domingo, 17 de diciembre de 2017

A FALTA DE TÍTULO; 10 KILÓMETROS





Hoy llego tarde a la escritura. Tengo poco rato para cumplir con mi rutina retórica y dominical. En tan escaso tiempo es difícil inventar. En mi caso, lo de crear de la nada siempre es complicado. Así que, si me pongo a escribir desde el vacío creativo, y con el presente empujando, y con gente esperando al otro lado de la pantalla, el asunto me compromete, se complica la cosa, y la empresa hace aguas.

Acudo tarde porque me he levantado pronto. He saltado de la cama para salir a correr por esos campos de Dios. He recorrido diez kilómetros en una hora y pico. El pico es mediano, pero un pico, al fin y al cabo. Después he regresado al agua de la ducha, al café de la cafetera mía, a recoger los bártulos para la cosa de la redacción y llegar hasta este bar. El de siempre. O casi siempre. Al entrar he dejado las cosas en su sitio, que es mi sitio cuando nadie lo ocupa, junto a la ventana desde la que se contempla la vida ataviada de domingo. Me he acercado a la barra, más por saludar al personal que por dictar mi demanda. Mónica sabe lo que tomo, faltaría más. Mi líquido elemento siempre ocupa la mitad de una taza, inyecta cafeína en mis intenciones y despierta el alfabeto loco, vivido, excitado, triste, musical y literato que llevo dentro.

Mientras daba zancadas hace unas horas pensaba sobre lo que podría escribir llegado este ahora. Como tengo la foto de una niña echando una carta por la ranura de un buzón de Correos, he dicho que podría inventarle un texto, así, al más puro estilo epistolar, un cuento, una petición al futuro, una arenga optimista para su hermana que prepara el asalto a la vida desde el vientre de su madre. Se llama Iria la niña que deposita la carta en el buzón. Se llamará Rita, la que espera, cómoda y sin prisas, en el interior de una barriga prominente.

Después de entrar en Can Tornés y saludar a las baristas profesionales, he hecho lo propio con una pareja con la que siempre coincido. Ellos, percatados, me han anotado que arribo más tarde de lo habitual. Les he contado lo que os he contado al principio de este alegato. Justo cuando regresaba a mi mesa, una voz desde otra mesa me ha interpelado por mi nombre. Que me ve igual, ha observado. Y yo he contestado con un “te veo idéntica, también”. Después de ponernos al día sobre nuestra vida y situaciones varias y actuales me ha preguntado por mi amigo Fonso. Le he dicho que está bien. Que anda por Luxemburgo, de vacaciones. Como cada vez que nos hemos encontrado, hemos quedado en volver a vernos. A ser posible, los tres. Para retomar las risas y las charlas que mantuvimos durante ese COU nada académico y del todo hostelero. Porque nunca nos acostumbramos a estudiar de noche. Preparar el asalto a la universidad con nocturnidad y alevosía no podía dar ningún buen fruto. Así que nos pasamos el curso yendo, entrando y saliendo del bar que había debajo del instituto Jaume Vicens Vives. Los tres fuimos inseparables durante ese año y fieles a la barra del bar regentado por un hombre mayor, de los de pajarita en cuello, que había servido a un rey veraniego de la Costa Brava, que le gustaba el televisivo y emergente Pedro Reyes, que se dirigía a Alfonso y a mí por nuestros nombres y a Pilar como “la rubia”. En esa cafetería invertimos tiempo y esfuerzo en resucitar horas muertas hasta hacernos íntimos. De esos amigos que después nunca vuelven a coincidir pero que un encuentro propiciado por el azar o la casualidad, un saber algo el uno de los otros, y viceversa, hace que reculemos a ese COU, a la cantina del profesional de la hostelería con pajarita negra, y retomemos la infinitud abrasiva de la camaradería para darle la razón a ese músico que rezó aquello de que la amistad, mientras dura, es eterna.

Pero la foto de la hija de Andrés depositando una carta en un buzón merece un relato auténtico y exclusivo. No la usaré en este texto de guardia. Recurriré a ella un domingo cercano, y usaré todas mis fuerzas y toda mi palabrería para tejerle un cuento que permita a Iria alcanzar la gloria de la comunión entre destino y remite. Sí.

Y Pili y Alfonso y Mario aunarán esfuerzos para volver a encontrarse, para repasar presentes y revivir pretéritos anclados en la memoria. Así que minutos antes de sentarme a escribir hemos quedado en que hablaré con Alfonso cuando regrese de los Bajos Países. Que cuadraremos agendas y que formalizaremos una cita de las de verdad, como antaño, ese antaño con sabor a barra de bar doctrinal y académico de la vida misma.


Iria, la niña del buzón de Correos se eleva de puntillas, con una mano levanta la rendija y con la otra introduce una carta manuscrita. Va vestida con una camisa amarilla, a conjunto con el artilugio postal. Y sonríe, a juego con su vida inocente y con la oportunidad ganada a golpe de letras.


jueves, 1 de junio de 2017

RETIRO



Desde que tengo uso de razón, y desde que invierto parte de ese uso en escribir un día a la semana, he pensado que alguna vez lo haré en algún sitio alejado, desierto, rodeado de nieve, frente a una chimenea, habiendo hecho acopio de café para mil prólogos, de comida para mil capítulos, de música para mil epílogos, y de leña para mil lumbres. Conociéndome como me desconozco, reconozco que también me llevaría a ese retiro níveo y helado algunas lecturas y un lápiz de memoria con algún que otro vídeo guarro por si me entrara la morriña, para sacudirme la saudade cuando no reciba en jornadas varias los vídeos con el que mi elenco de amigos resucita las horas muertas de mi móvil de postrera generación.
Pero nunca me he decidido del todo. Y es que nunca del todo me decido a algo. En cuanto a la escritura, soy un inconstante. Y en cuanto a excusarme en la retórica para exiliarme a la naturaleza y disfrutar del cadencioso y suave caer de los copos, soy un inconsciente y un inconstante. Yo no soy Jack Nickolson en El Resplandor, ese escritor famoso que se refugia en un hotel invernal. Una instalación que debe cuidar con su familia hasta la llegada de los turistas empujados por el buen tiempo a esos inhóspitos parajes. Una residencia desierta y fantasmal. Más fantasmal y menos desierta cuando van sucediéndose los minutos de metraje. Vamos, que el hombre en vez de escribir, enloquece. Y en vez de arrimar el hombro, ayudar a su mujer y atender los divertimentos de su hijo, se dedica a aterrorizarlos persiguiéndolos hacha en mano, loco perdido.
Así que heme aquí, en la sección de viajes y ciencias de la naturaleza y diccionarios meteorológicos buscando un índice que sacie la voracidad de esta vanidad viajera y sobrevenida. Hoy es uno de esos días en los que he renovado los votos. Que necesito decir lo de la nieve una vez más, como si el sacro convencimiento me permitiera acometer con garantías mi decisión de acabar entre cumbres borrascosas emborronando folios apantallados y cuadriformes, escribiendo una y mil veces que no por mucho madrugar amanece más temprano...
En la Casa del Llibre, en el Paseo de Gracia Barcelonés, hago tiempo cuando tengo que coger un tren que me devuelva a mi ciudad. Entro por una entrada y salgo por la otra tras haber repasado los últimos éxitos editoriales y tras anotar qué ejemplares me compraré en un futuro próximo, o para hacerme con un ejemplar que colme mi presente. Es una de las librerías con más catálogo y mejor distribuido. Aquí también he tomado café alguna vez mientras asistía a la presentación de las historias de algún escritor que tiene lo que hay que tener, que hace lo que tiene que hacer y que escribe lo que sus lectores necesitan que escriba. Hoy no encuentro un manual sobre escapadas con encanto para escritores desencantados que dan el canto diciendo que quiere irse al quinto pino nevado, ascender unos riscos y ponerse verbos a la obra bajo una ventisca de soledad y silencio. Hay guías de viajes a rincones embrujados, a pueblos alejados que invitan al retiro y a la meditación, también muestrarios de circuitos a pie, en bicicleta, y cientos de encuadernaciones sobre los diversificados tramos del Camino de Santiago que algún día recorreré (y una eme)
Esta librería está llena de pasillos, de intersecciones, de cruces de caminos que conducen a la definitiva literatura en cualquiera de sus manifestaciones. Uno de estos atajos lleva directamente a una sección donde hay libros sumergidos en estanterías sobre geografía, demografía y estadística, sobre economía renacida, sobre técnicas de ventas para acometer los éxitos sin perder la cabeza. Próximos a estos últimos, bien alineados, tranquilos, felices, calmos y expectantes están los de autoayuda. Son sus lomos menos consultados y sobados. Supongo que las personas recurrirán a ellos cuando se vean abocados al desconsuelo, la desazón y la intranquilidad en sus días de claroscuros. Pues yo que soy una excepción en toda regla, siempre recorro cada rincón de esta casa novelada ojeando un volumen, acariciando otros, rebuscando y no encontrando entre los estantes, buscando y reencontrándome con viejos conocidos ya adquiridos y gozados que vuelvo a rozar como aquellas pieles proyectadas entre las paredes de un cine de verano.
Hoy he llegado a unos de los rincones menos transitados de la tienda, al final de un corredor desde el que se divisa la Calle Valencia. Y ahí, entre volúmenes de economía, ciencias desconocidas para mí, ciencias ocultas y otras materias menos demandadas, una pareja se besaba sin prisa, se tocaba sin remisión y se abrazaba hasta encajar como dos piezas de un Tetris literario. Él asomaba la cabeza a través del hombro de ella. Emergía su periscopio, miraba en derredor, aseguraba el perímetro y volvía a sumergirse en los besos que ella le profesaba de buena fe. Yo, parapetado tras un atlas de geografía humana he observado los escarceos de la pareja anónima. Con celo y envidia. Más con lo segundo. Ella tenía apoyada una mano en una pared para que no se le viniese encima la estantería, y la otra sujetaba la cabeza de su él, para que no se le dislocara en la loca búsqueda del placer. El señor X tenía las suyas ocultas bajo la falda de la señora Y. A falta de pudor, buenas son las consecuencias. Sus bocas chocaban como constelaciones guarras y la fricción de los cuerpos expelía jadeos y susurros y palabras derretidoras. Él comenzó a masajear su culo con una mano y ocupó la otra en apresar una teta y sopesarla inquietamente. Abrumado he optado por abandonar mi incursión ocular.
Les he dejado entregados, convencido de que no buscan un libro que resarza su frágil situación de pareja, de enfrentado dúo marital, o par de amantes en bancarrota. Seguro que se aman y que descubrieron ese destino persiguiendo alguna novela o tras la estela de algún autor. Y ese recoveco ha acabado convertido en un oasis tibio, en un punto seguido y de encuentro, en un lecho vertical, en expositor de amor incendiario y en un punto y seguido de encuentros furtivos...
Justo cuando me doy la vuelta, la portada de un folleto de excursiones me pregunta si ya tengo planes para esta primavera. Dentro, entre sus hojas, las abejas liban de flor en flor y la naturaleza fecunda ofrece sus mejores rutas para la estación floreciente.
A tomar por culo la nieve, otro año más.

domingo, 5 de marzo de 2017

CUENTO DE NAVIDAD



Manolita vive en una residencia. Antes de este punto y seguido he estado a punto de escribir que Manolita reside en una residencia. Pero residir en una residencia parece que sea un efecto óptico, letrado y emocional. Porque más bien parece que hable de una mujer de edad indeterminada que disfruta de sus vacaciones en algún lugar determinado. No es así. Manolita llegó a la residencia “Colonia Güell” para quedarse. Para convivir y para revivir, para suspirar, esperar, respirar libertad y conocer a gente que, como ella, arribó con la maleta cargada de tiempo y mudas para unas cuantas estaciones.

Yo sé que algún día dedicaré un excelso relato a ella, a su vida pasada en Asturias, a sus años mozos entre panes y penas, a sus alegrías pretéritas y a los motivos que la trajeron a esta tierra. Para lograrlo tendré que hablar con su hija Eva, hacerle mil preguntas y tomar mil notas. Pero como eso será después, un después sujeto a los caprichos del tiempo y de mi constante inconstancia. Ahora sintetizaré un cuento de Navidad.

Manolita es feliz. Sonríe como sonríen de verdad las personas que tienen un motivo para hacerlo. Está bien atendida y se siente querida. En ocasiones, se muestra alegre y rompe su hermetismo dejando aflorar sus sentimiento, unas veces, su gratitud, otras. Sé que es feliz porque me manda mensajes de voz con la ayuda de Eva, que le sujeta el teléfono frente a la boca y le pide que me diga algo. Y ese “hola Mario, cómo estás, yo estoy bien, aquí me cuidan y hago cosas. Y te deseo feliz Navidad. Y tengo ganas de verte” es la felicitación de que ansiaba. Manolita me emociona, me alegra y me motiva. También me entristece porque querría poder verla y tratarla más, y que fuera ella la que me contara cosas. Pero su pasado está sujeto a la edad y a los tentáculos cavernosos de la no vuelta atrás. Cuando estamos juntos, habla poco, escucha mucho, y escruta cada movimiento que mis labios ejercen para pronunciar motivos, anunciar hechos, exclamar quejas o tirar de anecdotario fecundo. 

Manolita es dichosa en la residencia. Tiene dos gatos.  Los abraza y acaricia. Cuando los sujeta en el regazo ellos están en paz y ella exhala sosiego mientras mira a la cámara y, con toda seguridad, piensa que a Mario le gustará la foto gatuna.

Días antes de Navidad, el personal que trabaja en la residencia celebra, como cada año, su fiesta. Trabajadores y trabajadoras que cenan en algún restaurante de Sant Boi o de Barcelona o, incluso, en la modernista Colonia Güell. Pero este año ha sido diferente. Los que atienden durante su jornada laboral a los ancianos, decidieron quedarse allí y cenar con ellos. Guardaron sus uniformes en algún armario, se pusieron guapos, montaron mesas de fiesta, y se sentaron dispersos entre los residentes que también vestían galas, sonrisas, lágrimas venturosas y gratitud apaciguada. Todo esto lo sé porque me lo ha radiado Eva. Y también lo he visto en
alguna foto. Y Eva me cuenta lo que me cuenta, me escribe lo que me escribe, me envía las fotos que veo y me regala la voz de Manolita que me dice que está bien, que la cuidan, que le gustan los “gatinos” y que también es Navidad allí, con su gente compañera, con su compañera familia.

El cuento de Navidad se vive en la residencia. Y lo protagonizan los trabajadores que se han quedado allí, con sus mayores y con Manolita, cenando en buena compañía, llenando de regalos sus horas, obsequiándoles atención y cariño, cantando villancicos, rememorando historias de afuera, del ayer que se fue, de este ahora dulce, entregado y recíproco que apuntala un presente recién nacido.




domingo, 19 de junio de 2016

PRIMAVERA

                                                                       

La primavera aterriza sin hacer ruido. Cada vez que lo hace y cada vez que lo hace sin hacer ruido, me da por pensar en todo lo que consigue alterar, alumbrar y tumbar con su arribada. Las novelas se llenan de amores entre páginas, de historias interminables y dulces, de litigios donde la razón y el corazón batallan en juicios acalorados. Sesiones en las que unos dedos entrelazados, unas mentes confusas y unos cuerpos perennes, comparten banquillo, causas, culpa y castigo, inocencia y libertad.

Cierto; las editoriales exprimen lo mejor de esta estación cálida y efervescente. Los libros queman entre las manos y las manos sudan entre episodios. La arrogancia del descuido permite excepciones confirmantes de no sé qué reglas estacionales consiguiendo que florezcan autores que nada tienen que ver con esta estación y que nada quieren saber de ella. Publican con afán intemporal. Un ardor intemporal, cuidadoso, riguroso, diferente y templado.

Cierto; también en primavera las canciones bullen de corazones recompuestos y recuperados. Corazones que, días atrás, restaban ateridos y en bancarrota, ahora laten acompasados, felices, encelados, avezados y acerados. Todo muy recargado y florido, rimbombante, multiplicado y milagroso como una primavera enferma de felicidad.

Cierto; los cielos se llenan de cupidos que van como locos afinando la puntería. De sus logros depende su continuidad en semejante empleo flechado y celestial. Los ángeles, labriegos de la pasión prójima, con sus dianas esquivarán ERES o ERTES que les ahoguen y desahucien del paraíso amatorio. Ellos vuelan que vuelan, apuntan que apuntan, baten que baten, atraviesan que atraviesan esos órganos que bombean baladas de amores correspondidos. Laboran a destajo para que amadores a destajo no pierdan la estela de su vía láctea particular, como el cuidadoso patio anegado con la lluvia de abril y con las aguas de mayo.

Cierto; los parques se colman de árboles que florecen. Naturaleza urbana que cobija bajo sus sombras a esa otra naturaleza humana que emana lujuria. Jóvenes cada vez más jóvenes y adultos cada vez menos adultos, rivalizan en el prólogo de las relaciones bulliciosas y carnales. Besos, besos y más besos a la par que toqueteos y escarceos, aunque la balanza se incline irrefrenablemente hacia lo segundo. Los besos trasvasan potencia a las manos que sostienen otras manos entre las suyas. Extremidades que recorren el atlas de geografía concupiscente que la primavera inocula entre pechos y espaldas. Más arriba, sobre ramas, los pájaros pían un amor libre. Copulan que da gusto y en un santiamén. El follaje cobijará su nido de amor, la trashumancia de un futuro alado que eclosionará en jornadas venideras.

Cierto; las terrazas de los cafés empiezan a llenarse de personas que huyen del interior de lumínico artificio para disfrutar bajo un celeste inmaculado. Desde aquí les veo disfrutar de su recién adquirida primavera. Devotos del calor, del cigarro y del café. Yo continúo aquí dentro. Solo y acompañado por mis camareras atentas y diestras Baristas que “procesionan” de la barra a ese exterior donde las parejas consumen dulces, beben y se fusionan en un abrazo en el que caben dos primaveras recién llegadas.

Recupero el libro de Bukowski. Un autor que no necesitaba el dogma primaveral para vomitar relatos incandescentes. Su celo atemporal no atendía ni a la constancia, ni a las constelaciones ni a las estaciones. Que nunca supo si empezó a beber en primavera, cuando su mujer le dejó, o si su mujer le dejó en primavera cuando empezó a beber. Después se pasó media vida bebiendo, escribiendo y acariciando gatos. El resto del tiempo lo gastó peleando, apostando, leyendo y amando (Amar: en primavera dícese de la condición folladora del humano sobre la tierra) habitando subterfugios, acodado en barras, con los ojos entornados y la conciencia mediada dictándole etílicas primaveras a mi literatura.



viernes, 1 de enero de 2016

CUENTO DE NAVIDAD




Son las doce de la noche. En este hospital público las enfermeras, auxiliares y demás personal nocturno recorren los pasillos a esa hora punta en la que la esperanza y el dolor se baten en duelo. Entran y salen, acuden y socorren, atienden y curan, actúan y mitigan, ofrecen soluciones y recogen quedos agradecimientos. Son garantes de la salud que posan sus manos sobre otras mendicantes de atención primaria. Dulcifican el sueño y apaciguan la espera allanando el camino que conduce a un despertar sin desequilibrios, al destierro definitivo de la dolencia. A un amanecer sin quebrantos.

Son las doce y veintiún minutos de la noche. Me encuentro en esta sala de espera de un hospital público y recortado, menguado por obra y desgracia de la burocracia política que insiste en echar a perder este país. Contemplo cómo unas enfermeras responden a una señal sonora y luminosa en un panel de mando. Otras contestan al sollozo ascendente de un neonato. Reinician el recorrido empujando un carrito coronado por un portátil de marca HP, aunque el protagonismo se lo lleva uno de esos bolis de cuatro colores de los de toda la vida. Podría buscar en internet (aquí aún no han recortado en tecnología y gracias a la gratuidad del wifi, pacientes y familiares pueden estar conectados y en línea) el nombre técnico del carrito. Pero lo defino así, como el de las medicinas paliativas, el de los elementos que toman la tensión, el de los termómetros que miden calenturas, el de los apósitos que curan a tiempo despropósitos y contratiempos. Ellas hablan entre sí tejiendo una complicidad de la que soy testigo ocular y auditivo. Una empuja o tira, según la ubicación de la habitación. La otra, siguiendo instrucciones, inserta una aguja en alguna solución de suero o analgésico. Una es enfermera, la más joven lo será pronto si quiere o seguirá siendo lo que es, que también es vocacional y que ayuda a curar las posibilidades y sus infectos. Es la auxiliar, o enfermera en prácticas, la que consigue cauterizar el llanto nocturno de ese niño que ahora resta silencioso, sujeto a un sueño que nunca recordará o asido a un pezón alimentador que siempre soñará.

Estoy a punto de volver a hacer uso de la red wifi para verificar si cauterizar un llanto está bien o es demasiado duro. Pero asumo que los llantos son heridas de un alma desquiciada, de un corazón roto o de un cuerpo maltrecho. Y decido dejar cauterizado ese llanto.

Son las doce y media de la noche. Las enfermeras concluyen la ronda. Regresan sonrientes a la garita nodriza, a esa zona acristalada que es suya y de nadie más. Ahora son cuatro compañeras. Como se respira silencio y se disfruta de una tregua frágil, deciden asaltar el piso superior de una caja de galletas que algún o alguna paciente, agradecidos y curados, han dejado a modo de gratificación. Dos pisos dulces como tributo al trabajo y al cariño irradiado. Una ofrenda a las portadoras del carro que surca las dependencias del hospital deteniéndose ante una herida, una inconformidad, un llanto quebrado o un suplicio suspensivo.

Son las doce y cuarenta minutos de esta noche ambulatoria. Desde la sala de espera escucho a una enfermera recomendar a su interlocutora la galleta con forma de corazón. Que está buenísima, dice. Que eso es que tú has cenado poco, responde la otra. Vale que apenas he cenado, pero pruébalas, anda. Y eso último lo suelta mientras rescata de un bolso oscuro una novela. Añade más información a la escena: manifiesta que lo dulce es tan tentador como los cuentos encantados de Dickens. Entonces se sienta en la silla, frente a un plasma que recoge sus informes o algo por el estilo. Al poco rato toma un sorbo de algo caliente en un vaso de plástico. En ese momento me observa observarla. Y viene hacia mí y pregunta, desde el quicio de la puerta, si quiero una galleta. Que están buenísimas. Sobre todo las de forma de corazón. Le digo que no, que muchas gracias, que estamos a punto de entrar en el dos mil dieciséis y necesito alimentar más a mis propósitos que a mí. Sonríe. Y tal como ha venido se va con su uniforme verde moteado de migas, a proseguir con sus relatos compilados en un volumen mediano y elegante de tapa dura. Instantes después se zambulle en la lectura.

Cruza los dedos y entorna los ojos. Suplica una madrugada tranquila. Que el dolor descanse, que los traumas se disipen, que las pesadillas se tornen dulces sueños. Eso que no lo dice ella, lo añado yo porque es lo que imagino que andará deseando: un remanso de paz.

Es la una y diez minutos de la madrugada. Disfruto de un café de máquina que, por cierto, sabe bien pese a los recortes que sufre esta sanidad terminal. Claro que cuando se trata de ganar dinero escanciando bebidas, no existen recortes, rebajas ni caldos a precio de saldo.

Ya no se oyen ruidos en las galerías que colindan con esta sala y desembocan en la estancia exclusiva del personal clínico. Ahí han dejado de comer galletas con forma de corazón. Ahora, una enfermera y otra en prácticas (en su atuendo lleva bordada una identificación de la facultad de enfermería de la universidad de Girona) hablan por lo bajini, comprueban monitores, subrayan con un boli multicolor alguna cosa, anotan cualquier medida tomada o reseñan algún recordatorio a tener en cuenta para transmitir al siguiente turno.

La lectora sigue acompañando a los fantasmas y al viejo avaro y atormentado personaje de Dickens. Intuyo que se aproxima, por la expresión de su cara, al final de la historia.

Es la una y cuarenta minutos de la madrugada. Un médico irrumpe en el escenario. Comunica que la cosa está muy tranquila por urgencias y que viene a desearles unas felices fiestas. La enfermera y la enfermera en prácticas lo agasajan. Le ofrecen la caja de galletas. Protesta porque ya no quedan corazones en el primer piso, que son las más buenas. Se ofrece a ir hasta la máquina a por café a cambio de inaugurar el segundo nivel. Todos quieren. Observo mi vaso vacío y decido que iré tras él.

Es la una y cincuenta minutos de la madrugada cuando determino llevar hasta este folio cuadriforme lo que he observado en las dos últimas horas. Aunque también me apetece leer la novela que aguarda su momento entre los míos. Porque la escritura me cura y la lectura me salva. Son las dos figuras, profesionales y sanitarias, que empujan el carrito con mis aparejos, con mis soluciones, con las tiritas que se adosan a este corazón mío sin forma de galleta.

Son las dos de la madrugada del 25 de diciembre en este hospitalario cuento de Navidad. Y Jesús acaba de nacer, sin asistencia clínica, incluso sin la intervención divina ni milagrosa de mutua alguna.

“Pastorcillos, venid a adorar al niño que ha nacido ya, que ha nacido ya, susurran mis enfermeras”. "Políticos, abstenerse ¡por el amor de Dios"!, enfatiza el médico mientras rebusca otra galleta con forma de corazón...


domingo, 22 de noviembre de 2015

NOMBRES PROPIOS




Pocas amigas mías pueden serlo tanto como mi amiga Eva. La conocí no hace muchos años. Pero tal como va la vida, tal como el devenir pasa de futuro a pasado en menos que se conjuga un presente, diría que hace una vida que Eva y yo compartimos trayecto en este férreo trajín.

Ella ama a la Almudena Grandes que besa el pan, que surca los aires difíciles, que sufre las edades, que hiela los corazones y que esboza personajes que delimita sobre un atlas tan geográfico como humano, tan literario como vivo y memorial. Yo amo a Bukowski. El Bukowski que repartía cartas, que apostaba en los hipódromos, que perdía en los hipódromos, que acariciaba gatos, que tocaba mujeres, que bebía en los bares, que bebía en la soledad de su ventana al vacío, que escribía para no morir y que leía para no soñar, que rubricó los mejores relatos donde alcohol y literatura se batían en un duelo fratricida. Ella va al cine y me recomienda que lo haga yo. Que me deje caer en una de esas salas en las que proyectan películas que, está convencida, me van a gustar tanto como a ella. Porque comulgamos algunos gustos y sentenciamos a galeras las cosas que nos disgustan y alteran. Ella escucha a Rafa Pons. Le excita la trayectoria de la palabra, la dirección de las letras, la cercana voz tocante y el talle del cantautor barcelonés. Ella querría ubicarse siempre en primera fila, justo entre las cuerdas tocadas de la guitarra y esos labios que expelen historias urbanas y humanas que recorren las aceras de los sentidos sin miedo. Yo escucho a Sabina, sobretodo y “sobredefinitivo”. Ella toma vino blanco y vino negro y vino rosado y toda clase de caldos de altivez gradual. Y se concentra en la sidra cuando alza las barreras y elimina las distancias con su Asturias patria querida para reencontrarse con viejos amigos. Personas que irradiaron su pasado, que constelan su presente, que presumen su alegría, que constatan su bienestar y apuntalan su firmeza sobre este planeta echado a perder.

Yo tomo vino blanco porque ella un día me sugirió que tomara vino blanco, que me dejara de tanto café, que un tío que lee a Bukowski, Fante, Miller, Durrell y otros, es incomprensible que no bautice sus ratos de lectura y/o escritura siquiera con una copa de Rueda Verdejo y viceversa. Me atuve de no seguir sus etílicas indicaciones y ahora, de vez en cuando, cada vez más a menudo, cada día el momento menos pensado, se consuma el milagro y convierto sus deseos en vino. Ella es funcionaria de Correos. Yo trabajo en Correos. Ella es de izquierdas. Yo lo soy también. Ella defiende la transparencia, la democracia, el debate, la crítica, el trabajo sindical en definitiva. Yo defiendo esa transparencia que querríamos, esa democracia que anhelamos, ese debate que pregonamos, esa crítica que construimos, ese trabajo definitivo que establece los cánones de la militancia sindical en una organización de clase trabajadora como son las Comisiones Obreras.    

Pocas amigas mías pueden ser tan amigas y tan mías como mi amiga Eva. Posesivo reglado, lícito, aceptado y recíproco.

Aunque David Trueba sospecha que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios y como la muerte y como las pollas largas. Afirma que el ser humano eleva ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de la vida de cada uno. De ahí que la amistad aparezca representada como pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. Afirma que no debe ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados. Quizá sea así. Es más, siempre he pensado que ese “escrito en servilletas” del autor de “cuatro amigos” arme la razón. Pero existen las excepciones que confirman la regla y arreglan la amistad:

Eva y yo somos esa excepción confirmante. Y no, no somos de piedra ni de letras solamente. Que como rezó Alberti y agravo yo; lloraremos cuando haga falta, gritaremos cuando haga falta, reiremos cuando haga falta y cantaremos cuando haga falta. Y eso sólo puede materializarse con aquellas personas en las que el posesivo sea un icono de amistad y no un pronombre cruel y castigado.

domingo, 8 de noviembre de 2015

LA MADRE



Raquel murió el año pasado. 

Hace pocos días asistí a la misa en recuerdo de Raquel. Raquel, mi amiga, compañera del sindicato, trabajadora infatigable de correos que sucumbió al envite de la enfermedad. Ese cáncer que “seguirá existiendo mientras haya vida”, que reza no sé quién, un quien muy experto en la materia y muy docto en el razonamiento. Ella luchó con todas sus fuerzas, no mostró signos de flaqueza ni en los momentos en los que la partida se decantaba en favor del enemigo que invadía su espacio y derogaba su vitalidad. Ella, aferrada a la fe, no dio su brazo a torcer. Ahora sólo me queda recordarla. Y lo hago con una asiduidad intemporal no sujeta a los caprichos del tiempo ni del espacio. Su eco concierta una cita que mis sentimientos no rechazan. Entonces la veo sonreír mientras se pelea con la bata del hospital que se niega a tapar todo su cuerpo en medido orden. Entonces la veo llamar a las enfermeras y pedirles agua caliente para prepararse un té que esconde en una cajita que alguien le regaló días atrás. Entonces la escucho preguntarme cuándo viene Andrés Suárez a cantarle o cuándo vamos nosotros al sitio que sea a escuchar al cantautor gallego. Asevera que Andrés Suárez es como su Don Quijote, o como aquellos caballeros del medievo que se batían en épicas justas defendiendo un honor o correspondiendo al amor admirativo de una doncella. Entonces la veo comer una ración de paella días antes de dejar de comer para siempre y decirme que en pocas semanas estaremos disfrutando de un menú como Dios manda, en aquel restaurante del centro donde la llevé la última vez que visitó mi despacho para agilizar unos trámites. Entonces la oigo declarar que ha ido a misa y que conoce a todos los curas. Y que otros sacerdotes la quieren conocer porque han escuchado arengar a unos y a otros, a médicos y enfermeras y demás personal del hospital, sobre el empírico optimismo, la valentía y la manera de mirarle a los ojos y enfrentarse a la enfermedad advirtiéndole que salga de su cuerpo, que no tiene tiempo para tonterías ni atenciones que no sean para su familia, sus amigos, sus compañeros de latencias, en definitiva. Entones la veo con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor, murmurando desde las tinieblas. Entonces su fiebre sacude estas letras que prenden la infinitud de sus cuarenta y tres años.

Hace pocos días asistí a la misa en recuerdo de Raquel. Lo hice por dos razones, sobre todo; porque era ella creyente y porque respetaba hasta la extrema extenuación que yo no lo fuera, y porque necesitaba reencontrarme con su madre para conocer cómo soportaba la vida sin los latidos de Raquel. Pero como sucedía con su hija, la que quería verme era ella, la que quería hablar era ella, y fue ella la que me animó hasta la emoción. Ella, una anciana enjuta y chicuela, que susurra las palabras y que arrastra los pies como quien se desliza por la pasarela de la bondad. Ese día, el once de septiembre, los restos del sol impío que había alimentado las mil canículas chocaban contra el frío de la ausencia. La madre de Raquel quiso regalarme un detalle. Que fuera hasta su casa, por favor. Y hasta allí fuimos, con paso quedo. El hogar de la anciana dulce es viejo y es acogedor. Donde hasta unos años había cuadras y marraneras ahora se acumulan los productos frescos de ese huerto que se niega a abandonar y que seguirá cuidando hasta que las horas muden en silencio y quietud.

En la cocina me invita a sentarme a su mesa. Me ofrece todo lo que tiene, que es todo. Y ella, pequeña como un milagro, vestida de negro, se sienta en una silla y coloca otra enfrente a modo de mesa donde deposita los aparejos con los que hace manualidades. Y mientras zurce y cose y convierte retales de tela y papel en flores y afectos decorativos, habla sin parar y sin mirarme. Y le comento que ya no hace bufandas. Y me dice que desde que falta su hija ya no ha vuelto a sentir frío. El invierno se fue con ella.

Ahora sólo decora de primavera cada rincón de la casa, cada recoveco de la iglesia del pueblo. La sacristía está recubierta de flores urdidas por sus manos diestras. Mientras termina de anudar los pétalos papirofléxicos sobre ramas secas para completar un florido centro, levanta la vista y me confiesa: la niña murió hace un año. Entonces todo el mundo me decía que no pasaba nada y yo sabía que sí pasaba mucho. Pero mi hija no podía verme apagada y yo no quería que el mundo que me mentía reconociera mi pena. Así que me pasaba las visitas al centro médico afirmando que sí, que se pondría bien. Y que me enterraría ella porque mis noventa y tantos años pesan lo suyo. Pero no sucedió así porque no podía ser así. Dios cambió el orden de llamada. Desde entonces hago flores. Cada una que florece entre mis dedos son caricias de Raquel. Es en ese preciso instante cuando las palabras envueltas en esa voz atiplada y añosa me encojen el corazón. Vuelve a ocuparse de ese jardín de papel y tela cuando el hilo de su voz me pide que no esté triste porque Raquel está bien. Y es joven. Y tiene todo el cielo por delante. Y yo estoy bien. Y soy vieja. Y he recorrido todos los caminos. Y anuncia que se muere de ganas de reencontrarse con su hija, que esa ilusión es la que la mantiene viva.


domingo, 31 de mayo de 2015

FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2015



Ya tengo ganas de adentrarme en ti. Y tengo ganas de que recorras la cartografía concupiscente de mi cuerpo. Y tengo ganas de comerte. De que me comas también tengo ganas. Y tengo ganas de beberte. De que me bebas también tengo ganas. Y tengo ganas de tocarte y acariciarte y besarte mucho. De que me toques y acaricies y beses mucho también tengo muchas ganas. Y tengo ganas de follarte. Y de que me folles también tengo ganas. Y tengo ganas de mirarte. Y de que me mires mirarte también tengo ganas. Y tengo ganas de derramar el placer de mis dedos escribidores y masturbadores sobre tu piel. Y de que derrames sobre mí la tinta de tus dedos que escriben y masturban también tengo tantísimas ganas. Y tengo ganas de servirte un café, y hablar, y reír, y contar, y recitar placeres sobre el verso del reverso de nuestros labios. Y de que me sirvas el café en mi taza preferida, y de hablar de autores y afectos secundarios y capitulados, y de reír con la adjetivación lúdica de tus ocurrencias, y de que me cuentes cómo le va a la vida entre tus páginas, y de recitar placeres concatenados sobre el verso del reverso de los labios que nos pronuncian, también tengo ganas.

Tengo ganas de vivir entre prólogos, epílogos, proscenios y bastidores. Y tengo ganas de que la vida no deje de empezar cada vez que una novela cae en mis manos. Cada vez que la primera página me invita a adentrarme en ti, Lola Beccaria. Cada vez que la primavera llega de la mano de Arturo Bandini. Cada vez que Pedro Zarraluki me confiesa los misterios del silencio. Cada vez que Auster me invita a tomar el café en su palacio lunar. Cada vez que enfermo de amor y soledad en el Macondo colérico de Márquez. Cada vez que almuerzo contigo en alguna taberna mayor y capital, Luís García Montero. Cada vez que destilo las lágrimas del abecedario de Martin Eden. Cada vez que cobijo mis palabras en la Barraca de Lorca. Cada vez que estrena conmigo una travesura la niña mala de Mario Vargas Llosa. Cada vez que el pasillo de un tren de madrugada acoge mi viaje al fin de la noche de Cèline. Cada vez que recorro el camino sembrado de literatura reaccionaria de Kerouac. Cada vez que me ciega la retórica de Saramago. Cada vez que me sonríe la Etrusca hilaridad de Sampedro. Cada vez que me emborracha la vida licuada y oscura de Poe. Cada vez que engraso la “máquina de follar” y acaricio a las mujeres de Bukowski. Cada vez que observo La Habana vieja desde las cumbres borrascosas de Pedro Juan Gutiérrez. Cada vez que anclo en mi piel el París erótico y clandestino de Henry Miller. Cada vez que abro mi noche a los diarios furtivos y erizados de Anaïs Nin. Cada vez que reseño en una servilleta de bar las metáforas precisas, las palabras certeras y los verbos incendiarios del maestro Sabina. Cada vez que mi taza preferida contiene la sopa de letras de Cortázar y su “rayuela” inacabable. Cada vez que recojo el fruto prohibido del árbol del bien y del mal, y del árbol de la ciencia literaria de Baroja. Cada vez que despierta mi conciencia algún “episodio nacional” de Benito. Cada vez que caigo enfermo y una palabra tuya basta para sacarme. Cada vez que no tengo ganas de nada excepto de ti, Literatura.

Ya ansío morir. Y de resucitar en las aceras alejandrinas de la 74º Feria del libro de Madrid, también tengo ganas. 

miércoles, 8 de abril de 2015

CARNE DE SABINA



Joaquín Sabina regresa a mi calle melancolía en menos de quinientas noches y poco más de diecinueve días... Nunca es demasiado tarde, princesa. Me sobran los motivos siempre, me faltan las canciones nunca, te lo dice esta boca que es mía, a mis cuarenta y pico, sin ganas de callarme, ni cerrar por derribo, desde la orilla de esta chimenea que prende tu nombre y marchita mi frente.

Joaquín Sabina, qué demasiado, el dos de abril hará inventario de mis círculos viciosos que rezan sus temas. Volverá a galopar ese caballo de cartón en el hipódromo de mi conciencia, ese “puraletra” que, pisando el acelerador, me conducirá por el túnel, cual españolito de cartón marchitado por la crisis, al otro lado de la negra noche.

Joaquín Sabina me recordará que, cuando era más joven, vivía en pensiones de mala muerte, que me sostenían las lecturas en antros en los que alguna dama de noche me recetó pastillas para no soñar, antros regentados por muñecas de saldo y esquina que apuntalaron mi amor eterno con besos en la frente. De madrugada regresaba a mi cuarto en el barrio de la soledad donde escuchaba música, leía y me masturbaba hasta la extrema extenuación fantaseando con la vecina de arriba. Era el sonido metálico de ese pacto entre caballeros el que me resucitaba a la tercera metáfora cantante y sonante. Después, como un explorador derrotado, asaltaba mi cama vacía a esa hora en la que los primeros clientes se acodaban en el café de Nicanor.

Joaquín Sabina me cantará desde el hotel dulce hotel en el que conocí a Eva tomando el sol. En aquella azotea me besó la frente, me acarició la espalda, me entregó su sexo y secuestró el mío. Sucedió un mes de abril que alguien robó poco después, a punta de canción, para elevarlo a los altares de la música, al olimpo de ese Dios que un día jugó a ser joven y a ser aprendiz de pintor de historias. Ahora, cuando aprieta el frío, los perros del amanecer le ladran a aquel que nació al borde de un camino de militancia musical, a este yo que nació para perder.

Joaquín Sabina vestirá de sonetos mis noches de boda huérfanas. Antes de que den las diez llegarán todos los invitados menos tú, que restarás apilando sueños y jugando a hacerte daño adivinando cuanto dista el olvido de la añoranza.

Joaquín Sabina me recetará que pase esta noche contigo por el bulevar de los sueños rotos. Al otro lado de los puntos suspensivos hallaré tu boca que sellará la mía con besos con sal, con más de cien mentiras, con ese no rezar para no creer, con ese no besar para no soñar, con ese ruido de fondo ataviado de medias negras.

Joaquín Sabina aterrizará en Girona con sus aves de paso sobrevolando estas intenciones escritas. Me dedicará el rocanrol de los idiotas mientras, contigo, vuelvo a sentirme tan joven y, sin embargo, tan viejo a la vez. Sus letras son las velas de mis cumpleaños, las manecillas de mi reloj, la arena de mi playa, la urgencia de mis amores que matan, mis más de cien palabras y mis más de cien mentiras piadosas, y mis más de cien motivos para no cortarme de un tajo las venas.

Joaquín Sabina ofrendará una canción para la Magdalena en el altar de este templo llamado peor para el sol. Y colgará el cartel “cerrado por concierto” justo entre mi corazón y mi alma en carne viva.

Joaquín Sabina se bajará en Girona y, al mismo tiempo, yo me bajaré en Atocha. No permita la virgen un desencuentro, tampoco un desconcierto. Los lugares son escenarios para frecuentar, para recordarlos, para escribirlos, para cantarlos, para convertirlos en acordados y sintonizar sobre las barras de sus bares el 69 punto G.

Resumiendo; El hombre del traje gris, mi juez y parte, mi buena compañía, mi Juana la loca, mi amigo Satán, mi pirata cojo, mi Barbi Superestar, mi mater España, mi eclipse de mar, mi optimista rapero, mis números rojos, mi doble vida, mi pájaro de Portugal y mi ruleta rusa preñada de poemas, regresan a esta ciudad inmortal para interpretar la canción más hermosa del mundo: así estoy yo sin ti.


domingo, 8 de febrero de 2015

HISTORIAL

Foto de @dynnk


Cada vez que sube a un tren se acuerda de él. Su antes converge en un manifiesto presente que embarranca entre el corazón y la cabeza. Es un recurso del que no sabe desprenderse. Ha intentado ahogar sus recuerdos en vino barato y en los caldos más caros; se ha fumado la vida pero no ha conseguido quemar las naves que transportan esos ecos; ha recorrido medio mundo intentando dejarlos atrás; ha recurrido a la medicina tradicional que le ha recetado pastillas para dormir, pero no para narcotizar su memoria; ha abrazado la psiquiatría de ese amigo argentino que ha hurgado en su cabeza y acabó queriendo saber, más por curiosidad que por intromisión clínica. Así que ha optado por el arte de estibar. Guarda esos recuerdos de manera metódica. Y ahí los tiene para usarlos cuando se siente sola, o cuando la nostalgia y la luna abusan de ella. A veces son ellos los que rompen fila, la abordan y la desdoblan por un rato para regresar a sus contenedores y restar a la espera del siguiente brote acuciante y mordaz de la saudade.

Se acomoda junto a una ventana desde la que divisar los campos, contar las estaciones sin servicio, enumerar las vías que sucumbieron a los tiempos veloces y que ahora tejen el tapiz del olvido, ver las caras de las personas que esperan otro convoy ateridas en el andén de la soledad y seguir con la mirada a esas parejas que juegan a quererse parapetándose del frío entre besos y abrazos. A veces les pone voces y les inventa algún destino. Se las imagina esperando ese tren que las conduzca a la felicidad de una playa desierta en un agosto canicular, a la incertidumbre de una entrevista laboral, a la suerte del primer día de trabajo, a la habitación de un hotel dulce hotel, a la oscuridad de un cine que proyecte una película que será su preferida o a la algarabía de un concierto que rezará su banda sonora.

Cada vez que sube a un tren lo busca entre los pasajeros, compañeros de rutina, de bostezos y destino. Se fija en el hombre con gafas de sol que apoya la cabeza en la ventana, que observa a través del cristal, que sintoniza canciones en un teléfono de última generación. No le devuelve la mirada ni le arranca la posibilidad de un saludo afectivo. Su estado es críptico; no le interesa lo de dentro, sólo el sonido que derraman sus auriculares y lo que sus ojos le devuelven del exterior. Hasta que el sopor le vence y duerme hasta minutos antes de llegar a la parada.

Ella se remueve buscando una postura más cómoda. Su pasado comparte asiento a su lado. Nunca recula lo suficiente, nunca baja la guardia ni le ofrece una renovada oportunidad. Conecta entonces su móvil y se adentra en las páginas de su “él” antiguo. Se dice a sí misma que esa será la última vez que transite esos espacios, que superará la infinitud del desasosiego. Entra en su blog y lee lo último que ha publicado. Después asalta su muro de Facebook, ve lo que escucha, se pregunta dónde habrá tomado esa foto tan descriptiva. También sortea los obstáculos de la tecnología y arriba a su cuenta de Twitter cuando la cobertura le permite otro duelo a muerte con la introspección. Por último lee comentarios que la encienden, palabras que no son para ella, atenciones de unos y otras que van dirigidas a ese que antes fue suyo. La cólera se adueña de ella. Ya no le gusta lo que narra, lo acaba de decidir. Bien mirado, y poco pensado, la foto no es nada del otro mundo y sus interacciones en la red son estúpidas y rayan lo vulgar. Lo que antes la hacía correrse ahora amenaza con hacerla vomitar.

Cada vez que sube a un tren utiliza el trayecto para borrar su historial. Pero el pretérito conjuga en preferente y ella lo hace en clase turista. Apoyará la cabeza contra el tibio cristal. En la radio sonará "recuerdo" de Ismael Serrano. Cerrará los ojos y llorará la rabia. 


domingo, 26 de octubre de 2014

OCTUBRE


Mi otoño, para Fanny S

Me gusta el otoño. 

Y me gusta este octubre contenedor de nostalgias, hacedor de esa saudade que te acompaña a la barra del bar, que bordea contigo la taza de café desde primera hora, que transita las calles asida a tu cintura, que comparte asiento junto a ti en ese tren lento de alta velocidad, que mira por encima de tu hombro lo que lees, que se traviste en musa y te empuja a madrugar un domingo para esculpirle un pie letrado a tu punto de mirada, que resucita los recuerdos, que acentúa las preguntas sobre qué andará haciendo éste o aquélla, que cultiva los olores yermos, que descompone las emociones, que esconde las aceras bajo un manto de hojas suicidas, que puebla de ocres los caminos que conducen a los sitios acordados y que convierte los campos en lienzos donde la tristeza en un destino y no una consecuencia.

En la cafetería donde estoy ahora, los cristales han mudado en una improvisada pizarra donde las gotas reescriben los torcidos renglones de ese Dios que hizo el mundo en siete días y se quedó tan pancho. Se nota que estamos hechos con prisa, revestidos de sobras, creados a imagen y semejanza de la palabra caducidad y que duramos lo que dura un corto invierno, una margarita en manos del enamorado indeciso y primaveral, una canción del verano y una berrea otoñal con final feliz.

Comparto escenario con un niño acoplado a una “Tablet” de ultísima generación, un abuelo que lee a su lado la prensa cargada de goles, de metas, de cimas, de carreras y de la infinitud del tablero deportivo. Junto a los ventanales por los que desciende la lluvia, una mujer de edad mediana, de melena lacia y oscura, toma una infusión, pasa sin ganas las hojas de un periódico que no distingo y de vez en cuando atiende los silbidos suaves que emite su móvil. Ahora me descubre observándola, disimulo la vista hacia esa calle anegada y regreso a esta pantalla en la que confluyen los ecos del pasado y las pisadas del presente.

Decido que no tengo nada más que contar. Que la morena lacia que estaba cerca de mi mesa se ha marchado, que el nieto ha desconectado de la tecnología, milagro, y habla con el abuelo que le cuenta no sé qué de cuando era pequeño también y se entretenía con un muñeco de trapo ataviado de ilusión, que las camareras echan de menos los días de sol, como yo no, y en la puerta, una anciana amarra su perro a un reservado para mascotas que tienen prohibida la entrada.

Decido dejar de escribir y disfrutar de un par de capítulos de EL AMANTE, del escritor israelí Abraham Yehoshúa.

Decido que voy a pagar estos dos cafés. Decido también que cuando salga acariciaré el pelaje mojado del perrito que aguarda bajo una lluvia intermitente y que proyecta su tristeza desorbitada hacia el interior del local intentando localizar a su dueña que acaba de pedir un café con leche y una madalena enorme.

Y regresaré al piso nuevo, la ciudad donde siempre es otoño.


domingo, 28 de septiembre de 2014

QUERIDO LUIS GARCÍA MONTERO




Querido Luis García Montero:

Hace pocos sorbos de café que he liquidado tu última novela. Muy poco rato ha pasado desde que “alguien dice tu nombre” ha quedado silente antes mis ojos. He disfrutado como un “León” urbanita entre las estepas emocionales de tus páginas. Acaricio este teclado, pero sin poder impedirlo, me descubro dejando de escribir, de beber, dejando incluso de bucear el escote de esa camarera amable, y vuelvo a perfilar con la punta de los dedos ese título que esconde un nombre que alguien dirá alguna vez. Tengo la certeza de que esta historia restará enquistada en mi memoria para siempre. Se ha convertido en un referente, otro, en una novela cicerone que marcará el camino a aquellos que quieran conjugar presentes y postularse a escritores, o algo así.

He arribado al punto y final mientras viajaba la taza a mis labios en este domingo de un mes frágil, lleno de agua y ventoso. Un demonio vestido de calendario para los que deberían hacer de agosto, su agosto. Ya ves.

Cuando te leía, en la cafetería Lapsus, en el centro de la Girona inmortal y empedrada, era atendido por Ivette, una avezada barista que hace de su oficio un arte. Así que he unido los cafés de León y Amparo, en el Suizo granadino, a los míos, o viceversa. Me he dado cuenta de que mientras ellos compartían y departían en ese santuario de Granada, yo los vivía desde este bar que antiguamente se llamaba “café Albéniz”. Aquí, el cartero Matías, personaje de una de las novelas de Josep María Gironella, tomaba su desayuno antes de iniciar el reparto.

La gente, mi gente más próxima me dice que soy un yonqui de la literatura. Yo le digo siempre a mi gente, mi gente más próxima, que soy un yonqui de la literatura. Que para pocas cosas sirvo más que para leer. Esto lo dicen algunos y lo asevero yo. Un puñado de amigos y allegados se aventuran a aconsejarme que me deje de cháchara y me ponga verbos a la obra, que escriba más y que lea menos, o que simultanee ambas aficiones. Pero ellos no comprenden que después de leer tu narrativa, de sobrevolar con el corazón tus poemas, a uno se le quitan las ganas de suministrar literatura. A uno, este uno que soy yo, sólo le queda ser testigo de la grandeza literaria, de la luz del verso, de la musicalidad de la metáfora, del sonido de los personajes que nacen, crecen se multiplican y se inmortalizan al amparo de tu retórica y que convierten tu obra en la Altamira de la literatura universal.

Repaso algunas frases que he anotado, releo las palabras a modo de dedicatoria que escribiste para mí cuando presentaste tu obra en Barcelona. Yo no pude asistir, pero una amiga se encargó de pedirte unas palabras para un paisano. Cierro el libro, de manera definitiva.

Ahora observaré a la gente ataviada de verano desfilar al otro lado de este ventanal. Leeré algún periódico cargado de noticias asesinas, de marcadores adversos, de políticas en manos de políticos indecentes, de corruptos que penan su condena en cárceles de oro, de los corazones vacíos del rico perpetuo y de la pobreza instalada en la parrilla televisiva estival. Quizá aguce el oído, a ver si hay suerte y se cuela Sabina por el hilo musical para apuntalar esta misiva y ponerle banda sonora a este día pasado por letras. 


domingo, 3 de agosto de 2014

EL COLUMPIO


           
Foto: Merche Valdés
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La madre empuja el columpio que balancea la felicidad de dos niñas en un parque público, una franja minada de juegos infantiles. Un sitio donde se congregan las risas y en el que la diversión deja paso a más diversión. Una zona donde la hora de la merienda reúne a los adultos entorno a una gran piedra que hace de mesa. Sobre ella colocan refrescos, bocadillos y, ocasionalmente, caramelos y golosinas. Todo sucede bajo ese cielo que la literatura y el cine han convertido en un icono protector. 

La madre de las niñas va a reunirse con los otros mayores. Les ruega que jueguen entre ellas, pero que no se peleen. Quieren saber adónde va. Y va donde siempre va cada vez que acuden a ese parque; a prepararles la merienda, a ayudar a los demás, a tomarse un café, o quizá un té. A hacer tiempo hasta la hora de regresar a casa. Las niñas se pierden las últimas frases porque ya están enfrascadas en la cadencia oscilante del columpio. Se separa de ellas y alcanza la gran piedra que ya está cubierta de bocadillos blandos, de caramelos, esta vez sí, de refrescos y frutas. Sostiene una gran taza de té en la mano. Atiende las explicaciones de una amiga sobre los últimos resultados escolares de su hijo. También escucha los progresos en la universidad del hijo mayor de otra de ellas, que estudia medicina y que apunta maneras, que quizá acabará convertido en un excelente médico capaz de sanar este mundo, puede que en un cirujano plástico que le cambie la cara a este planeta cada vez menos en forma, cada vez más destrozado. Pero le dice que somos las personas y no el mundo, que es la mano del hombre la que da y la que quita, la que cura y la que aprieta el gatillo. Todas asienten. Una pregunta qué contiene el termo de color azul. Le contestan que es zumo y se sirve un vaso. 

La madre busca con la mirada a sus hijas. Siguen a lo suyo, divirtiéndose sin conflictos. Una está justo al lado de la otra, le hace cosquillas. La que está subida en el balancín mira hacia arriba, riendo cada vez más, desternillándose finalmente. La madre llama su atención. Es hora de merendar. Poco a poco se suman las otras madres. Pero los niños no tienen hambre cuando se trata de escoger entre el bocadillo o el juego. Se acomoda, mientras las espera, sobre la yerba seca que circunda esa área de recreo. Al apoyar los codos buscando una buena postura nota cómo tiembla el suelo. Barrunta entonces el peligro. Y busca a las niñas mientras se dirige hacia ellas, no, corriendo hacia ellas. Todas esprintan hacia la salvación. Alcanza el columpio y lo frena en seco. Ellas se quejan y preguntan qué pasa, que no tienen hambre, que prefieren jugar, que después, le prometen, se lo comerán todo. Pero no hay tiempo que perder. 

La madre las empuja fuera de ese parque que la crueldad hebrea ha convertido en un objetivo, como la escuela que tuvieron que abandonar porque los misiles la borraron del mapa como se borra una mala suma en la pizarra, como aquel hospital que los tanques redujeron a escombros, como la casa de sus padres que sucumbió al voraz apetito de los soldados judíos. No hay nadie, no hay nadie, lloraban los pobres ancianos mientras observaban cómo les apuntaba el mismísimo diablo con armas de asalto. No encontraron nada. Y sin nada les dejaron. Ahora viven con su hija y con sus dos nietas.  

Esa escena tiene lugar en un parque público de la franja de Gaza. Una franja minada por la confrontación. Un sitio donde se congregan los llantos y donde la pena deja paso al luto más negro. Una zona donde la hora de la merienda puede no llegar nunca porque un cielo iracundo y preñado de maldad les ha dejado de proteger.

domingo, 20 de julio de 2014

CARME


A los quince años ya sabías que el mar iba a ser tu casa.

Te convencieron los tragos endiablados que pegaste a la botella literaria, oscura y portuaria de Stevenson, cuando surcaste los mares del sur junto a Jack London siendo testigo mudo de sus escarceos amorosos dentro y fuera del mar. Remató tu decisión la novela de Herman Melville: Te enrolaste en el ballenero capitaneado por el capitán Ahab para navegar la infinitud del océano y capturar a ese leviatán níveo de nombre Moby Dick. Su único anhelo era la venganza; derrotar al monstruo que años atrás le destrozó la pierna sobre la que sostenía su vida fuera del agua.

Pero al puerto de Roses no arribaban balleneros. No era tan literario como los tesoros de las islas de Stevenson ni tan frío como las aguas árticas que se rompían al paso de esas naves gobernadas por rudos marineros. Así que acabaste comenzando en la lonja, recibiendo a los pescadores de alta y media mar cargados de frutos marinos. Durante las primeras horas ayudabas en la subasta. Esa ayuda daba a su fin cuando pasabas la manguera para limpiar los restos. Más tarde, cuando los muelles y los amarres restaban en calma, te sentabas frente al horizonte a dejarte mecer por los cantos de sirenas que escupían las aguas y las novelas que sostenías entre las manos. Esas melodías calaron en ti. También en tu familia, que ya no pudo posponer más tu decisión dejando que pisaras aquella cubierta pocos días después de la festividad del Carmen, patrona del pescador y su oficio.

Ahora rememoras tus inicios. Esos primeros pasos titubeantes en proa y tus primeras horas a bordo de aquel pesquero con nombre de mujer, deletreando las letras sanguinas que decoraban el casco: “Carme”. Y con él, y con ella, has compartido penas y alegrías, llantos y risas, alcanzando lo que ansiabas ser.
Has atravesado mil dificultades, has sobrevivido a tormentas perfectas, has anclado decepciones y has arriado victorias. Has visto la muerte bracear a tu lado, adelantarte y dar caza a compañeros hundidos. Pero este Mediterráneo tiene su particular Triángulo de las Bermudas. Esa geometría que se traga las cosas malas, los aciagos recuerdos, los latidos descompasados de esos corazones que abandonaron el barco, los capitanes que perdieron su batalla contra los azotes coléricos del mar. Ha sido hoy cuando has faenado por última vez tras cuarenta años avistando aguas. Los ecos de tu pasado han remado en todas direcciones y has repasado todo lo bueno y todo lo peor de esta profesión que, últimamente, se ahoga en decisiones políticas que la dejan varada en los despachos. Porque más arriba de los patronos, a las oficinas, no llegan los ecos de sirenas que un día se anclaron en tu alma. Ellos quieren el pescado, tú, el arte de quien persigue un banco de peces navegando junto al mar y no sobre él.

Hoy te jubilas. Eres consciente que ya nada será igual en tu vida, que no abandonarás tierra firme. Como premio por tu constancia y dedicación, te dejarán participar en las subastas, como cuando tenías quince años. Barrerás con agua la lonja, limpiando desperdicios y rescatando recuerdos. Incluso te pedirán consejo esos jóvenes que embarcan por vez primera. Y cuando decline la tarde, te sentarás con tu nieto a contemplar la puesta de sol, o iréis hasta el espigón a tirar la caña y esperar la suerte. Él, a sus diez, años adora las historias de aguerridos marinos que brotan de tus labios. Hombres valientes que la literatura y su abuelo han convertido en inmortales personajes.

Recoges todas tus pertenencias del “Carme” y te despides de tus compañeros. Hay una recepción en la cofradía, y en el bar del puerto os reunís con el resto de familiares y allegados que quieren acompañarte en tus últimas horas de marinero… Aunque sonreirás por dentro; la profesión no se abandona nunca, y llorarás la emoción por fuera sin encontrar un remedio que esconda ese nudo marino alojado en tu garganta.

Es tu nieto el que te espera al final de la pasarela para acompañarte a esa fiesta final que no deseas. Se acerca a ti con una hoja en la mano. Es un dibujo coloreado de un súper héroe arponeando una monstruosidad marina y lanzando cables a unos pescadores que luchan contra un mar iracundo. No sabes qué decirle, sólo aprietas el lienzo infantil contra tu pecho y con la mano libre acaricias su cabeza. Entornas los ojos...

-Abuelo, hoy me han preguntado en la escuela qué quiero ser de mayor. Les he contestado que quiero ser lobo de mar, como tú.

Abres los ojos, anegados por dos océanos de aguas pacíficas y silentes...

domingo, 1 de junio de 2014

MENDICIDAD


Desde mi sofá contemplo la lenta agonía del estío. Las tormentas de los últimos días de agosto ahogan muchas intenciones, por un lado, y limpian atmósferas emocionales por todos los costados. Ahora estoy en paz, con el único sonido de su voz en mi cabeza. Visito la pantalla del móvil de vez en cuando para ver si rompe su silencio en forma de mensaje de texto. La tele permanece apagada. La radio, cosa extraña, no sintoniza emisoras ni escupe ninguna de esas canciones de desamor, de celo primaveral, de luchas sin cuartel del quiero contra el puedo, de hazañas bélicas de corazones intrépidos, de lastimeras decisiones de almas oxidadas, de otoños infinitos y ocres ni de vientos que mecen árboles y pueblan las aceras de nostalgia.

Mis rodillas sostienen una novela abierta de par en par que habla de gente como yo. O de gente como nosotros. Me gustaría leerte cosas que he subrayado. Como antes, que reseñaba, o memorizaba y te leía o recitaba de memoria. Posabas alegre cuando te hacía partícipe de mis descubrimientos literarios, y mecías tu pelo, acariciabas tus labios, y entornabas la sonrisa escondiendo un suspiro o sosteniendo un abecedario exclamativo.

Quiero levantarme y llegar hasta el portátil. Debo intentar escribir un relato. Necesito denunciar una situación. Voy a olvidarme, por un rato, del resto de mi vida, de esa guerra abierta y declarada que mantienen mi cabeza y mi corazón. Porque, en definitiva, siempre salgo perdedor.

Un ruido conocido se cuela desde la terraza. Me levanto y apoyo los brazos en la baranda fría. Son las diez de la noche y mi personaje sin techo ni comida busca algo que llevarse a la boca en el contenedor verde que hay enfrente. Me siento mal en ese momento. Un sentimiento de culpabilidad que me ha sacudido otras veces cuando no he dejado una moneda en esa mano suplicante, o cuando no he colaborado en alguna de esas campañas que combaten esta o aquella enfermedad. Me fijo en él. Es un hombre de color, de largos brazos y corpulento. Con el cuerpo sostiene la esperanza y con la mano izquierda sujeta la tapa. A su lado ha ido dejando materiales que ha rescatado de la basura y que supongo venderá a algún chatarrero, o los reciclará convirtiéndolos en utensilios para su hogar, en caso de tener un techo y una familia.

Estoy a punto de volver a ti, que has quedado enquistada en algún punto de mi memoria. Quiero bailar un tango con las palabras en la pantalla de mi ordenador, de darle contenido a estos folios apantallados que fluctúan tu nombre mientras mis dedos rezan tu recuerdo. Estoy a punto de regresar a ti, digo, cuando escucho gritos que llegan de la calle. El camión de la basura está aparcado junto a los contenedores. Las luces de posición destellan en la oscuridad. El empleado municipal ha requisado la mercancía de mi negro. Ahora; un hombre negro y otro oscuro se enfrentan a voces con la dignidad como testigo. La sirena del camión alumbra unos brazos enormes y tatuados, un cuello de Goliat y una cabeza rapada que no augura nada bueno. En ese momento pienso que tampoco bajaré a interceder, que la lírica heroica no pasa por su mejor momento. Claro que nada pasa por su mejor momento. Además, nunca me ciñó la capa de súper héroe, huí de los valientes que dan la cara para que se la partan y me atavié el diálogo para evitar el suicidio colectivo de más de una razón, todo con dispares resultados. Seguro que mi negro encuentra otro sitio y otras basuras. Tengo la certeza de que otro día la suerte besará sus mejillas. Si la sangre no llega al río, y decido mantener la mía en cuarentena, no intercederé en una batalla estúpida. Uno no entrará en razón y el otro no abandonará las razones que le han llevado a buscarse la vida entre residuos.

Entro. En la chaqueta que cuelga de la silla encuentro cuatro euros con los que sobornar mi conciencia. Buenos son para mitigar su dolor. Vuelvo a mi atalaya y veo al hombre derrotado sentado en la acera, cogiéndose con la punta de los dedos la zapatilla y el codo derecho apoyado en la rodilla. Parece meditar, parece que le cueste irse, quizá esté consultando la hoja de ruta, quizá dé las gracias a su Dios por permitirle mantener la vieja bicicleta. Cuando estoy a punto de llamar su atención y pedirle que espere, que bajo a darle algo de ayuda, el camión vuelve a enfilar la calle y se detiene a su lado. El gigante calvo desciende del vehículo. Me temo lo peor. Cuando hago acopio de los arrestos que otras veces me han faltado, cuando la capa cubre mis espaldas, me asomo a ver cómo pinta el panorama y gritarle al villano que deponga su vil actitud. Pero lo que contemplo es a ese malo de película buena, en cuclillas frente al otro. Le dice que de esto ni una palabra a nadie, menos a sus jefes. Le pregunta qué tiene para transportar las cosas y le contesta, entre susurros, mostrándole la destartalada bici con dos contenedores a cada lado y otro encima, en lo que debería ser el asiento de un invitado a pasear.

Sube en la caja del camión y empieza a volcar todo lo requisado más alguna cosa extra que suena metálica cuando golpea contra el suelo.

Cuando cada uno ha recuperado lo suyo: la bondad por un lado y saciada la necesidad del otro; vuelve al volante. Estoy a punto de abandonar la escena, sano y salvo y feliz, de escribirte, de escucharte o sentirnos en alguna canción cuando escucho la voz del camionero. Baja el cristal de
la ventana y asoma la cabeza. Extiende el brazo y le dice:

      - Y de esto procura que no se entere mi mujer: Toma, espero que te guste el atún con tomate. Y le alarga su bocadillo.

El uno vuelve a circular. El otro vuelve a sonreír de nuevo. Y yo regreso a mi noche sin contemplaciones.

Enciendo la pantalla del ordenador cuando un tren de mercancías atraviesa la ciudad...