sábado, 7 de julio de 2012
EL BUZÓN
sábado, 7 de abril de 2012
SENO
sábado, 11 de febrero de 2012
YO ESTOY VIVO Y VOSOTROS ESTÁIS MUERTOS
A Consol, por su amistad.
Este relato es tuyo.
Deslizo la mirada por la página penúltima del libro de Carrère que estoy leyendo. Escruto esas letras donantes de tristeza, de amargura, de aflicción o de cualquiera de los antónimos de lo que debería ser el feliz desenlace de las historias de este novelista francés leído a diestro y siniestro. Siniestro.
Estoy deseando terminarlo porque, entre otras razones, es uno de esos libros que incitan a escribir. Que los lees y acabas envidiando esa capacidad para narrar. Necesitas intentar crear algo similar, o algo para contrarrestar, o algo para comparar, o algo a modo indicativo para que tus amigos, los que te lean por estos lares de la virtualidad, acaben arribando a la estación terminal de este literato galo.
Acelero la mirada por esa página penúltima del libro. Me queda poco recorrido para llegar al punto y final.
Pero también es cierto que me urge ya, a estas alturas, hablar sobre este francés letrado, sobre este escritor de culto, sobre los ritos literarios que ha abrazado para convertirse en el biógrafo de la muerte. Porque los hay de políticos, de deportistas famosos, de famosos televisivos, de actores encumbrados al séptimo cielo, y de otras personalidades difuntas que se fueron sin tener tiempo de manifestar su última voluntad y cuya voz, una vez fallecidos, alguien de su entorno resucitó a través de verbos ajenos.
He leído dos novelas de Carrère, las suficientes, creo, para cerciorarme de lo que me queda por aprender y sorprenderme.
En mi primera incursión en su universo literario me di de bruces con unos personajes a los que el mar engulló. Sucumbieron bajo una ola gigantesca en las costas de Tailandia ante los atónitos ojos de sus familiares que contemplaban la escena desde una loma. El padre de uno de los ahogados le pidió que escribiera sobre ese suceso y, claro, este hombre que acaricia el teclado como quien afila una guadaña, tardó unos años en ponerse verbos a la obra. Pero se puso. Y lo hizo el día en que su cuñada, enferma terminal de cáncer, le pidió que contara a su familia, primero, y al mundo, después, sus últimos meses de confinamiento en la jaula en la que se había convertido su no existencia eterna. Murió ella y empezó a escribir él. Y cuando lo hizo se acordó de aquella petición formulada por el padre de una de las víctimas del tsunami. Así que hiló una historia con la otra y acabó paseando de la cintura con la más oscura de todas las damas.
La segunda novela que he leído es la que he abandonado para tomar un café mientras miro por la ventana y dejo que estas letras se posen en mi cabeza amenazando con descender hasta la pantalla del portátil.
Y si en su primer libro me hablaba de esos seres que habían perdido su apuesta con la vida, en “El adversario” no hace otra cosa que darle más vueltas de tuerca a la tortura emocional del lector. Es una obra muy al estilo de la sangre fría de Capote. Narra la vida doble, la de verdad y la de engaño, de un personaje que existe y que cumple condena por haber asesinado en el año 1993 a parte de su familia. Con el miedo en el cuerpo a ser descubierto, viéndose acorralado por las personas a las que había estafado y engañado durante los últimos veinte años, no se le ocurre otra cosa que matar a su mujer, a sus hijos, a sus padres y al perro de sus padres. Intenta también suicidarse pero es rescatado por los bomberos. En el sumario queda claro que no lo intenta a fondo, que tarda mucho, que casi espera a que lleguen los equipos de rescate antes de atiborrarse a pastillas. Queda corroborado que en el arte de matar es docto y en el arte de morir, un cobarde.
Después, el juicio. Tras éste, una condena a cadena perpetua revisable. Dentro de un par de años, para el dos mil quince, la libertad. Saldrá a la calle con sesenta y un años, alguna carrera universitaria, protagonista funesto de algunas películas francesas, de una española protagonizada por Coronado, antihéroe literario, destilando cristianismo y dando ejemplo de lo que curan y resarcen las cárceles. Y todo, gracias a este prosista convertido en biógrafo de la muerte en cualquiera de sus manifestaciones.
He empezado a escribir este texto a las siete de la mañana. Era cierto, entonces, que me quedaban dos páginas para enterrar “El adversario” en la estantería de los leídos. También es cierto que he mirado por la ventana, con un café en la mano, mientras de reojo contemplaba la novela bocabajo, abierta por el punto de lectura, esperándome. Y también es cierto que se acerca el día del taller de literatura y que aún no tengo nada escrito. Me he puesto a pensar, como suelo hacerlo cada vez que intento hilvanar mi pasado con mi presente para componer algo legible. Sucede que, muchas veces, una novela, una canción, una noticia, abren la puerta de mi conciencia y sólo la abandonan convertida en relato. Y mi sexto sentido para con las letras lleva días avisándome de esta cocción que mis dedos teclean en estos momentos.
He llegado a mi despacho, en el centro de Girona, a las ocho de la mañana.
A las diez bajamos al bar de siempre a cafecear con los compañeros. A pasear mi punto de vista por el resto del local. Contemplo a las personas como queriendo hacer un casting a las musas. Observo la calle y sus transeúntes con el mismo propósito. Me detengo en las caras y me entretengo en los escotes. Me enternecen los ancianos que caminan cogidos de la mano y me enervan esas personas que visten a sus perros para combatir este frío azul con el que nos obsequia el invierno. Pobres animales en manos de ridículas personas.
Leyendo el periódico cargado de noticias asesinas, de crisis financieras, de equipos que ganan, de la banca que gana y suma, pienso que ya no dispongo de ningún libro para amenizar los cafés de la sobremesa. Determino pasar por la librería después de las tres de la tarde. Porque cuando no tengo ninguno aguardando en la sala de espera, noto que algo me falta y me aborda un sentimiento de intranquilidad. Supongo es el mono que sufren los yonquis de la literatura.
Pero a las dos y media mi teléfono móvil ha emitido un sonido de alerta: mensaje de una compañera de trabajo y también amiga. Me ha dicho que viene a Girona, que le gustaría comer conmigo, agradecerme que haya estado ahí, apoyándola en su lucha contra el cáncer de pecho que ha padecido. Totalmente recuperada, quiere brindar por su gesta y mis gestos. Así que acepto. Bien. Las noticias buenas, por fin, que, aunque son cada vez más escasas, también acaban llegando…
A las tres, en el restaurante que ella ha escogido, la observo. Sentada enfrente, sosteniendo la copa de vino tinto, sonriéndome como si hubiera regresado victoriosa de una travesía a pie por el desierto del Sahara, me comenta algo así como que por fin ha conseguido expulsar los demonios de su cuerpo. Ese infierno que la habitaba se ha apagado. Es curioso porque muchas veces utilizo en mis escritos esa expresión: algo que me habita: el temor, la duda, la esperanza también, los pájaros que me anidan a modo de metáfora para no repetirme con lo de habitar, y así un extenso etcétera de cuerpos extraños, de emociones conocidas que acaban haciendo de mi cuerpo su morada.
La quimioterapia ha exorcizado el tumor. Lo ha reducido a un recuerdo. Un mal recuerdo que con el paso del tiempo se extinguirá convirtiéndolo en un mal sueño, unas veces, y la pesadilla de un nuevo brote que la hará despertar jadeando en mitad de la noche, otras.
Mientras departimos, su mano izquierda se aferra a la servilleta. Cada dos o tres bocados, sus dedos la sueltan e inician un camino mil veces recorrido: como un acto reflejo actúan sobre su pecho queriendo verificar la cura. Al saberlo ahí, en su sitio, recuperándose, vuelven al plato y su rostro es otra vez el de una persona y no el de una sombra obedeciendo a su instinto. Me he dado cuenta que lo hace de manera mecánica. No es consciente en ese momento que sus manos buscan su pecho, que tira de la camisa como si le molestase el tacto que oprime a su piel resucitada. Opto por no hacerle muchas preguntas respecto a lo que ha sufrido aunque no hace falta pues, es ella, necesitando auto convencerse, la que me obliga a hablarle de su padecimiento pretérito. Es ella la que se asusta cuando ve que no miro nada, que no viajo a otras mesas, que no descanso mi mirada sobre las demás personas que llenan el local haciendo comentarios sobre éste o aquél o las de más allá. Es ella la que me dice que todo está bien, que vuelva a ser yo, que disfrute del tapiz de colores y sabores en los platos, del paisaje humano de la sala, de este hoy con honores de futuro.
Repasamos todo lo que concierne a nuestro trabajo. Correos está mal. La situación financiera está mal. La crisis asedia a la clase trabajadora y la clase trabajadora, cada vez más hostigada, amenaza con levantarse contra la política antisocial de los que nos gobiernan con más pena y sin gloria alguna, y un etcétera que se extiende hasta los postres. Después regresamos a su enfermedad vencida. Dice que se siente como un preso que recobra la libertad:
- Un preso confinado injustamente por un delito no cometido- Añado
Conversamos sobre lecturas y escrituras. De lo mucho que leo y de lo casi nada que escribo.
Así que cuando quiere saber qué estoy leyendo ahora le repondo que nada. Que he terminado una lectura por la mañana y que al acabar de comer entraré en la librería más cercana para adquirir una novela.
Mientras la cucharilla dibuja círculos diluyendo el azúcar en su cortado, sin apartar la vista de la servilleta, me pregunta si he leído algo más de aquel chiflado francés que escribía sobre asuntos escabrosos. Carrère, he puntualizado yo. Sí, ése, el que viste, calza y, además escribe de miedo sobre la muerte, aclara ella.
Le contesto que el libro que he finiquitado hace unas horas es el segundo libro que he leído de él. Al decirle el título de las dos obras, ha vuelto a iluminar su rostro una sonrisa plena:
- No hace falta que vayas a ningún sitio –dice sonriente y guiñándome.
- ¿No? ¿No me pedirás que escriba algo, verdad?
- No, no pienso pedirte que escribas nada. Ya eres grande para saber lo que te conviene…
Extrae de su bolso un pequeño paquete. Asevera, antes de dejar que lo descubra, que gracias a mí ha conocido al tipo ese francés cuyo nombre no recuerda. Ella, durante las sesiones de quimioterapia no hacía otra cosa que enfrentarse a la verdad de su enfermedad a través de los ojos y la letra de Emmanuel C. Que nada es eterno, lo sabe, pero que entregarse a la lectura de libros que no hacen distinciones entre la vida y la muerte es sentirse como el náufrago que avista la costa tras una travesía de la que estaba seguro, no saldría con vida. Que es más natural un fallecimiento que un alumbramiento.
Vuelvo a creer que la he entendido, y lo creo mientras tecleo este día y mi cabeza sigue en esa mesa a punto de descubrir el regalo.
- Ten, esto ya sabes que es para ti. Si no te gusta, o prefieres otro, o lo tienes, aquí tengo el comprobante de compra –puntualiza-
Mis manos han reptado por la cubierta de la novela. He abierto, como suelo hacer por inercia desde que era niño, el libro por la mitad y lo he olido. Los libros nuevos siempre huelen a vida, vaticinaba mi abuelo.
Y me centro en el título del libro para cerrar esta crónica:
sábado, 10 de diciembre de 2011
12 CANCIONES
Al salir, un rayito de sol ha travestido mi otoño. Un indignado me ha ofrecido un panfleto para que me sume a su lucha contra la actual situación; que los pobres, pobres son y quieren dejar de serlo, y que los ricos, ricos son y también quieren evitar que sigan siéndolo. He pensado, justo en ese momento, que tendría que haber un Cupido para las razones amatorias y otro para las económicas. Que unas veces nos ensartara el cuerpo con sus flechas doradas y otras, con una tarjeta regalo para pagar el alquiler, la hipoteca, o las facturas que se acumulan, como el polvo, en las estanterías de la necesidad.
Llevo días queriendo escribirte una carta. Sí, como aquellas que nos enviábamos y que delataban los albores de nuestra historia. Una rendija por la que espiar nuestro pretérito. Me gustaría que mis letras te devolvieran al principio, al prólogo, a ese comienzo que no terminó hasta que nos convertimos en el resultado de una guerra dialécticamente nuclear. Tu recuerdo poliniza mis horas cuando leo un poema, cuando en la tele programan aquella película que vimos en la semioscuridad de un cine de barrio, o cuando la portada de un libro me reporta a ese tiempo incontestable que guarda nuestro pasado como Salomón su oro. Y hoy, que hace una eternidad de la muerte de Jack London a sus cuarenta años, he vuelto a pensarte y a preguntarme qué andarás haciendo. Hoy, como recitó primero el poeta y musicalizó después el cantautor, es siempre todavía. Hoy me he puesto verbos a la obra para que sean ellos los que te busquen en la alacena de la memoria.
Andrés Suárez suena en el despacho. Son doce canciones que merecen doce relatos. Quizá debería ser capaz de escribir un texto con el título: 12 canciones o doce porqués. Porque cuanto más lo escucho, más me propongo olvidar, cuanto más pienso en conjugar olvidos, más echo de menos mis años que no conocían la preocupación. Cuanto más me echo de menos, más necesito vivir y dejar de preguntarle a las estaciones qué ropa cubrirá tu cuerpo. Y así sucesivamente hasta este punto y aparte con formato musical y número duodécimo.
A ti que usas las canciones como tiritas para el alma, me gustaría hablarte del último trabajo de este labriego de la música, de este gigante de pasos lentos, pero seguros, de este amigo curtido en mil bandas sonoras del día a día.
CUANDO VUELVA LA MAREA nos revela el cruento frente bélico en el que los “quieros” y los “puedos” libran mil batallas, el arduo trabajo de una cabeza que quiere olvidar, el quejido de un corazón abonado al abandono, la precariedad de un contrato hasta que una muerte cabrona separe a algunos, el dolor mitigado por ese robo de horas al calendario, por ese andar espacios para encontrar tiempos en los que compartir con y departir de.
CUANDO VUELVA LA MAREA nos habla de amores correspondidos y de amores negados tres veces, del placer de recibir, del auténtico goce supremo de dar sin esperar nada a cambio, del amor por las letras, de las letras donantes de placer, de compromisos varados en cuerpos contra la pared, de sexos unidos por el gemido de los sueños, de los silencios que tiznan las relaciones, de la nostalgia por aquel tiempo pasado que fue mejor, de la saudade que se enquista en cada poro de la piel que nos habita, de los abrazos que combaten soledades, de la reciprocidad del llanto mientras se asevera que no, que no volveremos a sucedernos, de los gatos en las cornisas que lloran un atardecer, de las bebidas caribeñas con nombre de ron que emborrachan las canciones y contagian los sentimientos, de las cometas que surcan cielos que preñan de azul los mares, de las mareas sorpresivas que nunca sabes qué te van a traer.
CUANDO VUELVA LA MAREA está decorado de faldas rotas, de baños en tugurios de mala muerte habitados por sexos en carne viva, de desnudos que valen más que mil palabras, de la mujer más bella que viste de flamenco los bailes bajo una lluvia de café, de futuros que quieren presentarse, de árboles que tiñen de ocre el paseo, de abriles de ida y de vuelta, de cumpleaños anegados de añoranzas, de treinta y seis razones para no olvidar las muescas en la memoria y las cicatrices en el corazón, de pasos apurados que huyen de la noche y buscan oscuridad, de piedras que entorpecen la huída y de charcos en los que naufraga la tristeza, de esas historias que cuentan verdades aunque viajen despacio.
CUANDO VUELVA LA MAREA mira culos que hacen olvidar, que esquivan la voz y quitan el sentido, observa la vida y sus daños colaterales desde la ventana de un hotel también dulce, reivindica la palabra para que medie entre la distancia y la posibilidad, susurra sonrisas a un desliz mientras una suerte de risa danza y observa a esa rubia teñida de miedos que dice "sí".
CUANDO VUELVA LA MAREA tiene la voz de un maestro, la palabra de un poeta, la música orquestada en un interludio que no conoce fin, la intención de un condenado a vivir, el etílico final de una noche que lame el quemante principio del amanecer.
CUANDO VUELVA LA MAREA eres tú, y fuimos nosotros.
Estas doce razones nos permiten viajar en el carrusel de los sentimientos encontrados. Cada canción es un universo donde nace y muere la vida, donde corazón y cabeza le echan un pulso al deseo para acabar firmando una tregua, fumando una pipa y buscando la paz en el océano furioso de una cama en un cuatro estrellas compostelano.
Mientras me dejo mecer por el piano infinito en cada canción, mis pies se mojan con tu saliva, la marea me devuelve a la orilla de tu voz y mi cabeza se pregunta dónde coño pretendo ir.
Ahora tomaré otro café. Brindaré por tu ausencia huérfana en cada canción. Escucharé los latidos de Andrés y le pediré a ese Cupido viejo y cansado que borre tus huellas, eclipse tu luz, exilie tu recuerdo, silencie tu eco y me indique, en definitiva, un atajo a la calle del olvido.
Las piedras han dado paso a una acera comercial que no guarda luto por la situación económica actual. Un escaparate ha llamado mi atención: José, su virgen, el niño de sabe Dios quién, un buey, un burro, un Ángel aún no caído colgado de un árbol nevado, un grupo de pastores apresurándose a adorar al niño que, al parecer, vencedor por KO al tiempo y a la lógica, ha nacido ya, ha nacido ya. Me he quedado petrificado al contemplar la sonrisa del niño yacente y la amplitud mamaria de la escaparatista. Mi paseo por este día en el que me debatía entre escribir una carta, comentar las canciones del último disco de Andrés o ponerme a escribir de una vez por todas y de una vez, de verdad de la buena, ha dado a su fin en este escaparate contenedor de un Portal de Belén cíclicamente prematuro.
Sentado en esta cafetería de amplios ventanales que dan al Onyar, una que no es la de siempre, ni en la que trabaja mi camarero de siempre, contemplo el recorrido de la vida y sus mujeres vestidas de domingo aunque sea lunes. Sentado aquí, digo, escribo lo que ha dado de sí y de no, de las verdades y las mentiras de este hoy, uno más en una vida ambivalente que muda las hojas cuando llega junio, y se viste de colores cuando el otoño le pasa por encima.
Me entristece que la navidad cada vez llegue antes. Debería ser indiferente, pero me molesta sobremanera que ese niño vea la luz de las rebajas antes que ninguna otra. Para el veinticinco de diciembre ya no será un recién nacido. Andará dándole que te pego al buey y al mulo, tirándole de las barbas a José hasta convertirlo en bendito o pidiéndole Nocilla para merendar a su madre, renovada virgen. Y cuando hagan su entrada en escena los tres de oriente con el oro, el incienso y la mirra, les espetará que vaya mierda de regalos, que donde él ha nacido hay cosas mucho más chulas (véase catálogo de ofertas)
Mi cabeza, caprichosamente recurrente, se desliza hasta el escaparate. Me veo reflejado y preguntándome cuándo dejé de creer en estas fiestas que arriban cuando el verano da sus últimos coletazos. Cada vez los tiempos vuelan más según nuestras necesidades, o las necesidades del dinero no corriente ni moliente. No debe ser muy saludable mezclar en una terraza esos polvorones con sangrías o café con hielo. Porque si continuamos así, el salvador de los hombres acabará compartiendo martirio con San Valentín. Aunque tiempo al tiempo, que como al Corte Inglés le dé por darle matarile antes de Semana Santa para adelantar las rebajas, no habrá milagro que lo salve.
Lo último que he pensado, antes de sentarme en esta mesa, ha sido que ya podría haber nacido yo en un pesebre así. Y emular a Rómulo y Remo mientras soy amamantado por esa loba capaz de resucitar mi espíritu navideño antes que cualquiera de mis fantasmas pasados, presentes y futuros.
Acabo de llegar a casa. Mi gato me mira con indiferencia porque aún no tiene hambre. Conecto la radio y dejo que el amigo Suárez le ponga voz y sonido a este día cargado de cuentos, de recuerdos, de vistas, de pasos, de letras sin destinatario, de cupidos, de alumbramientos…
El teléfono ha sonado a las once de la noche.
- ¿Qué te he pillado haciendo? Ha preguntado su voz al otro lado.
- Mmmmm, ¿Ya has escrito la carta romántica para el programa de la SER?
- Claro, hace un rato la he terminado
- Qué bien, pensaba que no lo harías
- También yo lo pensaba
- ¿Le has escrito a Andrés diciéndole lo que te ha parecido su disco?
- Claro, hace un rato se lo he mandado
- Vaya, estás desconocido, escribiendo cosas románticas y observaciones musicales
- Lo estoy, no me reconozco, voy a por un café mientras espero que regrese mi yo, creo que alguna musa lo está poseyendo.
- Jajajaja. Me entra la risa, pero que sepas que me gusta que hayas escrito algo en lo que las protagonistas no sean tetas, ni cafés ni gatos. ¿Ves cómo todo cambia? –Ha añadido con un deje de duda.
- Ya, pero yo no pensaba en cambiar. Pensaba en escribir, o hacerlo más, lo de escribir, digo. Eso ya sería de por sí y para mí, una novedad.
- Pero sigues siendo tú, teta arriba, teta abajo, sólo que Andrés y ese concurso necesitan otro punto de mirada tuyo.
- Cierto, debería estar contento por haber hecho lo correcto.
- Bueno, voy a preparar la cena y las clases de mañana
- Bien, hablamos luego, o después de luego.
- ¿Qué vas a hacer ahora?
- Esperar que vuelva la marea.
sábado, 24 de septiembre de 2011
ESTÁ PASANDO

Dedico este relato a OPin, un buen amigo, aunque él no lo sepa, un mejor socio, aunque no le corresponda como merece, un buen y apreciativo lector, buen escritor; domador de verbos, representante de sujetos y excelente comunicador, motivo por el que yo sigo aquí, entre otras razones y otros sabores.
***
Todo lo que se leerá a continuación es real; tan real como la vida, como las emociones y sus llantos y sus risas, tan real como la crudeza y sus daños colaterales, tan triste como el llanto de un niño, tan vivo como la muerte, tan verdadero como la mentira y tan amargo como las canciones que bombean corazones abonados al abandono.
Así que cualquier parecido con la ficción es mera coincidencia.
***
Los presidentes europeos se reúnen en París, Madrid, Lisboa, Berlín, Roma, Barcelona, Londres. Los presidentes mundiales se reúnen en las ciudades de antes, además de Washington, Nueva York, Tel Aviv, Sao Paolo, Buenos Aires, Moscú, Tokio y algunos etecés de mundo primerísimo. Mi pregunta es: por qué coño no se reúnen en cualquiera de las urbes de Costa de Marfil, Somalia, en alguno de los campamentos del Frente Polisario, en Sudán del norte, en el nuevo e igual de pobre Sudán del sur o en la devastada Puerto Príncipe. La respuesta, asevero, es porque se la sudan estas situaciones. No pueden ir a Somalia puesto que tendrían que repartir su opípara comida con los más pobres del lugar y de los lugares conocidos.
La hipocresía política que amamanta y ensucia la sociedad, sube más que el precio de la vida, allá donde exista vida. El mundo se muere de hambre y los políticos se mueren de risa repartiéndose el pastel libio. Se frotan las manos para exorcizar el frío de la culpa mientras se comen un país y cuentan veinte hasta asediar con sus fichas nuevos objetivos. Acojonante.
Y en esa subida de telón se ve a un puntilloso presidente francés y su séquito, a un presidente español y su resucitada Trinidad, a una canciller alemana, amarga como el culo de un pepino y sus colaboradores y a un presidente italiano escoltado por una docena y media de secuaces de la dolce vita. Digo yo que si han de reunirse los mandatarios, que lo hagan solitos, sin miedo a nada. Que no tiren de cortejo festivalero. Porque si les preguntas, puede que te contesten que donde come uno, comen dos, y donde lo hacen dos, comen tres. Esto, por ejemplo, no saben aplicarlo a Somalia. Si allí lo hicieran extensivo, más de uno tendría algo que llevarse a la boca. Pero Somalia, como otros países, ha sido excluido del atlas de la bondad humana.
Mientras tanto, los telediarios continúan emitiendo en directo desde Madrid, cuando el papa de los persignaos llega besando suelos y recogiendo llaves. Y emiten en directo desde el estadio donde se descerebra una final deportiva. Y se desplazan a la puerta del sol a radiar desde la entrada del nuevo año. Y hacen su agosto emitiendo miedo mediático desde ese pueblo asolado por la ira de algún Dios impío. Y apostan sus medios técnicos y humanos en una basílica para retransmitir en riguroso directo una irreal boda real.
Y los noticiarios se olvidan pronto de Haití, de Somalia, de los Sudanes de antes, de los polisarios y sus frentes, de los que, ebrios de pena, mueren de hambre y sed.
En fin, antes, cuando comía frente a la tele y las moscas de un cuerpo abierto en canal amenazaban con colarse en mi dieta cambiaba de programa. Ahora lo hago cuando un Rajoy enardece; cuando un Zapatero languidece ahogándose en su propia mentira; cuando una Aguirre no ofrece esperanzas a los que educan, vengándose de los que la reprendieron por no llevar hechos los deberes; cuando una ministra de defensa, otrora pacifista, estrecha manos y declara guerras de intenciones; cuando un Chávez no da un chavo por sus ciudadanos; cuando un comunista olvida que los pueblos necesitan realidades sociales y no utopías; cuando los verdes sólo defienden el color de los euros que tapizan valles; cuando los nacionalistas se dan de hostias por representar a su partido en Madrid alojándose en hoteles de plazas Españas de cinco estrellas y desayuno con diamantes de por vida; cuando un Gallardón guiña a los de centro izquierda con el ojo tuerto; cuando, en definitiva, unos anuncian recortes y otros subidas que alejen de nosotros la posibilidad de alcanzar un nivel de vida digno.
La sanidad está en fase terminal, la enseñanza declina y deviene en añoranza porque cualquier tiempo enseñado fue mejor. Los profesores se alzan en armas de colores y gritos conjugados contra aquellos que quieren aniquilar la docencia empuñando la indecencia lectiva. Los comedores sociales se colman de bocas que suplican un bocado. Los ricos amenazan con manifestarse si les suben los impuestos y los pobres y sus sueños duermen en camas separadas.
Mientras todo lo anterior acontece, los políticos estrenan campaña tendiéndonos la mano para cercenarnos los dedos cuando guarezcamos nuestros cinco lobitos entre sus promesas de bajo coste y huera intencionalidad.
Voy a cenar, ahora que el telediario ha anunciado lluvias que nunca arreciarán. Otros, los del tiempo…
A la una y media de la madrugada no puedo dormir. No quedan ovejas suficientes en el rebaño. Me levanto con la intención de conectar el ordenador y hablar de algo a alguien o combatir mi soledad insomne con algún “ciberalma” gemela al otro lado del muro que la tecnología ha levantado y que escalamos una vez sí y otras también para darnos a desconocer. Pero hoy no hay nadie en ningún sitio.
En cada poro de mi piel estallan las bombas informativas del telediario de la franja nocturna. Los fotogramas de la serie que he visto después pasean por mi memoria y las canciones que he disfrutado mientras le daba esquinazo a Morfeo, vuelven a sincronizarse conformando una banda sonora desolada. Últimamente creo que todo a mi alrededor se apaga, que la crisis mundial ha inoculado su veneno en mi cuerpo, que me está venciendo el temor a no ser nada de lo que un día me propuse ser.
Me he preparado un café y he sentado a Alonso junto a mí. He encendido la tele con el propósito de quedarme dormido junto al gato y frente a las noticias asesinas o las chicas ligeras de ropa que desfilan por mi pasarela catódica. Pero ni noticias asesinas, ni chicas reclamantes de mi excitación, ni teletiendas, ni anuncios con músicas pegadizas, ni series mil veces repetidas. No. En la pantalla se anunciaba en letras azules: “Anvil, el sueño de una banda de rock”. He pensado que qué bien, que no me iría nada mal un documental para señalarle el camino a mi cansancio irreverente.
Pero mis ojos se han abierto como platos, mi alma se ha contraído un poco más, si cabe, con esa historia. Una crónica de superación, de perseverancia, de buscar y hacer; de buscar hacer lo que uno realmente quiere en la vida. De no dar el brazo a torcer ni la partida por perdida. La historia, que es real como la que estoy escribiendo, nos presenta a un grupo de rock canadiense que por los caprichos de un destino cabrón acaba no haciendo nada. No triunfan, no venden discos, no hacen giras multitudinarias, no encuentran discográfica, no se escuchan en el hilo musical de los supermercados mientras hacen la compra a duras penas con lo que se sacan trabajando de repartidores, unos, de profesores, otros, de nada, los demás. Pero no ceden. No venden sus sueños, no queman sus naves. Viven recordando la gira que les hizo famosos en Japón durante unos meses. Recuerdan que entonces los germánicos Scorpions empezaron su cuenta atrás hacia la gloria, y el roquero Bon Jovi se hizo infinito en el escenario y saltó hacia el número uno en las listas de venta de discos. Todos ganaron cantando, tocando y musicalizando sus historias. Todos sembraron y recogieron. Todos, excepto ellos: los Anvil, cuya música quedó en barbecho durante décadas. Nadie se explica qué pasó, en qué momento desparecieron del radar del éxito efímero, ni cuándo la ventura decidió soltarles la mano y ponerles la zancadilla.
Han sido casi dos horas de cine. De cine emotivo, sensitivo. De cine, en todos los sentidos.
He vuelto a emocionarme cuando preparaba un café y evocaba la epopeya musical que acababa de ver, esa hazaña del quiero sobre el puedo.
Con la taza en la mano he ido hasta el ordenador. Necesitaba una historia. Porque cuando llevo días sin escribir, el cuerpo me pide letras, la sangre se me transforma en tinta y mi cabeza gira en torno a lo que deseo contar. Es entonces cuando en los semáforos en rojo se me aparecen los recuerdos que piden ser plasmados en este lienzo fluctuante. Y es al compaginar la conducción con la audición de mis músicas, cuando tengo la certeza de que los pájaros que me anidan pueden alzar el vuelo.
Así que me he sentado delante del portátil sin saber qué capítulo iba a continuar. Y no fluía nada. Y el folio catódico, cuadriforme y apantallado seguía virgen.
He acabado releyendo un correo-e de una amiga que se está construyendo una casa, pero no una casa cualquiera, no; la casa de sus sueños. Está cimentando su futuro ladrillo a ladrillo. Simultanea el trabajo en una clínica con la colocación de piedra sobre piedra. Se ha dado cuenta de que las piedras, una vez dejas de tropezar con ellas, son útiles si quieres sacarle partido a tus deseos. Y una casa, embajada para tus ilusiones, puede ser el mejor de los futuros presentes.
He buceado por mi biblioteca musical mientras buscaba información y contrastaba lo que había visto hacía poco rato en la tele con lo que me ofrecía la red. Y todo concordaba. Los Anvil no sólo existieron sino que existen. Que actualmente son más el resultado de la exhibición de ese documental en las salas de todo el mundo que la concesión a sus deseos formulados cada vez que soplaban las velas de un pastel de aniversario. El cine, al parecer, les ha dado una segunda oportunidad.
He acabado poniendo a buen recaudo toda la información obtenida por si un día decido escribir sobre ellos. He abierto una página erótica y otra, y otra. Y tras erotizar mis horas nocturnas y vestirme de caricias, he preparado otro café, sintiendo que más cansado no puedo estar. Que las noticias funestas del último telediario, que la carga emocional de los viejos roqueros que nunca mueren, que rendirme sin lograr derramar una sola letra ante la invitación de un folio, que asomarme, taza en mano, a mi madrugada y masturbarla porque lo de contar ovejas no funciona, provocará que duerma con un angelito con sexo, o harto de él.
Las seis y media de la mañana.
Me siento en el sofá desde el que contemplo las vías del tren. Un convoy cargado de mercancías se acerca a la estación de Girona. Otro, cargado de cuerpos adormecidos, silentes, nace de ella. Se dirige a la ciudad Condal con los primeros pasajeros; estudiantes universitarios, hombres de negocios, y desempleados que se echan a la calle buscando dejar de estarlo.
El cielo preña de una claridad incendiaria el horizonte y el amanecer motea las fachadas.
Desde mi rincón escucho la señal horaria de las siete. La vida contemplativa engulle mis horas y el insomnio se la tiene jurada a mi reloj biológico. Algo así debe ser.
Vuelvo a la tele apurando los últimos sorbos y prometiéndome que intentaré descansar en breve. En el avance informativo hablan de los presidentes europeos que se reúnen en París. Que los últimos bastiones gadafistas están al caer, que lo que ayer era bueno para algunos hoy es malo para todos, que el pan sube, que el hambre se dispara, que la suerte de la vida está echada, que el destino está escrito con faltas de ortografía, que el futuro se frota las manos cuando ve lo que se le viene encima…
Casi las ocho de la mañana cuando desconecto todo. Nada he escrito hoy. Deposito la taza en el fregadero, dilucido si fregarla, pero acabo respondiendo al refrán “si lo puedes hacer mañana, para qué ocuparte hoy”. Acaricio mi gato que ronronea mi tacto, atranco puertas y ventanas para barrer el paso a un sol voraz.
Me tumbo sobre la cama con el sabor del café en el cielo de mi boca, con el olor a sexo autónomo en mi diestra, con la canción “metal on metal” sonando en mi interior y, tras cambiar ovejas por ladrillos, empiezo a contarlos y apilarlos, a ver si así ayudo a construir esa casa allende los sueños.
Y amanece, que no es poco, justo cuando mis ojos se cierran y resucitan este texto.
