Cada vez que acudía a un sepelio, cada vez
con más frecuencia, se decía que él querría ser enterrado en un día gris,
ventoso y lleno de agua.
Acababa de enterrar a su amigo.
A las cuatro de la tarde, un sol de
principios de abril preñaba de sombras las lápidas entre espacios muertos. Repasó,
uno a uno, esos rostros dolientes que se protegían del sol ocultando la pena
tras unas exageradas gafas oscuras. Era una de las razones por las que deseaba
un día oscuro y húmedo, uno de esos días en los que el sol no pudiera ser una
excusa ni la tristeza una belleza comprometida.
Ahora que sabía que él descansaba en paz, abandonó
el cementerio con paso quedo. No recordaba si eran amigos desde que, tres años
antes de fallecer, entró en su vieja librería, con una nota y decenas de
títulos que necesitaba encontrar primero, leer después y estudiar más tarde, o
desde que, a los pocos días, coincidieron en el bar Gran Vía tomando café. Se
reconocieron de inmediato y acabaron conversando sobre novelas, autores y la
universalidad de las letras. Su único cliente convergió en su único amigo. Ya
casi nadie hacía sonar el timbre de la tienda; algún turista despistado, quizá,
necesitado de una guía de la ciudad de Granada, o algún japonés solícito que inmortalizaba con una cámara de fotos, más
grande que él, la placa de comercio centenario que decoraba la fachada, o
aquellos amantes que se guarecían de la lluvia llenando de besos y envidia
aquel almacén de historias.
Había recorrido pocos metros cuando alguien
se ofreció a llevarle en coche hasta su casa. Declinó la oferta porque no le
gustaba andarse con desconocidos, por mucho que estos fueran familiares del
difunto y conocieran su relación y sus reciprocidades literarias. Necesitaba
andar. Quizá quería echarlo de menos en soledad; entrar en alguna cafetería
camino de su hogar y el de sus libros para meditar sobre lo que le estaba
sucediendo. Quería imaginar cómo hubiera sido la última conversación entre los
dos de saber que, en pocas horas, uno sucumbiría a la vida.
Maldecía su suerte mientras cuestionaba por
qué no tenía clientes, por qué los volúmenes viejos habían dejado de interesar,
por qué le hizo caso al director de su banco cuando le sugirió que pidiera un
crédito y ampliase la librería. El crédito llegó, el espacio aumentó, pero las
ventas se contagiaron de la situación que vivía el país y menguaron. La literatura
pasó a engrosar la lista de cosas prescindibles de las familias y acabó
devorada por el olvido de la necesidad.
Acodado en la barra del bar, pidió una copa
de anís dulce. Se acordó de su abuelo el día que le cedió el negocio. Le había
escogido entre sus nietos porque amaba las letras como nadie, disfrutaba con la
lectura y, además, le prometió que algún día su nombre estaría en alguna de
esas estanterías. Aseguraba que sería el autor de la novela definitiva, como la
canción que lo es, como la película que se enquista en nuestra memoria y se
niega a abandonarla. Pero su pasión por la lectura y la dedicación a la
librería se conjuraron para evitar que tomara las riendas de la escritura.
A veces intentaba convencer a su amigo
afirmando que culpa la tenían las musas, que eran tan caprichosas como putas. Y
su amigo le contradecía indicándole que nunca le había visto acariciar una
máquina de escribir, ni siquiera tomar notas con las que ilustrar un cuento. El
escritor se forja trabajando la literatura, bramaba cada vez que escuchaba la
misma perorata.
A las siete de la tarde la librería estaba a
oscuras. Se despojó del abrigo mientras daba las luces del fondo. Bandini, su
gato, abandonó su descanso para recibirlo. El persa, como le gustaba llamarle,
golpeó con su hocico la barbilla y llenó la estancia de ronroneos y ecos. Acarició
su lomo y comprobó la holgura del collar anti parásitos al que tanto le había
costado acostumbrarlo antes de posar sus labios en el pelaje felino. El gato
saltó a sus pies y lo vio desaparecer entre los volúmenes pendientes de
clasificar.
Se sentó en la vieja mecedora que aún guardaba
la esencia de la postrera visita de su amigo, pocas horas antes de que su
corazón infartado dijera hasta aquí hemos llegado.
Y con ese adiós partió también la esperanza
de luchar juntos, de esperar a los agentes del juzgado ataviados con verbos
arrojadizos, con el sagrado arte de la palabra como única herramienta para
lograr un aplazamiento. Los dos pensaban que un negocio histórico, premiado por
el ayuntamiento cuando las instituciones premiaban a los emprendedores,
distinguían al comercio decano y no apremiaban a nuevos y viejos comerciantes a
cubrir unas tasas, pagar impuestos y cumplir con unos deberes cada vez más
desorbitados, no podía desaparecer así, de la noche a la mañana.
A su amigo fue al único que mostró las cartas
enviadas por la entidad bancaria y los requerimientos del juzgado. Cuando se
las enseñó ya hacía mucho tiempo que había dejado de pagar el préstamo con el que
modernizó el negocio de la compra y venta de libros. Solía acabar sentado en la
mesa de su despacho, tomando café y escuchando la radio mientras contemplaba
ese ingente montón de dardos escritos que asediaban su existencia. Acababa
apilándolas, sujetas con una goma y devolviéndolas a su escondite a la espera
de un milagro.
Empezaron a urdir algunas tramas. Pensaron
solicitar una licencia de venta en los puestos callejeros, junto a la catedral.
Estudiaron pedir consejo al nieto de su compañero de aventuras literarias para
anunciarse en una página de internet, algo tan de moda. Vislumbraron la
posibilidad, incluso, de acudir al ayuntamiento y donar un fondo de libros si,
a cambio, le tramitaba una moratoria con la entidad financiera.
No habían pasado muchas horas cuando
acordaron perseverar unidos. El primer paso sería personarse en las
dependencias municipales para acometer una nueva embestida. Acabaron brindando
por esa estrenada vía. Y ese brindis fue el último. Y esa conversación, la
última.
A partir de ese instante tendría que
sobrevivir solo. Enfrentarse a la justicia y sus injustos desequilibrios sin
más ayuda que su instinto de supervivencia. Se dispuso a cenar algo ligero
antes de sentarse a escuchar a esa locutora que atendía los problemas ajenos
sin poder remediarlo, porque era su trabajo, y sin poner remedio porque, en
definitiva, no era su causa. Muchas noches, desde que inició la travesía por
esa pasarela que conectaba con el infierno, se acurrucaba en la cama y cerraba
los ojos. Entonces el alivio llegaba con los desahuciados, con los que buceaban
cada noche en contenedores buscando desesperadamente algo que llevarse a la
boca, con las parejas que rompían y se mudaban a planetas diferentes. Llegaba
un momento en el que escuchar a tantos desgraciados abonados al infortunio, le
tranquilizaba porque pensaba que no era el único, que no estaba solo. Las voces
iban apagándose y alcanzaba el sueño fantaseando con la idea de que, quizá, el
mundo siempre nos reserva alguna salida de emergencia.
Una tarde, entre anises y cafés, le confesó a
su amigo que en una ocasión llamó al programa de radio. En cuanto distinguió el
tono suave y generoso de la presentadora, el miedo y la vergüenza le
secuestraron la voz. Colgó. Se quedó con el teléfono apoyado contra su regazo y
se durmió, esperando una llamada de sus sueños a cobro revertido.
Escuchó maullar a Bandini en algún rincón,
cerca de la puerta que conectaba la librería con su hogar. Fue hasta él y le
sirvió una lata de atún en una bandeja de plata que rezaba “carpe diem”. Pensó
que, al menos para él, tenía comida ahora y que, de no tenerla, seguro que se
buscaría la vida dando caza a algún ratón. Roedores que moraban entre los
libros y que, algunas noches, cuando cesaba la radio, escuchaba cómo roían los
volúmenes más inalcanzables.
Antes de volver a su mecedora fue a cerrar el
negocio. Se le había pasado por completo la hora. Aunque en esos momentos, si
se encontrase a alguien merodeando entre las filas de obras, sería un milagro. Mientras
daba la vuelta a la placa que indicaba que el establecimiento permanecía cerrado,
sintió un golpe en el corazón. Debajo de la puerta, asomaba medio sobre. Lo
cogió con manos temblorosas, asustado recorrió los bordes y comprobó que no se
habían molestado en sellar el cierre. Era el último aviso del juzgado. En menos
de quince horas se procedería al desahucio.
Nervioso, regresó a la cocina. Preparó café.
Con los codos hincados en el poyo, esperaba que la cafetera escupiera el vapor
blanco entre chirridos de “habemus café”. Siempre le hacía gracia esa
apreciación. No modernizó su máquina de café para no perder ese encanto que
provocaba su sonrisa primero y su placer acto seguido. Bandini dibujaba
círculos bajo sus piernas. Mientras se llevaba la taza a los labios comenzó a
pensar qué hacer al día siguiente. Abandonó la taza en el fregadero, no
conseguía tragar más. La angustia le oprimía la garganta. Volvió a la librería,
a buscar consuelo entre los volúmenes escogidos de novela histórica. No se
percató de que lloraba hasta que las lágrimas empañaron las hazañas de César en
las Galias. Llanto y silencio en su lugar de trabajo, en su lugar, en su único
lugar en el mundo.
Hubiera vendido su alma al mismísimo diablo
por tener junto a él a su compañero de tertulias literarias. Lo extrañaba hasta
el dolor. Un dolor que se mezclaba con la sensación de aislamiento. Un abandono
que lo desterraba poco a poco de las emociones, del placer de tener un libro
entre las manos. No podía sostener abierto un ejemplar sin sentirse un traidor.
Había sido incapaz de construir un arca en el que salvar un ejemplar de cada
autor, un arca que le ayudara a sortear ese calvario. Y ahí empezó todo, para
acabarse. Le era imposible detener el reguero de lágrimas.
Fue hasta la estantería que acogía sus
novelas más preciadas, aquéllas que no estaban a la venta. Retiró, las que
escondían las cartas que llegaron del banco una vez, del juzgado el resto de
las veces. Sintonizó el programa de la mujer que escuchaba a la gente hablar
por hablar.
Depositó las misivas encima del escritorio de
su despacho. Estudió, una a una, todas las que desde hacía meses le exigían que
se pusiera al día con los pagos. Las leía como si se tratara de la obra póstuma
de un escritor de novela negra.
Buscó a su gato. Lo sentó en sus piernas y
cerró los ojos. El ronroneo del felino y el cansancio acumulado le permitieron
echar una cabezada.
Lo despertó su corazón desbocado. Intentaba
recordar la pesadilla que había sufrido. Últimamente los sueños funestos eran
sus compañeros de correrías nocturnas. Procuró acompasar su respiración. El
sudor empapaba su frente cuando se incorporó sujetándose la cara con las manos.
En la derecha sostenía el aviso de desahucio. Comprobó la hora en el reloj de
pared. Faltaba poco para llegar el desenlace final. Se preguntó por qué no
había gastado más cartuchos, o por qué
no pidió munición a sus vecinos, como había visto hacer en la tele, o había
escuchado en aquel programa. Desconocía cómo había llegado a esa situación,
cómo había podido la vida tenderle semejante trampa, cómo saldría adelante.
Adelante.
El futuro es de los vivos, se dijo mientras
ordenaba por colores los lápices de su lapicero. El porvenir es para los que
tienen una oportunidad o creen en él, le escuchó decir a aquel escritor
valenciano durante una conferencia en la universidad de Granada. Pero esos
tiempos eran el pasado, su presente olía a silencio y el futuro le había dado
la espalda.
A las ocho de la mañana sintonizó una emisora
de noticias. Así desayunaba; poniéndose al día de lo que pasaba en el mundo.
Preparó una taza de café. Lo tomó lento.
Disfrutó cada sorbo como si fuera la primera cena del condenado a vivir de
prestado.
El locutor anunció que una familia en Córdoba
había sido arrancada de su casa. Que ni la situación de la misma, con un hijo
enfermo, había conseguido detener la condena.
Adelante, se dijo…
Levantó la cabeza y detuvo su mirada en la
lámpara. Fue un flechazo a primera vista. Permaneció un mundo mirando hacia
arriba, ensimismado. Se preguntó si la lámpara aguantaría el peso. Pero ya no
era él, ya no era su casa, ya no eran sus libros, ya no su vida. Dejó a Bandini
en el suelo con suavidad y alcanzó el cable que sujetaba la lámpara. Era una
instalación vieja, pero robusta; resistiría. Notó cómo se sonrojaba, cómo se le
erizaba el vello, cómo temblaba su pierna derecha, cómo la saliva abandonaba su
boca, cómo le dolía el corazón en la sien.
Se quitó el cinturón. Pasó los dedos por los
agujeros como si recitara un rosario pagano. Colocó la mecedora justo debajo de
la lámpara para poder estudiarla mejor. Bandini se instaló en sus rodillas.
Dejó caer la carta de su mano derecha. Qué curioso, pensó, no la he soltado en
toda la noche. Besó a su gato mientras lo apretaba contra su pecho.
El cinturón junto a su cuello le daba una
apariencia sadomasoquista. Metía los dedos entre su piel y el cuero, y tiraba,
tensaba provocando la falta de aire. Se preguntaba si sería capaz de salir
airoso de aquella situación, si contaría con los arrestos suficientes para
hacer algo único con su vida.
A las diez, la comitiva judicial llamaba
insistentemente a la puerta. Tocaban con los nudillos y fundían el timbre.
Afuera, las voces le invitaban a abrir o se
verían obligados a usar la fuerza.
Como siempre el Maestro ha regresado con todas las herramientas que el oficio le ha dado. Cruento y actual relato que nos lleva de la mano hacia situaciones y sentires que alguna vez han cruzado nuestras mentes, aunque sea como fantasías. Desesperación que casi siempre superamos con la esperanza que por suerte alcanza a llegarnos antes de que sea tarde.
ResponderEliminarAmigo, usted ha equivocado la profesión. Las letras son lo suyo.
Un abrazo.
Es difícil no leerlo sin sentirlo como propio. Es que una cosa es resultar verosímil y otro es escribir algo como si fuera realidad virtual. Porque la angustia de ese final y esa trampa de la vida a un desahuciado la he sentido en carne viva mientras la leía. Alguien que gusta de los libros está todavía más aferrado a su espacio. Aterroriza todavía más perder el techo porque es bajo techo dónde se viven los mejores momentos a diferencia de quién vive para fuera. El desahucio siempre es una atrocidad pero en este caso el horror incluso se multiplica. El íntimo placer de tener un libro en las manos es la razón de los que tenemos esta pasión. Perderlo es quitarnos el por qué de estar en un mundo habitualmente ingrato.
ResponderEliminarDifícilmente la crónica periodística puede explicar lo que es esto. El desahucio sólo lo puedes explicar tú como lo has hecho. La espantosa mezcla de vergüenza, miedo, tristeza, desesperación... La mutilación del futuro por reveses sobre los que poco podemos hacer...
Afortunadamente no has perdido la garra poética. Esto narrado en plano sería insoportable. Un abrazo.
Sergio
Escribir, lo puede hacer mucha gente. Comunicar, ser capaz de hacer sentir, no tantos. Manejas la pluma como pocos, y en el envés del desgraciadamente actual fondo me siento a disfrutar sorbo a sorbo con la soberbia forma.
ResponderEliminarUn abrazo.
Tengo el corazón en un puño casi desde el principio de la historia.
ResponderEliminar¿Cómo lo haces?
Besos, muchos.
¡Dios mio!
ResponderEliminar¡Que maravilla de relato!
Se lee con el corazón en un puño...impresiona tanto que puede pasar a la posteridad como una pequeña (o grande) obra literaria. Esto es una crónica de lo que pasa hoy... de lo que puede estar pasando en éste mismo momento. Yo creo que mejor escrito ya no se puede hacer.
Y en cuanto a ti, el único, o más grande pecado que yo te veo es que no nos regales más a menudo relatos así, a tu estilo, de escritor como la copa de un pino. Aunque también pienso que, intuyo, que siempre estás escribiendo...si no en algún formato como papel...o esas pantallas...jajaja, dilo tú, que sabes decirlo muy bien. o en la mente... seguro que cuando viajas escribes sin pluma ni papel...
Otros detalles del relato; me ha encantado la frase de las musas..."tan caprichosas como putas" jajaja...Y lo del gato, ahora Bandini. No podía ser de otra manera.
Tu admiradora número uno, amiga agradecida por todo lo que escribes.
Besos.
p.d. ah! la imagen es una preciosidad...el gato protagonista enfocado por ese cañón de luz.
Encoge el corazón porque es la vida, es la vida que nos ha tocado vivir, la cruel vida que no somos capaces de enmendar.
ResponderEliminarDuramente hermoso.
Anabel
Brillante tu relato, tanto que ciega esa hebilla del cinturón que parece deshauciarnos y suicidarnos a la vez. Sobrecoge su pulso, su fuerza, su realismo, su desesperanza...
ResponderEliminarProdígate más, por favor.
Abrazo.
¡Qué maravilla de relato!
ResponderEliminarBueno, y todo lo que he leído de momento. Estoy impresionada. Creo que escribir así tiene que ser un don; eso no se aprende.
Pero voy a seguir leyéndote por si algo se me pega...
Saludos.
Siempre vale la pena esperarte :)
ResponderEliminarAmor de hombre que eres.
ResponderEliminarAmor de escritor que estás hecho.
He abierto el Flipboard y pulsado sobre un Google Reader casi extinto por el que he buceado en busca de tu último relato, finalmente lo he encontrado después de revisar múltiples páginas repletas de reseñas a otros blogs... La tecnología tiene estas cosas que no, por ser rutinarias, dejan de sorprenderme.
ResponderEliminarQue conste que no me dejo caer por aquí por que me lo recordaste, sino por que me gustan tus relatos, y este en concreto no tiene desperdicio.
Me ha gustado mucho como has pintado la vida y lo efímero de ésta, los sentimientos encontrados que se tienen cuando uno vive intensamente desde el mundo de las emociones.
ResponderEliminarEs realmente bella la reflexión y las letras que dan cuerpo a ésta.
Mi más sincera enhorabuena.
Besos
A este relato le falta la esperanza, le falta el final, no te pongas triste mi librero. Me quedo muda y con dedos que no saben escribir cuando te leo.
ResponderEliminarEn mi final el cinturón vuelve a su sitio, a la cadera de los hombres, aquella que sujeta sus piernas para que siga andando....un abraçet.
Fuera el timbre sonaba insistente, y los nudillos de la comitiva judicial no cejaban en su empeño, pero dentro, tal vez, nadie quedaba ya para abrir esa puerta. La puerta de un lugar lleno de calor, de tertulias, de libros de largas tardes de invierno...
ResponderEliminarY a la madrugada, en la radio, una mujer hablaría por hablar.
Me ha encantado Mario. Te llevo a mi blog, conmigo.
Sigue siendo un placer leerte. Sigue la magia alineada en tus dedos. Sigues siendo interesante para mi...
ResponderEliminarUn beso
bueno.....que pasaria al final...?
ResponderEliminarcomo una de esas peliculas modernas con final incierto...
asi nos has dejado....
Tienes arte para mantenernos en vilo hasta la ultima palabra...
un abrazo mario
Mario que ya toca ¿no?
ResponderEliminarVuelvo a leer este impactante relato y todos los elogiosos comentarios y quisiera encontrar la forma de convencerte de que no puedes dejar de escribir; es como si la primavera se negara a brotar flores, algo contra la naturaleza de las cosas.Tienes alma de poeta y la hermosa herramienta de la palabra. ¿A qué esperas?
ResponderEliminar¿Qué necesitas de nosotros para regresarte?
Un abrazo con la esperanza de encontrarte.