sábado, 7 de abril de 2012

SENO




Cierto; el placer es, a veces, un recuerdo. Uno de esos recuerdos que te reportan a la salida del colegio junto a aquella niña de cabellos dorados por la que todos tus compañeros de clase y clases aledañas bebían los aires y surcaban los cielos. Uno de esos recuerdos que te invitan a observarte en ese momento en el que estudiabas la lección de humanidades, mientras parapetabas las revistas pobladas con cuerpos hambrientos de cuerpos debajo del libro contenedor de la historia y su universalidad. Figuras que se reencarnaban en tu amor propio cuando se emitía, al amparo del calor catódico, un anuncio en el que una mujer, pecho en mano, anunciaba un desodorante. Es el placer uno de esos recuerdos regresivos a noches infinitas y princesas encantadas con el deleite supremo, un pretérito de esquinas desde las que contemplabas la vida y sus mujeres pasar delante de ti.

El goce que teje el tapiz de nuestras fantasías está hecho de material volátil, fácil de capturar a veces, como escribió alguien. Es esa mujer sentada al piano que desnudaba la música con la que te acariciaba. Es aquella prostituta a la que enseñaste a leer cuando vivías en la parte más vieja de la ciudad, que cocinaba para ti mientras te masturbabas en su baño con la puerta entornada y el deseo abierto de par en par. Es la camarera que selló con besos cafeinados las heridas de tus primeras soledades. Es esa enfermera que con su voz curativa te conectó a la vida, que preñó de estrellas tus sueños más fugaces. Es esa profesora que hoy ha vuelto del pasado, que ha pronunciado tu nombre, que ha prendido estas letras como antaño incendió tu deseo.

Hasta que cursé segundo de bachillerato no me reconcilié con las matemáticas. Lo mío con los números era una historia imposible con orden de alejamiento recíproca. No me interesaba nada que tuviera que ver con el estudio de fórmulas, de algoritmos, de  primos, de pares e impares, de naturales y enteros, de fracciones, raíces cuadradas, de cuadrados y de no sé cuántas cosas más. Pero durante ese año en el instituto, la cosa cambió. Una profesora me invitó a conocer que la palabra seno se escribía y no se enumeraba, que era tangible para la voz, que su fuerza radicaba en un dibujo angulado, o algo así.
Se llamaba Marta. Y cada vez que Marta se armaba con la tiza situándose delante de los niños, la clase se convertía en un campo de batalla hormonal. Yo, sin embargo, me olvidé de salir por las tangentes, de bordear los márgenes, de visitar los pasillos cada vez que me expulsaban, porque, a partir de Marta, mi redención fue un hecho. Sustituí mis paseos tangenciales por la visita a ese seno matemático acudiendo a ella cada vez que tenía una duda. Al principio era de vez en cuando, de vez en cuando se convirtió en bastante a menudo y bastante a menudo acabó desembocando en cada vez que se personaba ante sus alumnos.
En clase, ella explicaba y yo admiraba su figura. Después, en casa, me aplicaba el cuento y buscaba remedios para entender todo lo más posible. Fue así como las notas en los exámenes corroboraron mi mejoría. Mis padres, acostumbrados a mi danza de la muerte con las cifras, no daban crédito. Pero yo, insisto, sólo tenía ojos para ese seno, y para el resto del séquito numéricamente cartográfico que Marta enunciaba a diario.

Era una profesora de unos treinta y tantos años. Morena, de gran melena, ojos oscuros y mirada transparente, de figura esbelta, ataviada con ropas más modernas que las que solía vestir el grueso del profesorado. Labios siempre pintados dibujando gestos y muecas amables cada vez que requería un voluntario para salir a la pizarra. En esos casos, un servidor siempre levantaba la mano como el miedica que enarbola la bandera nívea de la rendición ante un batallón de asalto. Casi nunca salía bien parado del entarimado, pero harto satisfecho. Al no tener la ayuda de mi hermano cerca, como sucedía en casa con los deberes, ella acudía al rescate del voluntarioso alumno. Me arrebataba la tiza con dulzura, permitiendo que mis dedos entraran en contacto con los suyos, corregía mis desarreglos mientras el polvo blanco se posaba en sus yemas y las glándulas salivares inundaban mi firmamento bucal, convirtiendo el mal trago en un buen brindis.

Mientras estaba sobre la tarima, enfrentado a fórmulas trigonométricas, ella se dirigía a los demás y yo la observaba de soslayo. Señalaba con las manos, guiaba su dedo por la pizarra, se recogía el cabello negro colocándolo detrás de su oído. Y me miraba con insistencia preguntándose qué narices hacía día sí y día también enfrentado a ese vía crucis matemático. Sus senos dibujaban arcos que delimitaban su figura y apuntalaban mi deseo, su vestido volaba mecido por  el viento de la imaginación cada vez que daba un paso adelante, cada vez que se giraba para cerciorarse que seguía ahí, anclado en esa estación terminal. Momentos después me pedía que volviera a mi sitio. Y mi sitio estaba lejísimos, en el ocaso del mundo. Mis pasos eran lentos como la duda y el regreso a mi pupitre constituía el final de la peregrinación al paraíso del pecado. La canícula tardaba una vida en abandonar mis mejillas. Muchas veces me quedaba con un trozo de tiza que ella hubiera acariciado. Aún debo tener alguno por ahí guardado en la alacena de los recuerdos intemporales.  

Así que aquel año firmé una tregua con las matemáticas gracias a la trigonometría que amamanté en el seno de aquella clase. Fue el único en el que las matemáticas se quedaron en junio y no tuve que recuperar los números perdidos en el mes de septiembre. Para el curso siguiente me matriculé en letras puras ante el temor de que Marta no me tocara en suerte y los números reclamaran venganza.

Creo estar en condiciones de aseverar que fue a partir de entonces cuando los senos fueron mi fuente de placer más recurrente. No quería una mirada bonita, no, ansiaba un pecho voluptuoso. No sostenía durante mucho tiempo la vista a esas mujeres, no, buceaba los escotes que poblaban mi mundo onírico de fantasía, graduación y calor. Cuando corría tras una mujer porque se había olvidado algo en la tienda en la que trabajaba, no me entretenía observando su culo por mejor coreografía corpórea que tuviera; necesitaba enfrentarme a sus pechos, notar esa oronda proximidad. Aseverar, en definitiva, que las matemáticas son tan exactas como inequívocas mis preferencias eróticas, visuales y fantasiosas.   

De todo lo de antes, hoy hace muchos años. Ahora tengo cuarenta. Hace pocas horas, antes de tomar este café y de sentir los ronroneos de Alonso detrás de mí, en su lecho gatuno, me encontraba enarbolando banderas y lanzando proclamas a todo pulmón cuando alguien, acercándose a mí, ha exclamado:

-          Mario

Marta es una entrañable jubilada que teme por su pensión y por el devenir. Asustada por el rumbo que está tomando la situación, ha decidido volcarse en estas jornadas reivindicativas convocadas por la gran masa social y sindical.

-          Mario

Sólo he necesitado sentir mi nombre para volver al aula de segundo de BUP.
El brillo de su mirada líquida, su sonrisa dadivosa, sus ropas modernas, su vejez actual, ese hilo de voz cadencioso, sus manos sujetando una bandera con las siglas demandantes de justicia, me han restado un puñado de años.
La he abrazado como quien abraza una solución. He sucumbido al rubor mientras le contaba mis andanzas sindicales y mis idas y venidas por el universo postal. Me ha informado que abandonó a tiempo la docencia, que se manifiesta más por los que vienen detrás. Hemos caminado juntos unas cuantas calles y hemos desandado el recuerdo, visitando el ayer, para acabar citándonos en el muro de la virtualidad que ahora está tan de moda.
Que si estoy casado, que si tengo hijos, que está casada, que tiene nietos. Que pasea a su perra todas las tardes mientras se familiariza con un teléfono de última generación, que tengo un gato que ilustra y pasea por mis relatos. Tras reír un buen rato, nos hemos citado en internet, que es el particular patio de todas las casas donde el futuro arrecia. Poco después ella se ha excusado diciendo que tenía que ir a recoger a su nieto -ya sabes, deberes de abuelas- me ha anunciado. Antes de irse me ha sorprendido con algo a lo que le llevo dando vueltas toda la tarde; ha necesitado saber por qué tanto interés en salir a la pizarra cuando no acertaba ni una -aunque te advierto, antes de conocer tu respuesta, que avalaba tu osadía- He confesado que buscaba su proximidad y me ha correspondido con dos besos susurrándome al oído que aprobó mi fuerza de voluntad, sobretodo. Y se ha alejado recordándome que haga los deberes y la busque en Facebook. -Además, si se te da bien la informática, podrás devolverme las clases- ha matizado.

La manifestación ha proseguido su curso por las arterias del centro urbano. Me he incorporado al grupo de amigos y compañeros. He explicado quién fue Marta en mi adolescencia. Han asentido mientras definía cómo era y cómo fueron sus clases, mis paseos voluntarios a la pizarra, mi alzamiento salvaje de mano para que nadie se me adelantara y algunas de las vicisitudes de aquel año.

Después, durante mucho rato he deambulado como por inercia, como el cordero rezagado que sigue la estela del rebaño.
He pensando en Marta cuando fantasear con ella colmaba mis primeros apetitos sexuales, cuando su dulzura inundaba el aula y los números transmitían más sensibilidad que sentido. He vuelto a ese seno y coseno de los primeros días de clase, a la tangente que abandoné, a los pasillos que dejé de visitar, a las tardes en mi habitación intentando descifrar fórmulas y haciendo los deberes con la ayuda de  mi hermano, a sus vestidos modernos y a aquellos pechos, pasto de mis fantasías.
  
De mis cavilaciones me ha sacado el bullicio originado en una tienda de ropa que no quería secundar la huelga general sin atender, siquiera, las indicaciones de los piquetes informativos. Se ha formado tal trifulca que he tenido que mirar en el interior del comercio por si alguno de mis compañeros necesitaba ayuda y lanzarme a mediar entre unos y otros.
Finalmente, he abandonado mi atalaya reflexiva adentrándome en territorio hostil, distrito de la moda y sus tendencias. Los trabajadores defendían su derecho a permanecer en su puesto de trabajo, los sindicalistas ofrecían diálogo e indicaban lo que se nos venía encima si el gobierno ejecuta sus amenazas. Que sería el acabose para todo el mundo; el que está trabajando, el que quiere trabajar y los que estudian para un futuro incierto. Que sí, que lo entendían, pero solicitaban nuestra comprensión pues estaban cambiando los escaparates, preparando la nueva temporada, vistiendo maniquíes y desvistiéndolos para los meses estivales.

Aun así, mi memoria recurrente volvía una tras otra vez a mi antigua maestra. Una mezcla de excitación más pretérita que presente se manifestaba provocando que el recuerdo fluyera perlando mi frente de sudor. Mientras mis compañeros intentaban convencer a los trabajadores de que depusieran su actitud, yo seguía con la palabra “seno” rebotando en mi interior. Seno convergió en todas las ramificaciones fantasiosas y definitorias que he conocido: teta, pecho, busto...
Tanta vorágine pensativa, quizá que llevaba sin dormir muchas horas planeando esta jornada reivindicativa, la emoción de haberme encontrado con Marta, o saber que la vida sigue contando con nosotros pese a nuestros gobernantes, ha hecho que no dijera nada a favor de mi colega. No me he enfrentado a esos vigilantes que ladraban, a esos jefes que intimidaban, a esas dependientas que no sabían, que no contestaban. Me he apoyado en una de esas figuras esbeltas siempre, de mujeres y hombres, esos muñecos modélicos. Modelos que en ese momento estaban semidesnudos esperando a enfundarse el verano. He sido un mero observador ciego, mudo y sordo hasta que la voz estridente del dueño me ha rescatado del ensimismamiento:

- ¡Vale, vale! Tenéis razón, por una vez tenéis razón: cerramos el comercio. Pero dile al sindicalista ése que le suelte la teta a la maniquí –Ha sentenciado-


sábado, 11 de febrero de 2012

YO ESTOY VIVO Y VOSOTROS ESTÁIS MUERTOS


A Consol, por su amistad.
Este relato es tuyo.


Deslizo la mirada por la página penúltima del libro de Carrère que estoy leyendo. Escruto esas letras donantes de tristeza, de amargura, de aflicción o de cualquiera de los antónimos de lo que debería ser el feliz desenlace de las historias de este novelista francés leído a diestro y siniestro. Siniestro.
Estoy deseando terminarlo porque, entre otras razones, es uno de esos libros que incitan a escribir. Que los lees y acabas envidiando esa capacidad para narrar. Necesitas intentar crear algo similar, o algo para contrarrestar, o algo para comparar, o algo a modo indicativo para que tus amigos, los que te lean por estos lares de la virtualidad, acaben arribando a la estación terminal de este literato galo.

Acelero la mirada por esa página penúltima del libro. Me queda poco recorrido para llegar al punto y final.
Pero también es cierto que me urge ya, a estas alturas, hablar sobre este francés letrado, sobre este escritor de culto, sobre los ritos literarios que ha abrazado para convertirse en el biógrafo de la muerte. Porque los hay de políticos, de deportistas famosos, de famosos televisivos, de actores encumbrados al séptimo cielo, y de otras personalidades difuntas que se fueron sin tener tiempo de manifestar su última voluntad y cuya voz, una vez fallecidos, alguien de su entorno resucitó a través de verbos ajenos.

He leído dos novelas de Carrère, las suficientes, creo, para cerciorarme de lo que me queda por aprender y sorprenderme.
En mi primera incursión en su universo literario me di de bruces con unos personajes a los que el mar engulló. Sucumbieron bajo una ola gigantesca en las costas de Tailandia ante los atónitos ojos de sus familiares que contemplaban la escena desde una loma. El padre de uno de los ahogados le pidió que escribiera sobre ese suceso y, claro, este hombre que acaricia el teclado como quien afila una guadaña, tardó unos años en ponerse verbos a la obra. Pero se puso. Y lo hizo el día en que su cuñada, enferma terminal de cáncer, le pidió que contara a su familia, primero, y al mundo, después, sus últimos meses de confinamiento en la jaula en la que se había convertido su no existencia eterna. Murió ella y empezó a escribir él. Y cuando lo hizo se acordó de aquella petición formulada por el padre de una de las víctimas del tsunami. Así que hiló una historia con la otra y acabó paseando de la cintura con la más oscura de todas las damas.
La segunda novela que he leído es la que he abandonado para tomar un café mientras miro por la ventana y dejo que estas letras se posen en mi cabeza amenazando con descender hasta la pantalla del portátil.

Y si en su primer libro me hablaba de esos seres que habían perdido su apuesta con la vida, en “El adversario” no hace otra cosa que darle más vueltas de tuerca a la tortura emocional del lector. Es una obra muy al estilo de la sangre fría de Capote. Narra la vida doble, la de verdad y la de engaño, de un personaje que existe y que cumple condena por haber asesinado en el año 1993 a parte de su familia. Con el miedo en el cuerpo a ser descubierto, viéndose acorralado por las personas a las que había estafado y engañado durante los últimos veinte años, no se le ocurre otra cosa que matar a su mujer, a sus hijos, a sus padres y al perro de sus padres. Intenta también suicidarse pero es rescatado por los bomberos. En el sumario queda claro que no lo intenta a fondo, que tarda mucho, que casi espera a que lleguen los equipos de rescate antes de atiborrarse a pastillas. Queda corroborado que en el arte de matar es docto y en el arte de morir, un cobarde.
Después, el juicio. Tras éste, una condena a cadena perpetua revisable. Dentro de un par de años, para el dos mil quince, la libertad. Saldrá a la calle con sesenta y un años, alguna carrera universitaria, protagonista funesto de algunas películas francesas, de una española protagonizada por Coronado, antihéroe literario, destilando cristianismo y dando ejemplo de lo que curan y resarcen las cárceles. Y todo, gracias a este prosista convertido en biógrafo de la muerte en cualquiera de sus manifestaciones.

He empezado a escribir este texto a las siete de la mañana. Era cierto, entonces, que me quedaban dos páginas para enterrar “El adversario” en la estantería de los leídos. También es cierto que he mirado por la ventana, con un café en la mano, mientras de reojo contemplaba la novela bocabajo, abierta por el punto de lectura, esperándome. Y también es cierto que se acerca el día del taller de literatura y que aún no tengo nada escrito. Me he puesto a pensar, como suelo hacerlo cada vez que intento hilvanar mi pasado con mi presente para componer algo legible. Sucede que, muchas veces, una novela, una canción, una noticia, abren la puerta de mi conciencia y sólo la abandonan convertida en relato. Y mi sexto sentido para con las letras lleva días avisándome de esta cocción que mis dedos teclean en estos momentos.

He llegado a mi despacho, en el centro de Girona, a las ocho de la mañana.
A las diez bajamos al bar de siempre a cafecear con los compañeros. A pasear mi punto de vista por el resto del local. Contemplo a las personas como queriendo hacer un casting a las musas. Observo la calle y sus transeúntes con el mismo propósito. Me detengo en las caras y me entretengo en los escotes. Me enternecen los ancianos que caminan cogidos de la mano y me enervan esas personas que visten a sus perros para combatir este frío azul con el que nos obsequia el invierno. Pobres animales en manos de ridículas personas.
Leyendo el periódico cargado de noticias asesinas, de crisis financieras, de equipos que ganan, de la banca que gana y suma, pienso que ya no dispongo de ningún libro para amenizar los cafés de la sobremesa. Determino pasar por la librería después de las tres de la tarde. Porque cuando no tengo ninguno aguardando en la sala de espera, noto que algo me falta y me aborda un sentimiento de intranquilidad. Supongo es el mono que sufren los yonquis de la literatura.

Pero a las dos y media mi teléfono móvil ha emitido un sonido de alerta: mensaje de una compañera de trabajo y también amiga. Me ha dicho que viene a Girona, que le gustaría comer conmigo, agradecerme que haya estado ahí, apoyándola en su lucha contra el cáncer de pecho que ha padecido. Totalmente recuperada, quiere brindar por su gesta y mis gestos. Así que acepto. Bien. Las noticias buenas, por fin, que, aunque son cada vez más escasas, también acaban llegando…

A las tres, en el restaurante que ella ha escogido, la observo. Sentada enfrente, sosteniendo la copa de vino tinto, sonriéndome como si hubiera regresado victoriosa de una travesía a pie por el desierto del Sahara, me comenta algo así como que por fin ha conseguido expulsar los demonios de su cuerpo. Ese infierno que la habitaba se ha apagado. Es curioso porque muchas veces utilizo en mis escritos esa expresión: algo que me habita: el temor, la duda, la esperanza también, los pájaros que me anidan a modo de metáfora para no repetirme con lo de habitar, y así un extenso etcétera de cuerpos extraños, de emociones conocidas que acaban haciendo de mi cuerpo su morada.
La quimioterapia ha exorcizado el tumor. Lo ha reducido a un recuerdo. Un mal recuerdo que con el paso del tiempo se extinguirá convirtiéndolo en un mal sueño, unas veces, y la pesadilla de un nuevo brote que la hará despertar jadeando en mitad de la noche, otras.

Mientras departimos, su mano izquierda se aferra a la servilleta. Cada dos o tres bocados, sus dedos la sueltan e inician un camino mil veces recorrido: como un acto reflejo actúan sobre su pecho queriendo verificar la cura. Al saberlo ahí, en su sitio, recuperándose, vuelven al plato y su rostro es otra vez el de una persona y no el de una sombra obedeciendo a su instinto. Me he dado cuenta que lo hace de manera mecánica. No es consciente en ese momento que sus manos buscan su pecho, que tira de la camisa como si le molestase el tacto que oprime a su piel resucitada. Opto por no hacerle muchas preguntas respecto a lo que ha sufrido aunque no hace falta pues, es ella, necesitando auto convencerse, la que me obliga a hablarle de su padecimiento pretérito. Es ella la que se asusta cuando ve que no miro nada, que no viajo a otras mesas, que no descanso mi mirada sobre las demás personas que llenan el local haciendo comentarios sobre éste o aquél o las de más allá. Es ella la que me dice que todo está bien, que vuelva a ser yo, que disfrute del tapiz de colores y sabores en los platos, del paisaje humano de la sala, de este hoy con honores de futuro.

Repasamos todo lo que concierne a nuestro trabajo. Correos está mal. La situación financiera está mal. La crisis asedia a la clase trabajadora y la clase trabajadora, cada vez más hostigada, amenaza con levantarse contra la política antisocial de los que nos gobiernan con más pena y sin gloria alguna, y un etcétera que se extiende hasta los postres. Después regresamos a su enfermedad vencida. Dice que se siente como un preso que recobra la libertad:

- Un preso confinado injustamente por un delito no cometido- Añado

Conversamos sobre lecturas y escrituras. De lo mucho que leo y de lo casi nada que escribo.
Así que cuando quiere saber qué estoy leyendo ahora le repondo que nada. Que he terminado una lectura por la mañana y que al acabar de comer entraré en la librería más cercana para adquirir una novela.
Mientras la cucharilla dibuja círculos diluyendo el azúcar en su cortado, sin apartar la vista de la servilleta, me pregunta si he leído algo más de aquel chiflado francés que escribía sobre asuntos escabrosos. Carrère, he puntualizado yo. Sí, ése, el que viste, calza y, además escribe de miedo sobre la muerte, aclara ella.
Le contesto que el libro que he finiquitado hace unas horas es el segundo libro que he leído de él. Al decirle el título de las dos obras, ha vuelto a iluminar su rostro una sonrisa plena:

- No hace falta que vayas a ningún sitio –dice sonriente y guiñándome.

- ¿No? ¿No me pedirás que escriba algo, verdad?

- No, no pienso pedirte que escribas nada. Ya eres grande para saber lo que te conviene…

Extrae de su bolso un pequeño paquete. Asevera, antes de dejar que lo descubra, que gracias a mí ha conocido al tipo ese francés cuyo nombre no recuerda. Ella, durante las sesiones de quimioterapia no hacía otra cosa que enfrentarse a la verdad de su enfermedad a través de los ojos y la letra de Emmanuel C. Que nada es eterno, lo sabe, pero que entregarse a la lectura de libros que no hacen distinciones entre la vida y la muerte es sentirse como el náufrago que avista la costa tras una travesía de la que estaba seguro, no saldría con vida. Que es más natural un fallecimiento que un alumbramiento.

Vuelvo a creer que la he entendido, y lo creo mientras tecleo este día y mi cabeza sigue en esa mesa a punto de descubrir el regalo.

- Ten, esto ya sabes que es para ti. Si no te gusta, o prefieres otro, o lo tienes, aquí tengo el comprobante de compra –puntualiza-

Mis manos han reptado por la cubierta de la novela. He abierto, como suelo hacer por inercia desde que era niño, el libro por la mitad y lo he olido. Los libros nuevos siempre huelen a vida, vaticinaba mi abuelo.

Y me centro en el título del libro para cerrar esta crónica:

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, de Emmanuel Carrère.


sábado, 10 de diciembre de 2011

12 CANCIONES



A la hora de siempre y en el bar de siempre, acabo de tomar un café. Lo he liquidado en poco más de cinco minutos, yo, que soy lento a morir cada vez que tengo una taza entre las manos, una panorámica feminidad delante o una dilatada novela aguardando su momento entre mis momentos. Y yo, lento como el castigo cuando les organizo viajes a mis emociones por los cafetales de la fantasía, cuando tras un sorbo viene otro más intenso, he dejado la taza vacía en la mesa que hay justo al lado de un gran ventanal, he saludado y, tras comentar algo con ese camarero que sonríe con la palma de la mano receptiva, he pagado a euro con veinte mi lingote cafeinado.
Cuando cruzaba el umbral, en la radio sonaba una canción sentimental en grado sumo para corazones que pasean su latencia por pasarelas románticas y esponjosas, para personas que juegan al gato y al ratón trayendo por la calle de la amargura a un Cupido entrado en siglos.
Al salir, un rayito de sol ha travestido mi otoño. Un indignado me ha ofrecido un panfleto para que me sume a su lucha contra la actual situación; que los pobres, pobres son y quieren dejar de serlo, y que los ricos, ricos son y también quieren evitar que sigan siéndolo. He pensado, justo en ese momento, que tendría que haber un Cupido para las razones amatorias y otro para las económicas. Que unas veces nos ensartara el cuerpo con sus flechas doradas y otras, con una tarjeta regalo para pagar el alquiler, la hipoteca, o las facturas que se acumulan, como el polvo, en las estanterías de la necesidad.

Llevo días queriendo escribirte una carta. Sí, como aquellas que nos enviábamos y que delataban los albores de nuestra historia. Una rendija por la que espiar nuestro pretérito. Me gustaría que mis letras te devolvieran al principio, al prólogo, a ese comienzo que no terminó hasta que nos convertimos en el resultado de una guerra dialécticamente nuclear. Tu recuerdo poliniza mis horas cuando leo un poema, cuando en la tele programan aquella película que vimos en la semioscuridad de un cine de barrio, o cuando la portada de un libro me reporta a ese tiempo incontestable que guarda nuestro pasado como Salomón su oro. Y hoy, que hace una eternidad de la muerte de Jack London a sus cuarenta años, he vuelto a pensarte y a preguntarme qué andarás haciendo. Hoy, como recitó primero el poeta y musicalizó después el cantautor, es siempre todavía. Hoy me he puesto verbos a la obra para que sean ellos los que te busquen en la alacena de la memoria.

Andrés Suárez suena en el despacho. Son doce canciones que merecen doce relatos. Quizá debería ser capaz de escribir un texto con el título: 12 canciones o doce porqués. Porque cuanto más lo escucho, más me propongo olvidar, cuanto más pienso en conjugar olvidos, más echo de menos mis años que no conocían la preocupación. Cuanto más me echo de menos, más necesito vivir y dejar de preguntarle a las estaciones qué ropa cubrirá tu cuerpo. Y así sucesivamente hasta este punto y aparte con formato musical y número duodécimo.
A ti que usas las canciones como tiritas para el alma, me gustaría hablarte del último trabajo de este labriego de la música, de este gigante de pasos lentos, pero seguros, de este amigo curtido en mil bandas sonoras del día a día.

CUANDO VUELVA LA MAREA nos revela el cruento frente bélico en el que los “quieros” y los “puedos” libran mil batallas, el arduo trabajo de una cabeza que quiere olvidar, el quejido de un corazón abonado al abandono, la precariedad de un contrato hasta que una muerte cabrona separe a algunos, el dolor mitigado por ese robo de horas al calendario, por ese andar espacios para encontrar tiempos en los que compartir con y departir de.

CUANDO VUELVA LA MAREA nos habla de amores correspondidos y de amores negados tres veces, del placer de recibir, del auténtico goce supremo de dar sin esperar nada a cambio, del amor por las letras, de las letras donantes de placer, de compromisos varados en cuerpos contra la pared, de sexos unidos por el gemido de los sueños, de los silencios que tiznan las relaciones, de la nostalgia por aquel tiempo pasado que fue mejor, de la saudade que se enquista en cada poro de la piel que nos habita, de los abrazos que combaten soledades, de la reciprocidad del llanto mientras se asevera que no, que no volveremos a sucedernos, de los gatos en las cornisas que lloran un atardecer, de las bebidas caribeñas con nombre de ron que emborrachan las canciones y contagian los sentimientos, de las cometas que surcan cielos que preñan de azul los mares, de las mareas sorpresivas que nunca sabes qué te van a traer.

CUANDO VUELVA LA MAREA está decorado de faldas rotas, de baños en tugurios de mala muerte habitados por sexos en carne viva, de desnudos que valen más que mil palabras, de la mujer más bella que viste de flamenco los bailes bajo una lluvia de café, de futuros que quieren presentarse, de árboles que tiñen de ocre el paseo, de abriles de ida y de vuelta, de cumpleaños anegados de añoranzas, de treinta y seis razones para no olvidar las muescas en la memoria y las cicatrices en el corazón, de pasos apurados que huyen de la noche y buscan oscuridad, de piedras que entorpecen la huída y de charcos en los que naufraga la tristeza, de esas historias que cuentan verdades aunque viajen despacio.

CUANDO VUELVA LA MAREA mira culos que hacen olvidar, que esquivan la voz y quitan el sentido, observa la vida y sus daños colaterales desde la ventana de un hotel también dulce, reivindica la palabra para que medie entre la distancia y la posibilidad, susurra sonrisas a un desliz mientras una suerte de risa danza y observa a esa rubia teñida de miedos que dice "sí".

CUANDO VUELVA LA MAREA tiene la voz de un maestro, la palabra de un poeta, la música orquestada en un interludio que no conoce fin, la intención de un condenado a vivir, el etílico final de una noche que lame el quemante principio del amanecer.

CUANDO VUELVA LA MAREA eres tú, y fuimos nosotros.

Estas doce razones nos permiten viajar en el carrusel de los sentimientos encontrados. Cada canción es un universo donde nace y muere la vida, donde corazón y cabeza le echan un pulso al deseo para acabar firmando una tregua, fumando una pipa y buscando la paz en el océano furioso de una cama en un cuatro estrellas compostelano.

Mientras me dejo mecer por el piano infinito en cada canción, mis pies se mojan con tu saliva, la marea me devuelve a la orilla de tu voz y mi cabeza se pregunta dónde coño pretendo ir.
Ahora tomaré otro café. Brindaré por tu ausencia huérfana en cada canción. Escucharé los latidos de Andrés y le pediré a ese Cupido viejo y cansado que borre tus huellas, eclipse tu luz, exilie tu recuerdo, silencie tu eco y me indique, en definitiva, un atajo a la calle del olvido.

A modo de posdata me gustaría pedirte que no le apagues Alejandría a tus sueños.

***

He abandonado el despacho hace un momento. Así que ni misiva a nadie, ni canción enmarcada por un poema desesperado, ni remembranza incisiva, ni sendas del perdedor por las que transitar las veces necesarias hasta encontrar un Cupido caracterizado de minotauro encelado. He dirigido mis pasos hasta la parte vieja de la ciudad inmortal que enamora al visitante sin la mediación de un ángel del amor turístico. Mis zapatos negros, de cordones gastados, han jugado a rematar las hojas sobrevivientes a su suicidio otoñal mientras las piedras silentes del barrio judío atestiguaban mis andares recogiendo el cadencioso sonido de mis pisadas.
Las piedras han dado paso a una acera comercial que no guarda luto por la situación económica actual. Un escaparate ha llamado mi atención: José, su virgen, el niño de sabe Dios quién, un buey, un burro, un Ángel aún no caído colgado de un árbol nevado, un grupo de pastores apresurándose a adorar al niño que, al parecer, vencedor por KO al tiempo y a la lógica, ha nacido ya, ha nacido ya. Me he quedado petrificado al contemplar la sonrisa del niño yacente y la amplitud mamaria de la escaparatista. Mi paseo por este día en el que me debatía entre escribir una carta, comentar las canciones del último disco de Andrés o ponerme a escribir de una vez por todas y de una vez, de verdad de la buena, ha dado a su fin en este escaparate contenedor de un Portal de Belén cíclicamente prematuro.

Sentado en esta cafetería de amplios ventanales que dan al Onyar, una que no es la de siempre, ni en la que trabaja mi camarero de siempre, contemplo el recorrido de la vida y sus mujeres vestidas de domingo aunque sea lunes. Sentado aquí, digo, escribo lo que ha dado de sí y de no, de las verdades y las mentiras de este hoy, uno más en una vida ambivalente que muda las hojas cuando llega junio, y se viste de colores cuando el otoño le pasa por encima.

Me entristece que la navidad cada vez llegue antes. Debería ser indiferente, pero me molesta sobremanera que ese niño vea la luz de las rebajas antes que ninguna otra. Para el veinticinco de diciembre ya no será un recién nacido. Andará dándole que te pego al buey y al mulo, tirándole de las barbas a José hasta convertirlo en bendito o pidiéndole Nocilla para merendar a su madre, renovada virgen. Y cuando hagan su entrada en escena los tres de oriente con el oro, el incienso y la mirra, les espetará que vaya mierda de regalos, que donde él ha nacido hay cosas mucho más chulas (véase catálogo de ofertas)

Mi cabeza, caprichosamente recurrente, se desliza hasta el escaparate. Me veo reflejado y preguntándome cuándo dejé de creer en estas fiestas que arriban cuando el verano da sus últimos coletazos. Cada vez los tiempos vuelan más según nuestras necesidades, o las necesidades del dinero no corriente ni moliente. No debe ser muy saludable mezclar en una terraza esos polvorones con sangrías o café con hielo. Porque si continuamos así, el salvador de los hombres acabará compartiendo martirio con San Valentín. Aunque tiempo al tiempo, que como al Corte Inglés le dé por darle matarile antes de Semana Santa para adelantar las rebajas, no habrá milagro que lo salve.

Lo último que he pensado, antes de sentarme en esta mesa, ha sido que ya podría haber nacido yo en un pesebre así. Y emular a Rómulo y Remo mientras soy amamantado por esa loba capaz de resucitar mi espíritu navideño antes que cualquiera de mis fantasmas pasados, presentes y futuros.

Acabo de llegar a casa. Mi gato me mira con indiferencia porque aún no tiene hambre. Conecto la radio y dejo que el amigo Suárez le ponga voz y sonido a este día cargado de cuentos, de recuerdos, de vistas, de pasos, de letras sin destinatario, de cupidos, de alumbramientos…

El teléfono ha sonado a las once de la noche.

- ¿Qué te he pillado haciendo? Ha preguntado su voz al otro lado.
- Nada, ahora quería leer algo, o ver algo en la tele, o escuchar algo. Algo.
- Mmmmm, ¿Ya has escrito la carta romántica para el programa de la SER?
- Claro, hace un rato la he terminado
- Qué bien, pensaba que no lo harías
- También yo lo pensaba
- ¿Le has escrito a Andrés diciéndole lo que te ha parecido su disco?
- Claro, hace un rato se lo he mandado
- Vaya, estás desconocido, escribiendo cosas románticas y observaciones musicales
- Lo estoy, no me reconozco, voy a por un café mientras espero que regrese mi yo, creo que alguna musa lo está poseyendo.
- Jajajaja. Me entra la risa, pero que sepas que me gusta que hayas escrito algo en lo que las protagonistas no sean tetas, ni cafés ni gatos. ¿Ves cómo todo cambia? –Ha añadido con un deje de duda.
- Ya, pero yo no pensaba en cambiar. Pensaba en escribir, o hacerlo más, lo de escribir, digo. Eso ya sería de por sí y para mí, una novedad.
- Pero sigues siendo tú, teta arriba, teta abajo, sólo que Andrés y ese concurso necesitan otro punto de mirada tuyo.
- Cierto, debería estar contento por haber hecho lo correcto.
- Bueno, voy a preparar la cena y las clases de mañana
- Bien, hablamos luego, o después de luego.
- ¿Qué vas a hacer ahora?
- Esperar que vuelva la marea.


sábado, 24 de septiembre de 2011

ESTÁ PASANDO



Dedico este relato a OPin, un buen amigo, aunque él no lo sepa, un mejor socio, aunque no le corresponda como merece, un buen y apreciativo lector, buen escritor; domador de verbos, representante de sujetos y excelente comunicador, motivo por el que yo sigo aquí, entre otras razones y otros sabores.

***

Todo lo que se leerá a continuación es real; tan real como la vida, como las emociones y sus llantos y sus risas, tan real como la crudeza y sus daños colaterales, tan triste como el llanto de un niño, tan vivo como la muerte, tan verdadero como la mentira y tan amargo como las canciones que bombean corazones abonados al abandono.
Así que cualquier parecido con la ficción es mera coincidencia.

***

Los presidentes europeos se reúnen en París, Madrid, Lisboa, Berlín, Roma, Barcelona, Londres. Los presidentes mundiales se reúnen en las ciudades de antes, además de Washington, Nueva York, Tel Aviv, Sao Paolo, Buenos Aires, Moscú, Tokio y algunos etecés de mundo primerísimo. Mi pregunta es: por qué coño no se reúnen en cualquiera de las urbes de Costa de Marfil, Somalia, en alguno de los campamentos del Frente Polisario, en Sudán del norte, en el nuevo e igual de pobre Sudán del sur o en la devastada Puerto Príncipe. La respuesta, asevero, es porque se la sudan estas situaciones. No pueden ir a Somalia puesto que tendrían que repartir su opípara comida con los más pobres del lugar y de los lugares conocidos.

La hipocresía política que amamanta y ensucia la sociedad, sube más que el precio de la vida, allá donde exista vida. El mundo se muere de hambre y los políticos se mueren de risa repartiéndose el pastel libio. Se frotan las manos para exorcizar el frío de la culpa mientras se comen un país y cuentan veinte hasta asediar con sus fichas nuevos objetivos. Acojonante.

Y en esa subida de telón se ve a un puntilloso presidente francés y su séquito, a un presidente español y su resucitada Trinidad, a una canciller alemana, amarga como el culo de un pepino y sus colaboradores y a un presidente italiano escoltado por una docena y media de secuaces de la dolce vita. Digo yo que si han de reunirse los mandatarios, que lo hagan solitos, sin miedo a nada. Que no tiren de cortejo festivalero. Porque si les preguntas, puede que te contesten que donde come uno, comen dos, y donde lo hacen dos, comen tres. Esto, por ejemplo, no saben aplicarlo a Somalia. Si allí lo hicieran extensivo, más de uno tendría algo que llevarse a la boca. Pero Somalia, como otros países, ha sido excluido del atlas de la bondad humana.

Mientras tanto, los telediarios continúan emitiendo en directo desde Madrid, cuando el papa de los persignaos llega besando suelos y recogiendo llaves. Y emiten en directo desde el estadio donde se descerebra una final deportiva. Y se desplazan a la puerta del sol a radiar desde la entrada del nuevo año. Y hacen su agosto emitiendo miedo mediático desde ese pueblo asolado por la ira de algún Dios impío. Y apostan sus medios técnicos y humanos en una basílica para retransmitir en riguroso directo una irreal boda real.

Y los noticiarios se olvidan pronto de Haití, de Somalia, de los Sudanes de antes, de los polisarios y sus frentes, de los que, ebrios de pena, mueren de hambre y sed.

En fin, antes, cuando comía frente a la tele y las moscas de un cuerpo abierto en canal amenazaban con colarse en mi dieta cambiaba de programa. Ahora lo hago cuando un Rajoy enardece; cuando un Zapatero languidece ahogándose en su propia mentira; cuando una Aguirre no ofrece esperanzas a los que educan, vengándose de los que la reprendieron por no llevar hechos los deberes; cuando una ministra de defensa, otrora pacifista, estrecha manos y declara guerras de intenciones; cuando un Chávez no da un chavo por sus ciudadanos; cuando un comunista olvida que los pueblos necesitan realidades sociales y no utopías; cuando los verdes sólo defienden el color de los euros que tapizan valles; cuando los nacionalistas se dan de hostias por representar a su partido en Madrid alojándose en hoteles de plazas Españas de cinco estrellas y desayuno con diamantes de por vida; cuando un Gallardón guiña a los de centro izquierda con el ojo tuerto; cuando, en definitiva, unos anuncian recortes y otros subidas que alejen de nosotros la posibilidad de alcanzar un nivel de vida digno.

La sanidad está en fase terminal, la enseñanza declina y deviene en añoranza porque cualquier tiempo enseñado fue mejor. Los profesores se alzan en armas de colores y gritos conjugados contra aquellos que quieren aniquilar la docencia empuñando la indecencia lectiva. Los comedores sociales se colman de bocas que suplican un bocado. Los ricos amenazan con manifestarse si les suben los impuestos y los pobres y sus sueños duermen en camas separadas.

Mientras todo lo anterior acontece, los políticos estrenan campaña tendiéndonos la mano para cercenarnos los dedos cuando guarezcamos nuestros cinco lobitos entre sus promesas de bajo coste y huera intencionalidad.

Voy a cenar, ahora que el telediario ha anunciado lluvias que nunca arreciarán. Otros, los del tiempo…

A la una y media de la madrugada no puedo dormir. No quedan ovejas suficientes en el rebaño. Me levanto con la intención de conectar el ordenador y hablar de algo a alguien o combatir mi soledad insomne con algún “ciberalma” gemela al otro lado del muro que la tecnología ha levantado y que escalamos una vez sí y otras también para darnos a desconocer. Pero hoy no hay nadie en ningún sitio.

En cada poro de mi piel estallan las bombas informativas del telediario de la franja nocturna. Los fotogramas de la serie que he visto después pasean por mi memoria y las canciones que he disfrutado mientras le daba esquinazo a Morfeo, vuelven a sincronizarse conformando una banda sonora desolada. Últimamente creo que todo a mi alrededor se apaga, que la crisis mundial ha inoculado su veneno en mi cuerpo, que me está venciendo el temor a no ser nada de lo que un día me propuse ser.

Me he preparado un café y he sentado a Alonso junto a mí. He encendido la tele con el propósito de quedarme dormido junto al gato y frente a las noticias asesinas o las chicas ligeras de ropa que desfilan por mi pasarela catódica. Pero ni noticias asesinas, ni chicas reclamantes de mi excitación, ni teletiendas, ni anuncios con músicas pegadizas, ni series mil veces repetidas. No. En la pantalla se anunciaba en letras azules: “Anvil, el sueño de una banda de rock”. He pensado que qué bien, que no me iría nada mal un documental para señalarle el camino a mi cansancio irreverente.

Pero mis ojos se han abierto como platos, mi alma se ha contraído un poco más, si cabe, con esa historia. Una crónica de superación, de perseverancia, de buscar y hacer; de buscar hacer lo que uno realmente quiere en la vida. De no dar el brazo a torcer ni la partida por perdida. La historia, que es real como la que estoy escribiendo, nos presenta a un grupo de rock canadiense que por los caprichos de un destino cabrón acaba no haciendo nada. No triunfan, no venden discos, no hacen giras multitudinarias, no encuentran discográfica, no se escuchan en el hilo musical de los supermercados mientras hacen la compra a duras penas con lo que se sacan trabajando de repartidores, unos, de profesores, otros, de nada, los demás. Pero no ceden. No venden sus sueños, no queman sus naves. Viven recordando la gira que les hizo famosos en Japón durante unos meses. Recuerdan que entonces los germánicos Scorpions empezaron su cuenta atrás hacia la gloria, y el roquero Bon Jovi se hizo infinito en el escenario y saltó hacia el número uno en las listas de venta de discos. Todos ganaron cantando, tocando y musicalizando sus historias. Todos sembraron y recogieron. Todos, excepto ellos: los Anvil, cuya música quedó en barbecho durante décadas. Nadie se explica qué pasó, en qué momento desparecieron del radar del éxito efímero, ni cuándo la ventura decidió soltarles la mano y ponerles la zancadilla.

Han sido casi dos horas de cine. De cine emotivo, sensitivo. De cine, en todos los sentidos.

He vuelto a emocionarme cuando preparaba un café y evocaba la epopeya musical que acababa de ver, esa hazaña del quiero sobre el puedo.

Con la taza en la mano he ido hasta el ordenador. Necesitaba una historia. Porque cuando llevo días sin escribir, el cuerpo me pide letras, la sangre se me transforma en tinta y mi cabeza gira en torno a lo que deseo contar. Es entonces cuando en los semáforos en rojo se me aparecen los recuerdos que piden ser plasmados en este lienzo fluctuante. Y es al compaginar la conducción con la audición de mis músicas, cuando tengo la certeza de que los pájaros que me anidan pueden alzar el vuelo.

Así que me he sentado delante del portátil sin saber qué capítulo iba a continuar. Y no fluía nada. Y el folio catódico, cuadriforme y apantallado seguía virgen.

He acabado releyendo un correo-e de una amiga que se está construyendo una casa, pero no una casa cualquiera, no; la casa de sus sueños. Está cimentando su futuro ladrillo a ladrillo. Simultanea el trabajo en una clínica con la colocación de piedra sobre piedra. Se ha dado cuenta de que las piedras, una vez dejas de tropezar con ellas, son útiles si quieres sacarle partido a tus deseos. Y una casa, embajada para tus ilusiones, puede ser el mejor de los futuros presentes.

He buceado por mi biblioteca musical mientras buscaba información y contrastaba lo que había visto hacía poco rato en la tele con lo que me ofrecía la red. Y todo concordaba. Los Anvil no sólo existieron sino que existen. Que actualmente son más el resultado de la exhibición de ese documental en las salas de todo el mundo que la concesión a sus deseos formulados cada vez que soplaban las velas de un pastel de aniversario. El cine, al parecer, les ha dado una segunda oportunidad.

He acabado poniendo a buen recaudo toda la información obtenida por si un día decido escribir sobre ellos. He abierto una página erótica y otra, y otra. Y tras erotizar mis horas nocturnas y vestirme de caricias, he preparado otro café, sintiendo que más cansado no puedo estar. Que las noticias funestas del último telediario, que la carga emocional de los viejos roqueros que nunca mueren, que rendirme sin lograr derramar una sola letra ante la invitación de un folio, que asomarme, taza en mano, a mi madrugada y masturbarla porque lo de contar ovejas no funciona, provocará que duerma con un angelito con sexo, o harto de él.

Las seis y media de la mañana.

Me siento en el sofá desde el que contemplo las vías del tren. Un convoy cargado de mercancías se acerca a la estación de Girona. Otro, cargado de cuerpos adormecidos, silentes, nace de ella. Se dirige a la ciudad Condal con los primeros pasajeros; estudiantes universitarios, hombres de negocios, y desempleados que se echan a la calle buscando dejar de estarlo.

El cielo preña de una claridad incendiaria el horizonte y el amanecer motea las fachadas.

Desde mi rincón escucho la señal horaria de las siete. La vida contemplativa engulle mis horas y el insomnio se la tiene jurada a mi reloj biológico. Algo así debe ser.

Vuelvo a la tele apurando los últimos sorbos y prometiéndome que intentaré descansar en breve. En el avance informativo hablan de los presidentes europeos que se reúnen en París. Que los últimos bastiones gadafistas están al caer, que lo que ayer era bueno para algunos hoy es malo para todos, que el pan sube, que el hambre se dispara, que la suerte de la vida está echada, que el destino está escrito con faltas de ortografía, que el futuro se frota las manos cuando ve lo que se le viene encima…

Casi las ocho de la mañana cuando desconecto todo. Nada he escrito hoy. Deposito la taza en el fregadero, dilucido si fregarla, pero acabo respondiendo al refrán “si lo puedes hacer mañana, para qué ocuparte hoy”. Acaricio mi gato que ronronea mi tacto, atranco puertas y ventanas para barrer el paso a un sol voraz.

Me tumbo sobre la cama con el sabor del café en el cielo de mi boca, con el olor a sexo autónomo en mi diestra, con la canción “metal on metal” sonando en mi interior y, tras cambiar ovejas por ladrillos, empiezo a contarlos y apilarlos, a ver si así ayudo a construir esa casa allende los sueños.

Y amanece, que no es poco, justo cuando mis ojos se cierran y resucitan este texto.



sábado, 23 de julio de 2011

LA SIESTA


Las tardes de verano eran tardes de siesta.

Dormir después de comer, durante la canícula, era una manera de combatir la agresividad solar que se cernía sobre la vega granadina en las primeras horas de la tarde. Desde mediodía, el sol se desplomaba sobre cualquiera que anduviera en los campos, o en las aceras, o esperara el autobús en las marquesinas de las líneas urbanas. Un astro rey inmisericorde que mataba poco a poco, rayo a rayo, a cualquier súbdito que se atreviera a desafiar su toque de queda.
Las calles quedaban desiertas, las gentes se resguardaban de la furibunda naturaleza tal cual lo hacían de las tormentas que descendían de la sierra descerrajando misiles pluviales sobre la ciudad Nazarí. En ambos casos los pueblos se mostraban abandonados y fantasmales.

Cada domingo, mis hermanos y yo nos desplazábamos al pueblo vecino. Mi abuela paterna nos recibía con los brazos abiertos, la boca llena de besos y la mesa puesta y dispuesta para que sus nietos se encontraran como Pedro por su mansión de fantasía y color. Además, ahí, a la hora de la siesta teníamos vía libre para cumplir con ese ritual o dedicarnos a otros menesteres. Por lo general, cuando estábamos bajo la supervisión de mis padres, no había manera de escaquearse. Era obligado sestear, llegado el momento, cuando el sol lo dictaba. Así que entre las cuatro y las seis, y a veces hasta más tarde, teníamos que tumbarnos en la cama y dormir, o leer, o estudiar, o hablar por lo bajini entre nosotros para no perturbar el descanso de los durmientes.

En casa de mis yayos era diferente. Después de almorzar consentían que viéramos la tele o que jugásemos, incluso me permitía el lujo de explorar la casa, mil veces explorada, en busca de no sé qué secretos, escondrijos nuevos, y pequeños tesoros de bohardilla. Todo con tal de no tenderme en la cama y lidiar con un Morfeo iracundo por trabajar en horario intempestivo.
Y ahí estábamos los tres hermanos. Mi hermano mayor con sus lecturas, simultaneando a esos ases patrios del acero más cortante; el capitán Trueno y El Jabato, mi hermana menor con sus divertimentos y juegos que mis abuelos tenían para ella, y yo, claro, viendo la tele o no haciendo otra cosa que no hacer nada. Me movía de un sitio para otro sin rumbo fijo. Me gustaba mirar la calle inhóspita bañada de sol, admirar los pájaros que surcaban los cielos sin miedo a quemarse mientras esperaba la hora para ver por la tele las aventuras y desventuras, los vuelos y aterrizajes forzosos de “El gran héroe americano”. O proyecto de héroe que necesitaba brincar mientras contaba hasta tres para alzar el vuelo, manteniéndose con más pena que gloria en los radares de la cordura. Era una de las primeras series a las que teníamos acceso. Así que las sobremesas dominicales de aquel verano eran sinónimo de libertad para hacer y deshacer, para ir y venir, para buscar y encontrar y para acudir a la cita con ese personaje, torpe heredero de “supermanes” y demás combatientes alados del mal.

Pero un domingo, al poco de cumplir once años, descubrí los pormenores y, sobretodo, los “pornomayores” de no acatar esa marcada doctrina una vez más.
Llegamos a casa de mis abuelos paternos a la hora de comer. Mi abuela nos agasajó con una paella en la que no se avistaba verdura por ningún sitio, refresco, pan blanco y de postre, helado de vainilla y chocolate cortado en un cuadradito y protegido por dos galletas de canela. Como de costumbre, todo estaba saliendo a pedir de boca. Y así seguiría durante las siguientes horas.
Ese día sufrí mi primera contraprogramación en la tele. No había gran héroe americano, ni otra serie en la que fijar mi atención o adecuar mi banco de imaginaciones. Así que mi hermano se ocupó de sus héroes novelados, mi hermana desapareció bajo un alud de juguetes y yo quise pasear las aceras cual héroe tocado del ala y sin miedo a que mi capa quedara a merced de ese sol que pegaba con una mala leche exacerbada.

Los vecinos de mis condescendientes ancianos eran de etnia gitana. Juan, el cabeza de familia, trabajaba en la construcción, la madre laboraba en las tareas del campo junto a otros lugareños, y las hijas se dejaban llevar por la desidia estival. Pasaban los días deambulando de un sitio a otro, cuidando la casa, alimentando unas cuantas gallinas y vigilando el palomar.
En aquella época, las casas permanecían abiertas, las puertas no se ajustaban a sus quicios hasta que la noche mitigaba el infierno veraniego.
Ese día en el que mi gran héroe decidió tomarse el día libre, pasé por delante de la casa del gitano. La cancela, abierta. La curiosidad mató al gato, sí. Y según mi hoja de ruta exploratoria y el refranero popular, tendría que haber acabado conmigo. Pero no fue así. Mi curiosidad me llevó a conocer otros parajes recónditos a los que, a día de hoy, sigo peregrinando cuando entorno los ojos.

La primogénita, Belén, estaba tumbada en el sofá. No la distinguía desde la entrada. Pero supe que ella a mí sí cuando mentó mi nombre conminándome a acercarme. Obedecí yendo hasta donde estaba tendida. Me asió por las muñecas y me preguntó cómo era que no estaba echándome una siesta. No supe qué contestar porque mi lengua estrellaba los vocablos contra mis dientes ahogándolos en una ciénaga salival. Estaba inmóvil, cegado por un nuevo y singular calor. Belén mostraba su cuerpo rendido al descanso sobre un sofá cama en una habitación casi a oscuras. Sólo una camisola abierta en canal por la que despuntaban sus pechos la vestía. La cabeza, en primera instancia, me dolió, alineándose con mi boca que seguía sin encontrar palabras ni formulismo cualquiera que me ayudase a salir del paso.
Tenía mis once años apuntando hacia esos pezones de color del café helado que tomaba mi madre. Estaba petrificado, como si me encontrase frente a mi kriptonita particular.
Ella me miraba observarla. Al cabo de un rato ya teníamos las manos entrelazadas, ocupándose las suyas de que la recorriera con la mirada. Me guió por su cuerpo. Cien gestos y ni una palabra en poco más de quince minutos. No tuve miedo al notar mi excitación. Ahí estábamos; un héroe a punto de colgar los hábitos, y ese cuerpo de veinte años gritándome que no sólo de pan y héroes vivía el hombre. La niña mujer me exhortó a entrar en contacto con su cuerpo. Y tímidamente posé mi nariz sobre sus pechos, y tímidamente posé mis manos sobre su vientre, y tímidamente abrí la boca para respirar y las aletas nasales temblaron cuando el olor de su piel erizó la mía y erotizó mi conciencia.

Salvo el saludo inicial y ese querer saber por qué no estaba durmiendo la siesta, no existió conversación alguna. Hablaba su cuerpo y respondía el mío. Sus dedos jugaban con mi pelo, masajeaban mi cabeza y sentía la presión de sus uñas arañando mis pensamientos, rescatándolos, apaciguando mi travesía.
Durante un cuarto de hora me limité a seguir sus indicaciones. Pon la mano aquí, me decía. Ponla allí. Colócala entre aquí y aquí. Ven, posa tus labios aquí. Mira, huele aquí. Y así me ayudaba a explorar sus recovecos. Sin saber cómo me descubrí sembrando de besos ese cuerpo mientras el mío desanclaba su infancia.
Ella se retorcía, culebreaba, otorgándome honores de protagonista en su simulado juego. Se movía con gestos rápidos y miradas que destellaban en la oscuridad del habitáculo. Suspiraba fuerte mientras escondía los dedos entre sus piernas. Ante tanto gemido, ante esa figura que se doblaba como una hoja, temí que le estuviera pasando algo. Alcé mis manos, rindiéndome al enemigo, queriendo abandonar ese campo minado de deseo mientras ella exclamaba que no, que no, -deja las manos ahí, que se diviertan-. Y las manos se divertían conduciendo mi estremecimiento y mi boca se hacía agua cada vez que se posaba sobre su abrevadero.

-Vete- me dijo. Dejó de temblar justo cuando mi sexo empezaba a experimentar una especie de descarga eléctrica. Me advirtió que ese juego era sólo nuestro. Que fuese a verla cada vez que quisiera. Y quise muchas tardes dejarme caer por su casa, primero, y por su cuerpo después. Ese tesoro corpóreo que respiraba la oscuridad de la habitación, a la hora de la siesta, al ausentarse sus padres. Esa fragancia que invocaba mi anhelo cuando éste se manifestaba en contra de la siesta.

Los demás domingos de ese verano seguí frecuentándola y memorizando su anatomía. Era obediente como no lo era con nadie. Si me decía ven, lo dejaba todo, fuera lo que fuera todo, incluidos héroes americanos, juegos variopintos y demás delicias infantiles. Me postraba ante ella, junto a ese sofá, oasis del pecado. A su señal, comenzaba el recreo; las exploraciones, el tacto en la piel y la piel desnuda lamiendo el silencio, besando las voces quedas que se escapaban entre los labios apretados. Aprendimos a disfrutarnos a lo largo y ancho de ese estío.

Después, durante el invierno, la entrada a su casa y por ende a su desnudez, permaneció cerrada a cal y canto. Su padre seguía trabajando en “la obra”, su hermana aprendía a crecer y su madre las vigilaba de cerca convirtiéndose en la centinela de mi castillo cañí.
Como le sucede a todo niño, me venció la impaciencia. Me aburrí aguardando una ranura por la que colarme y volver a embriagarme con su olor a vainilla. Me cansó la demora y darme de bruces contra las puertas cerradas. Mis juegos se disiparon como por arte de magia negra.

Han pasado cinco mil años, como reza la canción de Pedro Guerra. A menudo me viene a la cabeza Belén y sus maniobras orquestales en la semioscuridad de aquella casa.
Entonces evoco mi sexualidad naciente a esas horas en las que las personas descansaban, el sol quemaba y mi gran héroe americano surcaba los cielos a ras de suelo. Intento recordar cómo regresaba donde mi abuela, qué pretexto utilizaba para explicar mi ausencia, cómo era recibido, qué me decían. Es esto lo que me conmueve. Mi memoria ha dejado escapar algunos datos. O no los necesita porque sabe que no son necesarios para que pueda narrar aquel hecho. Sé lo que sucedía antes, a lo que me enfrentaba durante, pero no lo que acontecía cuando finalizaba el camino de regreso.

Me consuelo pensando que quizá es sólo una historia más que mi mente ha gestado. Que nada de aquello sucedió. Que es mi cuerpo el que necesita esos calambres adolescentes cada vez que dormito.

Hasta el día de hoy no había vuelto a dormir la siesta. Acabo de regresar a la realidad. Lo último que recuerdo es la voz del hombre del tiempo anunciando lluvias que nunca arreciarán.
Al despertar he notado el peso de la memoria golpeando mi sien. Mi frente se ha perlado de sudor cada vez que mis ojos y mis labios deletreaban el nombre de mi gitana. Su recuerdo ha sobrevolado la estancia dejando un reguero de letras para que las saboree, las ordene, las rememore y las dibuje sobre este lienzo catódico.

Me siento en el borde de este desvencijado sofá. Acaricio a mi gato que se despereza y ronronea y opta por seguir durmiendo.
El café se ha quedado frío, qué curioso, no he probado ni un sorbo. También esto es novedoso. Estudio la taza, la muevo en círculos como hacen algunos santeros que quieren decirte lo que te deparará el futuro a través de los posos. Pero a mi futuro no le gusta el café y sus dotes adivinatorias.

Pongo un cedé en el equipo de música. Dejo que Pedro Guerra y Serrano hagan trinar los pájaros que anidan en mi cabeza.
De la cocina vuelvo con una copa de oporto en una mano y una historia con sabor a vainilla en la otra.

Y mis dedos descienden, acarician el teclado con la misma suavidad e idéntica soltura con la que reptaban su impudicia, ascendían sus dunas y se zambullían en ese acuífero que ahora provoca que mis glándulas salivares estallen su sabor en mi boca.

Y Belén se hace letra…

sábado, 4 de junio de 2011

CORAZONADA


“y en cuanto acabó de zurcir las heridas de
las noches mal dormidas llegué yo
y le llené de flores el jergón para los dos,
sin espinas de colores, que se rieguen
cuando llore y cuando no, las sulfatamos
con nuestro sudor,
y me confesó, cuando quieras arrancamos que
en las líneas de la mano lo leyó,
que se acabó el que la quemara el sol,
pero se asustó, ¡cómo te retumba el pecho!,
tranqui, solo es mi maltrecho corazón,
que se encabrita cuando oye tu voz”


CORAZÓN DE MIMBRE. MAREA


***


-Pálpito, decía mi abuelo.

He abierto los ojos a las nueve menos cuarto. Ayer tardé en conciliar el sueño, las ovejas, hartas, huyeron despavoridas a pastar en otras mentes.
Alargando el brazo he sintonizado una nueva emisora. Quería escuchar a la gente, quería noticias frescas. Pero al final la gente se enzarza en guerras dialécticas y las noticias pasan de la frescura de la vida a la tibiez de la muerte. Guerras de todo tipo dibujan su campo de batalla en el desayuno de las ondas.
La habitación vuelve a quedar en silencio. Adivino el sol que lucha por colarse buscando una rendija para amanecer a este lado. Me desperezo aún en la cama, junto los pies acariciándome las piernas con los dedos. Doy por acabadas estas maniobras orquestales en la oscuridad cuando me estiro emitiendo un quedo bostezo.
Sentada sobre el borde, busco entre los claroscuros el rincón donde anoche esparcí mi ropa interior. Salto de la cama con el móvil en la mano. Desde hace tiempo es un apéndice más. Es ahora cuando recuerdo que he soñado. Es ahora cuando sabiendo que he soñado, ignoro el contenido. Vislumbro personajes que no consigo etiquetar, no logro adivinar qué calles son por las que transita mi subconsciente y sus devaneos nocturnos. Sólo sé que cuando me he incorporado mis pies no temblaban, no me faltaba el aire y una sonrisa se abría paso en mi rostro.

Preparo un café que saboreo mirando por la ventana. La calle está desierta. Nadie se acerca a mi portal. Me acuerdo, otra vez, de mi apéndice electrónico. Miro la pantalla: ningún mensaje, ninguna llamada. La felicidad, a veces, dista sólo un par de tonos; un aviso con ese mensaje que tanto anhelas descifrar. Esa comunicación privada que se crea entre tú y quien tú quieres.

Mientras la taza viaja a mis labios, rememoro el sueño. En él mi abuelo me dice que cada vez que sentimos que algo bueno está a punto de sucedernos, se trata de un pálpito. Pero es la voz de mi abuela la que lo contradice jovial, diciendo que eso no es así. Que no se llama pálpito. Que la verdadera expresión de futuros alegres es otra palabra que no consigo descodificar, quedando atrapada entre las sombras de mi somnolencia.
Eso ha sido lo que ha hecho que deguste con más intensidad este café. Ha sido el saber que quizás algo bueno está a punto de sucederme. Que la alegría volverá en forma de llamada, que la llamada se producirá de un momento a otro, que algo puede cambiar.
Beso el borde y el café amargo alcanza mi boca inundándola de placer. Es un beso en toda regla. Como esos besos pretéritos que quieres que regresen, que quieres volver a sentir, necesitando que se posen como mariposas sobre tu sexo, sobre tu cuerpo, sobre tus labios.

Me noto cansada. Cansada y tediosa.
En la ducha tengo que sentarme en el taburete colocado ahí para hacer más distraídos estos momentos y darle esquinazo a la soledad. Mientras el agua resbala por mi desnudez escucho de fondo la radio y, tras la ventana, una vecina llama al orden a los gatos callejeros que anidan las cornisas. Las voces se confunden con el ruido relajante de mi baño. Cierro los ojos y separo los labios. El agua se cuela en mi boca, la aguanto y la termino escupiendo cuando noto que me falta el aire. Acaricio mi cuerpo, las manos recorren cada rincón y las yemas se distraen trazando caprichos en la piel.
Cuando regreso a la cocina ya tengo otra vez el móvil en la mano. No hay descanso para la espera. Es mi nexo con la realidad, con la necesidad, con lo imposible. Porque mientras avanza la mañana empiezo a estar convencida que no va a sonar. Que no emitirá señal alguna que dé la razón a mis sueños, al pálpito definitorio de mi abuelo. Y todo quedará como está. Todo menguará y la felicidad alimentará mi pasado, resistiéndose a mi futuro. Miro por la ventana, otra vez. El sol lame las aceras y los escaparates se llenan de anónimas sombras y de parejas de amantes donantes de placer.

Necesito cobijarme en la lectura del último libro de Marías. Me enamoro fácil y eso, en mí, es un problema. No hay corazón que aguante tantos amores. Compagino la lectura con la audición del nuevo trabajo de ese viejo cantautor que una vez le canta a sus musas y otras le escribe letras de neón a su Magdalena.
De vez en cuando consulto la pantalla del teléfono. Temo no haberme percatado del aviso. Quizás mi hilaridad aguarde en la bandeja de entrada.

En días como hoy me visita todo mi pasado. Ha empezado por mis abuelos, dejando que pueblen mis fantasías oníricas. Y ahora acabo de descubrirme pensando en él, preguntándome qué andará haciendo ahora, y con quién andará haciéndoselo. Entre pasado y futuro se cuelan ilusiones y realidades. Es como cuando estás al borde de la muerte, que toda tu vida cruza ante tu mirada en un minuto. Debe ser lo que le acontece al suicida, que una vez aprieta el gatillo sólo le queda tiempo para morir, si es certero. Pero si la torpeza que lo lleva a esa situación insiste en acompañarlo al más allá, le dejará tiempo para que se arrepienta, para que esos pensares se posen como alas en las retinas por las que la muerte le guiñará un ojo.

Tornan a mi cabeza esos mensajes furtivos y esas conversaciones que hacían de la noche nuestro refugio. El teléfono ardía y los oídos sudaban. El sexo hervía y la voz empapaba el deseo. Acabábamos a las tantas, febriles, y al día siguiente buscábamos otra vez la conexión, el punto de partida, el kilómetro cero para nuestra ventura. Resuena en mi interior “corazón de mimbre” del grupo que tanto le gustaba. Insistía enfáticamente en que me dejara seducir por la voz ajada del cantante. Me cercioro que mientras tarareo esa canción necesito exhumarla y la busco con ansia entre mi biblioteca musical. He perdido la cuenta de las veces que me la envió en MP3 hasta que consiguió mi capitulación ante su corazón mimbrado.
Nos reíamos cuando escuchábamos esas noticias que advertían del uso abusivo de los celulares. Podían provocar cáncer, o daños cerebrales, o cosas por el estilo. Y tras las risas, los besos, y tras los besos, el amor nos hacía y nosotros lo convertíamos en sexo, y tras el sexo, la conversación infinita, y tras ese infinito hablado, el silencio, y tras el silencio, la aciaga despedida, y tras la despedida, la vuelta al hogar dulce hogar donde otro mundo, otra vida, otros protagonistas nos esperaban ofreciéndonos cotidianidad.
Pero el teléfono enmudeció. Mi cuerpo dejó de responder a sus caricias y sólo se manifestaba, cada vez menos, cuando su recuerdo se enquistaba en mi cabeza. Entonces, el placer, aunque distante, volvía a consumirme.

Sentada frente al portátil, mientras me dejo acariciar por la inconfundible voz de Kutxi Romero, pienso en mi carrera, truncada en mil carrerillas por la falta de posibilidades. Al final, esas oposiciones me salvaron, y conseguí una plaza en la diputación provincial donde lo conocí. Me doy cuenta, mientras vivo este día, que mi memoria recurrente se ha aprendido su nombre. Y lo evoca, jugando conmigo, trayéndolo, postrándolo ante mí. No puedo evitarlo: estas ganas de nada menos de él, que cantaría el de amante de las musas, me hieren.

Termina la canción. La he escuchado tres, cuatro, varias veces. Necesito estirar las piernas. Y las estiro lo justo para recuperar el teléfono que se había quedado rezagado junto a los enamoramientos de Marías. Miro la pantalla, la miro mucho, como si la insistencia de mi mirada consiguiera que se iluminara anunciante. Pero el teléfono, como la vida del suicida, parece que ha expirado. Que ese pálpito sólo ha sido una falsa alarma. Un tsunami que nunca alcanzó la costa.

A la hora de comer enciendo la tele. Supongo que no tengo bastante y necesito la camaradería de un telediario sembrado de noticias funestas: De hundimientos de bolsas, de explosión de burbujas, de salarios congelados, de niños quemados por el sol y abandonados por la vida, de terremotos en zonas pobres donde ningún dios tiene segunda residencia, de asesinatos a sangre fría, de revueltas contra el sistema, de sistemas de represión contra esos indios que se niegan a abandonar sus selvas para que las autopistas a ningún cielo las atraviesen, de un accidente múltiple en el que han perdido la vida no sé cuántos que venían de celebrar un ascenso a primera división y de las protestas de esos trabajadores abocados a vagar como alma en pena buscando una oportunidad que ilumine el crepúsculo de su vida laboral. Hoy, ni a la hora del tiempo hay buenas nuevas. Un frente se cuela por el norte peninsular amenazando esta primavera que aún no ha tenido tiempo de curar el invierno.

A las cinco preparo un descafeinado y vuelvo a sintonizar una emisora. Por la ventana de las ondas, un locutor de moda que abandonó la jungla urbana de su Venezuela represiva para instalarse en los programas nocturnos donde contertulios jugaban a ver quién insultaba con más elegancia, habla de corazones llenos de alegría. Dice que el suyo, de tanto amor, de tanta dicha, está a punto de reventar. Que amenaza con romper su pecho y surcar campos de claveles bombeando placer. Repite una y otra vez que está agradecido a España, que lo recibió con los brazos abiertos y los armarios clausurados.
Menudo imbécil, qué sabrá de corazones, qué de felicidades. Cierro los ojos y lo insulto mentalmente, los aprieto hasta el dolor y asesino su buenaventura.

Me falta el aire y termino consultando el móvil. No, no suena, no está por la labor. Compruebo la batería, toco las teclas, hago una llamada a mi mejor amiga para comprobar que aún funciona. Me pregunta si va todo bien, si necesito hablar, quizás. No, sólo quería saludarte, escucharte un momento. Un hola y un adiós a modo de SOS. Se me pasa por la cabeza llamarlo a él, a ver qué tal está. A despedirme, quizás, a escucharlo una última vez. Pero me freno. Le prometí no importunarlo nunca más cuando se bajó de nuestra historia y los viernes se vistieron de luto.

En la cocina preparo un vaso de agua en el que diluyo un ibuprofeno. Desearía mezclarlo con agua de lluvia. Acercar el vaso a una nube preñada de invierno y combinar medicina y naturaleza en estado puro. Claro que con mi suerte, acabaría partida por un rayo. La cabeza amenaza ahora con estallarme, y no de felicidad precisamente. Apago la radio y el apartamento queda silente.
Dirijo mis pasos hacia la terraza y atisbo la plaza de aparcamiento vacía. Miro las plantas y huelo la huella que la vida ha depositado en los tiestos. La tarde declina y el sol empieza a lamer edificios en su peregrinar hacia el ocaso. Pienso en la suerte del astro rey. Se pasa el día lamiendo. Lame cualquier manifestación de vida en la tierra desde que sale hasta que se pone.

Me gustaría llamar a mi madre, a mi hermana o a alguna de mis amigas. Hablar largo y tendido. Pero supongo que la esperanza sigue siendo lo último en perderse. Y quiero, sobre todas las cosas y a cambio de todos mis sueños restantes, esa llamada redentora.
Descanso mi cuerpo en el sofá, junto a la “literaturiedad” enamoradiza de Marías. Dejo que sus letras me acompañen hasta la hora de cenar algo presuntamente sano.
Me siento en la mesa. Dispongo el cubierto, una copa con agua mineral, un plato con una sopa de verduras y el teléfono cerca, próximo a mi corazón, a mi alma, a mis ojos acristalados.

A las nueve, mientras desvisto un kiwi, el móvil emite un sonido: llamada entrante. No es él.
La voz de mi mejor amiga, disfrazada de jovialidad, irrumpe:

- ¿Qué? ¿alguna novedad?
- No, ninguna. Todo sigue igual. Este teléfono no está concebido para las noticias buenas, ni para los acercamientos.
Tras una brevísima conversación, finiquito la llamada.

Vuelvo a mi rutina, a mi espera cotidiana. Necesito llorar y no lo consigo. Las lágrimas se declaran insumisas y no descienden, como en anteriores ocasiones, por el eslalon de mi tristeza. Tras apagar las luces de la casa, casi a tientas, pongo un cedé en el equipo de música. La voz de Mariza acapara mi atención e invoca mi descanso.

Abro los ojos de par en par. Mi punto de mirada se abre paso a través de la espesa negrura. No sé qué hora es ni cuánto tiempo habré permanecido mecida por los latidos de Morfeo.
Pero el teléfono suena con la insistencia de las prisas, irreverente. No cesa hasta que lo alcanzo. Mientras, mi corazón desbocado amenaza con huir sin esperar segundas oportunidades.
Es él.
Es él.
Es él y su voz suena dulce como la miel, tranquila como la de un domador de canciones.

- Si te llamo a estas horas sólo puede ser para darte buenas noticias. En una hora pasará una ambulancia a recogerte. Tenemos un corazón para ti. ¿No te morías de ganas de tener una cita con la vida?

Tras colgar el teléfono, la voz de mi abuela emerge de entre los sueños para corregir a mi abuelo:

- Corazonada, se llama corazonada.