con una sobredosis de colacao. Recuerdo estar esperando el transporte escolar y contemplar ese sol vencido por el invierno bañar la vega nazarí. Recuerdo Sierra Nevada, con sus hijos Veleta y Mulhacén, vestidos con las primeras nieves. Recuerdo, mientras escribo, o escribo mientras voy recordando, la hilera de aves posadas en el tendido eléctrico a la espera de otras compañeras para viajar a países con más calores y colores. Recuerdo ese día en especial, porque nunca he dejado de habitarlo. Muchas de mis horas presentes nacen ahí… y mueren cuando me topo con los puntos finales en las páginas que leo, cuando se baja el telón en los interludios de mi vida o cuando a ras de suelo, vuelo hacia mi pretérito a lomos de las canciones que gobiernan mis emociones.

Ese día subí al autocar aterido de frío, buscando calor en el fragor de la batalla y los juegos con el resto de mis compañeros. El “Virgen de las Nieves” distaba poco más de dos kilómetros. A las nueve menos diez ya estábamos formados en fila de a uno para ir entrando en el edificio. Pocos minutos después accedí al aula que más me enseñó, o que más me marcó durante una época, una época extensible hasta hoy. Porque de lo contrario no entiendo que lleve días pensando en la teta y el profesor. Porque la teta fue el premio que obtuve a cambio del castigo al que mi mala cabeza me condujo aquel día que amaneció hibernal, convergió en infernal y acabó en recompensa…

Jugaba en clase y fuera de clase. Como yo, eran muchos los que no seguían las explicaciones sin saber con quién nos la jugábamos en lengua española… Platero pacía plácidamente en las dehesas literarias de Juan Ramón, mientras que nosotros, más borricos que su personaje, pacíamos cual jauría indómita, poniendo a prueba la mala uva, la frágil paciencia del profesor que nos tenía ojeriza. O que me tenía… porque casi siempre recibía yo. No fue una excepción ese día. Y cuánto me alegro.

La pimienta molida descansaba en la palma de mi mano. Y la palma de mi mano, torpe como pocas, recibió mi aliento y mi fuerza. El polvo negro, ceniza cegadora… se posó sobre la vista de un compañero nublándosela. Todo el mundo mundial de la clase vio que había sido Mario. Y no hallé escapatoria ni compañeros que intercedieran por mí. Tampoco lo hubieran hecho con aquel profesor… No éramos valientes, ni valía la pena serlo… pues a cambio, las sacudidas correctoras que arreaba, cuando te sacaba al pasillo, no eran, precisamente, un premio al mal comportamiento.

En la galería; Don Francisco y yo. Yo, muerto de miedo. Él, iracundo. Yo, gimoteando, pensando lo que me esperaba. Él, susurrándome lo que me acontecería.

- Mira niñato, estoy harto de tu comportamiento- Dijo mientras me cogía del cuello, y me lanzaba contra su cara.

Enmudecí. Sabía que además de la lluvia de estrellas que tanto disfrutaba en las noches estivales, existía la lluvia de hostias como panes que repartían en época invernal.
Puedo decir que a mí las cosas me pillaron por los pelos. Vamos, al cabo de pocos años no había profesor que pudiera tocar a un niño. Y ese niño, llegado el momento, tampoco haría el servicio militar. Yo sí lo hice, siendo el mío el último reemplazo obligatorio. Seguro: la vida me ha usado de conejillo en su laboratorio de productos alquímicos. Pero eso es otra historia, o muchas… Volemos ahora, recuerdo mediante, a ese pasillo…

Temblaba como una hoja a punto de abandonar el árbol de la vida… adivinaba ese bofetón que me haría temblar la edad.

- Si vuelvo a sacarte al pasillo, te voy a dar de hostias hasta en el DNI.

Y sí, fue cierto… recibí hostias como para varios carnés de identidad. Creo que en la foto de mi primer documento oficial, la palma abierta franciscana sombreaba mi sonrisa.

Sólo hablaba él. Y sólo enmudecía yo.

- Mira, cuando termine la clase, te quedarás limpiando el aula, barriendo pasillos y recogiendo las hojas del patio. Cuando acabes, te llevaré en coche y hablaré con tus padres –añadió-

Mi condena concluyó a las siete de la tarde. La clase como una patena, el pasillo reluciente, el patio, estepario.
Cuando cumplí con mis trabajos forzados, fui hasta la sala del profesorado y se lo comuniqué… Sin levantar la vista del libro me comentó que muy bien, que ya sabía a lo que atenerme en días venideros. Que el curso era muy extenso, el invierno se preveía muy crudo y sus manos eran tan diestras como largas. Lo entendí perfectamente, más que ninguna otra de sus magistrales clases.

En su coche me senté en el asiento del acompañante, mientras él acomodaba sus armas de profesor en los asientos traseros. Entonces me anunció que iba a apagar luces, a cerrar la puerta de su despacho y que le esperase, que no tardaba más de cinco minutos. Maldijo por lo bajini, y salió dando un portazo. Al hacerlo, la guantera que había a la altura de mis rodillas se desencajó. Me quedé mirando el interior. Una teta sostenida por una mano. Una mujer desnuda mostraba sus pechos en la primera página de una de las revistas emergentes que plantaban cara a la sociedad sembrando desnudos en sus portadas y recogiendo tempestades religiosas y políticas. Eso lo supe años más tarde. Ese día, a esa hora vespertina, cuando el sol se escondía tras la sierra, amanecía en mi interior. Ojeé nervioso la portada. No le quitaba ojo a la teta desabrigada y ofertada. Esas manos, de uñas decoradas con vivos colores, esa mirada inquisidora, anclada en mí… esos pechos llamando a las puertas de mi pre adolescencia. Me sentí crecer de golpe. El peor castigo se había convertido en el premio jamás soñado. Ahí estaba esa diosa invitándome a leerla. Y la leí hasta memorizarla… Don Francisco emergió entre las sombras y se sentó a mi lado. Sin saber cómo, dejé todo en su sitio. El cofre con mi tesoro, bien enterrado.

A las siete mi padre sustituyó al profesor. Y me dio para el pelo… me dijo que no tenía remedio… que era lo peor y etecés. Le prometí, con los dedos del alma en cruz, que me portaría bien, que lo haría mejor, que, de verdad, todo iba a cambiar. Y cambió. Porque las cosas cuando se tuercen, se pueden torcer más, mucho más.

El sábado transcurrió entre una película de indios malos malísimos y vaqueros buenos buenísimos, una misa y una cena en casa de mis tíos. No recuerdo si los indios presentaron una ardua batalla o si fueron los del séptimo de caballería los que perecieron con las botas puestas mientras maldecían a Toro Sentado y al resto de la familia de roja piel. No acierto a recordar si en la misa, la carta de San Pablo estaba dirigida a esos corintios que nunca he sabido ubicar en un mapa. Tampoco sé en qué consistió la cena, ni cuantos troncos crepitaron llenando de luz calórica las últimas conversaciones del día. No recuerdo el contenido, sí el continente. Pero sin embargo, las tetas de esa mujer, la portada de esa revista, la reivindicación de mi sexo, aún me emocionan a día de hoy, en esta hora, mientras deslizo los dedos por el teclado del portátil.

El lunes siguiente subí en estado catatónico al autobús. Aturdido, pensaba en mi pecaminoso descubrimiento. Dilucidaba si confiar el secreto a alguno de mis amigos o guardarlo para mí. Pensaba cómo conseguir esa revista, cómo hacerla mía, cómo tener esos pechos turgentes en mi mesita de noche, junto a los libros de terror, de los que mi hermano disfrutaba y a mí me aterraban. Urdí un plan. Si todo salía a pedir de teta, cometería mi primer hurto. El maestro no denunciaría su desaparición, pues en esos años nadie alardeaba la tenencia de material erótico. Esto último pude pensar, o no. Quizás simplemente, una vez despierto mi perfil erótico, el delictivo esperaba turno en la sala de espera.

Y en ésas estaba cuando dos filas delante de mí, un niño lanzó una bola de papel a su niña preferida. Quería llamar la atención. Que se volviera, según me contó después, para verle la cara… Él perseguía una cara y yo pretendía unos bustos con los que complacer mi infancia rebelde. Don Francisco se volvió justo a tiempo para ver la trayectoria que seguía el meteorito del amor. Observó, impertérrito, cómo la bola de papel lanzada por un Cupido mal del ala se estrellaba contra la nuca de Nancy. Se le descompuso la cara al profesor. Y acto seguido, su voz tronó reclamando de quién era aquel proyectil papirofléxico.

Sin vacilar, levanté la mano tan alto y con tanta determinación que casi sale disparada de mi cuerpo.

- Yo, don Francisco. Y silencié.

Mi voz no albergaba duda. Así que salvé a ese niño de una tremenda reprimenda. Yo, sin embargo, aún mantenía caliente mi castigo del viernes anterior. Y ya se sabe, castigo sobre castigo, y castigo uno. Y así fue como me convertí en un héroe para el resto de la clase, durante el resto de los días de ese curso que me marcó a tetas y hostias por los siglos de los siglos.
La sucesión de los hechos fue idéntica a la anterior… Era un chulito, era un niñato, era un bala perdía, era carne de cañón, era pasto del infortunio, era lo que no era nadie, visto lo visto. Algo debí decirle que lo ablandó y no plasmó su furia sobre el lienzo de mi cara. Lloré lo que no había llorado la vez anterior. Pero no sé si lloré de verdad o de mentira, de alegría o de pena. Y una vez superado el trance, me vi recogiendo hojas como un aspirador de otoños, alineando las mesas y las sillas de todas las clases a la velocidad de la luz. Entonces, me dirigí a su despacho.

- Don Francisco, ya he terminado –defendí con un hilo de voz casi inaudible-

Ocurrió lo previsto según la hoja de ruta delictiva: Me acompañó hasta su coche y después fue a cerrar puertas y secretos. Tenía que esperarle sin hacer ruido, sin tocar nada… A modo de abracadabra, abrí la puerta y la cerré con todo el acopio de fuerzas que fui capaz de reunir. El tremendo golpe hizo que la guantera saliera despedida, descuajaringándose, soltándose de su pequeña bisagra. Contra pronóstico, esta vez la cueva no escupió mi tesoro y sí una lista irrecordable de tesoros menores. De eso me di cuenta después, mientras el profesor profería insultos y me ascendía a los altares del Olimpo de la inutilidad y lindezas semejantes. Pero en ese momento, mi mirada atravesaba la negrura y mi mano buceaba el cofre. Ni rastro de esas manos ofreciendo comida a mis primerizas emociones eróticas. No había ninguna revista. Sólo un diestrísimo ABC, portador de las hostias informativas más grandes que jamás haya conocido este país. Observé aterrado mi destrozo, tras leer en la portada del rotativo que un obispo bautizaba en Madrid al nieto de no sé qué familia real. Pensé que mi carrera de súper héroe había tocado a su fin.

Que nada valía la pena, si no se conseguía, como poco, una teta que alimentara mi deseo y una luna que clareara mis noches de incipiente despertar…


Mario Castillo Ros

domingo, 22 de agosto de 2010

AGOSTO




agosto.

(Del lat. Augustus, renombre del emperador Octaviano).

1. m. Octavo mes del año. Tiene 31 días
.


El mes de agosto ha desbancado a mi otoño contenedor de meses melancólicos como la mejor época del año. Durante los días augustos, las ciudades se quedan huérfanas, la gente corre despavorida a dejarse lamer por playas, a escalar montañas, a surcar valles y a descender ríos domados. Son treinta y un días en los que encuentras siempre un lugar donde aparcar el coche, y muchas barras vacantes donde estacionar las penas y la simiente de la saudade. Además, es durante este periodo cuando disfruto de los conciertos del maestro de la metáfora; cuando subo a lomos de su caballo de cartón, cuando pacto con él, cuando me cercioro que todas las noches son noches de boda y que todas las lunas son lunas de miel donde el quiero le gana la guerra al puedo, mientras los que matan mueren de miedo clamando que las mentiras parezcan mentiras de verdad.

Esta mañana dominical me he despertado a las ocho. Hacía rato que el día se había levantado dejando la cama sin hacer y los sueños arropados. Me esperaba en la puerta para acompañarme durante las horas siguientes. Conduciendo he llegado hasta la parte vieja. He estacionado sin darme cuenta, por pura inercia, pues mi cabeza bulle de historias. Es mientras manejo el volante cuando vivo inmerso en una especie de catarsis. Busco las fuerzas necesarias, el momento preciso para contar algo, para escribir sobre mucho. Quiero hablar con las palabras, ponernos de acuerdo y empezar a plasmar en los folios catódicos y apantallados lo que pugna por salir.

He tomado un café viendo cómo un hombre gobernada un portátil con conexión a internet. He visto a un niño acariciar un perro. Y he visto un niño, revoloteando en torno a sus padres, sin recibir ni una sola caricia. Los padres han tomado varios zumos de naranja, han departido ácidamente, han discutido en voz baja, han hablado gritando, han asustado al perro y al niño. Tras pagar la cuenta se han ido, sin paz y sin gloria, pero con un can feliz porque tenía al imberbe sobándole a base de bien. He observado a una morena con las uñas de los pies pintadas de color rosa. Una ninfa que ha tomado un bocadillo diminuto, que ha bebido un café con leche, que ha fumado y que ha hablado con su novio, con su marido, con su pareja, con lo que fuera que era la persona que amén de contemplar ese paisaje rosáceo iba a poder transitarlo al caer el sol. Me ha sonreído un par de veces, endulzando mi café y derritiendo los cubitos de las bebidas estivales de varias cafeterías a la redonda. He visto a un viejo pedir unas monedas. No he visto a nadie darle monedas a un viejo decrépito que solicitaba atención monetaria mientras ensuciaba canciones viejas. El niño lo ha mirado como se mira a un abuelo que no se quiere. El perro lo ha hociqueado como se hociquea a un intruso. Se ha ido triste, con la mendicidad a otra parte. He pensado que hay gente que no tiene dinero ni para ser pobre. He pedido un segundo café y me he concentrado en la lectura del último libro que me tiene atrapado: sesenta páginas devoradas sin desconcentrarme. Me he desconcentrado antes de adentrarme en la página sesenta y uno. Ha venido una chica tiñosa tocando la flauta. Con voz feliz se acercaba a los clientes y extendía una mano mendicante. Ha tenido más éxito que el anciano. Ha conseguido no sé cuánto. Le he dado el cambio porque hasta mi mesa ha llegado sin dejar de sonreír, de tocar, de oscilar su cuerpo ajado, mostrándome cinco dedos huesudos, resecos y negros. Si tuviera las tetas de la chica de las uñas rosas, le daría el doble más uno, y la matricularía en el conservatorio de la ciudad.

He abandonado la terraza cuando un sol invasivo e ineluctable me ha expulsado del paraíso observacional, dejando que lo advertido desde mi filantropía se hiciera un hueco en mi cabeza.

En el coche he intentado sintonizar, sin éxito, alguna emisora digna. He tenido que tirar de cedés. Nunca falla la música que se escoge para los viajes. Me ha emocionado Sabina, joder. Me han conmovido Andrés Suárez y Rafa Pons. Me he detenido en una canción de Ismael Serrano: Fragilidad. Fragilidad musical, supongo. La temperatura del coche ha descendido a veinte grados. Si hubiera algún representante de sanidad o tráfico sentado de copiloto, me insinuaría que eso es peligroso. Que lo razonable, por sano, sería subir un par de grados. No haría falta, sigo ardiendo por dentro. Ardo de fiebre emocional por culpa de los citados y sus vivencias musicadas.

He llegado, creo no saber cómo, hasta el aeropuerto. Aunque sé por qué. Me encanta sentarme en la cafetería de los aeropuertos, de las estaciones de trenes. Ahí, hasta en verano, es otoño. Templo estacional de despedidas y recibimientos. Me gusta llegar a las terminales y relajarme en la cafetería desde la que observo los que se van, los que se quedan, los que lloran de alegría, los que ríen por no llorar, los que abrazan, los que gastan sus últimos cartuchos buscando una reconciliación, los que se arrepienten y pierden un vuelo, los que no se arrepienten y pierden una vida, los que se quedan solos y los que esperan y miran el reloj para dejar de estarlo.

Cuando tenía dieciocho años me independicé. Vamos, mis padres por un lado y yo, por muchos lados. Los sitios me esperaban. Comencé a trabajar con facilidad gracias a la oferta que el verano generaba. Pero en invierno, tras engrosar la lista de desempleados, deambulaba buscando una oportunidad a la hora que todo el mundo hacía lo mismo que yo. Una masa ingente devorando cafés y estudiando los clasificados, anotando cifras en servilletas de papel. Todos compitiendo para llamar, para ofrecerse, para optar a una situación activa y abandonar las colas del instituto nacional de empleo. Hasta que me di cuenta que cuanto más temprano recolectara guarismos y letras, más posibilidades tendría de adelantarme a mis contrincantes por un puesto en algún restaurante, en algún almacén, en alguna bolsa laboral de hospitales, de correos, de algunos etcéteras administrativos. Fue así como conocí las cafeterías de las estaciones de trenes y autobuses. Así que si conseguía llamar antes que nadie, cruzaría la meta del trabajo antes que nadie, para descruzarla tras un periodo de prueba o la finalización de un contrato. Muchas madrugadas abortaba mis sueños, saltaba de la cama y llegaba hasta el edificio de RENFE. A las seis mis ojos ojeaban el periódico local; anotaba los números y esperaba a las nueve. Me acercaba a la cabina más cercana y empezaba mi romería hacia un incierto futuro profesional. Cuantiosas veces repetí la operación. Tantas, que me aficioné a mirar a las gentes que iban y venían. A contemplar los rostros dormidos en cuerpos despiertos, andantes.

En la terminal del aeropuerto Costa Brava he tomado un café. Aquí lo hacen buenísimo, creo que la razón estriba en la masiva circulación de turistas itálicos y a un italiano si no le haces bien un expreso te lía la de San Quintín, por lo menos. He consumido contemplando los lienzos frescos del comportamiento humano: He visto una pareja de jóvenes en el andén iniciático de su noviazgo. No han dejado de reír y de meterse mano hasta que por megafonía les han anunciado la puerta de embarque: la cuatro; destino Berlín. Una mujer madura en brazos de un teléfono reía y hablaba, pero reía mucho más… mientras lanzaba miradas centinelas hacia la mesa donde estaba su marido, en caso de serlo. Tenía los pezones encendidos. Seguro su amante le lanzaba obscenidades prometiéndole volver a hacerle esto, aquello y lo de más allá; lo tanto que recordaba su último encuentro en aquel lavabo. Sus pechos aguerridos la han delatado, pero sólo yo me he percatado. Creo. Después ha vuelto a su mesa y ha besado a su acompañante. La he estudiado, sí. Tenía unas tetas dignas, capaces de someter al buen amante lesbiano, que escribiría no recuerdo qué escritor. He seguido oteando el horizonte de sucesos y alegrías que embarcan y desembarcan a escasos metros de mí. He conseguido leer un par de capítulos más antes de acariciar el móvil. Antes de plantearme si mandar un mensaje o realizar una llamada. Al final, ni lo uno ni lo otro. He besado la taza, he apurado el último sorbo, me he acordado de ella, que esté donde esté, me habita… y me he dirigido a la librería. He comprado El País.

Conduciendo por vías serpenteantes del interior he escuchado seis o siete canciones. Mientras tanto, reflexionaba. Me he conjurado para lograr dar a la luz y a las sombras algún relato nuevo, antes de que acabe el día. O parir una vieja historia de esas que hace mil vidas viven de alquiler en mi cabeza.

He comido en un restaurante de carretera. Un plato de pollo y ensalada. Y café, claro. Estaba casi solo. Digo casi porque cuando llegué, unos comensales estaban pagando la cuenta y cuando abandonaba el restaurante, entraban otros a ocupar mi lugar. Desde la ventana, el sol alcanzaba con ganchos de derecha e izquierda al edificio. He viajado desde el interior al exterior. He jugado a adivinar cómo son los camareros que, aburridos, me observaban conjeturando sobre lo qué hacía un tipo como yo, solo, en un garito de carretera. Más siendo verano, más habiendo playas, más pudiendo dejar para el invierno lo que estaba haciendo hoy.

De regreso a la ciudad bajo la tutela de agosto, he ido a descansar y a leer a una cafetería asentada junto a un lago artificial donde van a consumir y a consumirse mujeres y hombres artificiales. A través de la profundidad de mi vaso de cristal, cada vez que los cubitos chocaban contra mis labios, veía a lo lejos muchachos jugando a la pelota. Cuando el esférico caía al lago, aprovechaban para meter los pies, espantar a los patos, y acercar, haciendo olas, el juguete acuático. He recuperado el punto de lectura. He leído sin distracciones durante dos horas. Dos horas en los que un camarero me ha preguntado un par de veces que si quiero algo más. Y sí, le he demandado tranquilidad a cambio de otro café. Después ha enmudecido hasta que le he pagado las consumiciones.

He descansado el libro y he naufragado en las noticias asesinas del periódico. Porque las noticias funestas no descansan ni en domingo, como tampoco los portadores de malas nuevas. El suplemento me ha permitido viajar, me ha dado la oportunidad de conocer a no sé cuántos actores que han cambiado el mundo. He vislumbrado la posibilidad de un recorrido en tren por el norte de la península. He acertado con la lectura de un par de relatos sobre la Alemania nazi y la España en guerra contra la crisis y la clase política. He vuelto a consultar el teléfono. Hoy, como el mes, está silente. Pero lo he manoseado con tanto ahínco que he acabado enviando un mensaje. Después lo he devuelto a su sitio con la vana seguridad de que no volveré a tocarlo hasta mañana.

He rescatado el coche que estaba dándose un baño de sol de injusticia. He acariciado el volante, enfriándolo con mis manos… y he rebuscado entre los cedés que se amontonan en la guantera. Otra vez Sabina. Otra vez Ismael Serrano. Justo cuando iba a arrancar he visto al viejo de la mañana. Al pobre sin dinero, siquiera, para serlo. Abriendo la puerta, he salido a su encuentro. Sabía que hoy escribiría, quizás, lo que en mi día ha acontecido… y me he acercado a él. Le he dicho que esta mañana no tenía ánimos, que lo sentía. Pero que mis musas requerían una buena obra antes de finalizar el día. Me ha mirado extrañado, me ha preguntado, tras darme las gracias por el par de euros que anidaban en su mano, si me encontraba bien. Que conocía una fuente cercana y gratuita donde el agua emanaba fresca. Le he dicho que me encontraba perfectamente. Que se guardase el dinero, para no gastarlo de golpe. Me ha mirado y ha estado a punto de preguntarme si había manera alguna de fraccionar dos putos euros. Pero se ha callado, se ha dado la vuelta, ha seguido con su nada y yo con mi casi todo.

He estacionado el Opel en el garaje guareciéndolo del sol. Al llegar a mi piso lo he ventilado abriendo puertas y ventanas, expulsando la fea soledad. He acariciado mi gato y me he dejado caer en el sofá.

Me he servido una copa de vino blanco semidulce que me regaló mi hermana ayer. Lo tenía guardado desde el día de mi cumpleaños pero no habíamos coincidido. Un día lo probé en su casa y le dije que estaba buenísimo. Y así tomó nota, y me agenció dos botellas. El blanco me ha acompañado durante mi viaje prosaico. He finiquitado la novela. Día hoy de lecturas, observaciones y cafés.

Mis relatos han quedado tumbados a la bartola en el sofá, esperando, quizás, otra oportunidad. Sentándome frente al ordenador he ejecutado un archivo Word para mancharlo con lo que ha dado de sí, y de no, este domingo.

Ahora, de fondo, Sabina me devuelve al número siete de la calle melancolía, donde un niño se divierte con su perro, donde una pareja juega a hacerse daño, y donde un viejo pide limosna por tangos y maldice cantando fandangos gangosos.


MARIO CASTILLO ROS

sábado, 10 de julio de 2010

LA T CON LA E



Hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia,
Hay mujeres que nunca reciben postales de amor,
Hay mujeres que sueñan con trenes llenos de soldados,
Hay mujeres que dicen que sí cuando dicen que no.
Hay mujeres que bailan desnudas en cárceles de oro,
Hay mujeres que buscan deseo y encuentran piedad,
Hay mujeres atadas de manos y pies al olvido,
Hay mujeres que huyen perseguidas por su soledad.
Hay mujeres veneno, mujeres imán,
Hay mujeres de fuego y helado metal,
Hay mujeres consuelo, hay mujeres consuelo,
Hay mujeres consuelo, mujeres fatal.
Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan,
Hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad,
Hay mujeres que exploran secretas estancias del alma,
Hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz.
Hay mujeres envueltas en pieles sin cuerpo debajo,
Hay mujeres en cuyas caderas no se pone el sol,
Hay mujeres que van al amor como van al trabajo,
Hay mujeres capaces de hacerme perder la razón.


Joaquín Sabina


Vivía en aquella calle de mala muerte, en un piso de mala vida.

Cuando llovía, gato y persona tomábamos posiciones. El felino se subía por las paredes hasta alcanzar el cielo de la salvación y un servidor se iba al bar más cercano. Si el cielo no se desplomaba sobre nuestras cabezas por las rendijas del techo, por el desvencijado tragaluz observaba las estrellas que poblaban la nocturnidad celeste. Me tendía en el suelo, y miraba hacia arriba. Contemplaba el cosmos y me dormía enseguida antes de haber liquidado un rebaño de ovejas estelares. Desde la habitación que hacía las veces de cocina y comedor observaba las protagonistas del barrio chino. Las putas formaban parte del universo callejero. Aún brillaban, gravitando en torno a clientes que requerían sus servicios. Eran, algunas, estrellas jóvenes de futuro incierto, abocadas a alguno de los agujeros negros en los que se veían obligadas a recluirse una vez empezaba su declinar. Aprendí que las putas jóvenes, en aquella época, paseaban su muestrario de placer por las aceras, mientras que las viejas se atrincheraban en garitos infectos, portales de belén donde iban a acabarse y a consumirse. Desde mi piso en bancarrota contemplaba todo tipo de astros. Los que brillaban por la noche y los que iluminaban la oscuridad de hombres demandantes de sexo de bajo precio.

Por aquel entonces tenía veintiún años. Acababa de finalizar el servicio militar y malvivía trabajando unas veces de camarero, otras de cartero, otras en una fábrica de caramelos. Fue esto último lo más dulce que me aconteció hasta que conocí a mi supernova.

Sucedió un viernes. Llovía a cántaros, a mares, a océanos. Mi gato trepó hasta el armario de la cocina y quedó esperando una tregua; una nube generosa, caprichosa o caudilla que arrastrase al resto hacia la costa. Desde su observatorio, vio cómo cerraba la puerta y peregrinaba al bar Girona. La cafetería estaba ubicada en la parte vieja, cerca de la Catedral, cuna de pecados y abusos desde el Medievo. Cerca de mi calle y sus mujeres.
En ese bar se congregaban los mismos parroquianos cada día: gente anónima, gente del barrio que jugaba a las cartas y apostaba sus consumiciones al doble o nada. Bohemios que querían ser escritores, y escritores bohemios que llenaban libretas con apuntes que después olvidaban cuando el alcohol corría por sus venas, como la pena. Políticos que entraban en la cafetería para ofrecer una charla a nadie y convencer a Jordi, el camarero, de que hiciera reformas antes de que el Ayuntamiento tomara cartas en el asunto. Y ahí se quedaban, observando, librando batallas dialécticas sobre las mejoras que requería la zona oscura de la capital siete veces inmortal. Entraban también actores que había visto en algún serial de la cadena autonómica. Actores venidos a menos que iban a escenificar su último acto al cementerio que congregaba el mayor número de letras, silencios y avistamientos. Y putas. Las putas del barrio se refugiaban ahí con el beneplácito del dueño del local. Ellas, abrazaban las tazas con ternura y se las llevaban a los labios soplando, como si se tratase de un sexo ígneo y antojado.

Cada vez que Jordi me veía entrar, sonreía mirando el cielo. A la tercera tormenta, ya supo lo que iba a tomar por los siglos de los siglos. Yo era sólo de cafés. Bromeaba diciendo que conmigo no levantaría cabeza su negocio. De vez en cuando, algún cortado. Por aquellos días, aún asesinaba el café ahogándolo en leche. Esa tarde en que la preñez del cielo descargaba toda su furia contra la ciudad, me senté en la mesa más cercana de la barra. Un observatorio perfecto. Veía arreciar el agua sobre el asfalto, veía arreciar las palabras de los parroquianos congregados en torno al santuario escanciador de cerveza.

A las cinco de esa tarde no me concentraba en la lectura del último libro que había adquirido en la biblioteca municipal. Mi mirada deambulaba por el local. Viajaba tras los cristales, contemplaba anegarse las aceras y volvía a los rostros. Cerré la novela y la dejé junto a la taza. Me llevé el último sorbo a los labios y vi que aquella mujer me miraba. La había visto algunas veces, como a todas las demás, como a todos los demás. Mi vista no pierde detalle, ni deja detalles para un después que quizá no llegue nunca. A ella la conocí ese día, porque fue el día en que nuestras miradas se cruzaron, se estudiaron, se hablaron. Desde entonces, su imagen endulza alguno de mis momentos cafeinados, acompaña a mis personajes en su quehacer literario, impide que mis noches den a luz sueños huérfanos y me indica el camino de regreso al pasado. Era una de las prostitutas que hacía la calle, me advirtió Jordi, ese camarero serio, enjuto, de calvicie plena, y ojos pequeños que todo lo veían y al que nadie se le iba sin pagar. Que tuviera cuidado. Que tomara precauciones. Que etcétera, etcétera, nada que no me dijera mi padre en su día, ni mi mejor amigo en las noches venideras.

Así que cada vez que llovía, allí estaba yo. Y hasta allí llegaba ella, desembocando como un afluente de agua y deseo. Siempre me hablaba primero con la sonrisa, después escogía algunas palabras, las moldeaba estudiándolas en silencio y, cuando las tenía preparadas, me las dedicaba. Cada día me pregunta si era interesante lo que leía. Cada día le decía que sí. Empecé a preferir los días grises por aquella época. Además era mi color. Ni los estudios iban viento en popa, ni el trabajo me convertía en un hombre libre por mucho que envolviese caramelos, repartiera cartas o fregara los cubiertos en bares de cuyo nombre no quiero acordarme. Además, con aquella edad, el horizonte no se definía, y “futuro” era una palabra que aún mantenía a raya. Porque los días de sol en los que tomaba café en el bar Girona, la echaba de menos. Extrañaba sus preguntas sobre mis lecturas y su voz dulce dándome las gracias por presentarle a mis compañeros de viaje prosaico. Echaba de menos su cuerpo acodado en la barra, esperando que escampara para recorrer de arriba a abajo la calle, esperando a sus clientes. Ella suplicaba que dejase de llover, y yo encendía cirios y recitaba oraciones en mi interior para enojar más a los dioses, para conseguir sus truenos, sus rayos y sus aguas mayores.

A los pocos días, uno de ésos sin lluvia, primaveral, jugaba con los cubitos que mi café no había diluido. Los mordía, los lamía, los mantenía en la boca hasta notar mi firmamento estriarse y mis labios quedar insensibles. Componiendo muecas para vencer la dureza del hielo, la vi entrar. Me miró y acto seguido se sentó en mi mesa. Ese día no trabajaba porque ese día necesitaba pedirme un favor. Quería aprender a leer y a escribir. Su compañero de mala vida estaba en la cárcel. Ella, hasta ahora, pedía a los clientes de confianza que la ayudaran en la lectura de las cartas arribadas desde la prisión provincial, y con la confección telegráfica de alguna respuesta. Ella recibía “te quieros” y respondía con los “te quieros” que otros ilustraban para ella. Su correspondencia nunca excedía de cosas triviales, de anécdotas. Nunca su él encarcelado le relataba penurias, y nunca ella le hablaba de los días de lluvia que jodían su jornada laboral. Todas las cartas eran un “por aquí todo bien” y un “cuídate mucho”

Pero ella quería leer como lo había visto hacer a un sobrino suyo, cuando estuvo de vacaciones en verano. Ella quería disfrutar como lo hacía yo, cada vez que mis dedos pasaban páginas. Ella necesitaba soledad a la hora de entregarse a las palabras. A la hora de escribirle a su príncipe preso lo mucho que necesitaba que el tiempo no se detuviera.

Una tarde decidimos ir a su casa. Había sido una jornada de duro trabajo. Tres clientes. Así que podía tomarse un respiro. Empezamos las clases. Acordamos que me pagaría cuando pudiera, lo que pudiera. Acabé cobrando en cenas las horas que invertíamos en enseñarle conceptos básicos de lectura y escritura. El primer día le pregunté si se llamaba como la llamaban sus clientes. Me dijo que no. Que su nombre no era ése. Que tenía un nombre para la familia, otro para el trabajo, y para mí, el que yo escogiera. No me atreví a ofrecerme como parte integrante de su núcleo familiar. No quise ese abuso de confianza para obtener su verdadera identidad.

- Te llamaré Clara. Perfecto nombre para la compañera de un aprendiz de náufrago varado en la isla de la vida.

Tuve que explicarle la historia de Robinson Crusoe. Que tras naufragar, encontró compañía en un indígena más solo que él y al que llamó Viernes.

- Seré Clara para ti. –Añadió con la voz más dulce que supo entonar.

No sé explicar por qué nunca nos encamamos. Aún hoy, cuando la luna y la nostalgia abusan de mí, no sé explicarme por qué no sucedió. Me daba pena, sí. Pero también la deseaba. Pena y deseo muchas veces se complementan. Que le pregunten a Sabina, por ejemplo. O a Miller, o a su amante infinita, Nin… cuyas novelas por aquellos días eran mi Catecismo.

En las primeras clases reíamos y aprendíamos casi por igual. Me decía que le dibujara letras. Que la enseñara a componer. Y yo, lo hacía lo mejor que podía, aunque perdía el hilo, muchas veces. Sometía mi vista a la privación de sus encantos. Miraba a sus ojos, cuando los míos querían perderse entre su lencería negra, entre su escote, entre los labios que fabricaban besos de pospago. Se enfadaba cada vez que le decía:

- Clara, Clara, es muy fácil… la t con la e se convierte en TE.
- No me trates como a una niña. –Musitaba- Aunque bien pensado, ahora que tengo la TE, puedo preguntarte si TE quedas a cenar. –Añadía componiendo una voz adulta.
- Claro, Clara –Contestaba sonriente.

Y se metía en la cocina, con su TE sibilante aflorando en los labios.

Yo me quedaba en el sofá. Aprovechaba para, parapetado tras una cortina de letras, espiarla. La veía cocinar, batir huevos, añadir champiñones. La lencería vestía su piel. Los altos tacones negros, sus pies. El olor a cena y camaradería ataviaba las estancias diminutas que conformaban su vivienda.

A veces le pedía permiso para ir al baño. Y a veces, en sus dominios, me masturbaba pensándola. Imaginándome perdido entre sus pechos, viajándolos. Recorriendo su cuerpo, colocando mis dedos ávidos entre sus braguitas de encaje negro y su sexo. A menudo, saciaba mi apetito con el recuerdo de su voz, con la imagen congelada en mis retinas de su pijama por el que mostraban su relieve esos pezones que coronaban sus pechos turgentes.
Después cenábamos sin silencios. Hablábamos, le poníamos la posdata a alguna misiva de última hora y la emplazaba, cuando la dejara sola, a practicar con los verbos. Le dejaba deberes por hacer. Le hacía copiar, le pedía que escribiera poco a poco… que se atreviera cual intrépida exploradora, a adentrarse en el vetusto diccionario que le había regalado una de las ocasiones en que me la encontré en el bar.

Cada vez era más frecuente llegar a mi herrumbrosa Arca de Noé, echándola de menos. Acariciaba a mi gato que maullaba hambriento y me sentaba en el sofá desde el que contemplaba las estrellas titilantes. Leía algún texto nerudiano, o me asomaba a la primavera de Fante y, vencido por el cansancio, me sumía en un sueño sin sueños.

Las clases continuaron durante el invierno y primavera siguientes. Llegado el verano, su compañero, prisionero de la sociedad, recuperó la libertad. Ella quería que siguiera con ellos. Que les ayudara no sé bien con qué trámites. Pero decliné ese ofrecimiento esgrimiendo la excusa de una oferta de trabajo con un buen contrato, en Correos. Creo que temía a la persona que estaba a punto de volver a habitarla. No quería malos rollos con su proxeneta, con su pareja, con su lo que fuera. Tenía algunos prejuicios y muchos miedos.

A menudo la veía en la cafetería. Cruzábamos miradas e intercambiábamos saludos. Me decía que echaba de menos cocinar esa tortilla de champiñones mientras me demoraba en el baño. Sonreía ella y me sonrojaba yo. A veces me tomaba varios cafés hasta que conseguía verla. Frecuentaba cada vez menos el bar de Jordi. Espaciaba mucho más sus visitas. Empezó a acontecer que no siempre, bajo los diluvios universales, se guarecía en el mismo lugar donde yo la esperaba.

Comencé a trabajar de noche en la jefatura de correos de Girona. Así que por las mañanas dormía, por la tarde cafeceaba y buscaba a Clara entre los parroquianos, y por la noche, de vuelta a la central, acariciaba las cartas que depositaba algún compañero en el apartado de la prisión. Recordaba sus trazos y me pasaba la noche sin mediar palabra, escuchando música, evocándola…

Al cabo de unas semanas Jordi me comentó que mi alumna se iba a vivir a Barcelona.

Localicé apostada en una esquina, cerca de la librería del barrio, a Clara. Como único saludo me preguntó si aceptaría quedarme con algo suyo, a modo de recuerdo. No tenía palabras, no podía asimilar esa noticia. La despedida, como el enemigo, estaba a las puertas. Le dije que claro, que cualquier detalle. Ya me veía con las braguitas de encaje negro que acompañaron mis cenas, sin carne, en su hogar.

Me invitó a un café al día siguiente. Era la primera vez que se permitía algo así, en su horario laboral, y fuera de casa. Me dijo que con “él” se mudaba a un pueblo barcelonés, que le ofrecían trabajo. Y que con un poco de suerte, abandonaría la prostitución.

El silencio se instaló entre nosotros. Yo quería llorar y ella se esforzaba en sonreír. Me cogió la mano y me dijo que tenía mi regalo. Tras los “no hacía falta” “no tenías que haberte molestado”, me entregó un paquete. Rasgué impaciente el papel de regalo. Y en la portada: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.
Me emocioné, se emocionó. Y Jordi, desde su trinchera, me sonrió con tristeza. Me fui del bar y tardé varios días en volver.

Han pasado dieciocho años.

Esta mañana al salir de una reunión me he dedicado a disfrutar de los últimos coletazos del invierno paseando por el barrio judío. He pasado por el extinto bar Girona, convertido en un bloque de pisos. En su día, hace ya… fue pasto de la especulación inmobiliaria tantas veces denunciada en estos tiempos que corren veloces y matan despacio. Siempre me acuerdo de lo que encontré entre sus paredes. De sus gentes. De su olor. De las donantes de sexo. De los cuarentones buscando la doble pareja para arrancar la apuesta. De los viejos que jugaban al dominó haciendo tronar mi vida cada vez que golpeaban la mesa con el seis doble.

Tras comprar el periódico en el último vestigio del barrio chino que aún sigue en pie, al levantar la mirada, he visto apoyada en un banco, a una mujer vieja, consumida, despreciada por la vida. En seguida la he reconocido. Clara. Clara escudriñando el cielo persiguiendo, quizás, alguna estrella diurna.

Me he acercado, aturdido, a ella.

Y componiendo el gesto, vistiendo mi voz con nuestro nombre, he exclamado:

- ¡Clara, cuánto tiempo!

Me ha mirado hondamente. Me ha estudiado. Me ha escrutado con sus ojos muertos de vida.

- No me llamo Clara. –Ha protestado con voz atiplada.

Me ha revelado, entonces, su verdadera identidad:

- Me llamo Ángeles. ¿Quién eres tú?
- ¿No me recuerdas? Soy Mario. Nos conocimos en el bar Girona, hace muchísimos años.

Me ha recorrido con los ojos grávidos de melancolía. Y por primera vez, sus manos me han acariciado posándose en mi mejilla mientras pronunciaba quedamente:

- Mario, Mario… ¿la T con la E?


MARIO CASTILLO ROS